Maestro Vidal

11 04 2012

“Hay un cabestro rijoso en Las Ventas. Quizás sean dos. Hay un cabestro que en cuanto sale al ruedo no quita ojo del toro, no para de merodearlo, de timarse con un pestañeo coquetón y, si no se da por aludido, se pone a dar saltitos alrededor. Ante semejante descoco, la mayoría de los toros, que son muy machos, ni se inmutan. Algunos se hacen los dignos contemplando con altivez al cabestro maricón, o si no se fían lo miran de soslayo. Pero otros no se andan con bromas y, al verse acosados sexualmente, se le arrancan y le dan de cornadas. A veces el cabestro rijoso vuelve al corral hecho un cristo”.

‘El Cabestro Rijoso’, Joaquín Vidal en Las Ventas el 13 de mayo de 1998.

Joaquín Vidal, inmortalizado por Claudio Álvarez para El País en su localidad de abono en Las Ventas: la clase de un maestro.

A Joaquín Vidal lo dejó hecho estatua para siempre el fotógrafo Claudio Álvarez, que lo retrató sentado sobre la piedra de la localidad número 16, tendido 8, en Las Ventas, una tarde de lluvia codiciosa y de andanadas vacías. Una de tantas tardes de toros. El instante volátil en que el profesional de El País gira el objetivo hacia su compañero y consigue una foto categórica, que va a definir al hombre en su posteridad. La imagen autoriza la ensoñación del Vidal que detallaron siempre sus crónicas taurinas, solitario en la plaza desierta, guardado del agua en un impermeable de cuerpo entero, camuflado el arte de la mirada tras unas gafas excesivas, tres viejas almohadillas empapadas a los pies, en los asientos contiguos, un paraguas de cuadro burberry rendido sobre el hombro. Inamovible de juicio, de estampa, de presencia, de categoría literaria, de oficio viejo, de pulcra sinceridad estilística, de maestría sencilla. Es el retrato al que recurrimos todos los que estos días, 10 años después de la muerte del maestro Joaquín Vidal, queremos dejarle unas líneas que lo subrayen, como esas tres almohadillas en una plaza vacía.

Nada se puede escribir de Joaquín Vidal porque era Joaquín Vidal, como todos los grandes, el que se escribió a sí mismo en cada renglón de sus crónicas, y lo hizo de forma tan minuciosa, tan brillante, durante los 25 años en que ejerció la crítica taurina en El País, que no dejó absolutamente nada que decir. Sobre su genio inagotable de escritor de periódicos, de escritor de toros, él mismo lo dijo todo en las decenas de crónicas que estos días vuelvo a interrogar, tiempo después, y que me siguen dejando el mismo asombro desmedido de la primera vez. A Joaquín Vidal me lo puso ante los ojos Muñoz Lacasta, que encarpetaba sus crónicas en cuartillas fotocopiadas y las guardaba entre los cojines fuera de sitio de aquella revolución espacial que era su piso de entonces en el parque Roma. Muñoz no hubiera sido capaz jamás de encontrar en su salón un solo objeto de los que cualquiera consideraríamos cotidiano. Tú le pedías una cucharilla y no había caso; le preguntabas por un vaso, por el mando de la televisión, por la botella de agua. Nada. Pero si le decías: “Sácame las crónicas de Joaquín Vidal…”, hacía así a un lado un montón de periódicos viejos, escarbaba entre el revisterío, apartaba dos cojines, una mantita, los platos de la comida de ayer, levantaba el asiento, apartaba las cajas de cedés… y brillaba el atado de las crónicas ante tus ojos. Las primeras, las de Curro, porque nadie escribió al Curro de la gloria ni al Curro de la ignominia como Joaquín Vidal. “Curro se cuida el cuerpo”, tituló una vez. Y contaba cómo mandaba el Faraón a su subalterno, Rafaelito Torres, a abanicarle el aire de capotazos interminables al toro que lo miraba mal, al toro farrucón, al toro acorazado, al toro de casta, de trapío: “El trapío -escribía Joaquín Vidal- es aquello que se ve y no se puede explicar. El trapío es como una aurora boreal en los Mares del Sur. Los aficionados, por ejemplo, cada vez que van a los Mares del Sur, a lo mejor no pueden describir lo que están viendo, pero lo reconocen de inmediato. Y entonces señalan con el dedo el horizonte, afirmando: ‘Eso es una aurora boreal, señores”.

'Crónicas Taurinas', el feliz volumen que El País Aguilar publicó a la muerte de Joaquín Vidal: la dedicatoria revela que fue una idea, cómo no, de Alfredo Relaño.

“Curro paró el tiempo”, contó en una memorable corrida de 1981 en Madrid, un cartel con Antoñete, Curro Romero y Rafael de Paula, acaso tres de los diestros que mayores arrebatos provocaron en las crónicas siempre mesuradas, no de adjetivos o de entusiasmo, sino de elegancia para el ditirambo (arte tan inasible); y también de filosa ironía, de lacerante humor, de demoledora tersura de juicio cuando había que revolear el ventajismo o el embuste o la mediocridad de los protagonistas. Curro paró el tiempo: “En Madrid, los relojes no marcan la hora. Se han parado a las ocho y media de la tarde de un miércoles de lluvia que pasará a la historia. (…) Aquí, a esa hora de ese día, en la barriada de Las Ventas del Espíritu Santo, Curro Romero volvió a inventar el toreo”.

Como todos los grandes del periodismo español del siglo XX -cuando el periodismo aún podía ser grandeza y no este producto de consumo desechable de la inmediatez, la estulticia y el desgobierno que practicamos ahora-, como todos los grandes Joaquín Vidal detuvo el tiempo siempre que se ponía a escribir en el garaje Roma, desde donde enviaba su primera crónica de urgencia de las tardes de Las Ventas para la primera edición del diario. Como todos los grandes, Joaquín Vidal trascendía la materia del relato para enaltecer el propio relato, para que la recreación fuera una crónica taurina, pero también un retrato de costumbres, un apunte de humanidad, una reflexión de filosofía, un paisajismo urbano, una fábula moral. Una maravilla. En cierta ocasión, en Valdemorillo, tituló así, ‘La Nevada’, la crónica de una delirante corrida bajo la nieve: “La nieve caía fuerte, cuajaba, y todo hacía suponer que, en poco tiempo, toros y toreros tendrían que abrirse paso por el ruedo como renos y esquimales por Alaska. (…) Las laderas por donde trotaban potros el día anterior, ayer estaban blancas y desiertas. La lidia tras el celaje de copos batiendo en todas direcciones, era una escena mágica en la que el toreo se producía con movimientos evanescentes. Copetes blancos coronaban las monteras. la negra zapatilla escotada adquiría perfiles desconocidos al hollar la albura, y el cuajarón de sangre brava se hacía llamarada en el redondel”.

De una tarde entera, Vidal podía rendir la crónica a un solo detalle. Le he visto levantar un relato formidable a partir de un solo lance: “La media”, sobre una media verónica de Curro Romero, otra vez. “La muleta planchá“, de nuevo con Antoñete como protagonista. “Concierto de violín”, sobre un par de banderillas de el Fandi… ‘El cabestro rijoso’, tal vez mi párrafo preferido del periodismo español que yo haya conocido. Que me hace ahora, como la primera vez que lo leí, reírme hasta la lágrima. Y así todo. Así siempre. Una gloria de titulares. Una inmortalidad de arranques. Una muchedumbre de recursos. Un vocabulario para robárselo entero. Una discreción imponente. Un periodismo que era lección indudable. “Con la vulgaridad no se va a ninguna parte”, escribía en una crónica de julio de 1976, en Pamplona, Joaquín Vidal. Así era entonces. Su prosa dibujaba una gruesa línea que marcaba la distancia, un cordel del que sujetarnos para seguir el camino. Ahora la vulgaridad ha devenido un estilo más. Otro modo de hacer espectáculo.

Si usted ha llegado leyendo hasta aquí, ha cometido un error de generosidad. De Joaquín Vidal, ya ha quedado dicho, no se puede escribir nada que merezca la pena: él lo dijo todo y en su última crónica quedó el tiempo detenido para siempre. A estas horas, usted debería estar preguntando en una librería por las dos antologías publicadas de su produccion periodística: ‘Crónicas Taurinas’ y ‘El toreo es grandeza’. Ahí está todo lo que se puede decir, de un modo en el que ya nadie lo puede decir. Podrá hablar del hombre quien conociera en la proximidad al hombre. Yo, del periodista, sólo puedo decir lo que torpemente he dicho. O esto, parafraseando a Guerrita: después de Joaquín Vidal, naide; y después de naide, Joaquín Vidal. Otra vez. Diez años más tarde. O mil. Maestro.





Indignación concéntrica

31 05 2011

“El capricho es la base de la libertad y el conformismo es la cadena que nos la impide. En la actualidad hemos creado zonas virtuales para el ejercicio de la imaginación, como los videojuegos, donde tenemos la libertad de ser superhéroes si nos sometemos a las reglas del juego; o los chat rooms y las redes sociales, donde podemos mentir hasta deludirnos a nosotros mismos. En nuestra vida diaria, mientras tanto, hemos erigido toda una serie de nuevos obstáculos conformistas. Permitimos la sodomía y el sadismo, pero el celibato o la virginidad excitan incredulidad o sospecha. Puedes ser adicto a la tele, pero no al tabaco ni al alcohol. Puedes practicar todo el deporte que quieras pero te reprocharán si eliges una vida sedentaria. No se te permite menospreciar el dinero, ni la salud ni la seguridad, que son las creencias sagradas de la religión universal moderna. Puedes consumir todo, menos la buena comida grasienta. Puedes tener la talla que quieras, siempre que sea delgada. Las mujeres han alcanzado la emancipación, menos las que quieren dedicarse plenamente a ser madres y amas de casa. A mis amigos homosexuales nadie, menos yo, se atreve a preguntarles cómo se les ocurre criar niños -y en algunos casos compartirloscon las amigas lesbianas que los parieron, dejándolos pasar una semana con la pareja gay y la otra con la lésbica-; pero mis amigos solteros sufren un bombardeo de preguntas sobre si son felices. Y a las mujeres que no tienen ni quieren hijos, por rechazo o indiferencia, se las persigue con expresiones molestamente compasivas o con ofertas impertinentes de intervenciones tecnológicas para superar su supuesta infertilidad.

Intentamos conseguir la igualdad y hemos llegado al conformismo. Queríamos crear democracias y hemos alcanzado la tiranía de la mayoría. Procurábamos acabar con las prebendas injustas y hemos anulado el privilegio de ser diferente. Nos propusimos desechar la represión y no logramos sino cambiar sus límites. Buscábamos la libertad de todos y hemos creado nuevas minorías perseguidas”.

La Tiranía de la  Mayoría,
por Felipe Fernández-Armesto (El Mundo, 31/05/2011).

Si alguien en las plazas de la democracia real hubiera dicho cosas como éstas, a lo mejor yo a estas horas viviría acampado bajo un toldo. No trato de negar aquello ni contraponerlo a esto, pero con la alegre comuna soleada me pasa lo mismo que con los partidos, que primero los escucho y admito que son necesarios, pero después aprieto el oído a la puerta de los manifiestos, miro bajo la rendija y me digo que no creo en su promesa de que esto es por todos y para todos, y culmino en que tampoco ellos me representan. A continuación, y dado que mi desacuerdo con el mundo observa inacabables trayectorias circulares de onda expansiva, me indigno y me monto un campamento íntimo en el que no salgo de mi habitación de sangre, carne, piel y huesos. Mi toldo son las sábanas que apenas filtran una luz demediada, y me niego a votar ni a gritar o a firmar. Yo ni firmo ni afirmo. Soy una inseguridad, un desencuentro, un error de medida, algún tipo de accidente. Yo sólo escucho música y leo libros y poco más, todo actuaciones privadas que no alcanzarán notoriedad ni importancia social, ni apenas su pretensión. Mi indignación no merece más atenciones que la mía propia, que para eso soy su generador, defensor y propietario. Mi indignación es concéntrica y tal vez recorra el espacio y los tiempos en trayectoria opuesta a la de las líneas paralelas: viene del infinito y se une en el centro de mi cabeza. Y al final, a menudo, acabo en desacuerdo conmigo mismo y mando a las fuerzas del orden íntimo a desalojarme de las calles y plazas de mi alambicada conciencia. Y escapo a meterme al coleto tres días de rock, con sus noches completas, la tartamudez colectiva y el embriagador ácido de las guitarras. Yo no voy a cambiar el mundo. Ni el mundo tendrá cojones de cambiarme a mí. Estamos empatados.





Japón

22 03 2011

“He perdido a mi esposa. Quizás…”

Futoshi Toba, alcalde de Rikuzentakata, ciudad de la costa de Japón en la que uno de cada 10 habitantes ha muerto o desaparecido tras el tsunami. La doliente declaración ha sido escogida en su edición impresa de hoy por el New York Times como Quotation of the Day (La Frase del Día).

Dos enamorados se besan bajo un almendro en flor, en el Shinjuku Gyoen Park de Tokyo. Foto: María Torres-Solanot

Sólo un país tan afecto a los contrastes como Japón podía ser escenario de la mayor y más dramática de sus contradicciones: su delicada belleza amenazada de forma permanente por una de las más devastadoras formas de destrucción que sabe la Naturaleza. Al leer la frase de arriba, expresión contenida de inexcrutable dolor, pensé que una imagen de la fotógrafa María Torres-Solanot podría servir mejor a la causa que las recurrentes imágenes de caos de las últimas semanas. María ha dedicado una web entera a Japón, su paisaje, su cultura y su gente: www.megustajapon.com. En ella hay fotografía, apuntes sociales, costumbrismo, gastronomía, pintoresquismo 0 moda. Todo en la forma ensoñadora que le confiere el objetivo, imágenes de hermosura incontenible, concebidas con naturalidad, pulcritud, exquisitez y sutileza. Su visión de la primavera en Tokyo, encarnada en la elegancia de dos enamorados en medio de un primoroso Sakura Matsuri, resume la mirada de la autora. Y la primavera que sueña el Japón herido de hoy.

FUTOSHI TOBA, mayor of Rikuzentakata, a Japanese coastal town where one in 10 people is either dead or has not been seen since the tsunami.




Infiltrados

15 02 2011

Osvaldo Soriano describió en una cruda novelita,  No Habrá Más Penas Ni Olvido, la absurda fiereza del enfrentamiento social que provocó el regreso de Perón a la Argentina, en octubre de 1973. Para recrear la confusión general del periodo (Perón convirtió a los enemigos en colaboradores y a los acérrimos en represaliados, dicho de una forma vulgar), Soriano sitúa la acción en un pueblito de la provincia de Buenos Aires, donde el juego amargo, terrible, de denuncia y represión se vuelve tragicómico entre quienes se conocen de toda la vida y vivieron en el universo mínimo de una aldea. Supongamos que, de un día para otro, el tipo con el que haces pareja en la partida de guiñote o el mecánico al que le confías tu auto se convierte en un enemigo político al que hay que limpiar, en el sentido más estricto del término. Lo explican estas líneas áridas del diálogo que abre la historia:

Osvaldo Soriano, argentino, fumador, gordo, amargo, futbolero y escritor. Genio.

-Tenés infiltrados -dijo el comisario.
-¿Infiltrados? Acá sólo trabaja Mateo, y hace 24 años que trabaja en la delegación.
-Está infiltrado. Te digo, Ignacio, echalo porque va a haber lío.
-¿Quién va a hacer lío? Yo soy el delegado y vos me conocés bien. ¿Quién va a joder?
-El normalizador.
-¿Quién?
-Suprino. Volvió de Tandil y trae la orden.
-Suprino es amigo, qué joder. Hace un mes le vendí la camioneta y todavía me debe plata.

Ahora miremos aquí al lado, a un pedazo de realidad, o no, en España: las artes escénicas se ven amenazadas por la Ley Antitabaco. ¿Cómo ocurrió? Sencillo: un espectador asistió a la representación del musical Hair. Al advertir que los actores fuman en escena, salió del teatro y se fue a denunciar que esos señores, en esa obra, fuman en el trabajo, en un espacio cerrado y público. Flagrante transgresión de la ley. Además de insoportable inmoralidad. Los argentinos avisados descubrieron que no eran los personajes de Soriano los que se parecían a ellos, sino al contrario: ellos cada vez tendían más a parecerse a los desquiciados personajes de Soriano. En España, sin embargo, estamos convencidos de lo magníficos que somos. Pero la imbecilidad avanza indetenible como un ejército, por cierto nada silencioso. Y la política deviene, a una velocidad sin control, en imbecilidad social. Se trata tal vez de un fenómeno general y tal vez generacional. Ocurré allá donde mires, así que voy pensando ya que la única solución está en refugiarse en sociedades menos evolucionadas, porque las nuestras avanzaron demasiado, hasta darse la vuelta sobre sí mismas y convertirse, al modo del personaje de 2001 de Kubrick, en bebés babeantes. No contentos con haber legislado la realidad hasta su último rincón, ahora van a por la ficción: reescriben a Mark Twain para suprimir los vocablos que conformaban el lenguaje contextual de la época (por cierto, aviso de que el abyecto John Steinbeck usaba  la palabra negro, en español, en sus originales de Tortilla Flat). Suprimieron hace mucho el tabaco en el cine -sólo fuman los malos o los desequilibrados- y los palmetazos de James Bond en el culo de las muchachas. No se puede decir que el dueño del Racing es indio aunque sea, efectivamente, indio. Después de pervertir la política hasta extremos delirantes, Berlusconi caerá por culear con una menor. Ahora peligra el cigarrillo en escena. En realidad, lo que está en peligro es algo mucho mayor, pero andamos muy ocupados obedeciendo órdenes y, sobre todo, haciéndolas cumplir a nuestra conveniencia, que es lo que más nos gusta. Y luego hablan del moralismo religioso… Hay un moralismo laico, civil, un moralismo ciudadano que constituye una degeneración repugnante de la vida cotidiana tal y como la habíamos querido.

Siempre pienso que el pasaje de la Historia que me resulta más rotundamente increíble es el periodo de la Ley Seca en Estados Unidos, pero nos vamos aproximando a aquel nivel de paranoia colectiva con alegría democrática. Hace poco le han prohibido a un equipo de rugby de Barcelona celebrar el tercer tiempo. No faltaron, como siempre, los ciudadanos agraviados que juraban haber visto excrementos depositados por los celebrantes en sus orgías; y, cómo no, abusos verbales contra las damas. Tenemos infiltrados. Nos van convirtiendo en infiltrados. Los políticos lo llaman colaboración ciudadana, pero no tiene nada que ver con la colaboración sino con el colaboracionismo, que es otra cosa mucho más miserable; tiene que ver con completarles a ministras de razonamientos inframentales su patético trabajo de corrección de nuestras vidas. La vorágine empieza por una norma necesaria o razonable (proteger la Salud Pública, por ejemplo, o recoger las deposiciones de los perros) y acaba por denunciar al que fuma en escena (aunque sea un cigarrito de hierbas inocuas, como en este caso, lo señalarán por apología) o al dueño de un perro que muerde a otro perro. El sentido común, que fue siempre una ley natural bien atendible, ya no es siquiera un argumento. Murió enterrado bajo las normas.

Al final les quitaremos los dientes a los animales, denunciaremos a los machos que acosan a las hembras en celo por instinto machista desaforado y querremos que se comporten en el parque como si estuvieran en un parlamento. Y que se vayan preparando de ahora en adelante los intérpretes de Shakespeare: les van a llover denuncias por asesinato. Qué es eso de clavar cuchillos en escena… La ficción caerá bajo las leyes y sus acerados ciudadanos.





Entre los vidrios rotos…

11 02 2011

Calamaro y Cardinali, desparejados.

Le voy a mandar un abrazo a Calamaro. Leí la noticia de su extravío, bien contada por Diego Manrique en El País.

“Aquí no se libra nadie. Hasta Andrés Calamaro ha caído en el infierno rosa. La separación de su esposa, la actriz Julieta Cardinali, se ha convertido en la comidilla de Argentina, aparte de provocar unas turbulencias emocionales que han reventado planes de lanzamientos discográficos y una gira de teatros por España. En compensación, el carismático músico está compartiendo nuevas grabaciones caseras a través de la Red”. [Seguir leyendo]

Calamaro y Cardinali son la despareja del año en la Argentina. Parece que Andrelo se levantó un avión chileno (*) que responde por Micaela Breque. No haremos aquí salsa rosa de vísceras ajenas: como cantó el mismo Andrés, la culpa es un invento muy poco generoso. Se trata de otra cosa, de un círculo que ahora descubro círculo y que entonces me parecía una línea directa: como si Calamaro hubiera escrito para mí todas las canciones que escribió. Me quedaban tan bien… “Históricamente, las turbulencias amorosas de Andrés Calamaro han tenido incidencia directa en su arte”, escribe Manrique. Históricamente, podría decir yo desordenando la frase, el arte de Calamaro ha tenido una incidencia directa en (o sobre o contra) mis turbulencias personales. Ya que él me cuidó tantas veces, como un amigo desconocido, creo que corresponde el abrazo. Elijo para el caso una de sus canciones más dolientes, más oscuramente esperanzadas. La serenidad parece tan sencilla desde la serenidad; y tan inalcanzable desde la tristeza. Ignoro a quién o a qué pertenecen las imágenes que enmarca la música, pero están heridas de aflicción, melancolía o desamor, estado que compendia la desesperanza. Como hace la canción. En algún pasaje sombrío, hace tiempo, guardé un borrador de entrada con el tema, uno menos conocido de aquel aleph calamariano que fue El Salmón. Debía andar anhelando horizontes. Es lo que toca cada tanto: buscar, por las ventanas rotas, todos los días un poco. Salmonalipsis Now…  enorme. ¡Aguante Andrés!

Horizontes, de Andrés Calamaro

pd: Ya mismo paso El Hornero Amable al roll de enlaces.

(*) Nota del Autor: el reactor a chorro conocido por Micaela Breque es más argentina que el dulce de leche. ¿De dónde si no?, proclama Marlo, que presentó enmienda a este texto. Y no le falta razón. El incidente diplomático ocurrió en Chile, sí, pero entre argentos. El servicio de documentación agrega ahora el enlace con la cumbia de Andrelo y el bailecito de la rubia.





Servicios informativos

29 01 2011

“]

Ander y el Athletic: la historia tiene un final previsible. [Foto: Fernando Gómez/El Correo

“Ander Herrera ya es jugador del Athletic. El centrocampista se incorporará a la disciplina rojiblanca a partir del 30 de junio y el Athletic abonará al Zaragoza 7,5 millones de euros en dos plazos, según ha podido saber EL CORREO. El primero, de cuatro millones, se efectuará de inmediato y el segundo se completará al final de la presente temporada. El acuerdo alcanzado ayer entre ambas entidades cierra un proceso negociador que amenazaba con convertirse en un culebrón y que, tras un par de años de tira y afloja, de ofertas y contraofertas, acaba de cristalizar en el traspaso del medio al club que siempre quiso tenerle en sus filas”.

[La noticia, íntegra, adelantada por 'El Correo', aquí.  Sinceramente, yo estaba convencido de que jugaría en el Villarreal... Por lo visto falta todavía un acuerdo total con el futbolista y ni el Zaragoza ni su entorno han confirmado la noticia. Tampoco el Athletic. En cualquier caso, parece evidente que acabará ocurriendo más pronto que tarde. El interés del Athletic, cuando Ander todavía  jugaba en Real Zaragoza B, provocó su acceso al primer equipo. Si esto llega a hacerse oficial, no faltará quien celebre su salida: todas las opiniones son respetables, el fútbol es una cuestión de gustos, visceralidad y pasiones. Yo no estaré entre ellos, desde luego, y no discutiré esa preferencia como no rebato, aquí, la postura contraria. En lo personal, a lo que uno ha tenido un relativo acceso, Ander ha demostrado ser un muchacho con una extraordinaria educación y madurez de sobra para acometer y rebasar la incómoda posición en la que siempre se ha movido. Si la operación se cierra, el Zaragoza ingresará 7,5 millones por un chico de 21 años que aún está en desarrollo como deportista y jugador de fútbol].





Amable lector…

10 11 2010

Quizás ustedes no lo supieran, pero la entrada más comentada de la historia del viejo y del actual Somniloquios fue ésta: Mo Cuishle. Si pinchan el enlace, pronto verán por qué: un inocuo comentario emocionado acerca de una gran película se convirtió en campo de batalla cuando al comentario apareció un filólogo tarado; y, al hedor de su malformación para el hecho social, le siguieron decenas de rivales. Durante meses y meses y meses se dieron al mutuo arrojo de sus detritos vocales con alegría goyesca. Por fortuna, aquel sociópata fue una excepción en este espacio, donde quienes dejan comentarios observan reglas avanzadas de civilización y urbanidad. Las dos. Así que lo que sigue un poco más abajo y el sarcasmo del título (una trasnochada fórmula periodística que solía utilizar el periodismo para referirse a quienes compraban los diarios) no va dirigido a los lectores de Somniloquios. Más bien a aquéllos a los que últimamente, con frecuencia creciente como no podía ser de otro modo, vienen a mi propio puesto de trabajo a través de su edición en internet para vaciar palanganas sobre crónicas y comentarios. Sin aviso previo, el periodismo ha resuelto (supongo que en favor del beneficio empresarial de su división en internet) que quienes escribimos debemos dejarnos insultar por individuos anónimos o que escriben bajo seudónimo. Si internet permitiera la materialidad física… Es decir, si esos mismos tipos vinieran (aun embozados en una máscara como embozan sus identidades en apodos) y me dijeran las mismas cosas ahí, al ladito de mi mesa, de uno en uno, y yo pudiera oírlos y verlos, entonces este asunto se resolvería de un modo mucho menos ventajista. Pero eso no ocurre, claro que no. Así que, como no me queda otra defensa que el aguante -además de añadir una muesca más a mi desapego hacia todas estas evoluciones bastardas, que han convertido el periodismo en una profesión de mierda- en contestación a todos ellos reproduzco el amable artículo que, sobre este asunto, dedicó Salvador Sostres a sus amables lectores, hace algunas semanas en El Mundo. Y firmo al pie. Sin nick. Con mi propio nombre.

Tarados en la red

Un tal “Espinete” ha sido hallado en Barcelona después de dos años de ser buscado por la Policía por haber injuriado a otra persona en Internet. Está bien que hayan cazado a Espinete y que caiga sobre él todo el peso de la ley. Internet se ha convertido en una insólita plataforma para insultar, injuriar y difamar impunemente, sólo hace falta ver los comentarios que cuelgan, como una lánguida deposición, de los artículos de este blog, y tantos otros que por piedad con sus autores no llegan a publicarse porque están decididamente por debajo de lo que una persona con una equilibrada salud mental pudiera escribir.Internet ha dado la palabra a mucho tarado que vive con la madre y el gato -y que a estas alturas probablemente haya violado a ambos- y que antes, al no tener aptitudes sociales ni presencia física presentable se quedaba encerrado en casa. Ahora, con el anonimato que da la red, puede inventarse seudónimos y personalidades y dar rienda suelta, y pública, a su enfermedad. Ya no importa su aspecto de loco o su general incapacidad social, porque no tiene que presentarse ni convivir con los demás. Le basta con soltar sus demencias desde su casa. Con total impunidad, siempre des del anonimato o bajo un nombre falso.Es el gran drama de Internet, que da rango de normalidad a personas que a simple vista se vería que no lo son. Personas que gracias a la red participan en el debate público en igualdad de condiciones cuando no son más que unos perturbados y unos enfermos que deberían estar encerrados, estrictamente vigilados y severamente medicados. La Policía ha dado al fin con Espinete, pero basta con leer algunos comentarios de este blog, y de otros blogs, para darse cuenta de que todavía queda mucho majara suelto, mucho enfermo de madre y gato violentados que vierte on line el enorme asco de su pobre existencia.

Internet, tanto en la información como en la relación ene articulista y el comentarista, ha significado la funesta abolición de las jerarquías, y sin jerarquías ni absolutos morales las sociedades se vuelven nihilistas y desaparecen, extinguidas por causa de su propia nadería. Cuando pase el afán cuantitativo, Internet tendrá que revisar sus normas de participación y blindarse contra tanta pudredumbre y tanta alcantarilla.

Cazaron a Espinete y estamos trabajando para cazar a unos cuantos más. Alguien voló sobre el nido del cuco.

Espinete y don Pim Pom, internautas.





La ortografía

5 11 2010

Sobre el cambio en las reglas ortográficas que ha preparado la Real Academia Española, titula así El Mundo en su edición digital:

La ‘y griega’ se convierte en
‘ye’ y ‘sólo’ pierde la tilde

Y a las 14:41, una hora muy mala, un ciudadano ‘anónimo’ comenta con estupor:

“No entiendo el titular: “La ‘y griega’ se convierte en ‘ye’ y sólo pierde el acento”. ¿Dónde tenía el acento la y griega? Lo que pierde es más bien esto: griega”.

Y la vida sigue…





Obituario

27 10 2010

Yo quería decir que uno de mis momentos preferidos de cada año es cuando el Circo Mundial anuncia su “apoteósico éxito” de la campaña pilarista: “¡Apoteósico éxito del Circo Mundial!”, gritan las cuñas radiofónicas, antes de enumerar el reparto de animales, fieras, personas y entes intermedios que conforman el espectáculo. A continuación, en las farolas de las calles de la ciudad, los carteles anunciadores del circo repiquetean con una franja cruzada que proclama: ¡Prorrogado!, y el circo se queda una semana más en Zaragoza, lo que rebaja al menos un par de puntos la inevitable conciencia del drama que se aproxima: el cambio de hora y la coronación de los oscuros, largos, desesperanzadores, insolentes, silenciosos, plúmbeos meses del invierno. Se va el circo y se acaba todo.

Quería hablar de todo esto y de cómo siempre detesté el Circo Atlas y a los Tonetti. A mí me gustaban el Circo Ruso y el Circo Mundial. Del Chino desconfío. El de Ángel Cristo nunca me llegó. El Price me dejaba frío. Y el Circo del Sol me parece una cursi postmodernidad. Yo quiero el circo de fieras y carromatos. Si alguien pretendía llevarme al Atlas, me encadenaba a la cama. El Atlas no, ni en broma. ¿Por qué? Por los Tonetti. Yo era de Fofó y tal. Asocié a tal punto con el horror la cara pintada del mayor de los Tonetti que esa ceja praxiteliana y sibilante que se diseñaba en la frente me persiguió durante años; me parecía una clave de Sol tumbada a la luna. Por el mismo motivo jamás pudo soportar a Ramoncín y su rombo alrededor del ojo; ni a Nacho Dogan, aquel proto deejay que decía lo de “¡qué fuerte, hermanos marchosos!”, y organizaba La Juventud Baila con José Luis Fradejas, un tipo con aspecto irrefutable de llamarse, en efecto, José Luis Fradejas. Para qué hablar de los gorritos de los Tonetti. Indefendibles los dos. Que sí, que los Tonetti serían bellísimas personas, pero que yo no podía con ellos.

Insisto, iba a extenderme en estos detalles. Pero entonces, mirando los resultados de la Copa del Rey, me encontré con la noticia. Una necrológica en toda regla, con su doliente comunicado, la perversión de las frases hechas, el rabioso sentimentalismo, los testimonios agradecidos de quienes lo conocieron al finado y la inevitable lástima/admiración por el muchacho/a que hubo de redactar esta nota en la edición digital del diario MarcaClaro que la rigidez en algunas frases parece obra de un traductor, así que me inclino por pensar que es obra de agencia. En cualquier caso, la pieza que sigue me parece la sublimación absurda del algo absurdo género de la necrológica, tan resbaladizo que Arcadi Espada ideó un agudo decálogo para escribir obituarios. Viene al caso por razones obvias. En mi modesta desesperación (no intento hacer bromas, aunque lo parezca) aporto al final del texto las reflexiones que, al vuelo, me produce este notable trabajo. No hay ironía; lo que domina, de verdad, es un contrito asombro.

 Muere el mítico (1) pulpo Paul

El pulpo Paul, nacido en 2008 en Weymouth, un pueblo del sur de Inglaterra, nos ha dejado para siempre (2). El octópodo falleció el lunes por la noche en el Sea Life Centre de Oberhausen (Alemania). Desde su acuario, se hizo mundialmente famoso al acertar todos los pronósticos que realizó durante el Mundial de Sudáfrica, incluidas las victorias de España en las semifinales ante Alemania y en la gran final ante Holanda.

En honor de Paul, el acuario de Oberhausen realizará una exposición y un monumento (3).

Conocido como el “oráculo animal”, Paul era tentado con sendos cebos de carne de mejillón colocados en dos recipientes iguales de plexiglas y adornados con las banderas de los países que se enfrentaban y entre los que elegía al que consideraba que ganaría el enfrentamiento.

Debido a la edad de Paul, el acuario de Oberhausen ya tenía preparada la presentación de un nuevo y joven Paul, que iba a ser mostrado durante las próximas semanas, y, siguiendo la tradición del acuario, llevará el mismo nombre (4).a

Por el momento, el cuerpo de Paul se encuentra en una habitación climatizada, y será incinerado en los próximos días (5). “En honor de Paul y por el interés en todo el mundo, se realizará una exposición y un monumento”. “Ahí se mostrarán en una pantalla sus mejores y más conmovedores momentos y los regalos que nos han llegado de todo el mundo, así como cuadros de acrílico y su urna”, afirma el comunicado del acuario.

La popularidad de Paul se refleja también en el hecho de que fue nombrado amigo predilecto del pueblo de O Carballiño (Orense). Además, se convirtió en embajador oficial de la candidatura de Inglaterra para el Mundial de 2018. También fue protagonista del filme ‘El asesino de Paul el pulpo’, una producción de la China Film Group y Beijing Filmblog Media, que rodaron la película con un doble del famoso habitante marino (6).

“Era muy querido por todos nosotros y lo vamos a extrañar muchísimo. Es un pensamiento reconfortante que tuvo una buena vida con nosotros, recibiendo la mejor atención posible por un equipo dedicado”, aseguró Stefan Porwoll, director general del Sea Life de Oberhausen.

“Paul entusiasmó a gente de todos los continentes, ya que siete veces consecutivas acertó las previsiones para el equipo nacional alemán y la final. Murió pacíficamente por la noche de muerte natural” (7), concluyó Porwoll en el comunicado del acuario de Oberhausen.

(1) Mítico: una palabra que lo mismo sirve ya para freír un botón que para coser un huevo.

(2) “Nos ha dejado para siempre”. Ya es duro aceptar el hecho desnudo de que se escribe una necrológica de un pulpo, pero nadie puede haber incurrido en serio en esa frase. Está a punto del arranque clásico, línea corta y llamativa, de enganche, que tan bien manejan en Antena 3. Algo así: “Siempre se van los mejores: el pulpo Paul nos ha dejado para siempre”.

(3) “Una exposición y un monumento”: o sea… como la Casa de el Greco en Toledo o el Museo de los Escritores de Edimburgo. El pulpo a la altura del genio de Teothocopulos, el poeta Robert Burns y los relojes blandos de Dalí. Uno puede exponer la pluma con la que R. L. Stevenson se ganó el apodo de Tusitala en los Mares del Sur, pero… ¿qué exponer de un pulpo? Su habitación de plexiglás tal y como él la dejó, las latas de mejillones con las que le alimentaban el intelecto, el cubículo en el que se amagaba el cefalópodo cuando las cosas no le iban como a él le hubiera gustado, porque no todo era de color de rosa en la vida del mediático Paul… Una exposición y un monumento a un pulpo: no se olvide que estas cosas las están haciendo alemanes de Alemania. La locomotora europea. La patria de Kant. 

(4) Los acuarios, parece ser, tienen tradiciones. El acuario como folklore. Espantoso.

(5) “El cuerpo de Paul”: la humanización del pulpo no conoce límites. No hubiera estado de más ese sintagma tan querido del periodismo: “El cuerpo SIN VIDA de Paul”. Agrega: “Se encuentra en una habitación climatizada y será incinerado en los próximos días”. Climatizada. Un pulpo. Pregunto: ¿Yace en el agua o en tierra firme el bueno de Paul? Porque, advierte cualquiera que lo haya visto, un pulpo en tierra firme es lo que se dice un guiñapo bastante poco respetable, salvo que esté cocinado a feira. Por algo en Huelva a las medusas les dicen aguamalas. Porque no parecen sino agua con forma, un algo extraño. Parecido un pulpo. Además, ¿dejó testamento Paul? ¿Cómo saben que quería ser incinerado y no inhumado? ¿Si las cenizas de un humanoide caben en una cajita, a qué queda reducido un pulpo una vez cremado? ¿Instalan capilla ardiente o los luteranos no practican tal variedad? No lo puedo creer… Me pregunto por qué escribo de esto si no es para sacudirme el ridículo corporativo.

(6) “Sus mejores y más conmovedores momentos”; “Un doble del famoso habitante marino”… Películas, dobles, momentos conmovedores. ¿Les costaría encontrar un doble para un pulpo? Juro que yo he visto alguno bajo el agua, y aun aderezado con pimentón, e identificarlos no es fácil. Me recuerda a aquel capítulo de Friends en el que Joey consigue un papel en una película de Al Pacino: es el doble del culo de Pacino una vez que se está duchando. El director lo echa por sobreactuar. Todo esto pasa por darles carrete a la peña ésta de Oberhausen. Por publicar cosas así. Que le hayan dado la Antena de Oro a Sara Carbonero demuestra que esta profesión no tiene ningún interés en tomarse en serio a sí misma. Paul ratifica el asunto. Pero, paradójicamente, si hubo un trabajo serio en el Mundial, lo más admirable que yo vi fue la narración en directo, con un cuajo inquebrantable, que hizo Noemí de Miguel de una de las actuaciones de Paul en su urna mejillonera.

(7) “Murió pacíficamente por la noche de muerte natural”. Qué descanso. ¿Qué tipo de muerte se considera ‘no natural’ para un pulpo en un acuario?, me pregunto. Yo he visto recientemente alguna forma bastante evolucionada de tomarle el pelo a la gente. Como la falsificación del currículum de Eva Almunia o los artículos de opinión comunes (escritos por una mano, firmados con nombres distintos) que diferentes políticos socialistas usan en sus blogs o tribunas de prensa. Es lo que se llama comunicar… Otro día hablamos de eso. Porque en cuestión de tomarle el pelo a la tropa y que ésta baile sardanas, los del acuario de Oberhausen se llevan la palma.

Parafraseando al desencantado legionario romano de los libros de Astérix siempre que Obélix lo cardaba a puñetazos: “Estudia periodismo, dicen; conocerás mundo, dicen; escribirás sobre grandes historias y formidables personajes, dicen…”.





El periodismo canalla

11 05 2010

'El Periodista Deportivo', la fenomenal novela de Richard Ford que tiene poco o nada que ver con el periodismo deportivo, y mucho más con la deliberada ambigüedad de la cubierta de esta edición original, que me encanta.

John Carlin publicó la otra mañana en El País un artículo titulado La Insoportable Indignidad de Ser Periodista, sardónica protesta frente a algunas de las incomodidades del oficio que nos ocupa. Es aquella célebre frase: “No le digas a mi madre que soy periodista; ella piensa que toco el piano en un burdel”. Ante la diatriba de Carlin, uno sólo puede firmar a pie de texto con gráfica desesperanza, pero como sujeto activo definido en la semblanza, he de decir que me siento reflejado sólo de modo muy parcial. Yo también deseo retrospectivamente que mi padre me hubiera dado un buen tortazo el día que anuncié mi intención de estudiar esta carrera; yo también detesto la inanidad de las entrevistas y la superior estulticia de muchos de los personajes (no sólo los futbolistas, si es por eso). Aun admitiendo tales aciertos, observo que Carlin se queda corto o quiere referirse sólo a algunas de las iniquidades más epidérmicas de este juego, efectivamente indigno. Yo añadiría muchas otras, que tal vez el fantástico profesional que es John Carlin no haya sufrido o en las que no haya reparado. Cosas mucho peores que tener que esperar a un entrevistado, lo que deviene nada más que en un mero problema de orden práctico. También en el desprecio al que se refiere Carlin, y con el que no cabe ni impostura de mártir ni desde luego sorpresa: si uno es periodista deportivo ha de estar acostumbrado a que, en general, desprecien su trabajo los futbolistas, los clubes, muchísimos aficionados y, por supuesto, casi todos los colegas de profesión. Y los que no lo hagan será por amistad tanto o más que por verdadero respeto corporativo. JC, en el fondo, considera que detrás de todos los pringosos telones de la rutina brillan detalles, instantes y personajes que redimen el oficio. Yo, la verdad, no los encuentro por ningún lado. Y advierto de que la escapatoria que propone el autor del artículo no resulta tan sencilla como elegir tomarla o no tomarla. No culparé a Carlin, al que admiro. Soy yo, que he perdido de manera definitiva la esperanza que anima la ironía de este artículo. Si yo tuviera que escribir algo así, sería bastante más amargo.

La insoportable indignidad de ser periodista

John Carlin
El País, 9 de Mayo de 2010

Cualquier reportero, si es honesto, lo reconoce: el periodismo es un oficio indigno. Siempre esperando, siempre suplicando. Deberían incluir en todos los cursos de periodismo unas buenas sesiones de budismo zen, para que los jóvenes incautos que piensan meterse en este negocio adquieran las dosis necesarias de paciencia, filosofía, paz espiritual.

El problema es la entrevista, materia prima tan imprescindible para el reportero como el arroz para la paella, el balón para Leo Messi, el peluquero para David Beckham. Sin acceso a la gente indicada para determinada historia, no hay historia. Lo que hay es fracaso, fracaso que pude conducir al desempleo. Por eso lo primero que se requiere para ser reportero es persistencia, admirable virtud condenada siempre a rozar la humillación. Uno llama o envía un correo electrónico solicitando hablar con alguien. Puede ser el asistente del alcalde de un pueblo de 500 personas, o el gerente de marketing de una mediana empresa de tuberías, o un ministro, o un personaje mundialmente conocido. Lo normal es que no te contesten ni a la primera, ni a la cuarta o que, peor todavía, te digan: “Mañana le decimos algo”. Llega mañana y no te han dicho nada. Al final coges el teléfono, llamas de nuevo y más de lo mismo. A veces, al final, te dicen que sí y la entrevista se hace; a veces acabas en nada.

El proceso es así. Pierdes el tiempo, te estresas, te desesperas, quieres matar a alguien, quieres matarte a ti mismo, te preguntas: “¿Por qué, por qué, por qué no le hice caso a mi mamá y me metí en un trabajo como Dios manda?”.

Ahora, lo peor, lo peor con diferencia, es ser un periodista deportivo. O, para ser más exactos, un periodista cuyo trabajo incluye la necesidad de acceder a futbolistas de Primera. Conseguir una entrevista con un jefe de gobierno o con un líder guerrillero no es fácil, pero es un juego de niños comparado con el calvario de intentar conseguirla con un chaval de 20 años que es millonario gracias a su especial habilidad para patear una pelota.

A veces ocurre que, después del denigrante proceso que acabamos de describir, te la conceden. En tal caso es perfectamente posible que llegues al lugar indicado a la hora indicada (incluso después de coger un avión) y te digan: “Perdón, el futbolista ha cambiado de opinión. La haremos otro día”. O que, como en el 90%, tengas que esperar una o dos horas más de lo previsto para tu audiencia con el pequeño rey (porque se demoró en la ducha, porque tenía que rematar el partido de PlayStation). Y entonces, al final, cuando por fin has conquistado la gloria de tenerle enfrente, con la grabadora rodando, te transmite sin ningún disimulo la sensación de que podría estar haciendo cosas mejores (otro duelo de titanes en la PlayStation, comprarse otro Ferrari, tocarse las narices en casa). Y después, después de tragarte tanta bilis, el terrible e inevitable desenlace es que no te ha dicho nada que sea remotamente noticia, que agregue una migaja a la suma del conocimiento humano. Como el caso del jugador del Barça que hace una semana nos dijo: “Necesitamos ganar los dos partidos finales para ganar la Liga”, pedazo de banalidad que dio titulares (sí, sí, a esto hemos llegado) en prácticamente todos los diarios españoles.

Hay gratas excepciones. Hay jugadores que te tratan como un ser humano. Hay incluso algunos que te dicen algo que vale la pena. Como Benoit Assou-Ekotto, francés del Tottenham, que la semana pasada le dijo a un afortunadísimo periodista inglés que su principal lealtad no era a la camiseta de su club, sino al dinero. “¿Existe un jugador en el mundo”, dijo, “que firma por un club y dice, ‘Oh, adoro tu camiseta? Su camiseta es roja: ¡Me encanta!’. ¡Qué va! Lo primero de lo que habla es dinero”.

Casos excepcionales como el de este heroico, honesto y suicida francés son los que te animan a seguir en la lucha, a mantener viva la llama de la esperanza. Pero al final muere, eso sí. Muere. Y en ese caso no le queda más remedio al reportero que huir a la relativa paz del paro, o cambiar de bando (tomarse la venganza contra la profesión de pasarse al equipo de comunicación de un club de fútbol) o, cuando el desgaste ya ha sido demasiado y la energía y la paciencia se han agotado, encontrar la salvación en la prejubilación periodística del escritor de columnas de opinión.








Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.