El paso vaquillero

10 10 2009

De entre todas las formas de felicidad que me resultan inaprensibles, el paso vaquillero de los peñistas al ritmo de la charanga exige el primer puesto. En su misma simplicidad está envuelto el misterio de lo que uno jamás podrá alcanzar. Hay una indisposición genética, debe ser, o de otro modo no se explica. Yo nunca he sido digno de acceder a algunos mínimos placeres mundanos, que todo hijo de vecino practica o ha frecuentado alguna vez, con notorio júbilo, a este lado de Occidente. A saber: el carajillo, el calimocho, la partida de guiñote y el paso vaquillero, que para mí encarna el mundo todo de las fiestas populares. Tomé un carajillo una vez, a los 39, para remediar un medio vahído de damisela decimonónica que se me venía encima. Jamás lo he vuelto a probar. Del calimocho no puedo decir gran cosa: como cualquiera, he ensayado sustancias de casi todos los colores y texturas, y no sé por qué la más obvia no ha caído nunca en mis manos; uno se siente un poco fuera de este Universo en expansión permanente cuando puede (debe) confesar que jamás se ha aproximado a una barra para pedir “un litro de calimocho, co”. Ni siquiera en Pamplona, donde venía a ser la bebida nacional universitaria. La partida de guiñote, lo siento, no va conmigo. Mi inteligencia para la baraja es inversamente proporcional a mi aburrimiento con la baraja. Sólo hay una cosa que me produzca más cansancio previo que jugar una partida de cartas: jugar a la PlayStation. De todo lo cual se infiere mi automático rechazo a las fiestas populares. No al hecho de las fiestas, sino al de su popularidad. Queda suficientemente clara la contradicción intrínseca de mi argumento…

Iban esta misma tarde los peñistas derramándose por las calles, enmarcados por la fanfarria de sus metales, los grupos alineados con los brazos en nudos por la cintura, ese paso característico en el que un pie quiere tropezar delante de otro para llevar el ritmo, y ese hombre del megáfono al mando sentimental de la tropa. En un momento me han absorbido, a mí, solitario transeúnte sin emociones, camino del trabajo en sábado por la tarde, con una bicicleta agarrada del cuello. Al abrir la puerta del edificio de la radio, que está cerrada al público, una señora (porque era lo que todos entendemos como una señora, con su señor colgado del brazo y el sol del campo en la cara), una señora me ha hecho un ágil interior por el lado ciego, dispuesta a alcanzar la oscura y vacía recepción. Le he frenado el ímpetu sin mucha seguridad, aunque la frase lo pretendiera: “Señora, no se puede entrar… hoy está cerrado”. A lo que ella, mirándome de medio lado y sin dar cuenta del aviso, ha contestado con una pregunta de llana honestidad: “¿Regaláis entradas palgo?”.

Como mucho podría haberle dado mi abono de dos días del FIZ, pulsera rosa incluida, pero créanme… ni yo estaba para la charanga ni ella para la música independiente. Aunque no sería extraño descubrir que Rufus Wainwright, tan incalificable prodigio, pudiera reunirnos a los dos bajo un mismo techo. De todos modos, si algo tiene la fiesta popular es el revoltijo de las identidades y una confusión de apariencias que este año expresa mejor que nunca la programación de la (selecta) Sala Mozart del Auditorio. Ahí va el programa: miércoles 7 y jueves 8, Nino Bravo, The Musical; viernes 9, Los Morancos; sábado 10, Pitingo; lunes 12, Los Vivancos; miércoles 14, María Dolores Pradera con su recital Toda Una Vida (o varias, diría yo…); jueves 15, El Dúo Dinámico. Portentoso todo.

Eso son las fiestas, el banquete de las clases populares, la posibilidad de apalear a Zubin Mehta si pasa por allí, la famosa escena de Buñuel en la que los menestorosos toman al asalto la mesa de la burguesía. Nada de aquellas cenas clasistas en el Palacio de La Lonja, años setenta y antes. Irse a ver a Mogwai, mezclarse con el indie way of life, tal vez ser o parecer uno de ellos, como hice yo, camiseta de un grupo o de un cómico, vaqueros sueltos, la cinta del braslip asomando, peinados deconstruidos, zapatillas deportivas retro… nada de eso tiene que ver con la esencia de la fiesta. El espíritu correcto exige asistir al concierto de Boney M y echar unas risas, que es lo que se lleva: echar unas risas. Oímos el otro día esta conversación que lo define y nos aísla. Una señorita (porque era lo que todos entendemos como una señorita, con su móvil, su It Bag colgado del antebrazo, el Pilates combinado con la plataforma vibradora, las noches de sábado en el Tierra o el Centrik y los rayos uva en el rostro), tal señorita diciéndole a la amiga al otro lado del tubo polifónico, sin perjuicio de que los demás pudiéramos participar de la conversación: “Venga pues… nos vemos en el Boney M que nos echaremos unas risas”. Ese es el espíritu.

[Take Me Somewhere Nice, de Mogwai].

Yo vi a Mogwai, ya digo. Aún en errores conceptuales como el mío pueden ocurrir cosas que no contar. Mientras Mogwai levantaba una cortina de torrentes sónicos desde el escenario, violentos crescendos uniformes que me dejaron la mejor impresión de la noche, se me acercó un muchacho que tenía un aire muy bien acabado a la Bomba Navarro, pero sin los 25 puntos por partido de La Bomba. A cambio, llevaba una libreta y un bolígrafo que me puso en la mano. Aproximó su boca a mi oreja y me dijo: “Soy de fuera y estoy haciendo un diario de fiestas; ¿te gustaría anotar algo para mí? Lo que sea, lo que se te ocurra”. Yo pensé, primero: “¿De fuera de dónde? ¿De fuera del mundo?”. Pronto me reconvine a mí mismo porque de tal lugar indeterminado vengo yo. Así que me apliqué a la repentización escritora. Llevaba un rato pensando que, recortados en sombra por múltiples haces de luz,Mogwai parecían unos extraterrestres salidos de la nave espacial de Spielberg en E.T. para materializarse en el escenario. Igual de ajenos, igual de subyugantes. Abducido por su creciente explosión, subrayé con letra desigual estas mismas sensaciones en el cuaderno de guías paralelas del falso Juan Carlos Navarro. Hacer un diario que te escriban otros me pareció ingenioso. Una bitácora absurda que, por algún motivo, me pareció tener pleno sentido. Anoté la hora, el lugar, el año y le deseé suerte.

Un rato después de que Navarro saliera de mi vida con la misma velocidad con la que había entrado, empujé a un muchacho de rulos que comprometía mi cerveza. Cuando giró para enfrentarme, me miró con un gesto afectado de atención y me dijo, señalándome con el dedo: “¡Tú trabajas en Aragón Televisión, tío!”. Muy profesionalmente, le dije que no. Desconfió. Yo también lo hubiera hecho: un tío con una camiseta de Johnny Cash no es de fiar. Me dijo que me parecía un huevo (sic) a un periodista. Yo cavilé: “Si supiera cuántas veces pienso yo mismo eso”. Insistió, estrechó el cerco, volvió a preguntar, y yo a negarlo, dudó si le tomaba el pelo, habló de otro periodista hermano, describió una foto, el pelo más largo, sí, pero la cara igual, decía; juró que no podía ser, “un cojón, un cojón”, remataba. Le prometí que consultaría el diario ese del que me hablaba para ver si, verdaderamente, el periodista y yo (e incluso el tal hermano) nos parecíamos tanto… A continuación, se giró vencido y, como Los Planetas ya estaban en el escenario, coreamos juntos algunas líneas de Ya No Me Asomo a la Reja.

Lo siento, por algún motivo no pude decirle la verdad. Ésta: que él me recordaba mucho, con sus gafitas y sus rizos, al abogado cocainómano que genialmente recreaba Sean Penn en Carlito’s Way.

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11 responses

11 10 2009
NIKKI RAMONNE

Coincido plenamente con Ud. Sr. Ornat (salvo en lo del guiñote). Cada día me parecen más horrorosos los “espectáculos populares”: suciedad, restos de “sustancias orgánicas”, ruido y jaleo amparados en la frase clásica:”es que estamos en fiestas”.

Aunque para mí lo más exasperante es padecer las caras mezcla de incredulidad y de sonrisa cuando me confieso que odio (recalco, odio) las fiestas sean populares, impopulares, de pueblo o de ciudad, patronales o laicas.

Todo vale en estas fiestas y añoro la tranquilidad y el poder pasear sin tener que ser empujado, el poder llevar la vida normal sin tener que soportar la “fauna” que puebla todas las fiestas. Pero lo peor es tener que llevar colgado el sambenito de ser el “rarito”, aunque a estas alturas ya estoy acostumbrado y me encanta proclamar a los cuatro vientos: ¡ODIO LAS FIESTAS!, ¡VIVA LA RUTINA DIARIA!

p.s.: una pequeña sugerencia para otro de sus posts, si me lo permite: http://www.youtube.com/watch?v=XOAyyqyzlTk

11 10 2009
ornat

Permítame Mr. Ramone que le haga una apreciación, sin acritud que diría Felipe Gronsauer: si usted no ha tenido que admitir, a la finalización de una lifara, que no sabe jugar al guiñote, mientras los demás se disponen ya por parejas a acometer el duelo de fanfarronadas que acompaña al juego por antonomasia, entonces señor… entonces usted no sabe lo que es la soledad y la inadaptación.

pd: gracias por la sugerencia. Anoto: http://ornat.blogia.com/2008/071501-cancion-de-amor-de-diez-pisos.php Ten Storey Lovesong inauguró en el Viejo Somniloquios, julio de 2008, la serie de canciones de amor. Ahora vuelvo a ella pero han deshabilitado el vídeo.
Abrazos

12 10 2009
Fedra

Es el precio de la fama don Mario.A mi me sería imposible sobrellevarla.Yes que usted además de periodista inadvertido entre la multitud excepto para el fan irredento es un ideólogo capaz de detectar un filón como el de editar el video del 6-1 del zaragoza al real madrid de los galácticos,de pergeñar esas crónicas borgelianas en el As cada lunes para el hedonismo de nuestras mentes y de hacer críticas del cine que le embelesa.

12 10 2009
ornat

Si fui yo el que pensó lo del vídeo del Zaragoza y el Madrid, prometo que no me acuerdo. Y también que, en caso de ser mía, no cobré por la idea porque de eso sí que no me iba a olvidar.

13 10 2009
Fedra

si,si fue idea tuya .Cuando volvíais en coche desde la Romareda a la redacción de As.lLo contó Pedro Luis Ferrer en la SER unos días después en Ser deportivos.

13 10 2009
ornat

De piedra me deja el dato.

14 10 2009
Sergio

Señor Ornat, usted regatea la riqueza. De ese glorioso seis a uno compré, aquella mañana en el coqueto kisoco de San Felipe, seis ejemplares seis para regalar. Y lo hice a las siete de la mañana, con temor a que se agotaran. Bendito momento de zaragocismo.
Lo de las fiestas… sueño con que llegue el 18 y recobremos la calle Torrenueva sin -tanto- orín, músicas machupicheras y alegría obligatoria. Y sí, sin peñistas, que sobrevivirían a una explosión atómica.

14 10 2009
ornat

Hombre, la elección del periodismo como forma de vida ya suponía, de principio, una gambeta definitiva a la riqueza. De ahí en adelante, todo para abajo. El Pele me lo viene diciendo hace años, cada tanto: “Tú sabes mucho de muchas cosas, pero de la vida no tienes ni idea”. A mí lo que me resulta asombroso es cómo ese conjunto que llamamos “muchas cosas” no forman en realidad “la vida”. Pero ahí debe de estar la explicación. La mujer de un amigo lo dijo aún mejor, con toda rotundidad, en cierta ocasión y de su propio hombre: “El pobre es un inútil, sólo sabe escribir”.

15 10 2009
Sergio

Gloriosa.
Esa mujer es gloriosa.
Qué frase, qué erudición.
Cuántas veces me he definido así: no sé hacer nada, sólo escribir.
Y ya ves… disfrutando de la hostelería. En noches marchitas creo que ni para eso…
Váyase buscando una maquinita de contar billetes, que lo del 6 a 1 lo tenemos que arreglar: yo busco al abogado…

17 10 2009
reinasalamandra

Me has destrozado la vida Mario. Y yo que pensaba que mi personalidad única, de persona única y (rarita), estaba basada en el hecho de ser la única entidad humana, que desconocía totalmente las reglas del guiñote. Dios, ¿hay alguien mas?.

26 10 2009
Latorrepola

El paso vaquillero es uno de los mejores inventos del hombre. Sirve para acompañar cualquier charanga, no cansa, parece que estás bailando y avanzas. De hecho, se inventó para ir desde la peña a las vaquillas. Pero todo evoluciona y este año he visto varios adelantos:
-En la charanga hay un tipo que canta con un megáfono.
-Han cambiado las letras y ahora hay una que es (con la melodía del ‘si te ha pillao, si te ha pillao): El pacharán, el Jb, el calimocho y el Licor 43)
-Ahora ya no se pasa la bota, el porrón o la garrafa, ahora se pasa el peta.
-En los conciertos está el ‘Mochila-man’ que lleva un depósito a su espalda y te rellena el litro de cerveza ahorrándote ir hasta la barra.

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