Bolas, chicles y carabinas

22 06 2009
Los Cubs en su turno de bateo: nótense el anciano marcador de Wrigley Field y, al fondo a la izquierda, las tribunas voladizas en las azoteas de los edificios próximos.

Los Cubs en su turno de bateo: nótense el anciano marcador de Wrigley Field y, al fondo a la izquierda, las tribunas voladizas en las azoteas de los edificios próximos.

Estados Unidos es el primer país del mundo y Chicago, la segunda o tercera ciudad en importancia de Estados Unidos. Se diría que tales condiciones obligan a un relativo celo: no se puede andar boludeando de aquí para allá cuando uno radica tan alto en la clasificación. Conlleva una cierta responsabilidad planetaria, digamos. Bueno… ¿dónde cree usted que están un buen número de los ciudadanos de Chicago a la una de la tarde en un día laborable de la semana? Yo se lo digo: en un partido de béisbol.

Los Chicago Cubs juegan en Wrigley Field, durante la semana, generalmente a la una y veinte de la tarde; más o menos en punto porque, ya de por sí, una hora tan imprecisa como “y veinte” invita a la relajación. Y allá va el pueblo de Chicago, listo para emplearse en algo más o menos imposible: alentar a los Cubs para que ganen el partido. Puede ser que la bula laboral para andar a esas horas fatigando hamburguesas y cervecitas en un juego de pelota, en lugar de contribuir a levantar el país de Obama, se explique por la naturaleza heroica del acto: los Cubs acostumbran a no pegarle a un tren cruzado. Así que la generosidad de sus incondicionales debe conmover incluso a los jefes en el trabajo, que por otro lado podrían ser hinchas del otro equipo de la ciudad, los White Sox, y ejercer una indisimulada conmiseración por sus rivales del norte.

La condición perdedora de los Chicago Cubs es centenaria, literalmente hablando: no han ganado la liga de béisbol desde 1908, hace tres o cuatro siglos. En aquellos días ni siquiera Capone había visto oportunidad de negocio en la ciudad, y puede que a John Dillinger todavía no lo afectase un cosquilleo de emoción al pasar por la puerta de un banco. Los alcaldes de la ciudad eran los señores Carter Harrison senior y Carter Harrison junior, que ganaron algo así como diez legislaturas consecutivas entre ambos desde finales del XIX a las primeras décadas del XX. Uno dirigió la recuperación de Chicago después del gran incendio, rematada en la Expo de 1893, y el otro limpió el distrito sur de lupanares, jugadores de baja estofa y buscavidas. En el monolítico cerebro de un ciudadano americano de principios de siglo, ambos actos bien pudieron ser considerados equivalentes en cuanto a valor cívico.

Pero hablábamos de los Cubs, equipo de tradiciones encarnadas en su viejo estadio de Wrigley, el más antiguo de la liga nacional después de que Nueva York demoliera el de los Yankees. Wrigley Field debe su nombre al magnate de la goma de mascar radicado en la entrada del río Chicago, que entrevió las elásticas posibilidades de hacerse multimillonario con los chicles cuando regalaba uno a los clientes que venían a comprar jabón a su factoría. A la gente le apetecía más hacer bombetas que cuidar la higiene, quién lo diría, así que Mr. Wrigley guardó el jabón, les dio bombetas y se llenó los bolsillos, al punto de levantar un hermoso edificio de reminiscencias clásicas que destaca por su soberbia disonancia con el contexto de rascacielos acristalados de Wacker Drive. Por su parte Wrigley Field, el estadio de los Cubs, tiene una fachada envejecida con perfil de frontón griego, pero con la personalidad inherente a lo añejo. Un marcador al que sólo con mucha generosidad se puede llamar electrónico y una tribuna baja en el campo abierto que permite gradas alternativas. En las azoteas de alrededor hay montadas tribunas telescópicas para ver el partido desde fuera del estadio. No son gratis y si hay picaresca está perfectamente institucionalizada y comercializada: con sus cartelones anunciando la página web de contratación, los teléfonos y la hora de negocio.

Todos esos detalles convierten a los Cubs (o los Cubbies, como cariñosamente les gusta decirles a sus aficionados) en un equipo adorable. Puede que no ganen el campeonato hace un siglo y que los White Sox –que juegan en Celullar Field, al sur de la ciudad, en un área sin intereses y en un campo sin carácter- lo hicieran en 2005. Antes también pasaron largas décadas de sequía, como casi todos los equipos de la ciudad excepto los Bulls de los años 90. Puede también que Michael Jordan, hijo dilecto de la ciudad, se enrolase en los Medias Blancas durante ese periodo marciano en el que resolvió dejar el baloncesto para jugar al béisbol. Pero a pesar del aire de agradecido masoquismo de su fanaticada, los Cubs ondean una superioridad moral irrebatible sobre sus vecinos: los White Sox son famosos por uno de los episodios más negros que recuerda el deporte americano: la venta de las Series Mundiales, la final de la liga, en 1919, cuando ocho jugadores de los Sox se dejaron ganar por los inferiores Cincinatti Reds a cambio de una buena bolsa engrosada en el mercado de las apuestas ilegales. El pastel quedó al descubierto y Joe el descalzo Jackson pasó a la historia como protagonista de un fraude de incalculable proporción emocional: “Di que no es verdad, Joe” (“Say it ain’t so, Joe”), la frase con la que unos niños le demandaron una confesión en la calle, ha quedado como memorable línea, que resume la incredulidad y el abatimiento de aquellos días. Dicen que se la inventó un periodista del Chicago Daily News, Charley Owens: si fue así, el señor Owens debería tener una estatua en primera línea de playa de la avenida Michigan. Algunos titulares son tan grandes que no precisan la verdad.

La pasada semana los dos equipos de Chicago se enfrentaron en una serie de partidos de la interliga y allá acudimos, a la una y veinte de la tarde como buenos americanos. El deporte no admite la neutralidad, así que tomamos partido de inmediato por los Cubs, a pesar de Jordan. Y no por razones morales, no; en realidad, no se sabe por qué razones. En el puesto de mercadotecnia más próximo aceptamos nuestro bautismo pagando treinta dólares por una bonita gorra azul marino con la C roja sobre la frente. Ya éramos de los Cubbies. Siempre lo fuimos, sin saberlo: perdedores natos. Un perrito caliente y una cerveza fría después (en el béisbol se bebe alcohol, amigos, del mismo modo que en muchos estados de América se puede hablar con el móvil al volante), nos apostamos en el asiento designado. Muy bien, por cierto: detrás de la jaula, casi en perpendicular al bateador. A la izquierda, una rosada pareja de jóvenes de Alabama que pasaron la tarde pensando qué hacía un español con una gorra de los Cubs festejando los batazos de Alfonso Soriano. A la derecha, un quinteto de aún más jóvenes latinos, seguidores de los White Sox, ellos y ellas. No les dirigimos la palabra. Ni siquiera a ellas.

Lo mejor de los partidos de béisbol no está en el campo, sino afuera. El ambiente reúne un hervor de expectación que culmina en breves explosiones de júbilo propias de la contenida dinámica del juego. Durante nueve entradas y dieciocho turnos alternativos de bateo se reitera la escena del lanzador en el montículo, el entrenador haciéndole retorcidas señas interminables para indicarle dónde debe poner la pelota, el bateador balanceando la estaca en tensión, la cuenta de bolas malas y de strikes… De modo que un espectador poco leído en la disciplina puede ir desgranando los innumerables detalles que le dan forma al juego. En Wrigley Field es tradición que a la séptima entrada un viejecito se haga con el micrófono del estadio e invite a los concurrentes a cantar la más famosa tonada del béisbol: “Take Me to the Ball Game”. El anciano se llama Harry Carabina Caray, y es un veteranísimo periodista que ha narrado partidos de los Cubs (y de otros equipos, incluidos los Sox) durante varios decenios. De la devoción de Chicago hacia sus periodistas deportivos nos ocuparemos otro día. El ejemplo de Wrigley Field basta para perfilarla.

Hay otra posibilidad aún más celebrada durante el juego: cazar en el aire uno de los pelotazos que van a la grada. Ahí es donde los americanos despliegan todo su entusiasmo. Si uno agarra el proyectil al vuelo, tiene asegurada la ovación unánime de sus correligionarios en el campo, que le reconocerán la destreza de manera notoria. Viene a ser como si a uno le permitieran sacar de puerta alguna vez en el partido de fútbol o bien bajar de la grada para rematar un córner. En una ocasión en que el bateador de los Sox golpeó mordida la pelota descendente lanzada por el pitcher de los Cubs, ésta voló por arriba de la jaula en una acusada parábola y buscó la primera tribuna de Wrigley Field. Viéndola venir, un grupo de ciudadanos se levantó del asiento en acto de tensión y tomó posiciones para la captura. De entre todas las manos alzadas, un rotundo tipo con perilla sacó medio cuerpo por el voladizo de la tribuna e hizo una recepción perfecta, que convocó palmas entregadas del respetable. A continuación, elevó la pelota entre sus dedos y, con ceremoniosa gestualidad, se la regaló a unos niños que veían el partido apenas unas butacas más allá. La mamá debió murmurar aquello del “oh, thank you so much” y los niños miraron la pelota como si fuera una bola de luz. La gente se rompió las manos de aplaudir.

Los Cubs, previsiblemente, fueron perdiendo todo el partido. Los Sox tomaron cómoda ventaja mediada la acción y los mantuvieron a raya. Siempre que los locales hicieron ademán de llenar las bases, erizando de ánimo a sus hinchas, los White Sox se encargaron de limpiarlas a tiempo con eliminaciones múltiples. Al final de la octava entrada, con cinco carreras a una en el marcador para los visitantes, algunos de los más fieles seguidores de los Cubs comenzamos a desfilar para evitar la aglomeración del metro. Concluimos que no había más que hacer y que este año tampoco iba a ser el nuestro. Y allí dejamos a Soriano y los suyos, cazando moscas en el aire detenido de bochorno de Wrigley Field.

Pd: Uno ignora cuántos goles se habrá perdido por salir antes del estadio, cuántos habrá gritado sin verlos, en los aledaños o Fernando el Católico abajo. Innumerables, y algunos dignos de memoria por su importancia. La misma noche del partido entre los Cubs y los White Sox, mientras el hombre somniloquio daba solitaria cuenta de un rotundo plato de pechuga de pollo con fetuccine de verduras en Giordano’s (y admiraba las formidables pizzas rellenas del lugar, una especie de pastel de bodas con tomate y mozarella), en una de esas ojeamos el televisor, que daba un resumen de la jornada de béisbol. En un plano veloz aparecieron varios jugadores de los Cubs otorgándose enajenados abrazos de júbilo. Traté de recordar una escena semejante en el partido que había visto por la tarde. Imposible, no existía. O eso creí yo… Entonces me fijé en el rótulo, que decía así: Chicago Cubs, 6-White Sox, 5. Mientras yo regresaba al centro de la ciudad en un vagón somnoliento, los Cubs habían completado cinco carreras durante la novena y definitiva entrada y remontaron el partido. No es por regalarnos méritos que no nos corresponden, pero los Cubs ganaron cuatro partidos consecutivos, su mejor serie en mucho tiempo, durante mi estancia en Chi-Town.

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2 responses

29 06 2009
Per

¿y los goles que pueden verse por entrar al final del partido? Recuerdos de niño: a punto de terminar el partido, abrían las puertas de La Romareda para que saliera el público. Entrabas y veías 3 o 4 minutitos. Y aparecía un tipo llamado Porta, que había entrado al césped poco antes que tú al estadio, para meter el gol de la victoria en el último instante.
Cómo no ir a su chocolatería…

30 06 2009
Anónimo

No sé si te alegrará saber que eso aún se puede hacer: en el minuto 85 de partido se abren las puertas. Mis recuerdos de niño tienen algo de opuesto a esos tuyos… Siempre que mi padre me llevaba al fútbol, salíamos cinco o más minutos antes para sortear el atasco. Lo he seguido haciendo toda mi vida por obligación laboral pero, como se vio en Wrigley Field, la costumbre me atrapa y a veces lo hago sin ninguna necesidad. Y me sigo perdiendo goles y bateos decisivos…

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