El otoño en Edimburgo

18 11 2009

Hay un placer delicadamente pornográfico en la observación de esos placajes con los que Jonny Wilkinson derriba a los terceras contrarios. Primero los detiene en seco, sin acusar el mínimo retroceso de su posición; luego los levanta; por fin, los arrastra de vuelta por el camino por el que habían venido. Se trata de una inversión completa de la realidad, como ahora veremos. Para empezar, porque Wilkinson no se mueve de su sitio y los otros parecen haber chocado con una pared. Pero después, el muro se mueve, inicia el avance y deriva en aplanadora. Wilko no los levanta por el aire ni los voltea. Simplemente los detiene y los tumba, a medias entre el esfuerzo y el asombro. No incurre en ilegalidades de exhibicionista pendenciero como voltearlos en el aire o ponerlos cabeza abajo, aunque al estirado francés Emile N’Tamack lo dejara patas arriba en cierta ocasión muy célebre. Hablamos de alas (como la caza de Justin Bishop, un irlandés al que el suelo le cayó sobre la cabeza de manera repentina, al final de un triángulo escaleno de derribos de Wilko). Si lo permitiera la normativa, es probable que a ese tipo de jugadores de tamaño medio Wilkinson se los metiera en el bolsillo del pantalón. Pero lo bueno viene cuando baja a un tercera, notablemente a uno de esos terceras que cubre la touche en un golpe de castigo o una patada defensiva contraria; que recoge la pelota corta y que sale a la carga campo arriba, convertido en un batallón de radical soledad física. Bajo la epidermis de esta jugada de Wilkinson late una venganza global: los terceras a menudo pasan los partidos a la caza del apertura contrario. El 10 es la pieza más codiciada, en parte por hacer que perdure la estrategia del terror, de la que los terceras son jinetes, y también por interrumpir la conexión vital del equipo contrario. Wilkinson (que es tan fuerte como ellos, tan duro como ellos y técnicamente mucho mejor que la mayoría de ellos) se da el gusto de ejercer la poética de la revancha. Rara vez se deja cazar. Y a menudo los embosca. A la manera habitual, un tal Chesney lo descubrió por sí mismo, sin que nadie tuviera que contárselo.

Si hablo de placajes es porque hablo de Wilkinson, quien desde hace años (desde el mismo instante en que alcanzó la cúspide) entra y sale de acuerdo a una rutina de gloria y dolor, de triunfo y lesiones. Si hablo de Wilkinson es porque ha vuelto a Inglaterra después de 18 meses ausente (y antes al rugby en el Toulon francés), y porque lo ha hecho de una sola pieza, de pedernal, claro. Y si hablo de placajes es porque estos días voy mirando los tests de noviembre, con los tres grandes del Hemisferio Sur (Australia, Nueva Zelanda y Suráfrica, aunque también la cuarta que es Argentina) de vuelta por la Galia y la Bretaña, retando naciones enteras como quien se arriesga a un pulso mano a mano. Noviembre -un mes que clausura la luz y derriba las últimas esperanzas de cualquier hombre sensible- tiene a menudo un único sentido: los partidos internacionales de rugby de otoño. Vi a Gales y Nueva Zelanda, a Irlanda con Australia, a Australia con Inglaterra y a Francia contra Suráfrica… Vengo fijándome en los notables placadores de diversas escuelas. Me fascinaron las coberturas de Gethin Jenkins, el pilar galés, que alcanza las esquinas del campo con derribos que firmaría un tres cuartos centro. Me hizo acordarme de aquel día en el que, jugando en el campo de La Almunia, salió la pelota sobre el Perdigón (el liviano ala contrario, amigo con el que yo mismo había jugado hombro con hombro años antes en Ingenieros), y contra todo pronóstico al muchacho le sobrevino un lapsus inexpresable que lo llevó a quedarse parado sobre la línea, tal vez mientras decidía hacia dónde salir o bien sujeto por un ramalazo del subconsciente, que le recordaba en el peor momento del día que se había dejado abierto el grifo de casa. Esos segundos se dilataron lo suficiente para darme tiempo a llegar a mí, subido en el efecto bola de cañón del centenar de kilos y ávido de completar una jugada que recordaría siempre (como demuestran estas líneas). Sin que aún sepamos cómo ni por qué ninguno de los dos -y tratamos en vano de analizarlo durante el tercer tiempo- lo planché en seco contra la touche. Con el consiguiente júbilo de mis correligionarios y un atisbo de depresión en el gesto del Perdigón durante el resto del partido. Lo había cazado un pilar que venía de frente. Esas cosas no pasan.

Rocky Elsom, clásico tercera australiano en el que uno puede confiar para las tardes de lluvia y las noches de tormenta.

Hablaba de Gethin Jenkins, entonces. Pero también de Rocky Elsom o de Richie McCaw, dos flankers con el punto de salvaje inconsciencia y rigor táctico-defensivo que tanto me gusta. Ahora que el australiano Phil Waugh se ha dejado vencer por la edad (aunque no del todo, sostiene él) y que los Wallabies celebran la irrupción de Pocock en la tercera australiana, uno reza para ver el sábado en Murrayfield (a donde vamos a peregrinar por fin, después de tantos años de desearlo) a George Smith y Rocky Elsom sobre el campo. También a Matt Giteau, cómo no, el apertura al que tanto le cuesta pasarla, otro alienado del subconsciente, al que el cuerpo le reclama la guerra de los centros.

Medidos frente a Escocia (mi equipo, siempre mi equipo) los australianos siempre van a salir ganando. Hace 27 años que Escocia no vence a los aussies y nada hace sospechar que puedan lograrlo el sábado. Éstos no están siendo días de un gran rugby, siempre en términos proporcionales al extraordinario nivel del que hablamos. Pero sí repletos de detalles. Suráfrica ha bajado el pistón después de un bienio portentoso, inabordable (lleva tres tests perdidos de manera consecutiva) y Francia le ganó con talento nuevo; Australia tiene bajas principales (qué decir de Stirling Mortlock, hombre de piedra) y Robbie Deans maneja un equipo en transición, con muchachos dotados de la imperfecta electricidad de la juventud en la tres cuartos y un medio de melé (Genya) que por fin parece digno de calzarse los zapatos del inolvidable Gregan.Hace dos semanas, en Twickenham, Genya fue el artífice del cambio de ritmo que le permitió a Australia dejar a su espalda a la basta Inglaterra de Martin Johnson, un equipo que aún comienza y acaba en Jonny Wilkinson, incapaz de regenerar por sí solo el equipo campeón del Mundo en 2oo3, pero sí de ganar partidos y aceitar con un masaje de pies y otro de placajes las aristas de cualquier encuentro comprometido. Irlanda le empató sobre la hora a Australia en un partido bastante entretenido, resuelto por un error defensivo final que capitalizó el insaciable O’Driscoll. También me gustó el Gales-Nueva Zelanda (añoranza de Ali Williams y Chris Jack en la segunda), con los Blacks estrenando alas (ni Sivivatu ni Rockocoko). 

El sábado veré a Escocia, en directo, por fin en Murrayfield. A los pies de la hermosa ciudad vieja de Edimburgo, el castillo de Holyrood, el Museo de los Escritores, los callejones empedrados de Boswell, del doctor Johnson, de Stevenson, la columna de Walter Scott, el pub del Diácono Brodie, la Royal Mile infestada de cerveza en camisetas de rugby. La camiseta azul -viejísima, viejísima pero siempre necesaria- y el recuerdo de esta interpretación del Flor de Escocia en ese mismo escenario, en el Mundial de 1991, cuando Escocia jugó y perdió la semifinal contra el viejo rival inglés… Los tiempos de David Sole y Turnbull, de Finlay Calder, de John Jeffrey, de los lampiños Craig Chalmers y Stanger, del sabio Tukalo, el sobrio Scott Hastings, el totémico Gavin HastingsEste partido, grabado en VHS del viejo ScreenSports, lo vi cien veces al final de noches de cerveza y whisky, mientras miraba “roaches climb the wall”. Al final de las noches siempre está el desencanto (Onetti). Flor de Escocia, ¿cuándo veremos otra vez tu belleza?…

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5 responses

18 11 2009
Fedra

Y estos días de gira por España los Simple Minds.Este verano en un pub irlandés en la costa entonábamos su memorable Don´t you forget about me.Fueron rremendas las risas del personal al repetir por enésima vez el sha la la,pero qué buen grupo.Su concierto en la plaza del pilar,su disco Once upon a tiem y el directo en la ciudad de la luz.Graffitti soul es su más reciente entrega de uno veteranos como los Spandau Ballet en el ocaso más luminoso.

18 11 2009
ornat

La semana pasada le ponía a un joven compañero el vídeo de Jim Kerr y los Simple Minds tocando Don’t You (Forget About Me) en el Live Aid original, en 1985, una interpretación vibrante de un tema que en aquellos días nos hacía de himno. Y le hablaba del directo de City Of Light en París… Yo me quedé en el Streetfighting days, con una vena política muy en boga en aquellos días. Esta vez no pasaré por Glasgow, su casa y la de Sharleen Spiteri, a quien siempre tendremos en nuestras oraciones.

18 11 2009
Miguel Angel

Finlay y John, Ahí había terceras!!!

18 11 2009
ornat

Calder, Jeffrey, White. La tercera que ganó el Grand Slam de 1990 y el cuarto puesto del Mundial de 1991. Enormes.

19 11 2009
aceitero

El otoño en Edimburgo ,si, si … y el rugby del sabado y Murrayfield y las cervecitas en el pub ……… y la envidia que me recorre el cuerpo ….

Disfrutalo y brinda por los ausentes.

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