Días de entreguerras

8 11 2009

Cuando volvía de la guerra, Gervasio Sánchez tomaba asiento a mi espalda en la redacción de Heraldo de Aragón. De los tres años fugaces que pasé en esas salas (tres años es muy poco tiempo en la trayectoria de un periodista, pero un periodo más que suficiente para alguien como yo en un lugar como ese), mis desordenadas conversaciones de entreguerras con Gervasio deben ser uno de los pocos recuerdos a los que he autorizado a permanecer en pie. Puede que hablásemos de algún asunto serio, pero debió ser siempre sin énfasis, así como fotografía Gervasio los dramas, o tal vez con un énfasis inverso, que diría Bioy Casares, ajeno a los artificios, a la impostura artística y hasta a la lección moral. Como cuando un día cualquiera en que yo debía sentirme herido (tal vez de manera definitiva) por la profesión, me volví hacia Gervasio, que tecleaba en la mesita de circunstancias que compartía en horas diversas con Alfonso Zapater, y le dije: “Gervasio, el periodismo está muerto…”. Él, sin dejar de golpear con rítmica desigual el teclado, comentó con su deje cordobés: “Hace tiempo, macho”. El modo en que lo dijo desactivó de inmediato la pretendida trascendencia de mi declaración. No hubo más palabras.

Gervasio Sánchez.

Gervasio Sánchez posa junto a su fotografía 'Sofía y Alia', por la que fue premiado con el Premio Ortega y Gasset de Fotografía.

No sé por qué recuerdo a Gervasio hablarme de Mystic River, la película de Clint Eastwood, con un entusiasmo contenido. Y lo veo recomendar unas vacaciones en Túnez, país del que resumía hermosuras en muy pocas frases, con ese conocimiento geográfico y etnológico que me hacía recordar a Ryszard Kapuscynski. Así de simples eran los diálogos, que trataban de eso o de fútbol, del Córdoba, del Zaragoza, de aquella Segunda División que recorrimos de norte a sur, derecha e izquierda. El Pele trataba de violentarlo afectuosamente con declaraciones absolutas a favor de unos o de otros, y Gervasio le razonaba con energía conceptual, pero con gracia, sin ponerse interesante, y siempre de un modo ajeno a la militancia, que suele ejercer de hermana bastarda de la mayoría de los profesionales del compromiso. De Gervasio y Kapuscynski, amigos personales hasta la muerte del cronista polaco, he envidiado la valentía para conocer lugares y personas, para adentrarse en la tiniebla de los conflictos bélicos y alcanzar al ser humano en el terror y la gloria de todas sus variadas dimensiones. No se trata de un celo profesional, es puramente personal, íntimo. A Gervasio lo he conocido personalmente y en tal casualidad (una mesa a la espalda de la mía) apoyo mi afección por él, nada más que en eso; a Kapuscynski lo he leído con el deleite con el que leo a los que me parecen más grandes. A ambos, en cualquier caso, los envidio como al Stevenson de los Mares del Sur, como al Conrad marinero (si lo fuera). Por ese impulso salvaje que los mueve y a mí, pusilánime, me conmueve. Ya he declarado alguna vez: soy un aventurero mental, repleto de cobarde inmovilidad.

El trabajo de Gervasio va reuniendo premios. El último, grande, el Premio Nacional de Fotografía, que le concedieron esta semana. Yo no voy a juzgar el trabajo de Gervasio Sánchez, ni siquiera para el elogio, que me importa poco. Puedo decir que me gustan sus fotografías y me pregunto qué hay en esa mirada para disparar con la equidistancia formal con la que lo hace, con un aparente desapasionamiento, y sin embargo dejar un mensaje tan bien precisado, tan inequívoco, tan humildemente potente. Tan humano, pero humano que participa de la culpabilidad general y por eso no la amplifica con artificios. Éstas son sensaciones desordenadas, sin pretensión académica. No quiero decir más ni menos. Sólo esto: que me alegré enormemente del premio por Gervasio, el hombre, el tipo que se sentaba en una mesa a la espalda de la mía cuando volvía de una guerra, durante tres años, y con el que hablaba de cualquier cosa, a veces. No sé si Gervasio es un excelente fotógrafo o un magnífico periodista. Ambas cosas se me hacen secundarias. A mí lo que me alegra es que le hayan dado el premio a quien siempre me pareció un hombre bien entero. Un gran tipo.

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14 11 2009
nadie

Espero y deseo que a ningún iluminado mindundi se le ocurra proponerle como candidato al premio Príncipe de Asurias, o cualquier otro similar y devaluado por sus precedentes. Ni los premios podrían llegar a más, ni el trabajo, la hombría de bien ni la profesionalidad de Gervasio Sánchez podría llegar a menos.
Yo, como aragonés le he nombrado, a título personal, Hijo Predilecto de la Inmortal Ciudad de Zaragoa, y Medalla de Oro de la misma..

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