Multicines

2 10 2009

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Con las salas de cine hay que hacer como con las mujeres: una consideración física y otra moral. Y luego ya, que cada cual decida playa o montaña, piscina o mar, carne o pescado, tirios o troyanos. Porque yo, de muy chico, advertí en una sesión de noche en el Cine Latino que el mundo se dividía en dos, según uno prefiriera a Olivia Newton-John antes o después de su transformación en Grease de Sandy modosa a Sandy devoradora de travoltas y especies variadas. Y nadie me baja de tal convicción. Es más, la veo renovada cada tanto. Y la dialéctica reaparece transformada, pero esencialmente igual, entre quien prefiere a la doctora Cuddy y quien elegiría a Cameron. Y así. No es cuestión de gustos, es otra cosa.

A los cines Aragonia no puedo hacerles un juicio moral y condenarlos. No puedo decir: oiga, yo fui la otra noche a los cines Aragonia y no me van a ver el pelo más. Cosa que en su momento sí dije (para mí mismo) de los Warner Lusomundo aquéllos o de los Augusta; lo dije o lo pensé, tal vez porque yo soy un injusto eurocentrista que se marea si en el mapamundi aparece la Francia allá por el oeste a la izquierda y en primer plano tenemos, digamos, Taipei. Que yo lo entiendo, no digo que no. Entiendo que uno mira el mundo desde donde vive. Pero no le pidan a alguien que tuvo siempre los cines a cinco minutos a pie que se entusiasme por esas multisalas de las barriadas, que están muy bien, son muy modernas, tienen pantallas digitales, tecnología 3-D, butacas interactivas, pero háganme el favor… Hay otra cosa: el empeño en medir los cines por el número de salas. Catorce nuevas salas, ocho nuevas salas, dieciséis nuevas salas, proclaman los cartelones y los titulares, que cada vez se parecen más. Y venga salas. Ya me parece bien, ya, pero… ¿y cuántas películas? Porque a mí lo que me interesa son el número de películas. Porque si en Zaragoza hay 66 salas y 32 películas, digo, por ejemplo este viernes, como soy un disconforme degenerativo yo pienso: tate, ¿y las otras 34 películas posibles? Supongo que en todos los lugares del mundo hay más salas que películas, he ahí una lógica comercial irreprochable, pero si REC2 se estrena en seis salas de manera simultánea, digo yo que a lo mejor no basta el tranvía y aquí hay que poner un metro o bien un cercanías o un tren cremallera que suba hasta Pla-Za o algo. Porque todo no cuadra. No puede ser la ciudad tan ajustadita para el transporte y tan gigantesca para los cines.

En los cines Aragonia estrenaron el hermoso documental sobre Luis Buñuel llamado El Último Guión, de Gaizka Urresti y Javier Espada, un recorrido físico por los recuerdos (si esa metáfora es posible lo es gracias a una cámara de cine) y los lugares del cineasta, de la mano de las conversaciones de su hijo Juan Luis y el que fuera guionista, Jean Claude Carriére. Formidable y emotivo ejercicio que yo no pude ver en el cine pero había visto antes, no sé cómo ni por qué, en Aragón TV. Fue una noche en que oía la TDT, porque desde que llegó la TDT no oigo Aragón TV. También hay que decir que mi relación con el aparato televisivo se ha enfriado mucho, a tal punto que casi ni nos miramos a la cara y uso las 36 pulgadas de mi cacharro a modo de lámpara difusa para las noches en el salón, porque siempre me gustó esa luz demediada, como de lino, y esas sombras que se difuminan en la pared como tímidos espectros, nada expresionistas. Siempre me ha llamado la atención de qué modo se nos llena la boca a los aragoneses con Buñuel, la genialidad de Buñuel y el padrinazgo cultural de Buñuel; pero cada vez que arrean un ciclo en la Filmoteca sobre Buñuel, resulta que estamos tres a verle los cántaros a Silvia Pinal. Lo que me lleva a pensar que esto es como lo del tranvía, que o somos de Buñuel o no somos de Buñuel, pero las dos cosas no.

En los cines Aragonia han programado la versión original de Inglourious Bastards, un cachito de esperanza. Una tentativa que ya hicieron hace siglos los Renoir, con el resultado conocido. Ahora han colado ahí Ashes of Time, filme primerizo de Wong Kar-Wai, el de My Blueberry Nights y otras hierbas. Pero sólo los jueves. Jueves, día el espectador original en los Renoir. Por todas esas cosas, los Aragonia merecen una alta consideración moral. Pero la física… ay la física. Esa cosa del arquitecto Moneo. Exteriormente, los cines Aragonia se parecen a un cine lo mismo que la T4 de Barajas a un aeropuerto o la Intermodal a una estación. Se ve que la cosa va de eso ahora, que nada parezca lo que es. Pero ponte a rodar una escena de película en la Intermodal y a ver lo que te queda; a ver si hay narices de hacerle el homenaje al Acorazado Potemkin en la Estación Delicias en lugar de en la Estación Central de Chicago.

Hasta que te pones delante del pantallón traslúcido, los Aragonia parecen un aeropuerto anticuado, una disco retrofuturista y un casino de Ocean’s Eleven, con los techos bajos y las moquetas coloridas, los pasillos largos que no sé si no deberían clavar cintas deslizantes para llegar a tiempo, un ambigú setentero y unas taquillas sin cristal ni cartelito de “Hable aquí en el higyaphon”. Que la palabrita nos embargaba: higyaphon… Las taquillas de los Aragonia son unos mostradores desnudos como de hotel o línea aérea, sin nada delante, atrás ni a los lados, con un deje de temporalidad que recuerda a la Torre del Agua, que cualquier día entramos en ese tema y con el pabellón puente, que ni es pabellón ni es puente ni es nada. Con esto pasa lo mismo: las taquillas ahora son así. Pretendidamente así. Como los restaurantes ultramodernos en los que asomas la cabeza y, donde aguardabas mesas y sillas, adviertes un recibidor decorado con una roca de sílice, un cubo de colores primarios y un ramillete de boj. Y te dicen: “Es decoración minimalista”. Y tú piensas: oiga no, lo que pasa es que esto está sin amueblar.

Así que, aunque en las salas triunfa un total clasicismo contemporáneo y se parecen mucho (y bien) a las de los Palafox, y nadie tapa, a pesar de todo eso y las versiones originales, a los Aragonia hay que procurar ir acompañado (he ahí una contradicción) y pedir máxima puntualidad a la cita o bien aguardar en el portón exterior. Uno no queda bien pasmado en medio de ese conjunto hostil, y no hay escapatorias. Porque al paisaje del Centro Comercial le faltan escaparates y algún garitico de esos que digas: “En lo que vienen, voy a sentarme ahí a crujirme un Solero, co”; y a cambio le sobran líneas de fuga y diagonales grisáceas. Que no digo yo que arquitectónicamente no tengan su intelecto y no merezcan un Premio Pritzker, tú, pero que al común de los mortales nos dan una impresión así como de invierno cósmico, en el cual uno no se siente cómodo esperando, porque teme encontrarse en cualquier momento a un par de pre-cog de aquéllos de Minority Report boca arriba en una fuentecilla.

Pero vamos, que iré. Lo prometo. Y que me alegro y agradezco.

Pd.: Allá vi ‘El Soplón’, una broma de Steven Soderbergh muy confusa y pálida, que si me la ponen de atrás adelante o viceversa igual me hubiera dado, porque entendí lo mismo. Ah, coño… que el Matt Damon hacía a un tipo que sufría personalidad bipolar. Yo es que no me fijo. Lo explican sus pensamientos interiores, exteriorizados en una constante voz en off que demuestra cómo la conciencia del pajarito diverge por completo de sus acciones. Damon está bien. Y los demás, que tienen el detalle de quedarse tan pasmados como los de la platea, también.

Pd2: Para compensar, al día siguiente me fui yo solito al Elíseos a aliviarme en el baño estilo art-deco, con un lavabo de los de toda la vida y los lamparones neoclásicos y esa araña central y la sala circular. Y de paso que me reconciliaba con el canon humano, vi ‘Destino Woodstock’, una historia pequeñita sobre un fondo gigantesco, que no está bien ni mal sino todo lo contrario, y que me ratificó que Ang Lee no es lo mío ni nunca lo será. La periferia de la utopía está contada con cierta gracia, aunque sin rascar demasiado. Ang Lee se las arregla para que de cuatro personajes principales, dos sean un matrimonio y los otros dos, un homosexual y un ex marine travestido, con lo cual va la cuota completa. Pero, ¿y la música? No, de música no hay nada. Para eso está el documental de Michael Wadleigh que todos los críticos parecen haber visto, pero que no los sacas de que en Woodstock tocaron Janis Joplin, los Who y Jimmi Hendrix. ¿Quién más tocó? Tiempo… Bueno, da igual. Pero el viaje psicodélico en la furgoneta que recrea Ang Lee, eso sí que hay que decirlo, me pareció precioso de verdad.

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