Canción de amor con no me olvides

24 09 2009

Bob Dylan ha escrito larguísimas canciones torrenciales que derraman los versos unos sobre otros, para componer una montaña de significados naturalistas o etéreas metáforas. Micah P. Hinson (uno de los cien mil hijos de Dylan, si consideramos a Zimmerman el demiurgo de la inabarcable canción de autor americana), practica la posibilidad opuesta. Sus canciones están hechas de insondables elipsis: bastan un par de frases para  decirlo todo y que el oyente componga la escena. El poder de evocación no reside en las letras o en lo que dicen, sino en lo que no dicen y está sobreentendido en la interpretación, en el número completo que compone este muchacho de gafas de pasta, gorra de mecánico del Medio Oeste o sombrero al estilo de Hunter S. Thompson, con cigarrillo de boquilla que enciende al rasgar los primeros acordes de la canción y arroja al suelo enseguida, casi entero, con la vibración inicial de la voz. Micah P. Hinson sujeta la guitarra como si vigilara el porche de su casa en Abilene, Texas, listo para amartillarla sobre el hombro si el horizonte revela el perfil de un desconocido a caballo. En su concierto de este verano lo vimos tocar con el espinazo doblado hasta el suelo, como si alguien le hubiera sacado la columna vertebral al limpiarlo igual que a un pescado. Se agachaba Micah en la ciénaga ruidosa de las canciones y diríamos que buscaba algo perdido en el suelo, tal vez el significado de las palabras. En realidad, estábamos viendo los residuos de una terrible lesión de espalda que estuvo a punto de retirarlo del mundo de los caminantes. Cuando Micah publicó The Gospel of Progress, su primer elepé, la prensa se lanzó en retrospectivas preguntas sobre el historial de adolescente adicción a las pastillas, el alcohol y la carne blanquecina de una viuda que lo invitó a saborear primero sus muslos y luego la ausencia. La Viuda Negra, la llama él cuando alguien le pregunta.  La prensa, una vez más, había llegado tarde. Esa extraña cara de niño pecoso y despistado (quizás de aquéllos a los que apalean en el colegio sus compañeros) oculta apenas a un tipo que sirvió condena en prisión y se declaró en bancarrota antes de los 20 años. En alguno de esos pasajes forjaría la somática gravedad de la voz, que anuncia a un peligroso y lúcido hombre oscuro, al que se le desgarra el timbre al borde de los precipicios, siempre a punto de extraviar el tono pero sin hacerlo del todo. Un tipo que sabe dónde están los límites, un weirdo cuya felicidad es un arma caliente con la forma de una guitarra, capaz de pasarse un recital cantándole a la foto de su esposa, como si no existiera la audiencia. Al salir al escenario de Las Playas, donde lo vimos asomados al abismo, inmóviles como petrificados, cuando salió Micah miró el lago que lo separaba del público y nos dijo: “You’re way too far”. Estáis demasiado lejos. Y pensamos que esa frase sí que era una elipsis…

Hay cosas que digo / que ni siquiera tienen sentido
Hay cosas que las digo / y no significan nada
Ni siquiera tienen sentido

Hay cosas que digo / que ni siquiera tienen sentido
Hay cosas que hago / y no tienen sentido
Ni siquiera tienen sentido

Y… no te olvides / no te olvides / de mí
No te olvides / no te olvides
No te olvides de mí

[Don’t you, de Micah P. Hinson]

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One response

25 09 2009
Anónimo

Me gustaría que no me olvidaran,,,

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