Huidas

29 10 2009

Huir adelante, dicen. Huir hacia delante. Como si uno pudiera huir hacia atrás… Si uno huye hacia atrás, pienso, escapará hacia aquello que sea que lo persigue o cree que lo persigue. Huir en todas las direcciones, me apuntan. Ojalá eso fuera posible. Todas las direcciones de manera simultánea. Todas las posibilidades ordenadas en paralelo.

Nayim, en su mayor gloria, visto por Oliver Duch.

El fotógrafo Oliver Duch capturó para Heraldo de Aragón el gesto triunfal de Nayim, que buscaba en las gradas al que fuera su entrenador en el Tottenham, Terry Venables, para dedicarle su inolvidable maravilla.

En estos tiempos de incertidumbre zaragocista, me pregunto: ¿Llegó el Arsenal a sacar de centro después después del gol de Nayim?
 
Y esa duda cada vez me inquieta más…

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¿Usted no juega?

26 10 2009

El día que cumplí 40 años me cuidé mucho de celebrarlo. Para evitar cualquier tentación me largué a Londres, donde consideré que estaría a salvo porque esa es una ciudad en la que nadie conoce a nadie. Yo la crisis de los 40 la pasé a los 35, o un poco antes, no me acuerdo, y parece que aún me dura. Siempre fui algo precoz, igual que el pirata somalí. En general los síntomas coinciden, aunque con variaciones: en lugar de una moto de gran cilindrada o un deportivo descapotable, como suelen hacer los aficionados al Seagrams con Tónica Schwepps, yo me compré una bicicleta, una batería electrónica y una armónica con la que distraer las tardes. Por lo demás, el cuadro habitual. Empezaron a disgustarme los pelos de la espalda, consideré la posibilidad de atajar la infección seborréica del cutis con un tratamiento facial y me hice corredor aficionado de larga distancia, pensando en medios maratones y aun en maratones que reivindicaran mi condición de hombre-de-mediana-edad-en-el-mejor-momento-de-su-vida. Es decir, todo una conveniente ficción que enmascarase la realidad: el extravío, el desconcierto, el cansancio, la desesperanza, el hastío y la inminencia de la definitiva derrota.

En el mientras tanto, seguí jugando al rugby, confiado en que me mantendría ágil y despierto, inaccesible a la edad, inmortal, como me dijo un compañero el otro día. He pasado la barrera de los 40 en el campo. Pensaba que me sentiría orgulloso, pero ahora estoy confundido: me parece que he perdido el juicio y que me estoy equivocando de lugar. Como soy el opuesto de Shanti Andia, un hombre de inacción, he resuelto dejar pasar el tiempo sin tomar una decisión. En realidad, yo sigo a la espera de que el rugby me retire de un mal golpe, como viene anunciándome mi madre desde hace más de una década, o me envíe una señal definitiva, evidente, irrefutable, de que mi hora ha llegado. Mientras tanto, sustrayendo cada día mayor terreno a la realidad en favor de las utopías, sigo entrenando y jugando. Cada verano pienso que lo voy a dejar y luego viene septiembre y vuelvo al barrigazo. A ratos me pongo melancólico y mentalmente anoto lo que sería el arranque de una autobiografía apócrifa sobre mis días en el rugby. Diría así:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el talonador Aureliano Ornat había de recordar el día en que Angelito el Carnicero jugó de pilar izquierdo a su lado, con 45 años, después de proclamar frente al espejo y en referencia a su imponente torso desnudo: ‘¡Menos mal que esta mañana me he puesto los músculos!”.

Soy el continuador de una saga de irredentos, por lo que parece. Pero tal vez la señal que temía llegó este sábado. Ahora juego las medias horas finales de los partidos, un periodo indeciso en el que puede estar todo hecho o todo por hacer. Durante los 50 minutos anteriores aguardo en la banda, armado hasta los dientes, con las medias a la rodilla, el protector en la boca y la chichonera calzada en la cabeza. Después, a la hora de salir, me quito la chichonera porque me parece que hay algo pusilánime, impropio, en protegerme la cabeza después de tantos años jugando a cerebro descubierto. Cuando se aproxima el descanso me marcho a corretear por el fondo del campo y empiezo a prepararme para lo que venga. Ahora que anda por ahí la máquina de entrenar melés he encontrado una notable diversión arrojándome cabeza abajo contra sus felices almohadillas. Lo hice el sábado, a modo de calentamiento individual, y fue un reencuentro emotivo, porque uno ha pasado atardeceres muy hermosos retozando con esa máquina por las praderas del Seminario, llevándola de acá para allá, de lado a lado del campo, entre bufidos, pedorretas, expectoraciones, gruñidos y gargajos, todo manifestaciones de un mutuo amor entre el hombre y la bestia. Moverla jaleado por los compañeros es como sacar en procesión a un Cristo del que se es devoto: una experiencia religiosa. Puro erotismo trascendental. Sexo deportivo. Si un jugador de rugby se hace alguna vez director de cine porno (lo cual no está lejos de ocurrir) la escena en la que un ejercito de doncellas atenienses son violentadas por 300 espartanos sobre una máquina de entrenar melés pasará a ser un clásico del género.

La máquina de entrenar melés es el mejor amigo de un primera línea, si exceptuamos a otro primera línea. Los dos (las máquinas y los primeras líneas) presentan muchas similitudes: ambos son artilugios primarios, de robusta sencillez y muy concreta fiabilidad. Sirven para lo que sirven y eso lo hacen bien, con simplificado orgullo. No le puedes pedir a un primera línea que dirija a un equipo ni a una máquina de entrenar melés que te lleve a Barcelona. Tan parecidos son que, en ciertas ocasiones, uno puede confundirlos: a un primera línea le pones un impermeable rojo y es igualito a una máquina tapada con la lona para que no se oxide. No estoy exagerando. De hecho, hay primeras líneas con menos sentido común que una  máquina de entrenar melés; no es extraño verles abrazados a ella, hablándole a las espumas recubiertas de lona contra las que se enfrentan. Uno puede confiar en una máquina de entrenar melés: sabe guardar los secretos, aguanta los empujones, permite que le babees las aristas y tiene más o menos la misma agilidad que nosotros. Para un primera línea, el entrenamiento con su máquina es suficiente: empentar, empentar, empentar, hacer papilla los hombros, agacharse un poco más, siempre un poco más, contracturar todo los músculos del cuello y sus inserciones, y si acaso de cuando en cuando completar una serie de flexiones y otra de abominables, con el fin de relajar o hacerles compañía a los muchachos de la línea. Correr no es importante. La resistencia se gana empujando, eso lo sabe cualquier hombre a partir de la pubertad. De la velocidad ni hablamos: no conviene echar una carrera hasta la línea de 22 contra la máquina de entrenar melés, porque podría ganarnos. A los primeros líneas nos incomoda el exhibicionismo atlético. Y las máquinas de entrenar melés se quedan frías si las embiste alguien de menos de cien kilos.

Con nosotros a su lado, las máquinas de entrenar melés se sienten queridas y apreciadas en su justa medida. Nos saben iguales a ellas: un capricho de la ingeniería. De hecho, en las primeras líneas se han observado homínidos que asombrarían a la Ciencia y se pueden considerar auténticas maravillas de la evolución. Durante algún tiempo tuvimos en nuestro equipo a un primera línea rumano de al menos 160 kilos, de los que no menos de 35 serían cabeza. Hasta que no aprendió sus primeras palabras en español algunos no tuvimos claro que no estuviéramos alineando a un buey. Cuando le preguntábamos, nuestro astuto presidente se encogía de hombros y por toda explicación agitaba el documento con el transfer internacional. El tipo podía ser un rumiante, venía a decirnos, pero no un indocumentado. Por suerte, en la plantilla tenemos varios estudiantes de Veterinaria y les bastó observar (muy de reojo y con sumo cuidado) los órganos reproductores del especimen para concluir que al menos un Hereford no era. Momento en que el entrenador maldijo su escasa fortuna, porque ya se frotaba las manos pensando en explotarlo como semental en su granja. No falta quien sostiene que lo intentó, de todos modos. Observado de cerca, el muchacho tenía un corazón muy humano, formación en Teología, una amante enamorada que le guardaba la ausencia y la dignidad intacta en la distancia del exilio. Aun así, temíamos seriamente que se nos lesionara de gravedad. Primero porque en los partidos uno podía entregarle la pelota sabiendo que avanzaría docena y media de metros con varios saltimbanquis del equipo contrario colgados del cuello. Segundo, y sobre todo, porque si se rompía alguna articulación y quedaba inservible, nadie estaba seguro de dónde había instalado el Ayuntamiento el Punto Limpio más próximo. Ni cómo trasladarlo hasta allí.

A lo que iba: el hombre y la máquina… El caso es que, después de una buena serie colisiones contra el animal de hierro y espuma, me sentí preparado para acometer la media hora precisa de juego. Sintiéndome cálido y maleable, me dije: es hora de estirar para que esos músculos cuyos nombres ignoramos se presenten bien lozanos en la pasarela del campo. Hay un prestigio que defender.  Y, sentado sobre mis talones, en actitud de meditación trascendental, tensé los muslos y otras zonas blandas para retirarles varios años de encima. Cuando ya empezaba a sentirme joven, capaz de mezclarme entre los adolescentes que anticipan el relevo generacional, listo para enfrentar la caza del veterano que cualquier equipo desea practicar cuando tiene muy visto a un tipo concreto del rival, justo en ese momento en el que verdaderamente quería parecerme que nada había cambiado, que yo seguía siendo el mismo de las últimas dos décadas, que jamás estuve mejor, ni más en forma, y que en verdad soy un-talonador-de-mediana-edad-en-el-mejor-momento-de-su-vida, un Peter Pan del oval, un Connor McCleod del rugby… justo entonces pasó a mi lado un chavalín, me miró y, sin detenerse un momento, me preguntó: “Oiga, ¿usted no juega?”. Y mientras yo caía muerto sobre el césped, él se fue caminando hacia el otro lado del campo.





Cuando los días

22 10 2009

Descubro que, en la wikipedia, colaboradores anónimos han construido un inventario de los días, un abigarrado dietario tan preciso que aborrece cualquier matiz. Cada día es un día en la perspectiva individual de los hombres, de cada individuo. Yo podría contar mi día, inventariar la derrota en un partido jugado en inferioridad, construir otro Somniloquio y no éste. Cada cual podría hacer lo mismo. Pero cada día, como sostiene esa bitácora que observa el tiempo, cada día es apenas un día, sin más anotaciones. Sin nombres ni apellidos. A los días no les importa el cuerpo enfermo de dos hermanas, la maldición solitaria de la tercera, ni mi llanto en el paseo, ni la flauta que corta transversalmente los soportales. Las onomásticas, las noticias históricas o el santoral que decoran cada entrada de los días según la enciclopedia libre tienen, de igual forma, un peso escaso. El de las meras anécdotas.  

“El 21 de octubre es el ducentésimo nonagésimo cuarto (294º) día del año del Calendario Gregoriano y número 295 en los años bisiestos. Quedan 71 días para finalizar el año”.

“El 22 de octubre es el bicentésimo nonagésimo quinto (295º) día del año del Calendario Gregoriano y número 296 en los años bisiestos. Quedan 70 días para finalizar el año”.

“El 23 de octubre es el día 296.º (bicentésimo nonagésimo sexto) del año del calendario gregoriano y el número 297 en los años bisiestos. Quedan 69 días para finalizar el año”.

Y así sucesiva e interminablemente. Sobre el margen derecho, un cuadrito con el calendario permite elegir cualquier día de cualquier mes (de cualquier año: es decir, de ningún año); y fatigar el almanaque infinito de ésta, otras y todas las vidas, cuya sustancia diaria consistirá exactamente en lo mismo: un ordinal que revela un orden sucesorio repetido, constante, invariable; y que posibilita el único rasgo de estilo distintivo del amanuense anónimo que registró tal jornada. Ducentésimo o bicentésimo. Me gusta, mucho, la frase que concluye la anotación con una falsa cuenta atrás, destinada a recomenzar: “Quedan 71 días para finalizar el año”; “Quedan 70 días para finalizar el año”; “Quedan 69 días para finalizar el año”.

No había imaginado que una enciclopedia pudiera precisar de ese modo la sustancia etérea de los días, que aquí tratamos de vindicar con superfluas anotaciones que languidecen. No hay nada que escribir en octubre. Tal vez porque yo me desanudo de los días poco a poco, los autorizo a alejarse de mí o a mí de ellos, para que no me toquen demasiado, para que no me convoquen a reunión alguna, ni me exijan responsabilidades, ni razones ni preguntas. Ni somniloquios. Los adelgazo de un sentido o de la búsqueda o el anhelo de un sentido; los despojo de la ropa y de las tardes como otoños; camino por encima de sus aguas y me apoyo tan poco que ya ni siquiera corro el peligro de hundirme. Corto lazos, inflo las velas con música, resbalo en crepúsculos anaranjados. Como melocotones amarillos con cuchillos negros. Creo que me dispongo para cuando los días ya no importen, no sean nada, apenas el ordinal de una serie; para cuando no quede ni una sola cosa que me amarre a sus orillas, y entonces pueda prescindir de los días y tampoco a los días les importe yo, y podamos despedirnos sin una sola mirada, ni un mínimo reproche, de buena fe, desearnos lo mejor en silencio, para los días y para mí, y entregarme a la última, larga deriva de una existencia sin fronteras ni puntos cardinales. El exilio, el exilio. Sin nostalgia. Sin un recuerdo que me proclame. Ni huella que seguir. Tal vez me acompañen un perro o una sombra, pero ninguno de los dos será mío. Tal vez un libro o no. Tal vez la desapasionada lectura de los días será el frugal alimento de mi espíritu y la única poesía que recitaré, porque las demás me entristecen. Sólo irme poco a poco, como en una expedición al horizonte, como un bote que se aleja.





El paso vaquillero

10 10 2009

De entre todas las formas de felicidad que me resultan inaprensibles, el paso vaquillero de los peñistas al ritmo de la charanga exige el primer puesto. En su misma simplicidad está envuelto el misterio de lo que uno jamás podrá alcanzar. Hay una indisposición genética, debe ser, o de otro modo no se explica. Yo nunca he sido digno de acceder a algunos mínimos placeres mundanos, que todo hijo de vecino practica o ha frecuentado alguna vez, con notorio júbilo, a este lado de Occidente. A saber: el carajillo, el calimocho, la partida de guiñote y el paso vaquillero, que para mí encarna el mundo todo de las fiestas populares. Tomé un carajillo una vez, a los 39, para remediar un medio vahído de damisela decimonónica que se me venía encima. Jamás lo he vuelto a probar. Del calimocho no puedo decir gran cosa: como cualquiera, he ensayado sustancias de casi todos los colores y texturas, y no sé por qué la más obvia no ha caído nunca en mis manos; uno se siente un poco fuera de este Universo en expansión permanente cuando puede (debe) confesar que jamás se ha aproximado a una barra para pedir “un litro de calimocho, co”. Ni siquiera en Pamplona, donde venía a ser la bebida nacional universitaria. La partida de guiñote, lo siento, no va conmigo. Mi inteligencia para la baraja es inversamente proporcional a mi aburrimiento con la baraja. Sólo hay una cosa que me produzca más cansancio previo que jugar una partida de cartas: jugar a la PlayStation. De todo lo cual se infiere mi automático rechazo a las fiestas populares. No al hecho de las fiestas, sino al de su popularidad. Queda suficientemente clara la contradicción intrínseca de mi argumento…

Iban esta misma tarde los peñistas derramándose por las calles, enmarcados por la fanfarria de sus metales, los grupos alineados con los brazos en nudos por la cintura, ese paso característico en el que un pie quiere tropezar delante de otro para llevar el ritmo, y ese hombre del megáfono al mando sentimental de la tropa. En un momento me han absorbido, a mí, solitario transeúnte sin emociones, camino del trabajo en sábado por la tarde, con una bicicleta agarrada del cuello. Al abrir la puerta del edificio de la radio, que está cerrada al público, una señora (porque era lo que todos entendemos como una señora, con su señor colgado del brazo y el sol del campo en la cara), una señora me ha hecho un ágil interior por el lado ciego, dispuesta a alcanzar la oscura y vacía recepción. Le he frenado el ímpetu sin mucha seguridad, aunque la frase lo pretendiera: “Señora, no se puede entrar… hoy está cerrado”. A lo que ella, mirándome de medio lado y sin dar cuenta del aviso, ha contestado con una pregunta de llana honestidad: “¿Regaláis entradas palgo?”.

Como mucho podría haberle dado mi abono de dos días del FIZ, pulsera rosa incluida, pero créanme… ni yo estaba para la charanga ni ella para la música independiente. Aunque no sería extraño descubrir que Rufus Wainwright, tan incalificable prodigio, pudiera reunirnos a los dos bajo un mismo techo. De todos modos, si algo tiene la fiesta popular es el revoltijo de las identidades y una confusión de apariencias que este año expresa mejor que nunca la programación de la (selecta) Sala Mozart del Auditorio. Ahí va el programa: miércoles 7 y jueves 8, Nino Bravo, The Musical; viernes 9, Los Morancos; sábado 10, Pitingo; lunes 12, Los Vivancos; miércoles 14, María Dolores Pradera con su recital Toda Una Vida (o varias, diría yo…); jueves 15, El Dúo Dinámico. Portentoso todo.

Eso son las fiestas, el banquete de las clases populares, la posibilidad de apalear a Zubin Mehta si pasa por allí, la famosa escena de Buñuel en la que los menestorosos toman al asalto la mesa de la burguesía. Nada de aquellas cenas clasistas en el Palacio de La Lonja, años setenta y antes. Irse a ver a Mogwai, mezclarse con el indie way of life, tal vez ser o parecer uno de ellos, como hice yo, camiseta de un grupo o de un cómico, vaqueros sueltos, la cinta del braslip asomando, peinados deconstruidos, zapatillas deportivas retro… nada de eso tiene que ver con la esencia de la fiesta. El espíritu correcto exige asistir al concierto de Boney M y echar unas risas, que es lo que se lleva: echar unas risas. Oímos el otro día esta conversación que lo define y nos aísla. Una señorita (porque era lo que todos entendemos como una señorita, con su móvil, su It Bag colgado del antebrazo, el Pilates combinado con la plataforma vibradora, las noches de sábado en el Tierra o el Centrik y los rayos uva en el rostro), tal señorita diciéndole a la amiga al otro lado del tubo polifónico, sin perjuicio de que los demás pudiéramos participar de la conversación: “Venga pues… nos vemos en el Boney M que nos echaremos unas risas”. Ese es el espíritu.

[Take Me Somewhere Nice, de Mogwai].

Yo vi a Mogwai, ya digo. Aún en errores conceptuales como el mío pueden ocurrir cosas que no contar. Mientras Mogwai levantaba una cortina de torrentes sónicos desde el escenario, violentos crescendos uniformes que me dejaron la mejor impresión de la noche, se me acercó un muchacho que tenía un aire muy bien acabado a la Bomba Navarro, pero sin los 25 puntos por partido de La Bomba. A cambio, llevaba una libreta y un bolígrafo que me puso en la mano. Aproximó su boca a mi oreja y me dijo: “Soy de fuera y estoy haciendo un diario de fiestas; ¿te gustaría anotar algo para mí? Lo que sea, lo que se te ocurra”. Yo pensé, primero: “¿De fuera de dónde? ¿De fuera del mundo?”. Pronto me reconvine a mí mismo porque de tal lugar indeterminado vengo yo. Así que me apliqué a la repentización escritora. Llevaba un rato pensando que, recortados en sombra por múltiples haces de luz,Mogwai parecían unos extraterrestres salidos de la nave espacial de Spielberg en E.T. para materializarse en el escenario. Igual de ajenos, igual de subyugantes. Abducido por su creciente explosión, subrayé con letra desigual estas mismas sensaciones en el cuaderno de guías paralelas del falso Juan Carlos Navarro. Hacer un diario que te escriban otros me pareció ingenioso. Una bitácora absurda que, por algún motivo, me pareció tener pleno sentido. Anoté la hora, el lugar, el año y le deseé suerte.

Un rato después de que Navarro saliera de mi vida con la misma velocidad con la que había entrado, empujé a un muchacho de rulos que comprometía mi cerveza. Cuando giró para enfrentarme, me miró con un gesto afectado de atención y me dijo, señalándome con el dedo: “¡Tú trabajas en Aragón Televisión, tío!”. Muy profesionalmente, le dije que no. Desconfió. Yo también lo hubiera hecho: un tío con una camiseta de Johnny Cash no es de fiar. Me dijo que me parecía un huevo (sic) a un periodista. Yo cavilé: “Si supiera cuántas veces pienso yo mismo eso”. Insistió, estrechó el cerco, volvió a preguntar, y yo a negarlo, dudó si le tomaba el pelo, habló de otro periodista hermano, describió una foto, el pelo más largo, sí, pero la cara igual, decía; juró que no podía ser, “un cojón, un cojón”, remataba. Le prometí que consultaría el diario ese del que me hablaba para ver si, verdaderamente, el periodista y yo (e incluso el tal hermano) nos parecíamos tanto… A continuación, se giró vencido y, como Los Planetas ya estaban en el escenario, coreamos juntos algunas líneas de Ya No Me Asomo a la Reja.

Lo siento, por algún motivo no pude decirle la verdad. Ésta: que él me recordaba mucho, con sus gafitas y sus rizos, al abogado cocainómano que genialmente recreaba Sean Penn en Carlito’s Way.





Multicines

2 10 2009

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Con las salas de cine hay que hacer como con las mujeres: una consideración física y otra moral. Y luego ya, que cada cual decida playa o montaña, piscina o mar, carne o pescado, tirios o troyanos. Porque yo, de muy chico, advertí en una sesión de noche en el Cine Latino que el mundo se dividía en dos, según uno prefiriera a Olivia Newton-John antes o después de su transformación en Grease de Sandy modosa a Sandy devoradora de travoltas y especies variadas. Y nadie me baja de tal convicción. Es más, la veo renovada cada tanto. Y la dialéctica reaparece transformada, pero esencialmente igual, entre quien prefiere a la doctora Cuddy y quien elegiría a Cameron. Y así. No es cuestión de gustos, es otra cosa.

A los cines Aragonia no puedo hacerles un juicio moral y condenarlos. No puedo decir: oiga, yo fui la otra noche a los cines Aragonia y no me van a ver el pelo más. Cosa que en su momento sí dije (para mí mismo) de los Warner Lusomundo aquéllos o de los Augusta; lo dije o lo pensé, tal vez porque yo soy un injusto eurocentrista que se marea si en el mapamundi aparece la Francia allá por el oeste a la izquierda y en primer plano tenemos, digamos, Taipei. Que yo lo entiendo, no digo que no. Entiendo que uno mira el mundo desde donde vive. Pero no le pidan a alguien que tuvo siempre los cines a cinco minutos a pie que se entusiasme por esas multisalas de las barriadas, que están muy bien, son muy modernas, tienen pantallas digitales, tecnología 3-D, butacas interactivas, pero háganme el favor… Hay otra cosa: el empeño en medir los cines por el número de salas. Catorce nuevas salas, ocho nuevas salas, dieciséis nuevas salas, proclaman los cartelones y los titulares, que cada vez se parecen más. Y venga salas. Ya me parece bien, ya, pero… ¿y cuántas películas? Porque a mí lo que me interesa son el número de películas. Porque si en Zaragoza hay 66 salas y 32 películas, digo, por ejemplo este viernes, como soy un disconforme degenerativo yo pienso: tate, ¿y las otras 34 películas posibles? Supongo que en todos los lugares del mundo hay más salas que películas, he ahí una lógica comercial irreprochable, pero si REC2 se estrena en seis salas de manera simultánea, digo yo que a lo mejor no basta el tranvía y aquí hay que poner un metro o bien un cercanías o un tren cremallera que suba hasta Pla-Za o algo. Porque todo no cuadra. No puede ser la ciudad tan ajustadita para el transporte y tan gigantesca para los cines.

En los cines Aragonia estrenaron el hermoso documental sobre Luis Buñuel llamado El Último Guión, de Gaizka Urresti y Javier Espada, un recorrido físico por los recuerdos (si esa metáfora es posible lo es gracias a una cámara de cine) y los lugares del cineasta, de la mano de las conversaciones de su hijo Juan Luis y el que fuera guionista, Jean Claude Carriére. Formidable y emotivo ejercicio que yo no pude ver en el cine pero había visto antes, no sé cómo ni por qué, en Aragón TV. Fue una noche en que oía la TDT, porque desde que llegó la TDT no oigo Aragón TV. También hay que decir que mi relación con el aparato televisivo se ha enfriado mucho, a tal punto que casi ni nos miramos a la cara y uso las 36 pulgadas de mi cacharro a modo de lámpara difusa para las noches en el salón, porque siempre me gustó esa luz demediada, como de lino, y esas sombras que se difuminan en la pared como tímidos espectros, nada expresionistas. Siempre me ha llamado la atención de qué modo se nos llena la boca a los aragoneses con Buñuel, la genialidad de Buñuel y el padrinazgo cultural de Buñuel; pero cada vez que arrean un ciclo en la Filmoteca sobre Buñuel, resulta que estamos tres a verle los cántaros a Silvia Pinal. Lo que me lleva a pensar que esto es como lo del tranvía, que o somos de Buñuel o no somos de Buñuel, pero las dos cosas no.

En los cines Aragonia han programado la versión original de Inglourious Bastards, un cachito de esperanza. Una tentativa que ya hicieron hace siglos los Renoir, con el resultado conocido. Ahora han colado ahí Ashes of Time, filme primerizo de Wong Kar-Wai, el de My Blueberry Nights y otras hierbas. Pero sólo los jueves. Jueves, día el espectador original en los Renoir. Por todas esas cosas, los Aragonia merecen una alta consideración moral. Pero la física… ay la física. Esa cosa del arquitecto Moneo. Exteriormente, los cines Aragonia se parecen a un cine lo mismo que la T4 de Barajas a un aeropuerto o la Intermodal a una estación. Se ve que la cosa va de eso ahora, que nada parezca lo que es. Pero ponte a rodar una escena de película en la Intermodal y a ver lo que te queda; a ver si hay narices de hacerle el homenaje al Acorazado Potemkin en la Estación Delicias en lugar de en la Estación Central de Chicago.

Hasta que te pones delante del pantallón traslúcido, los Aragonia parecen un aeropuerto anticuado, una disco retrofuturista y un casino de Ocean’s Eleven, con los techos bajos y las moquetas coloridas, los pasillos largos que no sé si no deberían clavar cintas deslizantes para llegar a tiempo, un ambigú setentero y unas taquillas sin cristal ni cartelito de “Hable aquí en el higyaphon”. Que la palabrita nos embargaba: higyaphon… Las taquillas de los Aragonia son unos mostradores desnudos como de hotel o línea aérea, sin nada delante, atrás ni a los lados, con un deje de temporalidad que recuerda a la Torre del Agua, que cualquier día entramos en ese tema y con el pabellón puente, que ni es pabellón ni es puente ni es nada. Con esto pasa lo mismo: las taquillas ahora son así. Pretendidamente así. Como los restaurantes ultramodernos en los que asomas la cabeza y, donde aguardabas mesas y sillas, adviertes un recibidor decorado con una roca de sílice, un cubo de colores primarios y un ramillete de boj. Y te dicen: “Es decoración minimalista”. Y tú piensas: oiga no, lo que pasa es que esto está sin amueblar.

Así que, aunque en las salas triunfa un total clasicismo contemporáneo y se parecen mucho (y bien) a las de los Palafox, y nadie tapa, a pesar de todo eso y las versiones originales, a los Aragonia hay que procurar ir acompañado (he ahí una contradicción) y pedir máxima puntualidad a la cita o bien aguardar en el portón exterior. Uno no queda bien pasmado en medio de ese conjunto hostil, y no hay escapatorias. Porque al paisaje del Centro Comercial le faltan escaparates y algún garitico de esos que digas: “En lo que vienen, voy a sentarme ahí a crujirme un Solero, co”; y a cambio le sobran líneas de fuga y diagonales grisáceas. Que no digo yo que arquitectónicamente no tengan su intelecto y no merezcan un Premio Pritzker, tú, pero que al común de los mortales nos dan una impresión así como de invierno cósmico, en el cual uno no se siente cómodo esperando, porque teme encontrarse en cualquier momento a un par de pre-cog de aquéllos de Minority Report boca arriba en una fuentecilla.

Pero vamos, que iré. Lo prometo. Y que me alegro y agradezco.

Pd.: Allá vi ‘El Soplón’, una broma de Steven Soderbergh muy confusa y pálida, que si me la ponen de atrás adelante o viceversa igual me hubiera dado, porque entendí lo mismo. Ah, coño… que el Matt Damon hacía a un tipo que sufría personalidad bipolar. Yo es que no me fijo. Lo explican sus pensamientos interiores, exteriorizados en una constante voz en off que demuestra cómo la conciencia del pajarito diverge por completo de sus acciones. Damon está bien. Y los demás, que tienen el detalle de quedarse tan pasmados como los de la platea, también.

Pd2: Para compensar, al día siguiente me fui yo solito al Elíseos a aliviarme en el baño estilo art-deco, con un lavabo de los de toda la vida y los lamparones neoclásicos y esa araña central y la sala circular. Y de paso que me reconciliaba con el canon humano, vi ‘Destino Woodstock’, una historia pequeñita sobre un fondo gigantesco, que no está bien ni mal sino todo lo contrario, y que me ratificó que Ang Lee no es lo mío ni nunca lo será. La periferia de la utopía está contada con cierta gracia, aunque sin rascar demasiado. Ang Lee se las arregla para que de cuatro personajes principales, dos sean un matrimonio y los otros dos, un homosexual y un ex marine travestido, con lo cual va la cuota completa. Pero, ¿y la música? No, de música no hay nada. Para eso está el documental de Michael Wadleigh que todos los críticos parecen haber visto, pero que no los sacas de que en Woodstock tocaron Janis Joplin, los Who y Jimmi Hendrix. ¿Quién más tocó? Tiempo… Bueno, da igual. Pero el viaje psicodélico en la furgoneta que recrea Ang Lee, eso sí que hay que decirlo, me pareció precioso de verdad.