Print the legend

21 06 2009
Hay lugares concebidos para los atardeceres, notablemente algunas playas, y ciudades en las que parece obligatorio asistir a la inauguración de los días. Como advirtió Capote, en los pueblos soleados de España o Italia reina la “medianoche blanca” de primera hora de la tarde, cuando sólo ávidas moscas indagan en la peligrosidad de un escenario bañado de luz y de un calor que invita a la retirada hacia las sombras interiores. El celebrado sueño de mediodía. Siestas de pijama, padrenuestro y orinal. Las ciudades de Estados Unidos, por el contrario, fueron creadas para la noche. Y es en la unánime oscuridad cuando exhiben toda su deliberada magnificencia.
El oeste de Chicago, con el Lago Michigan al fondo, visto desde la Torre Sears.

El oeste de Chicago, con el Lago Michigan al fondo, visto desde la Torre Sears.

Antes de Edison, las urbes americanas han debido ser lugares bastante tétricos y por lo demás mortalmente peligrosos. Después, les gustó tanto su canon vanidoso de edificios altísimos, de torres rutilantes de luz, que lo imitaron hasta la saciedad. Hay un núcleo común a todas las ciudades: un downtown erizado de rascacielos, equivalente al distrito histórico que en Europa rodea a las catedrales. Si Europa inventó el pasado, Estados Unidos resolvió darle forma material al futuro. El nuevo mundo en todas las posibilidades de la expresión. Uno observa las ciudades americanas y sospecha que a nadie le interesó abrir una carrera en pos de los módelos del mundo antiguo y su larga evolución a través de la historia. Porque, sencillamente, hubiera sido inalcanzable, una eterna aspiración. Construyeron catedrales, iglesias y monumentos para conmemorar batallas, sí; se fijaron en los órdenes clásicos, y lo más notable tal vez sea haber evitado una reproducción de mal gusto de tan altos paradigmas. Pero, en lugar de eso, su esfuerzo consistió en inventar las ciudades del futuro, en levantar algo que no existía, en sobrepasar las imitaciones para ser imitados. Parece indudable que París constituye la encarnación del sueño de cualquier ciudad de la vieja Europa; y que Nueva York es la que explica a una y a todas las metrópolis del mundo moderno. Y hasta el concepto mismo de metrópolis.

Naturalmente, hay una tramoya menos vistosa. Saliendo del centro hacia las afueras, las ciudades americanas dejan poco a poco de ser Nueva York y su brava belleza se desfigura lentamente en limpias avenidas como autopistas interrumpidas, con una creciente victoria del espacio abierto. Mantienen, eso sí, la aspiración de impostura. A Chicago se le llama Windy City por el viento, pero también hay algo de denuncia de su vanidad de segunda o tercera ciudad no reconocida. Bautiza el centro con un nombre distintivo (The Loop), e inconforme con el nombre original de la poderosa Avenida Michigan, busca otro más aparente para su parte alta, la más comercial: La Milla Magnífica. En la larga transición de cientos de números de la Michigan se puede explicar la deriva del modelo.

Cuando esa riada de cemento jalonada de parques alcanza el South Loop, por ejemplo, uno quiere mirar a su espalda y encuentra Wabash Avenue, un cambio dramático. Viejos depósitos de agua en la azotea de lo que una vez fueron construcciones industriales, con un interior renovado en coquetos lofts, callejones bien sombríos, solares vacíos como caries, frontales repetidos. Y así sucesivamente. Y Nueva York va tornándose un poco Londres o cualquier otro suburbio británico, entristecido de sucio ladrillo rojo, aceras angostas y gentes que han cambiado la urgencia del downtown por la contenida vigilancia del territorio. Fuman en las esquinas o se apoyan en las fachadas, con un fingido cansancio que revela una alerta. En esos distritos es donde bulle probablemente la infernal cocina de violencia americana. Lo explicarán por la pobreza o la desesperanza o la desconexión pero, sin negar ninguna de esas fuerzas, habría que agregar otra: todo tiene que ver con un estilo. Estados Unidos también parece reclamar la autoría del hombre urbano, con todas las consecuencias.

Chicago se me antoja una joven Venecia de otro tiempo, una ciudad que vive a expensas del imponente Lago Michigan y que se levantó de un pavoroso incendio en el siglo XIX. Lo provocó la juguetona vaca de la señora O’Leary en su granja al norte sur de la ciudad, al cocear una lámpara de queroseno. De aquella destrucción nació una crisálida repleta de transparencias. Chicago atrajo a arquitectos, a hombres de ideas avanzadas. Logró domesticar el río que da nombre a la ciudad, al punto de invertir su curso natural. Excavando el lecho aguas arriba, jugaron con la gravedad para que la tromba de agua cayera en dirección opuesta a la que le era natural. Y así, de un modo algo exagerado podría afirmarse que no es el río Chicago el que desemboca en el Lago Michigan, sino al contrario. A cambio de tan violenta intervención (concebida para salvar al lago de la enfermiza producción de basura industrial que transportaba el río), se le entregó una ciudad asomada a sus orillas, un regalo compuesto de desfiladeros estrechados por edificios magníficos, cruzados de hierro y cristal unas veces, de claridad de piedra elevada otras, de formas caprichosas, de plantas diversas, falsos triángulos equiláteros, siluetas convexas que se adelgazan hacia la vertiginosa cumbre de las azoteas, trapecios homéricos de Bauhaus, ondas gigantescas de vidrio, monumentales fachadas espejeantes curvadas sobre los meandros, torres como celosías que brillan al sol, mazorcas de maíz hecho piedra… Chicago es su río y los trenes elevados sobre arcos de hierro que ensombrecen las calles. Ningún plan urbano contemplaría semejante ordenación hoy en día, pero a Chicago parece no afectarle lo más mínimo el desacuerdo. Tan extraña mezcla de arquitectura en vanguardia y viejas soluciones conforma su equívoca naturaleza.

En Chicago hay un parque dedicado a Abraham Lincoln y otro devoto de la memoria de Ulyses S. Grant, los dos presidentes de la Unión: cuando fueron construidos, se encargaron sendas estatuas en memoria de ambos presidentes, pero alguien mezcló nombres y lugares, de forma que la estatua de Lincoln acabó en el parque Grant y la de Grant fue elevada en el parque Lincoln. Nadie las tocó. Según la historia, o la leyenda, para evitar un enorme gasto que pareció superfluo. Hay otra conjetura más generosa: en Chicago, en Estados Unidos, la equivocación también forma parte del espectáculo. Lo escribió John Ford en boca del periodista de El Hombre Que Mató a Liberty Valance: “Si tienes que elegir entre la historia y la leyenda, publica la leyenda”.

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2 responses

27 06 2009
Jeremy North

Por curiosidad, ¿has pasado por el cine en el que, a la salida de Dillinger, lo ametrallaron los agentes del FBI en 1934?.

Creo que van a estrenar pronto la película de Michael Mann sobre Dillinger, que lo interpreta Johnny Depp.

27 06 2009
Mornat

Tengo que confesar que el Untouchables Tour (el Tour de los Intocables) era una de las prioridades de la estancia en Chicago. Sin embargo, se me terminó por olvidar. Vi un autobús que hacía el tour una tarde y lo recordé, pero ya no alcancé a hacerlo. El suceso, del que no dejo de arrepentirme, demuestra hasta qué punto la ciudad tiene intereses diversos. Lo haré en próximas visitas. El Untouchables Tour te lleva, en efecto, a donde en 1934 estaba el Biograph Theatre (hoy Victoria Gardens Home Theatre) en la avenida Lincoln. Pensaba escribir un somniloquio al respecto del Chicago oscuro… y lo haré. A cambio, pasé a tomar unas cervezas por el Exchequer, en la avenida Wabash, donde acudían a cenar con frecuencia Capone y sus esbirros. Hay fotos de ellos y las portadas de los diarios del día de la detención y muerte de Dillinger (magnífica historia de mujer fatal que me leí completa) y cuando Capone fue condenado por fraudes financieros.
Y sí, todos los taxis de la ciudad llevaban estos días allá los cartelones de publicidad de Public Enemies, la película de Michael Mann que recrea la vida y obra del ladrón de bancos Dillinger. La estrenaban después de mi regreso. Y con no muy buenas críticas, según he leído…
Abrazos

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