El blues del autobús

30 06 2009

Siempre alerta ante los detalles menos significativos de una ciudad, pasé la semana en Che-Ca-Gou tratando de inferir por cuál de sus cinco equipos profesionales (número inigualado en todo el país) profesaba más afecto el pueblo. En esos días avisté una sola camiseta de los Bulls, que han sido los últimos campeones consistentes de una ciudad en la que el número de equipos está en directa proporción con su mediocridad. Alguna elástica de los Blackhawks (hockey hielo) creo que se me cruzó; varias de los Bears (fútbol americano), muchas de los White Sox y una infinidad de los Cubs (béisbol ambos). Ni hablar de las gorras. Cubs (oseznos, por cierto) por todos los lados. No hacen falta más datos para deducir cuál es la disciplina que prefieren allá. La recreación deportiva en Estados Unidos es marcadamente estacional: la NBA va de octubre a junio; la NFL, de septiembre a enero; el béisbol culmina con las Series Mundiales en otoño, justo antes de que vuelva el baloncesto; y del hockey no me pregunten, pero supongo que debe ser cosa invernal… En busca de alguna traza más de idolatría, no vi a nadie con una camiseta de Muddy Waters. En el Buddy Guy Legends (honky tonk oficial de este viaje) estaban todos representados y los cuatro grandes (Muddy, Little Walter, Sonny Boy y Howling Wolf) colgaban de la pared en un mural en el que sus cabezas ocupaban las cimas del Monte Rushmore, el de los presidentes tallados en piedra.

La única remera de Wilco la llevaba yo con foráneo orgullo. Con la de Johnny Cash enseñando su dedo corazón al mundo coseché gran éxito de crítica y público: un ejecutivo le hizo un cariñoso comentario en el lobby del hotel y, cuando el chófer del 3 me franqueó la entrada en Wacker Drive, me miró al pecho y me dijo: “Me gusta tu camiseta, tío”. Luego la tarjeta de transporte se negó a funcionar y tuve que aflojar un par de dólares bajo la exigente mirada de mi reciente admirador, al que no le sobrevino la generosidad de comprobar si el error era mi tarjeta o su máquina. Me dieron ganas de cantarle Qué Ritmo Triste, el pequeño blues genial de Calamaro inspirado en “el suspiro de aire comprimido / como afligido”, del colectivo 60.

Tras el interludio musical, volvamos a la miscelánea de impresiones vacuas. Me llamó la atención que ni el guía del crucerito por el lago ni el del autobús turístico hicieran referencia a la portada del Yankee Hotel Foxtrot cuando pasamos por Marina City, nombre del complejo con las dos célebres torres que la ciudad conoce como las mazorcas de maiz, por su construcción de balcones en celosía. Sin embargo, a Oprah Winfrey la nombraban cada dos minutos. Aquí graba su programa; allá vivió 15 días; en el otro lado compró unos apartamentos… Oprah, la mujer que pone a 30 millones de espectadores frente a su programa de televisión, y a otros cien fuera de Estados Unidos, tal vez sea la dama más influyente de América: en cierta ocasión se dedicó a recomendar la lectura de Anna Karenina y en poco tiempo los americanos situaron el folletín decimonónico de Tolstoi en la lista de los libros más vendidos. Aunque nació en Misissippi y no llegó a la ciudad hasta los 30 años, Oprah Winfrey es la mujer más célebre de Chicago, desde donde se emite su show. Ella y, agrego yo, la chica de rojo que delató a Dillinger, asunto del que habré de ocuparme otro día y que certifica que el arquetipo de la mujer fatal tan arraigado en el Cine Negro corresponde, una vez más, a un estilizado ejercicio de realismo.

A Dillinger, Capone y compañía no los nombró nadie. De hecho, luego he sabido que la alcaldía trató de hacerle luz de gas a los emprendedores del Untouchables Tour, recorrido por los puntos negros del feroz Chicago años 30. En Chicago, los cicerones hicieron su trabajo con estilos diversos. El muy atildado muchacho de la narración en el barquito estuvo bien, no vamos a negarlo. Se empeñó en asegurar que a bordo sentiríamos la subida de la línea del agua en la esclusa que comunica el río con el lago, y a advertir que no sacáramos las manos ni aun en broma, como en el Dragón Khan. Exageró, pero era tan fino que la hipérbole no se le podía tomar en cuenta. La hipérbole, de hecho, la llevaba incorporada en su gestualidad… No pude evitar imaginármelo saliendo al oceánico Lago Michigan con el rostro golpeado por el viento, subido en el puente de la nave recreativa como aquel travestido en Priscilla, Reina del Desierto. Por lo que respecta al sightseeing (que siempre practico para hacerme con las coordenadas del lugar) tuvo un primer rato muy aprovechable con una carcajeante sosias de Whoopi Goldberg al micrófono. Del viaje en el segundo piso retuve algunos datos de primera magnitud sobre la ciudad: al perrito caliente en Chicago no se le pone ketchup. El perrito Chicago Style viene con jalapeños… Su adalid es un tipo llamado Dick Portillo. La dirección: el nº 100 de West Ontario Street.

Cuando a la vuelta del ascenso a los 435 metros de la Torre Sears retomamos el trayecto, Whoopi había dejado paso a un homólogo de locución morosa, cuyo ritmo sureñamente contemplativo conspiró contra mi atención. Si le dan una guitarra con las notas lastimeras bien afinadas, ese hombre debe cantar los blues por lo menos como John Lee Hooker. Pero a bordo de la góndola de dos pisos y ocho ruedas le faltaba rasmia. Embebido en su letanía, al segundo giro a la derecha según se sale de la Sears extravié la compostura y empecé a derrotar contra el asiento delantero como los Jandillas en la cuesta de Santo Domingo. Peligrosas cabezadas. Por fortuna, un charlatán de rostro pálido e incierta barriga lo sustituyó a tiempo para evitar que yo me partiese el cuello. Enseguida ofreció  crema protectora para el sol, que se derramaba en cascada; ni que decir que los otros dos habían pasado por alto tal posibilidad. En un momento dado, el cantor de blues incluso desertaría de la nave para desaparecer con paso vacilante hacia un establecimiento cercano. Con su ritmo triste (calculé que haría los cien metros en hora y cuarto) regresó supusimos que aliviado de urgencias y con el cuello de una rutilante botella de Diet Coke metida en la boca. Nota al pie: en Estados Unidos no existe la Coca Zero. El perro ni siquiera ofertó un traguito.

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