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	<title>Somniloquios</title>
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	<description>En el lenguaje médico, somniloquio es el habla o la emisión de voces mientras dormimos: desde sonidos, entendibles o no, hasta pequeños discursos.</description>
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		<title>La gravedad habitual</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Jan 2012 18:26:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ornat</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Yo me levanto de la cama todas las mañanas preguntándome quién soy y qué hago. No es que lo olvide de un día para otro, es que después de tantos años aún no he acertado a concretarlo en una o dos frases que me permitan definirme sin que me suene a encabezamiento de currículum o a sarcasmo contra el espejo: <em>&#8220;Deportista frustrado y periodista en vías de frustración&#8230;&#8221;</em>, por ejemplo. Puede que definirse no sea tan importante, pero ayudaría a agregarle un poco de sentido a todo esto. Unas líneas maestras. Un plan de actuación. Una idea fuerza, como se dice ahora. Es verdad que a cualquiera, incluso a mí mismo, las respuestas a preguntas como esas le parecen demasiado obvias. Y algo estúpida mi incapacidad para contestarlas de forma satisfactoria: soy quien soy, hago lo que hago. El problema no consiste en no saber responderlas o en no hacerlo de manera válida. La cosa está en la insistencia aniquiladora del interrogatorio. Y en la certeza de que todas las respuestas contendrían una impostura.</p>
<p>Hay preguntas rutinarias que a mí me abren un abismo a los pies. Cuando alguien me pregunta qué tal me va la vida no sé qué responder. Otra vez es evidente que se trata sólo de una pregunta de cortesía que no aspira a grandes explicaciones, sino a la frase hecha. Yo mismo recurro a ellas: <em>&#8220;Bien, dentro de la gravedad habitual&#8221;</em>, suelo decir. Lo digo sin mayor implicación porque, mientras hablo, por dentro me sigue dando vueltas la pregunta (<em>qué tal me irá la vida</em>&#8230; eso querría saber yo), que se queda varios minutos rebotando de un lado a otro de la cabeza como una pelota de goma, y en cada pasada genera una creciente impresión de vacío. Qué tal me va la vida: bien, supongo. La vida me va bien. Esa es la versión corta, porque no querrás una larga. La vida va bien, soy yo el que no va. Ahí, tirando&#8230; suele decir todo el mundo. Yo digo: los mismos lugares, las mismas cosas, las mismas personas a las mismas horas. Nada que no sepas. Y lo que no sepas, no te lo voy a decir, precisamente para eso, para que sigas sin saberlo. Si yo quisiese que alguien supiera cómo me va la vida me adscribiría a una red social y daría razón de cada uno de mis movimientos y aun de mis pensamientos. Y me pasaría la vida mintiendo. La gente piensa que le gusta saber las verdades, pero lo que de verdad le gusta a la gente es que le mientan.</p>
<div id="attachment_1716" class="wp-caption alignright" style="width: 235px"><a href="http://ornat.files.wordpress.com/2012/01/lost.jpeg"><img class="size-full wp-image-1716" title="lost" src="http://ornat.files.wordpress.com/2012/01/lost.jpeg?w=510" alt=""   /></a><p class="wp-caption-text">A mí no me sigan porque nos perderemos todos.</p></div>
<p>La otra tarde encontré (encontró) una libreta de anotaciones al vuelo, que había perdido de vista hacía tiempo, sepultada bajo una montañita de periódicos de diferentes países que nunca leeré y a los que no daré categoría de colección. En las primeras páginas leí esta nota de mi puño y letra: <em>&#8220;Existen tantas clases de naufragios como hombres&#8221;</em>. No es mía, es de Joseph Conrad. La frase en sí misma no contiene grandes artificios y hasta podría hacer uno de esos mottos que tanta fortuna han hecho en Twitter, una frase <em>new wave </em>tipo Paulo Coelho, que gustan mucho. La diferencia es que Coelho hace frases y Conrad hacía literatura, y por eso era un marino quien hacía semejante consideración en la novela llamada <em>Lord Jim</em>. ¿Y esto qué tiene que ver con lo demás? Nada. Que la leí y me quedé pensando. En naufragios. En los modos de naufragar. En lo que importa o no importa. A nadie le importa cómo me va la vida a mí, del mismo modo que a mí no me importa cómo le va la vida a nadie. Bien, sí&#8230; algunas personas, las que cualquiera nombraría. ¿El resto? ¿Quiénes son el resto? Esta inhabilidad social -o quizás esta ausencia de representación social- debe de ser el motivo por el que no encuentro significado a las <em>redes.</em></p>
<p>Yo vivo adscrito firmemente, cada vez más, al lema de un amigo que dice: <em>&#8220;La mejor forma de llevarte bien con la gente es no verla a menudo&#8221;</em>. Pasar el día leyendo gorjeos me parece como andar viendo a la gente a todas horas. Porque la gente quiere <em>ver</em> y ser <em>vista</em>. Mientras que yo sólo me siento cómodo si paso desapercibido. El número de personas a las que resulta interesante ver es más bien escaso. Y quien dice interesante, dice soportable. De esas, el número de personas a las que resulta interesante leer es aún mucho menor. Yo admiro el humor participativo, la alegría regocijante y el desinteresado concepto del <em>follower, </em>que mide la popularidad, la amistad, el interés o lo que sea que mide. Acepto el entretenimiento que procura; sobre el particular de los gustos personales uno no tiene nada que decir. Pero desconfío del empeño por imponer la idea de que lo que ocurre y se dice en la red es lo que ocurre, se dice o se piensa en el mundo, en la sociedad, en donde sea. Quiere decirse&#8230; la realidad, si el término vale para entendernos. También aducen que es un modo imbatible de información, por su inmediatez y su capacidad de llegar allá donde no podrán llegar lo que se ha dado en llamar medios tradicionales. Como si los medios tradicionales hubieran alcanzado su posición en cuatro días de enardecido progreso y fuera posible sustituirlos por el primer ingenio que llega a nuestras vidas. En el mejor de los casos el goteo noticioso ya estaba inventado hace mucho: se llamaba cable antes y ahora teletipo. Ni la velocidad ni el soporte varían lo sustancial. En el peor, uno advierte que el asunto no trata de la información, sino del entretenimiento, que es muy loable pero no es lo mismo. Así que todo depende de entretenerse con ello o no entretenerse, nada más.</p>
<p>Siempre hay quien se deja la jaula de los pajarillos abiertos y uno puede asomarse un momento a ver qué dicen los canarios y los perros flauta, cosa de chequear si lo que pensamos sigue siendo lo que pensamos, o bien hay que cambiar de opinión y salir a gorjear con las masas, empapado de la gloria del <em>follower. </em>La otra noche asomé un ojo y vi que los entusiasmados de la almohadilla daban por muerto durante un buen rato a Fidel. Ha muerto, proclamaban. Cuba no confirma ni desmiente, aseguraban luego, tomando el silencio por confirmación, como solemos hacer los periodistas. A veces estos comportamientos me hacen temer que, en fondo, todo el mundo quiera ser periodista y contarle a los demás lo que no saben o creen que no saben. Un comportamiento en verdad enfermizo, animado además por los medios, que contamos con el <em>periodismo ciudadano </em>como un activo más: porque es gratis, claro&#8230; si hubiera que pagarles, para rato&#8230; Cuando se impuso la certeza de que Fidel no sólo no se había muerto sino que la posibilidad de que lo hiciera sólo constituía una recreación colectiva irreal, a la voluta de orgullosos gorjeos se le empezaron a reblandecer los lados de la credibilidad y entonces, como quien dispara alegremente revólveres al grito de viva Cartagena, comenzaron las bromas y los chascarrillos, que ocuparon varias horas más. Finalmente, pasaron a hablar de otra cosa porque esa ya era vieja. Importaba menos que además fuera incierta. Por lo visto en eso consiste el generalizado ejercicio cotidiano de la almohadilla. Eso o el otro objeto de la red, que es hacerse el interesante. Las cuentas de los periodistas consisten, generalmente, en eso: hagámonos los interesantes, personal o corporativamente. Como el periodismo siempre ha trabajado con la materia inflamable de los asuntos susceptibles de interés, ha tendido a considerar que quienes los manejaban habían de quedar investidos también de ese mismo interés. Yo, en verdad, he conocido a muy pocos o casi ningún periodista interesante, aunque a diario veo a decenas de ellos que lo pretenden.</p>
<p>Yo me considero a mí mismo muy poco interesante, al tiempo que veo muy pocos asuntos que me sean interesantes, y seguramente por eso ya casi ni escribo: si a uno no le importa lo de dentro ni tampoco lo de fuera, de qué va a escribir. Ya me gustaría a mí hacerlo por el gusto de contar una buena historia, como Twain: <em>&#8220;Me gusta tanto una buena historia que con frecuencia me veo obligado a escribirla yo mismo&#8221;</em>, diría. A veces lo intento, empeñado débilmente en recuperar el impulso o tal vez el sentido que siempre tuvo, pero estoy ganado por la pereza que rezuma del escepticismo. Escribir jamás fue un ejercicio de exhibición de vísceras, neuronas o mitocondrias, ni un modo de mostrarse a nadie. Puede que sólo al principio, muy al principio, lo fuera de vanidad, una vanidad constructiva porque queríamos escribir bien, quisiera eso decir lo que quisiera decir; queríamos escribir mejor que los otros y que lo supieran, queríamos escribir mejor que uno mismo y tener la certeza de que era así. Constructiva y destructiva, ya que enseguida aparecieron los descorazonados modelos a los que no alcanzar, las frases que perseguir y los libros que leer y admirar. Por esos caminos, uno enseguida descubre que no hay razón objetiva para la vanidad. Y que lo que uno escriba jamás gustará a todos ni disgustará a todos. Así que hay que escribir exclusivamente para uno mismo y ser muy poco condescendiente en los juicios. En mi caso, escribir sólo ha sido un modo de ganarme la vida, en el apartado laboral, y en lo personal una inútil tentativa de escapar, como otras que uno aún practica o sigue practicando. ¿Escapar de qué? De uno mismo, por supuesto. Ni siquiera ha precisado en su esencia la atención de un solo lector, aunque nadie puede negar que la escritura, como el habla, exige alguien al otro lado o corre el peligro de convertirse en un rasgo de locura. Que puede que sea eso y nada más. Escribir va quedándose, entonces, en un mero acto íntimo, desanudado de aspiraciones y en cierto modo interminable. Un diálogo interior, un soliloquio que no va a solventar nada ni completar aspiración alguna. Acto sin objetivos inmediatos ni finales, sin metas. Un horizonte que, como escribía Galeano, siempre escapa unos pasos más allá, y a mayor velocidad de la que seríamos nunca capaces de alcanzar. Entonces uno acaba por pensar que escribir tampoco sirve para nada. Y como 200 millones de usuarios no pueden estar equivocados, podría fácilmente virar hacia el desacuerdo conmigo mismo y mezclarme con esos 200 millones. Pero, la verdad&#8230; preferiría no hacerlo.</p>
<br />Filed under: <a href='http://ornat.wordpress.com/category/los-dias/'>Los días</a>  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/ornat.wordpress.com/1714/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/ornat.wordpress.com/1714/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/ornat.wordpress.com/1714/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/ornat.wordpress.com/1714/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/ornat.wordpress.com/1714/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/ornat.wordpress.com/1714/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/ornat.wordpress.com/1714/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/ornat.wordpress.com/1714/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/ornat.wordpress.com/1714/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/ornat.wordpress.com/1714/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/ornat.wordpress.com/1714/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/ornat.wordpress.com/1714/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/ornat.wordpress.com/1714/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/ornat.wordpress.com/1714/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=ornat.wordpress.com&amp;blog=8130602&amp;post=1714&amp;subd=ornat&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>¡Sabotaje!</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Dec 2011 10:46:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ornat</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>El cajetín de un ascensor es un lugar tan poco hospitalario como un aeroplano. Su prestigio es bien diverso, sin embargo, como demuestra el hecho de que en los ascensores a la gente sólo se le ocurre hablar del tiempo, mientras que son abundantes las fantasías erógenas que tienen por escenario un largo vuelo transoceánico. En mi opinión, sin embargo, hay un punto de encuentro o dos entre ambos vehículos: en aviones y ascensores, los teléfonos no funcionan o no tienen cobertura; y tanto aviones como ascensores conjuran con un encierro la evidente violencia de la altura, que siempre nos acecha. Los dos son un suelo falso bajo el cual se levanta una alegre columna de aire, que decidimos ignorar por nuestro exceso de confianza en la mecánica. Los entendidos nos dicen que la aviación es el medio de transporte más seguro que existe y que la tecnología de los actuales ascensores hace imposible su caída por el oprobioso hueco rectangular de diez pisos. ¿Ni siquiera en el caso de que un villano serrara la trama de cables que lo sustenta? Ni siquiera en ese caso, me responde un amigo que se dedica al negocio. Y, además, cómo van a competir con el ascensor unas marmóreas escaleras, con su amenazante acordeón de baldosas en ángulo recto, ideales para partir vértebras y costillares si uno pierde pie.</p>
<p>Eso sí, los ascensores se cuelgan y te dejan encerrado. Sobre esa posibilidad, nadie miente: son carnívoros. La otra madrugada, el ascensor número uno de mi casa declaró suspensa su ascensión hasta el quinto piso nada más despegar del suelo. Yo iba escuchando en el iPod el tema <em>Electricity</em>, de Spiritualized, que viene con mucha profusión ruidosa; así que no advertí si, antes de detenerse, el aparato había liberado algún suspiro hidráulico que delatara su agotamiento. Sólo se paró, nada más despegar. Es el momento crítico de cualquier trayecto de esta naturaleza, ya se sabe. En el instante de quedar atrapado, en mi cabeza atronaba literalmente este sonido.</p>
<span style="text-align:center; display: block;"><a href="http://ornat.wordpress.com/2011/12/21/sabotaje/"><img src="http://img.youtube.com/vi/L-utGR-jy-g/2.jpg" alt="" /></a></span>
<p>Sería la una y media de la mañana, esa hora en que los periodistas regresamos derrotados por la minuciosa madrugada, con sus telones de niebla, los silencios huecos y la poco generosa desviación profesional de pensar que cualquier error cometido durante la jornada será una pública condena en letra impresa al día siguiente. No es que quiera agregar dramatismo, pero a esa hora de un domingo la gente de bien no frecuenta rellanos. Me saqué los auriculares del oído para no multiplicar las impresiones de claustrofobia a las que iba a enfrentarme y pensé que, en caso de que el rescate se demorase, siempre podría devorar mi propio pie, como el niño de <em>Aterriza como puedas</em> que se quedó atrapado en un frigorífico. Activé la alarma, un enfático gesto bien inútil: el volumen de la sirena resultaba insuficiente, aunque me hizo pensar en las preguntas erradas del <em>Un, Dos, Tres</em>. Así que, abandonado a mi suerte por la electricidad, resolví ponerme en manos de la cinemática primitiva. Esto es, sentado sobre el piso del ascensor, me recosté contra la pared del fondo para tomar impulso y descargué una furibunda serie de patadas contra la puerta sinceramente patéticas. Pegar con ansiedad no sirve de nada, sólo aumenta la ansiedad. Hay que pegar de manera científica. Un puñetazo desaforado puede servir para derribar un buey, sí, pero también para partirse la muñeca en el intento. Y el equilibrio, el equilibrio es vital: ¿No ha visto usted cómo columpian los púgiles el peso muerto sobre los pies cuando disparan los puños? Perico Fernández me explicó un día que hay que golpear en la quijada, y esas cosas no las enseña un padre. Se ve que es el punto débil de los hombres: ahí donde la mandíbula se precipita en barbilla, ahí. Muy bien, pero&#8230; ¿cómo sale uno de un ascensor a puñetazos?</p>
<p>Luego he sabido que hay que mantener presionado el botón varios segundos para establecer contacto con el centro de atención al cliente. Hemos de esperar que no lo gestionen desde Telefónica. Tantas cosas he sabido demasiado tarde, después de ignorarlas en el momento adecuado&#8230; Que hay una ruedecita en el hueco lateral que desatasca el cierre de la puerta, aunque juro haberla buscado después en previsión de futuros accidentes, sin encontrarla; que arriba en el cuarto de máquinas de la azotea una palanca permite accionar de emergencia la subida o bajada al piso más cercano; que el protocolo de actuación de los mecánicos de ascensores exige presentarse en una llamada de auxilio en no más de 20 minutos. Tantas cosas que, ahora, todas las patadas que le pegué a la puerta me resultan aún más sonrojantes. En ese momento ya sabía que no iban a ser una solución, pero necesitaba ensanchar el cubo que me aprisionaba aunque fuera a tortazos.</p>
<div id="attachment_1703" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><a href="http://ornat.files.wordpress.com/2011/12/elevator-original.jpg"><img class="size-medium wp-image-1703" title="elevator-original" src="http://ornat.files.wordpress.com/2011/12/elevator-original.jpg?w=300&#038;h=225" alt="" width="300" height="225" /></a><p class="wp-caption-text">Modelo común de ascensor carnívoro, con su exhibicionismo cúbico, su doble puerta corredera de acero reflectante, su escasa ventilación y esos modestos cuadros de mandos que hacen todo menos lo realmente necesario, abrirse cuando lo necesitas.</p></div>
<p>La situación no era agradable porque, por si fuera poco, hace un par de meses fui nominado presidente de la comunidad y arrancar la legislatura a hostias con el ascensor cuya instalación generó tantas controversias y gastos, según me cuentan, no hubiera dado buena imagen. Si rompo el ascensor, pensé, no faltará quien aproveche para acusarme también de violentar el descanso vecinal con mi batería desde las catacumbas del sótano. Hay dos situaciones en la vida que uno jamás quiso afrontar, por lo menos: ser llamado a una mesa electoral en día de votación; y convertirme en el tipo al que todos miran pidiendo explicaciones en las reuniones de vecinos. Así que no asistí a la convocatoria en la que se ve que fui aclamado sin oposición alguna y por riguroso turno. Mi programa es sencillo: ser el peor presidente de la historia de la propiedad horizontal, con el fin de que me recusen cuanto antes en ésta y otras hipotéticas comunidades futuras. Así, les concedo a todos lo que me piden, aunque unas peticiones resulten contradictorias con las otras o incluso las anulen; dejo en manos del porterico, que lo lleva todo anotado al dedillo, cualquier decisión comprometida, como por ejemplo si subimos un grado o adelantamos una hora el encendido de la calefacción para que los mayores no se queden pajaritos después de comer; salgo y entro con apresuramiento impostado en horas lectivas, y con la música en las orejas, para cercenar de antemano la tentación de alguno de despachar conmigo asuntos de vital importancia en el rellano; y, sobre todo, no abro la puerta jamás a los vecinos que tocan el timbre en la esperanza de poder hacerme cargo de sus preocupaciones.</p>
<p><em>[Anotación para la próxima junta, a la que si Dios me lo concede no podré asistir: La otra noche me fijé con detalle en el belén que mister Conserje había instalado en la garita y estuve tentado de declarárselo ilegal; no por quebrantar el constitucional laicismo (que aquí creemos y creemos mucho y bien), sino por la desordenada mezcla de modelos de figuritas y una observación muy relajada de las perspectivas, con un San José que es más grande que los camellos de los tres Reyes. Y, sobre todo, porque ha repartido por el gotelé del patio unas estrellitas de papel de plata arrugado que no sólo no anuncian la Buena Nueva, sino que animan a cualquier oenegé a dejarnos en una bolsa en el portal ropas de segunda mano y zapatos usados para que nos vistamos este invierno. No es que seamos una comunidad glamurosa, en fin, pero las estrellitas llevan años pareciéndome inadmisibles. Lo dejé pasar, empero].</em></p>
<p>Por fortuna, para mí y mi prestigio de mandatario, adquirí hace unos meses una BB que aun dentro del ascensor ofrecía unas <em>raícas</em> de cobertura suficientes para pedir auxilio. Con el viejo móvil hubiera pasado la noche enterrado en vida. De modo que pude comunicarme con el espacio exterior, tan envidiable; y, sosegado mi nerviosismo inicial, las imprecaciones a mi querida con el fin de que metiera cualquier cosa por el agujero de la llave de la puerta y me liberara, y los juramentos de que jamás volvería a subirme a un elevador en mi vida, ahora que estoy en forma, me dispuse a leer sin poder concentrarme demasiado algunas líneas de las memorias de Hunter Davies, el biógrafo de los Beatles, a quien conocí en cierta ocasión y me convirtió en protagonista de uno de sus libros. O sea que Hunter Davies ha escrito de los Beatles, de fútbol, de Paul Gascoigne e incluso de mí. Pero eso lo contaré otro día. Ahora diré que, pasada una media hora que pudo cambiar mi vida y equilibrios cerebrales para siempre, fui liberado de las garras de la mecánica por un atento muchacho de la Schindler. El chico atendió en tiempo y forma, confesó que era la tercera vez ese día que liberaba a un convecino de ese o el otro ascensor de la casa y, como disculpándose por la conjetura, anunció: <em>&#8220;Tres veces en un día es raro: por el tipo de errores que da la máquina, y la evidencia de que todo está bien tecnológicamente hablando, bien pudiera ser que alguien, en cualquier piso, estuviera manipulando la puerta de los ascensores para colgarlos de forma deliberada</em>&#8220;. Lo miré con gravedad. Le aplico el tratamiento perico o no se lo aplico&#8230; Me contuve, por si necesitara su rescate en otra ocasión. ¿Un caso de sabotaje en esta apacible comunidad, dice usted? ¿Un atentado contra la presidencia? Preferí desechar la posibilidad. Lo único que le faltaba a mi legislatura es tener que abrir una investigación de ese calado y que se me presentara en casa la polizei local, con la de multas de zona azul que le debo al cochero de Drácula.</p>
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		<title>El viajero del traje blanco</title>
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		<pubDate>Wed, 30 Nov 2011 02:55:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ornat</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Por casualidad, o porque uno vive decididamente más atento a lo innecesario que a lo fundamental- he sabido que el 1 de diciembre se cumplen 176 años del nacimiento de Mark Twain, el padre de la literatura norteamericana: “El primer escritor que disfrutó de la fama reservada entonces a los Presidentes, los generales y los [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=ornat.wordpress.com&amp;blog=8130602&amp;post=1685&amp;subd=ornat&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por casualidad, o porque uno vive decididamente más atento a lo innecesario que a lo fundamental- he sabido que el 1 de diciembre se cumplen 176 años del nacimiento de Mark Twain, el <em>padre </em>de la literatura norteamericana: “El primer escritor que disfrutó de la fama reservada entonces a los Presidentes, los generales y los predicadores que le pegaban fuego a graneros&#8221;. La efemérides es lo suficientemente irregular, en cuanto a la cifra, como para celebrarla con algunas palabras de agradecimiento. Una coincidencia, porque llevo días pensando en escribir sobre Mark Twain sin decidirme a hacerlo, tal vez porque, como él mismo dejó dicho, &#8220;hacen falta unas tres semanas para escribir un discurso improvisado&#8221;.</p>
<p>No acierto a recordar en qué momento pasé por encima de la evidencia de que Mark Twain es el autor de <em>Huckleberry Finn </em>y <em>Tom Sawyer </em>y me encontré al autor cuyo nuevo libro celebro siempre que me lo cruzo. No está mal para un señor que nació en 1835, con la visita del cometa Halley, lo que le hizo predecir: &#8220;Me iré de este mundo cuando el cometa vuelva a la Tierra&#8221;. Y ocurrió: en 1910, al día siguiente del fenómeno cósmico, Twain murió. Antes, a lo largo de su vida, había anticipado en un sueño premonitorio la muerte de su hermano, a quien entrevió en un ataúd vestido con un traje suyo. Se interesó por la ciencia, conoció a mandatarios, formó parte de la primera sociedad de parapsicología de Estados Unidos, lo visitó Thomas Edison, trabajó en una imprenta, como cajista, como piloto de un paquebote en el Mississipi, fue periodista, reportero, conferenciante&#8230; Sobre todo fue viajero. Y ahí nos cruzamos, por envidia tal vez, el día en que en la sección de literatura de viajes -un genero encantador, siempre que uno encuentre al viajero adecuado- vi el primero de los tres volúmenes de una serie titulada de manera salvajemente evocadora: <em>Viaje alrededor del Mundo siguiendo la línea del Ecuador. </em></p>
<div id="attachment_1687" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><a href="http://ornat.files.wordpress.com/2011/11/mark-twain-portrait.jpg"><img class="size-medium wp-image-1687" title="mark-twain-portrait" src="http://ornat.files.wordpress.com/2011/11/mark-twain-portrait.jpg?w=300&#038;h=207" alt="" width="300" height="207" /></a><p class="wp-caption-text">Mark Twain, con su traje blanco, su cabello blanco, su bigote manchado y una pipa dispuesta. De acuerdo a Faulkner, el padre de la Literatura americana.</p></div>
<p>Recuerdo haber devorado aquellos libros, haberme reído incansablemente con sus chanzas, sus despreocupados comentarios, la mordacidad de los juicios, la inteligencia de los comentarios, el ojo crítico, la piedad y la preclara singularidad de sus observaciones acerca de razas, pelajes, hombres, costumbres, tribus, credos, colores, lugares. Y haberme revolcado felizmente en la maravilla de sus construcciones sintácticas, como un perrillo en un jardín de barro. Twain (nacido Samuel Langhorne Clemens) es mi autor americano favorito. El que más me divierte. El que más me estimula. El que más me gustaría ser. Sí, uno daría algo por esos mundos alambicados de Faulkner, por la pérfida imaginación de Poe, por la curiosidad generosa de Truman Capote, la potencia descriptiva de Herman Melville, la conciencia de Steinbeck, sus arquetipos, cómo no por las frases como disparos de Hammett y Chandler, y también por algo de Richard Ford o Pete Dexter&#8230; Cualquier cosa, T. S. Eliot, Dos Passos, Norman Mailer. Sí, pero sobre todo entregaría cualquier precio estipulado por haber embarcado con Twain en su vapor, por fumar una pipa en el descanso del crepúsculo en la cubierta del Quaker City; por haber descubierto el Pacífico Sur en sus viajes siguiendo la línea del Ecuador, o en el fantástico periplo alrededor del mundo (Estados Unidos, Europa, Tierra Santa&#8230; el primer viaje de turismo organizado de la historia, como lo definió él) que escribió por entregas y que están reunidos en el libro llamado <em>Los Inocentes en el Extranjero,  </em>también publicado en España por Ediciones del Viento con el título de <em>Guía Para Viajeros Inocentes</em>.</p>
<p>Y desde luego, en su <em>Vida en el Mississipi</em> o en <em>Un Vagabundo en el Extranjero</em>. Como hago ahora con su viaje de dos semanas en diligencia atravesando Estados Unidos desde Missouri a Nevada: un viaje que iba a durar tres meses, para acompañar a su hermano Orion, nombrado ayudante del gobernador de Nevada, y que acabó prolongándose durante nueve años en los que Mark Twain conoció el Oeste salvaje, durmiendo al raso o sobre la montonera de sacas de correo que portaba la diligencia; sus vuelos por las llanuras, las Rocosas, el terror a los indios y, de fondo, la fiebre del oro. Ese libro se llama <em>Pasando Fatigas</em>. Es de una felicidad infatigable. No debería terminarse nunca.</p>
<p>Uno viaja y escribe, viaja y lee. Las dos, las tres cosas van íntimamente unidas. Cada vez que hay que salir de casa, los dedos quieren en los estantes a Julio Camba, a Josep Pla, a Stevenson y, por supuesto y por encima de todos , a Mark Twain. Esta vez lo llevé de paseo por Italia unos días. Y mientras las televisiones transalpinas rezaban por el nuevo gobierno de Mario Monti, mientras yo rendía culto a las tumbas de Galileo, Maquiavelo, Dante o Miguel Ángel en Florencia, mientras observaba las huellas de Leonardo, la escuela florentina, los crucifijos pintados de Ghiotto, las catedrales, las basílicas, las plazas medievales, las torres, los viñedos toscanos&#8230; iba pensando en el desapego descrito por Twain en esos mismos lugares hacia el arte clásico, la repetición insaciable de los temas, la entrega del genio artístico a la glorificación de los poderes religiosos, civiles y económicos. Ese escepticismo, el hartazgo de la belleza, su tirria por los guías de viaje, su negación del descubrimiento como producto: <em>&#8220;Si el gran Tiziano hubiese contado con el poder de la profecía y hubiese dejado de pintar uno de sus mártires para irse a Inglaterra a pintar un retrato de Shakespeare, aunque fuese de joven, del que todos pudiésemos fiarnos ahora, el mundo, hasta el final de los tiempos, le habría perdonado el mártir perdido&#8221;.</em></p>
<p>Cosas así decía Mark Twain. Y cosas como que, si uno dice la verdad, jamás tendrá que acordarse de nada. El hombre que fumaba en pipa y repetía que, de joven, &#8220;podía recordar todo, hubiera sucedido o no&#8221;. El que prefería el Paraíso por el clima&#8230; y el infierno por la compañía. El que consideraba al Hombre un experimento cuya validez habrá todavía que probar. O que el único motivo por el que nos alegramos en las bodas y lloramos en los funerales es que no somos la persona implicada. Decía. Un viajero que sostenía que &#8220;la verdad es mucho más extraña que la ficción&#8221;. Y que acertó a definir: &#8220;Para Adán, el Paraíso era el lugar en el que estaba Eva&#8221;.</p>
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		<title>I look at you all&#8230;</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Nov 2011 14:38:45 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>No sé si hará falta que diga algo. No sabría decir gran cosa, salvo que no se pueden haber escrito muchas canciones más hermosas que ésta; y que no sé si George Harrison alcanzaría una interpretación tan excelente como la que él y sus secuaces (Ringo Starr a la batería incluido) hicieron en el celebérrimo Concierto por Bangladesh. Hay otra versión magnífica (las de los Beatles están fuera de categoría, por razones obvias) dirigida por Eric Clapton a la guitarra y la voz, Paul McCartney en el piano, el propio Ringo a la batería y Dhani, el hijo de Harrison, con una guitarra acústica: la del llamado <a href="http://www.youtube.com/watch?v=rj4J6i_vw0w" target="_blank">Concierto por George</a>. Podría buscar este tema en sus mil diferentes revisitaciones e ir poniéndolas todas, día a día, hasta que aquí nos quedásemos cuatro (o cuatro mil) locos insaciables. De todas las posibilidades siempre voy a preferir la voz de Harrison, compuesta de una textura de la que no puedo hacer juicios críticos, pero sí sentimentales: siempre me ha provocado una temblorosa emoción, ignoro el por qué. El riff del comienzo y el solo de guitarra que la culminan son preciosos y aquí, en esta interpretación con un sonido tan de los setenta, se afilan magistralmente.</p>
<p>¿Qué decir de noviembre, un mes que se lleva todo por delante? Noviembre ha sido casi siempre negro. No tan cruel como abril, creyó el poeta, pero insondablemente oscuro, desesperanzador, el punto más lejano y solitario del año. Uno, que tiene todas las resistencias erosionadas hace ya días, lo va pasando de medio lado, envuelto en una extrañeza creciente, un distanciamiento sin regresos inmediatos. Tratando de no calcular cuánto queda hasta que vuelva la luz, por ejemplo la luz a la que cantó George Harrison en <em>Here Comes The Sun</em>. ¿Qué decir de George Harrison, fallecido mañana hará diez años? Lo mismo que de cualquiera de los otros tres: eran y son una cumbre insuperada. Grupal y personalmente. La culminación anticipatoria de todo lo que después hemos celebrado.</p>
<span style="text-align:center; display: block;"><a href="http://ornat.wordpress.com/2011/11/28/i-look-at-you-all/"><img src="http://img.youtube.com/vi/ryV6TSbszeI/2.jpg" alt="" /></a></span>
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		<title>El último vals</title>
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		<pubDate>Sun, 13 Nov 2011 00:31:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ornat</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Este es el final de mi carrera]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando me sonó el teléfono estaba en la Fnac y me disponía a llenarme la bolsa de cedés. Al otro lado, al descolgar, la voz de aquel amigo que, jugando de talonador y con los brazos cruzados a la espalda de los dos pilares, era capaz de pegarle un puñetazo en la melé al número 3 contrario. No pregunten cómo: en la melé se dan prodigios anatómicos difíciles de razonar. Hubo un tiempo en que la melé del Semi era una reunión de caza-recompensas sedientos de carne. Aquellos tipos a cuyos pechos nos criamos unos cuantos delanteros de la generación límite no sólo empujaban y pisaban; también, como norma de comportamiento rutinario, golpeaban. La voz era conocida y empezó a decir cosas conocidas: que si hay que pasarles por encima, que si la melé es lo de siempre, que si te placan tiene que ser cobrando, que un codo en la boca del defensa, que si te acuerdas aquel día que le bailé un zapateado en la espalda a no sé quien, que no nos pueden empujar, que hay que hundirlos&#8230; Ese tipo de cosas: cháchara rutinaria entre viejos primeras líneas. La juventud es tierna; la juventud no está comprometida; la juventud es, en términos generales, miedosa, cobarde, desinteresada o blanda; la juventud no es lo que era. La conclusión resultaba inevitable. Me la vi venir y además sabía mi respuesta, después de ponerme la sangre a hervir durante tres cuartos de hora de conversación: bueno, el sábado qué&#8230;.yo voy a jugar, ¿y tú, qué? Por un momento me quedé pensando en Robert de Niro.</p>
<div id="attachment_1675" class="wp-caption alignleft" style="width: 210px"><a href="http://ornat.files.wordpress.com/2011/11/de-niro.jpg"><img class="size-medium wp-image-1675" title="de niro" src="http://ornat.files.wordpress.com/2011/11/de-niro.jpg?w=200&#038;h=300" alt="" width="200" height="300" /></a><p class="wp-caption-text">Robert de Niro, como Neil McCauley en Heat: un tipo convincente...</p></div>
<p>Hay una escena en <em>Heat</em>, la vibrante película de Michael Mann, en la que De Niro propone a un ex convicto al que se encuentra friendo hamburguesas en un restaurante que conduzca su coche en el atraco multimillonario que va a hacer a un banco. Acaba de quedarse sin conductor para la huida (la policía le pisa los talones a Trejo) y al chico de la plancha lo conoce de sus días a la sombra. Basta tentarlo. Se ve que la reinserción es un asunto algo más complicado de lo que suponen los programas condescendientes. El tiempo se echa encima, el chico duda algunos segundos: debe de estar pensando en alguien, seguramente una mujer que le guardó la ausencia mientras él cumplía condena; alguien que saborea en ese mismo momento la esperanza de una nueva vida. McCauley lo aprieta: una respuesta, ahora, sí o no&#8230; Atrapado en la rutinaria y abusiva seguridad de una condicional entre bollos de pan y salchichas, el tipo decide de inmediato entregarse a un último baile al volante de esa banda de atracadores tan <em>cool</em> que capitanea De Niro. Es lo único que sabe hacer. O tal vez lo único que puede hacer.</p>
<p>Entre ese tipo al que proponen echar a perder de nuevo su vida y alguien a quien lo invitan a un último vals en el campo de rugby existen algunas malvadas similitudes: hay un veneno, hay un torvo sentido de pertenencia, hay una incomprensión de inadaptado, hay una vulgar sinrazón y una extrañeza de los lugares, las personas, el olor de las cosas, las sensaciones. La insoportable levedad de estar fuera, de ya no ser y, aún peor, la rara culpabilidad de haber abandonado a los amigos en el frente&#8230; Naturalmente, todo esto es estúpido: basta usar la razón, apenas. El carnet de identidad. Los horarios de salida al patio con otros matones. Los partes de dos meses y medio de baja. La mujer que te espera para recuperar la vida que partió por la mitad aquel error, y su condena. El recuerdo de las horas de inmovilidad. Los barrotes. El quirófano. Bastaría cualquiera de esas cosas, debidamente ordenadas, para apelar a la razón. La razón tiene razón.  Sí, uno sabe que hay otra vida fuera del campo de rugby, pero no alcanza a darle forma o lo gana la impresión de que hay algo incompleto, como una nota disonante, una frase que no concuerda, algo fuera de su sitio. Debe de haber un modo de reconocer lo inevitable y, sin embargo, no lo encontramos. Traté de conjurar todas estas locuras comprándome una pelota a la que abrazarme en casa. Prometí que sólo entrenaría para sentirme en forma, ver a la gente, reconocer otra vez algunas sensaciones. Me llamó Robert de Niro y me dijo: &#8220;Una respuesta, ahora&#8221;. Y tres segundos después estaba a punto de tirarme de cabeza contra el estante de las películas.</p>
<p>Un par de escenas más tarde, una mujer ve el retrato del muchacho que freía hamburguesas en las noticias de las seis, y observamos en sus ojos un callado desmoronamiento interior. Ahora ella sabe que, en el tiroteo que sigue al atraco, el conductor ha sido de los primeros en morir baleado. Ha vuelto a hacerlo. Ay, las madres huérfanas, las novias que impedían a sus chicos ir al rugby, los muchachos que mentían en casa para poder jugar. Venían a entrenar envueltos en mentiras, como apestados en las catacumbas&#8230; Pero uno no piensa estas cosas. Es el último baile del guerrero, que cantó Kortatu. Bailad, malditos. Mi patético canto de cisne. El vals de The Band. El final de la escapada. <em>The end, my friend</em>. Va, la última y nos vamos a dormir. Este año lo dejo. Los últimos gustos, con los últimos sustos.</p>
<span style="text-align:center; display: block;"><a href="http://ornat.wordpress.com/2011/11/13/el-ultimo-vals/"><img src="http://img.youtube.com/vi/xlmkff4obi0/2.jpg" alt="" /></a></span>
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		<title>Cómo luchar contra la soledad</title>
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		<pubDate>Thu, 03 Nov 2011 12:11:49 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Es por la tristeza, nos dijo Jeff Tweedy. Puede que una parte de la audiencia no comprendiera del todo, que le chirriase la caracterización de España como país afecto a las hermosuras de la aflicción. Para mí, era evidente: los estaba viendo desde el balconcillo de la grada alta del Price, en Madrid. Cansado de un primer tramo de concierto sentado sobre una aterciopelada butaca lateral y del hueco sonido de las primeras interpretaciones, en las que los ingenieros hubieron de bajar notablemente el volumen para no incurrir en el caos al que invita el recinto circular -a medias teatro, a medias carpa de circo- del Price. A Diego Manrique le parece que los precios (70 euros esa localidad) eran adecuados y en consonancia con los del resto de la gira europea. A mí no&#8230; y con razón. Vi los precios en los recitales de Manchester o varios de Alemania, donde estuve considerando ir, y no pasaban de los 50 euros ni las treintaitantas libras. Bien está la proximidad íntima que procura la graciosa disposición del Teatro Circo Price y su chiquito ruedo de tarima; y su mínimo espacio para montar el escenario, encajonado en la salida de artistas, pegado a la esquina del semicírculo de gradas. Bien está: &#8220;¡Ese tío está subido con nosotros en el escenario!&#8221;, gritó una vez Tweedy, señalando a la esquina más cercana de la primera fila, en la que el crítico de cine Carlos Boyero se entregaba con los ojos cerrados a los <em>riffs</em> y los <em>slides</em> de Nels Cline. No sé si se refería a él o a un tipo a su lado, que bailaba de pie coreando los temas. Yo pensé que, por ese precio, uno debería tener derecho, en efecto, a estar con Wilco encima del escenario. <a href="http://www.elpais.com/articulo/cultura/Wilco/precio/perfeccion/elpepucul/20111102elpepucul_7/Tes" target="_blank">El precio de la perfección</a>, escribe mi admirado Manrique&#8230; Pero no se refiere a eso.</p>
<div id="attachment_1661" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><a href="http://ornat.files.wordpress.com/2011/11/kotche2.jpg"><img class="size-medium wp-image-1661" title="Photo by Richie Wireman" src="http://ornat.files.wordpress.com/2011/11/kotche2.jpg?w=300&#038;h=200" alt="Glenn Kotche by Richie Wireman" width="300" height="200" /></a><p class="wp-caption-text">Glenn Kotche, el fantástico batería de Wilco, en su laberinto de sonidos: de esta forma tan sugerente lo fotografió Richie Wireman para Wilcoworld.net durante la gira norteamericana del mes pasado.</p></div>
<p>Y eso hice: ponerme tan cerca del escenario como pude. Cansado de la butaca estanco, me fui al balconcillo a ver la parte más sabrosa del concierto. He visto suficientes veces a Wilco para tener ya muy definidas las preferencias, y sentarme a mirarlos como si estuvieran en una pantalla de cine no está entre ellas. Desde el lateral diestro, a ratos veía un poco de espaldas la delantera de cuerdas y voz, pero a cambio tenía a Nels Cline a apenas tres metros y la posibilidad de disfrutar cada uno de sus punteos con una nitidez espeluznante. Su monitor no debía de andar lejos y se oía perfectamente cada mínimo detalle. Un poco más allá, Tweedy con su gris sombrero hongo, tocado que a David Lafferty, el crítico del Manchester Evening News, le pareció muestra de impostura innecesaria para una banda como Wilco: <a href="http://www.citylife.co.uk/news_and_reviews/reviews/10019979_review__wilco" target="_blank">&#8220;Forget the glitz, Jeff&#8230; just play the tunes&#8221;</a> (&#8220;Déjate de artificios, Jeff&#8230; limítate a las canciones&#8221;). Stirrat entraba y salía de la primera línea, con ese aire ajeno, humilde y filantrópico de casi todos los tipos que tocan el bajo, como si hubieran somatizado el tono grave de sus acordes y la condición de sostén rítmico de las alucinaciones del resto; y al otro lado Pat Sansone, con sus vivaces trasteos a la guitarra o sus juegos sónicos de multiinstrumentista. Justo debajo de mí, Jorgensen se afanaba en los teclados. Y en línea tenía, sobre todo, al tipo al que más me interesó seguir durante todo el recital; en línea como si yo fuera el asistente del árbitro en la banda y él ese delantero centro que bordea el fuera de juego: <a href="http://www.youtube.com/watch?v=tse1WPxhOGA" target="_blank">Glenn Kotche</a>, un batería sinceramente admirable, un <a href="http://wilcoworld.net/#!/roadcase/video-npr-tiny-desk-concert" target="_blank">luthier de los tambores</a>, el secreto oculto del muro de sonido sobre el que Wilco apoyan la brutalidad experimental de sus composiciones: con sus baquetas, sus escobillas, sus maracas, los platillos vueltos sobre los platos mayores, la búsqueda de registros, texturas y ambientes que enmarquen cada canción.</p>
<p>Me gustó la apuesta inicial, con el despacioso torrente de cuerda española de <em>One Sunday Morning</em>, el tema de 12 minutos, de cadencioso ritmo en un puente de guitarra repetido, cierre para <em>The Whole Love</em>, su último disco. Siguieron con <em>Poor Places</em>, otro tiempo lento de <em>Yankee Hotel Foxtrot</em>, en el que ya asoman algunos apuntes, amenazas del ruidismo que aparece en ese disco y que iba a hacer presencia innegable en este concierto. Luego, celebrada aunque con un epílogo instrumental menos apabullante de lo que yo esperaba, el trallazo electro-psicodélico de <em>Art of Almost</em>&#8230; Y una cuarta, <em>I Might</em>, con sus jueguecitos de órgano, tercer ingreso de la noche en TWL. Detrás de todo eso, había algo nuevo para mí: la incómoda sensación, durante los 20 o 25 minutos del arranque sentí que no me llenaba lo que veía ni cómo sonaba. Empecé a preguntarme si no había visto demasiadas veces a Wilco. Si no habría traspasado los límites recomendables de la admiración. Era la butaca, era el precio (yo pensando en los precios, yo&#8230;. siempre tan despiadadamente manirroto), era la oquedad del sonido, el muchacho que a mi lado le llamaba la atención a otro que se ponía de pie para aplaudir y bailar, el volumen&#8230; O la adusta puesta en escena, sin siquiera saludar. ¿Era tensión de los músicos? ¿Era un temor mío? ¿Tendrían razón los que consideran que <em>Sky Blue Sky</em> y <em>Wilco (The Album)</em> son obras menores que anunciaron un declive, cuando a mí me gustan tantísimo&#8230; sobre todo el primero? Entonces tocaron <em>At Least That&#8217;s What You Said. </em>Una de las canciones que más quise siempre. Con el ojo tumefacto del novio sentado al borde de la cama mientras ella llora, esas separaciones de las que las dos partes salen heridas: &#8220;Cuando me senté a tu lado en la cama / te pusiste a llorar&#8230; / Puede que, si me marcho, / desees que vuelva a casa. / Tal vez sólo necesitas / que te deje sola&#8230; O eso fue lo que dijiste&#8230; /Fue precioso que me besaras / el ojo que se me había puesto morado / Fue precioso incluso aunque fuiste tú la que me lo puso así&#8221;. Y luego el largo guitarreo. Fue <em>At Least&#8230;</em> y luego vino<em> Bull Black Nova</em>, la escena de carretera, la sangre en el asiento, el acoso y la desesperación Y después <em>Via Chicago</em> con su tormenta diabólica ahogando las voces en el camino de vuelta a casa. Y después <em>Jesus, etc&#8230;</em> Y ahí me levanté de la butaca y me fui al balconcillo. Fue por ahí, después de <em>Born Alone</em> o antes de <em>War on War</em>, o quizás en la delicada <em>Hummingbird</em>. Ahí dijo Jeff Tweedy lo de la tristeza y me reconocí desarmado en sus palabras. Y se puso a cantar <em>Impossible Germany</em>.</p>
<div id="attachment_1662" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><a href="http://ornat.files.wordpress.com/2011/11/wilco.jpg"><img class="size-medium wp-image-1662" title="Photo by Richie Wireman" src="http://ornat.files.wordpress.com/2011/11/wilco.jpg?w=300&#038;h=200" alt="" width="300" height="200" /></a><p class="wp-caption-text">Pat Sansone, de espaldas, y Jeff Tweedy -con su asabinado sombrero hongo-, interpretan mano a mano el diálogo de guitarras que hace de brillante epílogo para su mejor interpretación de la noche del martes en Madrid: Impossible Germany.</p></div>
<p>He oído cien mil veces esa maravilla (&#8220;el mejor solo de guitarra del siglo&#8221;, proclamaba ayer un crítico), y la he escuchado hasta tres veces en directo. Ninguna como ésta. La mejor versión que he visto de un tema en sí memorable. Es raro haber oído tantas veces lo mismo y reconocer cuándo la interpretación de un tema ofrece algo definitivamente distintivo. Pero no estaba solo en esa impresión. Porque cuando Nels Cline, Tweedy y Pat Sansone (estos dos mano a mano, el otro en solitario sobre la esquina del escenario) finalizaron su audaz diálogo de guitarras, el teatro entero se levantó en pie y produjo una ovación estruendosa. Pero no el tipo de ovación gamberra, admirativa, incandescente&#8230; el tipo de ovación que da el público en un concierto de rock. No. Fue, en cambio, uno de esos largos aplausos que corresponden a la interpretación de un aria portentosa en la ópera o al mutis sagrado de un actor en el teatro o a la reverencia final de una compañía triunfal. Fue un tipo de aplauso que yo jamás había escuchado salvo en la música clásica. De todo el concierto voy a recordar siempre ese momento, que previaba con el tono y la forma debidos un pasaje absolutamente magistral de los seis músicos.</p>
<p>Wilco habían vuelto a hacerlo. Del opinable titubeo inicial, arriesgado de por sí, a la conquista absoluta gracias a la maquinaria interpretativa de una banda sensacional en todos los sentidos del término. Wilco no se toma noches libres cuando se trata de tocar, miden perfectamente los impactos y ponen en juego su prestigio durante cada minuto de los directos. Los discos pueden ser opinables; sus conciertos no admiten réplicas. Ninguno de los cinco, y pienso seguir, que yo he visto en estos años. Ahora entiendo a aquel melómano que, una noche en la barra del hotel en el que yo trabajaba en Londres, me contaba entre tragos a sus escoceses que llevaba siete noches seguidas viendo a Eric Clapton en el Royal Albert Hall, armado con unos binoculares para seguir sus manos. Ahora entiendo&#8230; Los tres cuartos de hora que cerraron el set establecido el martes en Madrid edificaron un recital formidable, en el que Wilco pusieron todo el potente empeño de su destreza para mezclar sabores, tradiciones clásicas y ejercicios experimentales, la vulnerable quietud de las piezas y la transgresión estimulante de sus creaciones más altas. No fue, como temí, una mera reunión de hits. Interpretaron hasta siete temas de su discutido (ya por molesta costumbre) último elepé. Repasaron algunas de las cumbres de <em>Yankee Hotel Foxtrot</em> o <em>A Ghost Is Born</em>. Y nos dieron ganas de ir a Barcelona, a San Sebastián, a Vigo y someternos una vez y otra a la prueba de la fe. Puede que, como dice Manrique, todo en los directos de Wilco esté perfectamente calculado para la creación de un efecto. Una actuación ha de buscar eso. Pero cualquiera sabe que hay cientos de bandas a los que, cuando se ponen a calcular cosas así, no les salen ni siquiera las sumas y las restas. A Wilco les bastaría con interpretar cada noche <em>Spiders (Kidsmoke)</em> para enfatizar los conciertos y darle a la gente lo que más reclama de esta banda: la expresividad arrolladora de <em>A Ghost is Born</em>. Pero esa no sonó. No lo hace siempre. Cada recital suyo que yo he visto puedo recordarlo por un distinto argumento central que revienta en líneas de fuga diferentes. Buscan caminos alternativos (¿no lo es iniciar un concierto con doce minutos de murmullo acústico?); rebuscan en el catálogo y encuentran esos temas menos considerados, esos que uno pasa por alto en los primeros días y crecen con el tiempo, y los someten (nos someten) a un redescubrimiento que de pronto vuelve a hacer obligatorio meter en el reproductor el hace tiempo no escuchado <em>Being There</em> y atravesar las áridas tierras camino de Madrid mecido por sus acordes; o proclamar que el <em>Foxtrot</em> ya aguardaba latente en <em>Summerteeth</em>.</p>
<p>La parte de los bises fueron esos himnos tan recitables que cantan a la juventud extraviada en <em>Heavy Metal Drummer</em> (&#8220;Echo de menos la inocencia que conocí / Tocar versiones de los Kiss / Guapos y colocados&#8230;&#8221;); o las torcidas enseñanzas vitales de imperfección y vida en<em> War on War</em>: &#8220;Tienes que perder / tienes que aprender a perder / Tienes que aprender a morir&#8230; / si quieres saber cómo seguir vivo&#8221;. Ese tipo de frases que nos han enredado. La música, sí, pero sobre todo la hermosura de la tristeza en las letras; y los torrentes de putrefacción anímica que corre por la tramoya oculta de los días, convertidos en un muro de sonido contra el que podemos apoyarnos. &#8220;A sonic shoulder for you to cry&#8221;, como proclamaba <em>Wilco (The Song)</em>. Lo que no vemos pero está ahí, detrás de la presunta belleza de los días. La cloaca y las ratas que corren por las orillas, bajo los jardines en los que juegan los niños. El sumidero embarrado de mierda que sigue a la poética de la lluvia. El óxido de los metales en el trastero húmedo que dejan las riadas. La opresiva blancura de los muros en las noches de soledad. &#8220;Vosotros entendéis la tristeza y por eso nos queréis tanto&#8221;, dijo Jeff Tweedy. Eso fue. Eso es. Armamento contra la soledad.</p>
<span style="text-align:center; display: block;"><a href="http://ornat.wordpress.com/2011/11/03/como-luchar-contra-la-soledad/"><img src="http://img.youtube.com/vi/PkkCbzng8Ws/2.jpg" alt="" /></a></span>
<p><strong>Agrego el setlist<br />
</strong>One Sunday Morning, Poor Places, Art of Almost, I Might, At Least That&#8217;s What You Said, Bull Black Nova, Via Chicago, Jesus, etc, Born Alone, War on War, Hummingbird, Whole Love, Impossible Germany, Red Rising Lung, Standing O, Handshake Drugs, Dawned on Me, A Shot in the Arm. Bises: Heavy Metal Drummer, The Late Greats, I&#8217;m the Man Who Loves You, Red-Eyed and Blue, I Got You (At the End of the Century).</p>
<br />Filed under: <a href='http://ornat.wordpress.com/category/minutos-musicales/'>Minutos Musicales</a>  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/ornat.wordpress.com/1660/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/ornat.wordpress.com/1660/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/ornat.wordpress.com/1660/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/ornat.wordpress.com/1660/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/ornat.wordpress.com/1660/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/ornat.wordpress.com/1660/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/ornat.wordpress.com/1660/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/ornat.wordpress.com/1660/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/ornat.wordpress.com/1660/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/ornat.wordpress.com/1660/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/ornat.wordpress.com/1660/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/ornat.wordpress.com/1660/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/ornat.wordpress.com/1660/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/ornat.wordpress.com/1660/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=ornat.wordpress.com&amp;blog=8130602&amp;post=1660&amp;subd=ornat&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Wilson Wilco</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Nov 2011 11:37:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ornat</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Art of Almost]]></category>
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		<category><![CDATA[I'm Dead]]></category>
		<category><![CDATA[I'm Jim Morrison]]></category>
		<category><![CDATA[Jonathan Wilson]]></category>
		<category><![CDATA[Mogwai]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>El jueves pasado, Mogwai estuvieron a punto de reventar las paredes de la Oasis y me dejaron un zumbido que se quedó ahí toda la noche, de esos que te ayudan a dormir. Sin querer ser peyorativo, uno ha tenido con los escoceses la relación de un bebé con su sonajero o sus ingenios móviles: en noches muy cerradas, apoyaba la cabeza en sus progresiones concéntricas y así quedaba seco, babeando contra la almohada con la mirada del cerebro perdida. Esta vez caí con el zumbido puesto. Al fondo, como una sicofonía, como un agua de lluvia insistente en el cristal, una voz parecía decir: soy Jim Morrison y estoy muerto.</p>
<span style="text-align:center; display: block;"><a href="http://ornat.wordpress.com/2011/11/01/wilson-wilco/"><img src="http://img.youtube.com/vi/5EfuLuN0VXs/2.jpg" alt="" /></a></span>
<p>Acabo de conocer a Jonathan Wilson y sospecho que esto es the beggining of a beatiful friendship. Un tipo con ese aspecto de Costa Oeste americana en los años de Haight y Ashbury por fuerza me ha de caer bien o yo no me conozco en absoluto después de tantos años. Esta noche lo saludaré, a ver si me lleva a una fiesta.</p>
<span style="text-align:center; display: block;"><a href="http://ornat.wordpress.com/2011/11/01/wilson-wilco/"><img src="http://img.youtube.com/vi/-J61rmR9WAw/2.jpg" alt="" /></a></span>
<p>Por supuesto, después celebraré la tradición de la emoción admirativa, felizmente casi anual. Wilco: el arte del casi&#8230;</p>
<span style="text-align:center; display: block;"><a href="http://ornat.wordpress.com/2011/11/01/wilson-wilco/"><img src="http://img.youtube.com/vi/FtM-piNM6iM/2.jpg" alt="" /></a></span>
<br />Filed under: <a href='http://ornat.wordpress.com/category/minutos-musicales/'>Minutos Musicales</a>  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/ornat.wordpress.com/1657/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/ornat.wordpress.com/1657/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/ornat.wordpress.com/1657/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/ornat.wordpress.com/1657/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/ornat.wordpress.com/1657/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/ornat.wordpress.com/1657/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/ornat.wordpress.com/1657/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/ornat.wordpress.com/1657/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/ornat.wordpress.com/1657/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/ornat.wordpress.com/1657/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/ornat.wordpress.com/1657/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/ornat.wordpress.com/1657/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/ornat.wordpress.com/1657/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/ornat.wordpress.com/1657/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=ornat.wordpress.com&amp;blog=8130602&amp;post=1657&amp;subd=ornat&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Donald sofoca la revolución francesa</title>
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		<pubDate>Sun, 23 Oct 2011 23:46:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ornat</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historias del Rugby]]></category>
		<category><![CDATA[RWC 2011]]></category>
		<category><![CDATA[All Blacks]]></category>
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		<description><![CDATA[Un cuarto de siglo más tarde, el balón oval ha completado una trayectoria elíptica y las profecías confluyen en el mismo lugar, con los mismos actores: Auckland, el escenario que llaman Eden Park, Nueva Zelanda campeona, Francia perdedora. Como en 1987, sí, pero de otro modo. Aquello fue un 29-9 . En aquel equipo de [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=ornat.wordpress.com&amp;blog=8130602&amp;post=1645&amp;subd=ornat&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_1648" class="wp-caption aligncenter" style="width: 310px"><a href="http://ornat.files.wordpress.com/2011/10/mccaw.jpg"><img class="size-medium wp-image-1648" title="mccaw" src="http://ornat.files.wordpress.com/2011/10/mccaw.jpg?w=300&#038;h=168" alt="" width="300" height="168" /></a><p class="wp-caption-text">Richie McCaw, con la copa Webb Ellis en sus manos, saluda al estadio de cuatro millones que ha sido Nueva Zelanda y que ayer, una vez más, encarnó Eden Park, la casa de los títulos para los All Blacks.</p></div>
<p>Un cuarto de siglo más tarde, el balón oval ha completado una trayectoria elíptica y las profecías confluyen en el mismo lugar, con los mismos actores: Auckland, el escenario que llaman Eden Park, Nueva Zelanda campeona, Francia perdedora. Como en 1987, sí, pero de otro modo. Aquello fue un 29-9 . En aquel equipo de Francia jugaban Berbizier, Camberabero, Ondarts, Lagisquette, Sella, Mesnel, Blanco&#8230; Bastan esos nombres para definir su estatura. Uno no está seguro de que muchos de los jugadores del equipo subcampeón de ayer puedan aguantar un <em>tète-a-tète </em>con el recuerdo que provocan aquéllos. Y sin embargo, fue un 8-7, el resultado más bajo y más ajustado de una final. La impresionante resolución del último partido demuestra que, por más que los All Blacks sean el equipo número 1 del mundo, ni son infalibles ni pueden exhibir una superioridad irrefutable sobre el resto. Y menos que nadie, sobre Francia, que los ha echado de dos mundiales y les ha ganado hasta dos veces en su territorio. Si no lo hizo una tercera fue por poco. Por el margen de un solo punto, que en el rugby es nada, apenas nada. Pero, al mismo tiempo y en el contexto de una final, lo es todo. Los All Blacks son campeones del mundo, otra vez. Ha sido merecido, considerado globalmente. No tanto por lo que se refiere a la final. Pero no ha resultado sencillo. Ni por el camino ni por el tipo de resistencia que le presentó Francia en el choque definitivo. A los All Blacks les han hecho falta 24 años, otra final, varios episodios de realismo brutal a manos de diferentes equipos franceses, seis semanas de competición y cuatro medios de apertura&#8230; Y en este último detalle reside la historia alternativa -que suele resultar la más interesante y reveladora- de este título.</p>
<p>La historia de los aperturas, esa maldición persistente del número 10 de los All Blacks, sirve para explicar no sólo las circunstancias, sino ante todo el nervio esencial que los kiwis han necesitado para sobreponerse a la asfixiante presión que los ha sitiado en las últimas semanas (tanto como decir en los últimos años). Esa fuerza interior les permitió sostener el título en sus manos aun cuando por juego estuvieran muy, pero muy cerca de perderlo. Francia hizo todo lo necesario para ganarles, excepto los puntos. Conviene no perder de vista esa precisión. Los partidos, y más un partido superlativo como éste, siempre pueden mirarse desde variados puntos de vista. Ninguno es falso. Si aludimos al juego, Francia supo hacer lo correcto y animar una revolución que los All Blacks apenas acertaron a sofocar. El partido trataba del ritmo, del ritmo de Nueva Zelanda, de su capacidad para exigirle al rival una respuesta física colosal, martillando con su acostumbrada constancia de balones jugados en campo abierto, percusión, fiereza en los reagrupamientos y persecución de patadas que buscan más una invasión activa del territorio que la simple geoestrategia. No lograron imponerlo. A los All Blacks no les gusta jugar patadas largas a la touch para ganar metros. En su aproximación al juego, ese es un concepto antiguo, superado. Prefieren patadas altas y poco profundas en las que puedan luchar por la recuperación, golpear al contrario y comprometer su resistencia. Les va la carga. Contra eso, Francia tenía la capacidad de jugar estratégicamente con el pie. Construir posiciones en el campo con varias fases de delantera (y qué delantera, y qué tercera&#8230;) y después dejarles a Yachvili y Parra la decisión de dirigir a su equipo a zonas interesantes. Así que, cuando a los apenas diez minutos de partido los kiwis empezaron a no ver claras las puertas hacia el ataque y Piri Weepu resolvió largar un balonazo raso a la espalda de la defensa buscando la esquina de la touch, uno supo que los All Blacks lo iban a pasar mal. Y así fue.</p>
<div id="attachment_1649" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><a href="http://ornat.files.wordpress.com/2011/10/rougerie.jpg"><img class="size-medium wp-image-1649" title="rougerie" src="http://ornat.files.wordpress.com/2011/10/rougerie.jpg?w=300&#038;h=168" alt="" width="300" height="168" /></a><p class="wp-caption-text">Rougerie lidera una carga francesa, apenas contenida por el placaje de Tony Woodcock, en uno de los movimientos ofensivos de Francia que culminarían en el ensayo de Dusautoir: los franceses sacaron orgullo y rugby, su gran partido de cada torneo fue el de la final.</p></div>
<p>Al menos, consiguieron que Francia no hiciese valer de manera definitiva sus muchas virtudes. Puede que nos dejemos llevar por la lastimosa impresión de Francia a lo largo del torneo para defender que les basta una derrota tan honrosa como ésta frente a Nueva Zelanda. Es una equivocación, no es así. Francia quiere y puede ser campeona del mundo de rugby. No hablamos de ningún <em>underdog</em> que juegue con hándicaps de compensación: es una de las naciones más grandes de este deporte y un vector fundamental en la historia y el desarrollo del juego. Frente a la muralla gala, los All Blacks ensayaron con un <em>peel-off</em>, jugada de libro de cualquier catón en los saques de touch: balón al segundo saltador, muy alejado hacia la línea de 15 metros; hueco abierto en el medio del alineamiento por el desplazamiento de la defensa y palmeo del saltador para un pilar (en este caso Tony Woodcock) que rompe por el medio de ese butrón. Naturalmente esa es la teoría. En la práctica, la defensa se recoloca en la fila y cierra el agujero. Pero Francia, sorprendentemente, no lo hizo. Y Woodcock entró en el ensayo como un duque poco probable, abriendo el marcador con cinco puntos que aliviaban tensiones. Pocas, porque enseguida quedó claro que Piri Weepu, el influyente medio de melé de los kiwis, había caído presa de su exceso de motivación, perceptible en su dirección de la haka y en la contumacia de las equivocaciones en sus tiros a palos. Para el descanso, Weepu pedía a gritos la sustitución. Henry aguantó, sabiendo que tal vez Ellis no era la respuesta. Porque no lo era. Pero cuando Weepu largó fuera del campo un reinicio de bote pronto, no hubo más remedio que sacarlo del terreno de juego. A esas horas ya había cometido un error incomprensible al jugar con el pie, fuera de toda ortodoxia, un balón rebotado en un ruck. Balón que quedó suelto a la espalda de los delanteros negros, que persiguieron los franceses con ánimo insaciable, que les permitió generar un contraataque frenado con aprensión creciente por Nueva Zelanda. Y que, unas pocas fases después, culminaría una jugada muy bien hilada con la escapada de Thierry Dusautoir, su ingreso en la zona de marca y el ensayo.</p>
<p>A esas horas, el sudor de Nueva Zelanda entera era helado. Habían ocurrido tantas cosas y tan importantes que contarlas necesitaría de varios tomos. Morgan Parra tuvo que dejar el campo después de pasar la primera parte recibiendo golpetazos en la cara, como si los All Blacks le hubieran puesto precio a su cabeza. Un rodillazo a la vuelta de un ruck dejó sonado al apertura francés. Un rato más tarde, mientras su condición se agravaba con nuevas contusiones, hubo de entrar Trihn-Duc, el indeseado (por Liévremont). Parra salió entre lágrimas y severamente magullado, como si viniera de librar un combate contra George Foreman en una habitación cerrada. Enfrente, Cruden se había cascado la rodilla en un apoyo infortunado. Entró Donald: su misión, acompasar el juego y abrir caminos. No los había. Por afuera, ni Cory Jane ni Kahui entraban en juego con espacio. Nonu percutía con su decisión de bisonte, pero sin obtener ventajas significativas ni lograr que su equipo jugara continuidades a la espalda de la defensa gala. Israel Dagg, al fondo, tampo veía campo abierto&#8230; Francia había logrado detener casi desde el inicio la marea negra y la conversión de Yachvili del ensayo de Titi Dusautoir dejaba más de media hora por jugar con un margen delgadísimo de un punto. Weepu había errado varios golpes concedidos por el árbitro Craig Joubert por hudimientos franceses, algunos opinables. En los rucks nada era verdad ni mentira: los hombres entraban por tantas puertas como fuera posible -aunque sólo una, la de atrás, sea la legal-, los tacos buscaban la carne de los caídos, unos empujaban en diagonal, otros hacia arriba&#8230; McCaw elevaba al delirio su naturaleza de hombre mutante en la vida subterránea, Harinodorquy extendía su leyenda con una combatividad a prueba de batallas y Dusautoir, en fin, dejaba su impronta de gran hombre para los partidos más grandes, con una sesión de placaje, inteligencia, estrategia y finura digna de toda memoria. Era un partido para verlo a cámara lenta, con toda su crudeza, toda la tensión y toda la brutalidad dignas de la ocasión. Pero no había tiempo. Todo ocurría con fascinante velocidad, de manera salvajemente irrefrenable.</p>
<div id="attachment_1650" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><a href="http://ornat.files.wordpress.com/2011/10/donald.jpg"><img class="size-medium wp-image-1650" title="donald" src="http://ornat.files.wordpress.com/2011/10/donald.jpg?w=300&#038;h=168" alt="" width="300" height="168" /></a><p class="wp-caption-text">Stephen Donald, felicitado por sus compañeros en el podio de los vencedores. El cuarto medio de apertura en la línea de sucesión de los All Blacks fue el improbable héroe de la final, con un golpe anotado que marcaría, al final, la diferencia entre el triunfo y la derrota.</p></div>
<p>El giro copernicano que convierte toda esta narración en la posibilidad de una leyenda, y el mínimo detalle que resolvió este apasionante <em>thriller</em>, resultó espectacular, visto con la debida perspectiva. Arranca del verano boreal de 2010, cuando Nueva Zelanda y Australia se jugaron la Bledisloe Cup en un partido llevado a Hong Kong, en medio de la política de expansión del rugby en Asia que tiene de fondo la candidatura de Japón a la organización de una Copa del Mundo. Aquel encuentro, ganado por los wallabies, se cobró una víctima: el medio de apertura elegido por Graham Henry para relevar a Dan Carter. Su nombre, Stephen Donald. Un golpe de castigo errado y una gravísima equivocación, al no patear a touch una patada a seguir de los australianos y propiciar el definitivo ensayo aussie, resultaron en la derrota de los kiwis. Otra vez se habló de los fantasmas que visten de azul: de la semifinal del 99, de los cuartos de final en Cardiff hace cuatro años. Siempre de Francia. Ayer de respetuoso blanco. Y siempre la sospecha de incapacidad de los All Blacks para jugar otros partidos que no sean su partido preferido. Al regreso de Hong Kong, los cuchillos brillaron en la prensa y la mayoría llevaban un nombre escrito en el filo: Stephen Donald. <em>&#8220;Me duele volver a decirlo, pero Stephen Donald no tiene el nivel suficiente para ser un All Black&#8221;</em>, escribió el ex Richard Loe en su columna del NZ Herald on Sunday. Sean Fitzpatrick, otro pope de la generación del 87 y posteriores, remachó al apertura a martillazos.</p>
<p>Cuando durante el cruce de cuartos se produjo la lesión de Colin Slade que puso en primera línea a Aaron Cruden, Graham Henry resolvió tirar de nuevo del apestado Stephen Donald para completar su banquillo. Pero Donald estaba de vacaciones. Pescando. Mirando los partidos por televisión, si acaso. Sonó su teléfono y, en varias ocasiones, no lo atendió. Tuvo que ser su compañero en los Chiefs, Mils Muliaina, el que a través de un mensaje de texto le pidiese que respondiera el móvil. Se incorporó al campamento y, dos semanas después, la lesión de Cruden lo puso en el campo en la final: era su debut en una Copa del Mundo. Como mirarse en la pantalla del televisor y descubrir de repente que estás dentro de ella. En el minuto 46, Donald tuvo que disparar a palos un golpe de castigo que, a la postre, sería el que decidió la final. <em>&#8220;Hacía un mes que no pateaba una pelota a palos&#8230; No sabía ni si era capaz de hacerlo&#8221;</em>, diría luego Stephen Donald. Lo hizo. Y la pelota tomó un vuelo dubitativo, que primero se abrió hacia la izquierda de los palos para luego cerrarse hacia dentro. Pasó pegada al palo izquierdo, pero pasó. Y esos tres puntos, defendidos con más cuerpo que rugby después, hicieron campeona a Nueva Zelanda.</p>
<p>No cupo un guión más enrevesado. El Mundial dejó un último gran partido, con un marcador bajo, mínimo, pero que vino a encarnar una feroz competencia por el trofeo que levantaría Richie McCaw. Más allá de lo obvio, la culminación de lo que sin duda puede considerarse una redención colectiva de proporciones incalculables: la de Donald, para empezar. La del equipo de Francia, por fin digno de su incomensurable calidad, de su tradición: si no por el estilo, sí al menos por la entereza y el arrojo. Desde luego y por fin, la de los All Blacks, campeones tras un drama de intensidad apenas soportable, que duró 80 larguísimos minutos. Apenas hora y media que, en realidad, era un cuarto de siglo.</p>
<p><strong>Nueva Zelanda, 8</strong><br />
Ensayo: Tony Woodcock<br />
Golpe de castigo: Stephen Donald</p>
<p><strong>Francia, 7</strong><br />
Ensayo: Thierry Dusautoir<br />
Transformación: Dimitri Yachvili</p>
<p><a href="http://www.rugbyworldcup.com/video/index.html" target="_blank">Vídeo-resumen de la final</a></p>
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		<title>Relámpago negro</title>
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		<pubDate>Sun, 16 Oct 2011 23:37:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ornat</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historias del Rugby]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En varios partidos de los All Blacks se ha visto a alguien entre el público que levantaba un cartelón: <em>&#8220;Don&#8217;t Choke!&#8221;</em>. Funcionaba a modo de solicitud nacional de ese estadio de cuatro millones de espectadores que ha sido Nueva Zelanda durante estas semanas; y también, desde luego, como recordatorio de fracasos repetidos en la Copa del Mundo. Ha sido una forma, por lo demás innecesaria, de refrescarle a los All Blacks la idea cortazariana de que allá al fondo siempre estuvo la muerte. La amenaza. O sea, la posibilidad de un fracaso que sumiría al país entero en una aguda depresión generacional. Pero los neozelandeses pasaron a Australia con un resultado contundente (20-6), en un partido que articuló el discurso principal del deseo, el corazón, la resolución y la importancia de las ocasiones. Los All Blacks van a jugar la final. Allá al fondo está la gloria&#8230;</p>
<div id="attachment_1636" class="wp-caption alignright" style="width: 310px"><a href="http://ornat.files.wordpress.com/2011/10/new-zealand-fans.jpg"><img class="size-medium wp-image-1636" title="new.zealand.fans" src="http://ornat.files.wordpress.com/2011/10/new-zealand-fans.jpg?w=300&#038;h=195" alt="" width="300" height="195" /></a><p class="wp-caption-text">El temor de los hinchas neozelandeses, expreso en la frase de la pancarta, está casi ya conjurado: los All Blacks pasaron sobre el cadáver de Australia para reclamar su lugar en la final de la Copa del Mundo, el domingo próximo frente a Francia.</p></div>
<p>Aquí hemos sido debidamente exigentes con los All Blacks a lo largo del torneo. Nunca hemos tenido bastante. Les seguimos pidiendo más que a nadie quizás porque los admiramos más que a nadie y porque inconsciente queremos de ellos lo que ningún equipo consigue: la perfección en todos los aspectos. Porque en la psique colectiva de este juego, los All Blacks representan la imagen más aproximada de lo que la mayoría querríamos que fuera el rugby: esa exuberancia, esa implacable fiereza, ese manejo tan extraordinario de los símbolos, ese uniforme negro, esa haka, esos jugadores cuyos nombres enlazan unas generaciones de genios con otras, con la misma continuidad fascinante con la que el balón se mantiene en juego. Ese país donde primero es el rugby y después el resto de la vida&#8230; Hasta cierto punto y salvo mejor opinión, resulta imposible no desear que los All Blacks ganen este título.</p>
<p>El contexto de exigencia, que siempre fue la idea central de este torneo, como ya contamos desde el primer día, ayuda a explicar el estado de exageración anímica sobre el que los All Blacks construyeron su victoria sobre Australia. Un torrente de motivación canalizado en todo su beneficioso potencial, negando al mismo tiempo (con convicción, con clase, con conocimiento, con estrategia y ejecución) todos y cada uno de los posibles perjuicios. Se diría que los All Blacks han asimilado las lecciones del pasado, extrayendo de ellas una lima con la que redondear las aristas de su rugby. El resultado de esa operación psico-deportiva es que seguramente no estamos viendo al equipo más preciosista, pero sí a uno que ha aprendido cómo hacer lo que otros equipos precedentes no supieron: ganar la Copa del Mundo. La diferencia con Australia quedó resumida en el primer minuto de juego. Casi en los primeros segundos. Inició de bote pronto Quade Cooper el partido y su patada fue directamente a la banda, en un error más significativo en términos anímicos que de juego. Los All Blacks empujaron la consiguiente melé en medio campo con un esfuerzo diagonal que hizo retroceder por primera vez a los australianos, pasó bien la pelota entre los canales y, al otro lado, Piri Weepu aguardó para meter una patada cruzada que Cooper, aún confundido, acompañó mansamente hasta la línea de touch sobre la esquina. Instalados en la 22 de los Wallabies, los siguientes minutos se jugaron de acuerdo a las reglas neozelandesas: rucks brutales, una agresividad patológica, despliegues veloces con la pelota&#8230; Parecían los bárbaros arrasando a uña de caballo el poblado enemigo.</p>
<div id="attachment_1637" class="wp-caption aligncenter" style="width: 310px"><a href="http://ornat.files.wordpress.com/2011/10/dagg.jpg"><img class="size-medium wp-image-1637  " title="dagg" src="http://ornat.files.wordpress.com/2011/10/dagg.jpg?w=300&#038;h=168" alt="" width="300" height="168" /></a><p class="wp-caption-text">Israel Dagg, el eléctrico zaguero de los All Blacks, rebasa el último tackle de Quade Cooper justo antes de liberar un pase formidable en caída a Ma&#039;a Nonu, para el ensayo de los All Blacks: la creatividad, rapidez y finalización de Dagg, Cruden y Jane han afilado el juego de Nueva Zelanda.</p></div>
<p>Y así hicieron a los seis minutos el ensayo, en una arrancada portentosa de Israel Dagg a la vuelta de una pelota reciclada con inteligente velocidad por parte de Piri Weepu. Dagg surgió en la línea, apartó a Elsom con un sello que anticipaba la marca y fue pasando rivales hasta generar contra la banda, sobre el último placaje de Cooper, uno de los offloads más portentosos que se hayan visto en años: de caída y aplastado sobre el lateral del campo, ya a la espalda del defensor australiano, Dagg levantó un pase que liberó a Nonu, que llegaba en el apoyo. Y el centro maorí, uno de esos hombres  siempre dispuestos a continuar las jugadas, acabó posando sobre el rincón derecho del campo. Aunque Weepu erró la transformación y un golpe temprano de Pocock -otra vez infractor frecuente con Craig Joubert de árbitro-, el medio de los All Blacks acabó metiendo el tercero y la secuencia definió la dinámica del encuentro. Australia dejó a su enemigo ponerse al volante. Y los All Blacks jugaron siempre con una o varias velocidades más, anticipando cada contacto, discutiendo cada balón en los breakdowns, entorpeciendo con maestría la torpe aspiración australiana de elevar el ritmo de juego y mover la pelota.</p>
<p>El partido agarró ahí una línea y ya no se movería. Nunca dio la impresión de poder variar la dirección en la que ocurrieron las cosas, a pesar de una escapada de Digby Ioane en la que el ala australiano llegó hasta el umbral del ensayo acumulando hombres agarrados a su espalda, sin que ninguno pudiera detener la poderosísima tracción de su carrera. Cuando ya avistaba la meta, Kaino lo agarró y lo levantó del suelo para, literalmente en brazos, echarlo atrás y a tierra. Fue una de esas jugadas defensivas que explican a un jugador como Kaino. Australia ya no tuvo muchas más ocasiones de visitar la cocina rival. Ahora los All Blacks también defienden con un rigor sin concesiones. Los Wallabies necesitaban puntos con los que armar una amenaza, pero para eso necesitaban primero la iniciativa: balones, ritmo. Lo que no alcanzaron. O&#8217;Connor acortó a 8-3 al amortizar uno de los pocos golpes concedidos por los All Blacks en posiciones desde las que los australianos pudieran ir a palos. Pero muy pronto Aaron Cruden, otra vez excelente en su campaña para la recuperación de la dignidad de la camiseta negra número 10, alargó la goma en favor de los kiwis con un drop desde cerca de 40 metros que reveló el lado más inteligente del apasionado rugby de los All Blacks. Quade Cooper le contestaría después con una jugada similar y Weepu dejó el 14-6 para el descanso. No era una ventaja que hablara de gran superioridad de los locales. En el fondo, Australia ha sido uno de los mejores equipos defensivos del campeonato. Ha concedido pocos ensayos y eso fue así también contra su enemigo del otro lado del Mar de Tasmania.</p>
<p>Los All Blacks ganaron con el pie (dos golpes más de Weepu en la segunda parte) lo que supieron construir con el sacrificio del cuerpo y la convicción de la mente. Jugaron el partido de acuerdo a sus reglas, que son las reglas de Richie McCaw, el indudable autor intelectual, y ejecutor material, de un partido llevado a los límites del físico, con la posibilidad cercana de la sangre. Australia siempre bailó la canción que le tocaron los desconsiderados delanteros negros, pero sobre todo el trío formado por los efervescentes Dagg, Cruden y Cory Jane, más el espíritu irrefrenable de Nonu, ariete de todas las ofensivas. Las batallas intermedias las ganaron los negros. También las individuales: Jane contra Ioane, Kahui frente a O&#8217;Connor, McCaw frente a Pocock, desde luego la de la primera línea, desde luego la de los zagueros. Y, sobre todo, la de los número diez: Cruden, estrella sobrevenida de este equipo, frente a Quade Cooper, un jugador cuyo crédito sale muy tocado de este Mundial.</p>
<p>En general, los aussies han venido en franco descenso de prestaciones desde sus primeros partidos. Se han parecido poco al equipo de rugby expansivo que nos maravilló en el Tri-Nations, al punto de llevarnos a apostar por ellos. Desde la derrota con Irlanda en la primera fase y con una plaga de lesiones mortal, los australianos han ido perdiendo convicción en su juego y, salvo por Pocock y algún desempeño individual aislado, en todo momento dieron la impresión de ir colina abajo con el avance del torneo. Su triunfo contra Sudáfrica, aguardando el error del contrario para capitalizar el contraataque y la sorpresa, resume esa transformación. Nueva Zelanda, que regala pocos balones y roba unos cuantos más, no le permitió esas alegrías. Todo el júbilo estaba reservado para su victoria.</p>
<p>En un Eden Park exultante, las cámaras reflejaron esta vez a un aficionado con un cartelón en las manos. Ya no advertía la sombra acechante del fracaso. Decía, usando una frase de tres monosílabos que lo dicen todo: <em>&#8220;Yes We Can!&#8221;</em>.</p>
<p><strong>Nueva Zelanda, 20</strong><br />
Ensayo: Ma&#8217;a Nonu<br />
Golpes de castigo: Piri Weepu (4)<br />
Drops: Aaron Cruden</p>
<p><strong>Australia, 6</strong><br />
Golpes de castigo: James O&#8217;Connor<br />
Drops: Quade Cooper</p>
<p><a href="http://www.rugbyworldcup.com/video/index.html" target="_blank">Vídeo-resumen del partido</a></p>
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		<title>Oh, Lièvremont Dieu!!!</title>
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		<pubDate>Sun, 16 Oct 2011 19:04:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ornat</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historias del Rugby]]></category>
		<category><![CDATA[RWC 2011]]></category>
		<category><![CDATA[Adam Jones]]></category>
		<category><![CDATA[Alain Rolland]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Desde su posición de número 8 en Calvisano y la selección de Italia, Andrea de Rossi extrajo de su experiencia una enseñanza acerca del rugby: <em>&#8220;Es un juego en el que la suerte no cuenta. Lo que cuenta es el físico, el corazón, la inteligencia y el deseo de luchar&#8221;</em>. Cualquiera que haya estado en el campo de juego lo puede corroborar, pero nos costaría una vida explicar cómo ha sido, de acuerdo a esa formulación, que Francia ha alcanzado la final de esta Copa del Mundo. Porque jugar, lo que se dice jugar aceptablemente, los franceses lo han hecho media hora, en el arranque contra Inglaterra. Así que para razonarlo hay que recurrir al único concepto que parecía no formar parte de la ecuación: la fortuna. O, si se quiere decir de una manera algo menos prosaica, una concatenación de circunstancias favorables que arrancan con aquella derrota de Australia ante Irlanda que cambia el cuadro y culminan en la lesión de Priestland que lo apartó del encuentro de semifinales, la de Adam Jones nada más empezar el partido y, por supuesto, la expulsión de Warburton por voltear en un placaje peligroso a Clercq, sumada a los errores de James Hook y Stephen Jones en sus disparos a palos.</p>
<div id="attachment_1627" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><a href="http://ornat.files.wordpress.com/2011/10/tackle.jpg"><img class="size-medium wp-image-1627" title="tackle" src="http://ornat.files.wordpress.com/2011/10/tackle.jpg?w=300&#038;h=194" alt="" width="300" height="194" /></a><p class="wp-caption-text">La acción de Warburton sobre Vincent Clercq: el mundo del rugby opina que una tarjeta roja es excesiva, porque el galés no tiene intención de lanzar de cabeza a su rival contra el suelo. La IRB, sin embargo, apoya sin paliativos la decisión de Rolland, que marcó el choque de forma indiscutible.</p></div>
<p>Al referirse a su clasificación para la final, Marc Lièvremont lo llamó <em>&#8220;un destino irracional&#8221;. </em>Los franceses no ocultan su propia perplejidad, pero están lejos de sentir vergüenza por su desgraciado rugby: <em>&#8220;Creo que tenemos un ángel de la guarda. Sé que mucha gente estará enfadada por nuestra clasificación, pero yo sólo puedo decir que nos dejamos el corazón&#8221;. </em>Ah, <em>le sacré coeur</em>&#8230; Tal vez haya que concederles esa virtud a los franceses, a falta de cualquier otra. Pero&#8230; ¿acaso jugó con menos corazón Gales, el gran equipo del torneo? Sólo fue así desde un punto de vista numérico: vestido de rojo había un corazón menos porque Warburton hizo a los 18 minutos un placaje sobre el que se va a hablar durante mucho tiempo. ¿Es roja o es amarilla? La IRB dice roja, como dijo Alain Roland, el árbitro irlandés que resolvió la jugada en el momento. Su política es absolutamente rígida en los llamados <em>spear o tip tackles, </em>los placajes en los que el portador del balón es levantado por el aire con las piernas hacia arriba y lanzado cabeza abajo sobre el césped. En la decisión de Rolland hubo tanto rigor disciplinario, un alineamiento tan evidente con la intolerancia de la IRB para casos así, como evidente injusticia natural. El placaje fue excesivo y Warburton lo supo a mitad del viaje. Contra otros precedentes que ayudaron a los dirigentes a apretar las tuercas para este tipo de situaciones, el galés no continuó la infracción llevando a Clercq contra el suelo, pero era demasiado tarde y el aterrizaje del francés fue violentísimo, golpeando el suelo de espaldas y casi sobre la nuca. Roland tuvo claro el veredicto. Ni siquiera consultó con sus jueces de touche la severidad del castigo. La semifinal de la Copa del Mundo quedó así demediada, porque la disciplina y la justicia no son siempre sinónimos. Porque a la IRB le interesa la integridad física más que otros conceptos.</p>
<p>Así, Gales debió jugar más de sesenta minutos con 14 hombres. Francia nunca capitalizó esa ventaja: o tal vez sí, a través de los tres golpes de castigo que firmó Parra, pero sin impacto directo en la dinámica del juego abierto. Sí fue evidente su dominio de la melé a partir de la salida de Warburton y, antes todavía, con la lesión de Adam Jones. La baja del Oso tuvo un efecto demoledor para los galeses, aunque quedó en un foco menor, ensombrecido por la obviedad de la expulsión del capitán. Todas las fases estáticas de Gales quedaron desestabilizadas: en la melé, Paul James debió medirse en un puesto ajeno, el de pilar derecho, con una bestia como Poux (hubo hundimientos e inferioridad permanente, pero Rolland ya no castigó más los golpes que podría haber sancionado contra Gales); en los saques de touche, Harinordoqy y Bonnaire <em>leyeron</em>una buena cantidad de los movimientos de los galeses, que perdieron un número importante de saques propios. Eso, sumado a la inconsistencia de James Hook con el pie y al shock en que entró el equipo después de la roja a Warburton, le permitió a Francia manejar el choque con su escaso rugby, algo de la tercera línea en defensa y, sobre todo, el pie de Morgan Parra. Pese a la superioridad numérica de los franceses, fue Gales el que ensayó, a la hora de partido, en una escapada de Mike Philips. Recordando sus días de tercera línea, Phillips salió de un agrupamiento y encontró el hueco abierto por la defensa francesa para posar un ensayo que Stephen Jones, que a esa hora había relevado a Hook en la búsqueda de cierta profundidad territorial a partir de las patadas, no alcanzó a transformar.</p>
<div id="attachment_1628" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><a href="http://ornat.files.wordpress.com/2011/10/parra.jpg"><img class="size-medium wp-image-1628" title="parra" src="http://ornat.files.wordpress.com/2011/10/parra.jpg?w=300&#038;h=194" alt="" width="300" height="194" /></a><p class="wp-caption-text">Morgan Parra, el pie que hace caminar a Francia hasta la final, se dispone a ejecutar un golpe de castigo. En Auckland hacía una noche de perros y James Hook tuvo serios problemas para afirmarse en los apoyos y golpear con precisión. Parra hizo sin embargo tres de tres... y con ellos ganó Francia.</p></div>
<p>Las estadísticas revelan que, a pesar de las circunstancias, Gales tuvo el partido a su alcance. Lo dice el marcador, que desenmascara la lastimosa estatura de los franceses. Y también el número de golpes a palos errados por el equipo de Warren Gatland: Gales falló esa conversión, dos golpes de castigo y un par de drops. Cualquiera de esas anotaciones le hubiera bastado. Resultó especialmente dramática, en medio de un partido envuelto en la pura emotividad galesa, la imagen del lejano disparo de Halfpenny que pasó apenas un metrito por debajo del travesaño. Ahora&#8230; he ahí otro detalle que pasó desapercibido. Si uno no lo vio mal, ese golpe concedido a Gales vino de una infracción muy discutible de Poux, al que se le sancionó la entrada por el lateral en un ruck que ya no era ruck, porque la pelota estaba fuera. De la misma forma que podemos lamentar la decisión que cambió el partido y acabó con Warburton, tenemos derecho a preguntar qué hubiera pasado si Rolland sanciona algunas de las muchas infracciones de Gales en la melé o, más concretamente, si el equipo de Gatland llega a ganar con un golpe de castigo como el de Halfpenny&#8230;</p>
<p>En el fondo, en el rugby no se debería hablar tanto de estas cosas. Una decisión, un partido, un resultado. Ahí termina todo. Pero nada es ya lo que era, lo que no deja de producirnos un amargo desencanto. Los árbitros empiezan a ser objeto de comentario permanente y Rolland está donde hace cuatro años estuvo Wayne Barnes cuando admitió un balón adelantado con el que los franceses derrotaron a los All Blacks. Y así&#8230; Francia está en la tercera final de su historia. Sin encanto, sin rugby. Pero con jugadores, ojo: con una gran melé, una excelente tercera, muchos puntos en el pie de Parra y un contraataque (Medard, Clercq, Pallison) temible. Y pese a todo eso, su clasificación nos obliga a exclamar: <em>Oh, mon Dieu&#8230;! Lièvremont Dieu!!!</em></p>
<p><strong>Gales, 8<br />
</strong>Ensayo: Mike Phillips<br />
Golpe de castigo: James Hook</p>
<p><strong>Francia, 9</strong><br />
Golpe de castigo: Parra (3).</p>
<p><a href="http://www.rugbyworldcup.com/video/index.html" target="_blank">Vídeo-resumen del partido</a></p>
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