Reflexión matinal

31 12 2009

El periodismo es admirable. O tal vez sus actores, que lo han suplantado. Esta mañana, ya ayer, no encuentro en la ciudad un solo periodista que no supiera que Eduardo Bandrés iba a dimitir. Lo razonan en privado, lo que no deja de ser un casi comprensible ritual de apareamiento, y también en el tremendo peso del papel matinal. Me asombra, entonces, la generosidad de todos ellos al evitarse la molestia de publicarlo por anticipación… esa vieja costumbre del oficio. Falacia retrospectiva, le llama a esto el buen Arcadi Espada. O el periodismo a toro pasado.

Pd.: Necesito que alguien me saque de esta profesión, pronto, o terminaré loco y enfermo a la manera de Stevenson en los Mares del Sur. Pero sin haber escrito jamás La Isla del Tesoro ni El Diablo de la Botella.





Canción de amor con miradas

29 12 2009

No dejo de pensar / en lo que me has hecho. / Levantaste una muralla de amor / y la has derribado / ante mis ojos / Y te crees que sabes de qué va todo / No paras de decirme que me equivoco / Me da igual lo que hagas / Si tonteas conmigo, te quitaré del medio. / La imagen que ves de mí no es un retrato / Demasiado real como para mostrársela a alguien a quien no conozco / Me comporto como un niño / Estoy desesperado / Tú piensas que estoy loco / pero… ¿qué quieres que le haga? / Pierdes el tiempo como gastas mi dinero / No es que sea divertido, pero es la verdad / (No malgastes mi dinero, cielo) / Ya no me puedes decir de qué va esto / Ni que yo soy débil y tú fuerte / ¿Qué te hace falta, qué es lo que te parte el corazón? / ¿Acaso lo sabes? / Porque si lo sabes, no lo parece… / La imagen que ves de mí no es un retrato / Demasiado real para mostrárselo a alguien a quien no conozco / Estoy desesperado / me comporto como un niño / Ya no me puedes decir de qué va esto / Ni que yo soy débil y tú fuerte / ¿Qué te hace falta, qué es lo que te arranca el corazón? / ¿Acaso lo sabes? / Porque si lo sabes, no lo parece… / La imagen que ves de mí no es un retrato / Demasiado real para mostrarla a alguien a quien no conozco / Estoy desesperado / Actúo como un niño… 

[Round And Round, de New Order]

Volvamos de Italia y terminemos el año con algo de música. Round And Round no es una de mis canciones favoritas de New Order, pero sí que está enmarcada en uno de mis vídeos favoritos. La colección de hermosuras y miradas en blanco negro y los fogonazos de color al ritmo del sintetizador siempre me resultaron subyugantes. La letra está afectada de una deliberada levedad, va y viene en círculos de sentimientos algo etéreos, de los que uno se puede desprender como cambia de camisa frente al espejo un sábado por la noche, antes de salir a bailar, buscando elegir la que mejor sienta para el espíritu y la ocasión. En New Order el amor es una estilización synth-pop,  pura música al ritmo de la cual te puedes mover, alguien desconocido con quien intercambiar algunas miradas en la pista, palabras no oídas del todo, un sudor sin esencia, diálogos sin peso. Sería interesante votar cuál de todas las miradas (que parecen obtenidas para un anuncio multicultural de Benetton) prefiere cada cuál… Por hablar de algo, digo.

Pd: El fin de año viene notablemente musical en Somniloquios, advertido queda. El autor (siempre atento a la importancia de las actividades vacuas) ultima una suculenta lista de los 50 y tantos mejores álbumes de MI década dosmil, resumen subjetivo y personal a más no poder, sin intención académica o canónica alguna, que desgranaremos (ignoro aún por qué orden) en el voluptuoso intercambio de año.





El frío psicológico

20 12 2009

Alessandro del Piero, celebrando un gol bajo la nieve turinesa.

Cuando después de varios años escribiendo de baloncesto en acogedores pabellones el Periódico de Aragón me convirtió en cronista de fútbol, los Reyes me pusieron un conjunto de forro polar y botas de montaña. Una demostración plena de sabiduría. Porque yo no tengo ni idea de cuál fue el primer partido de fútbol que vi en mi vida ni de cuándo pisé La Romareda por primera vez, pero sí tengo clasificados los tres o cuatro partidos en los que más frío he pasado en las tres décadas largas que llevo paseándome por los campos de España, que diría el otro. Y dos o hasta tres de esos días de pavorosas temperaturas, por cierto, se han concentrado en las últimas dos semanas, lo que me hace pensar que éste es el mes que más frío he tenido en toda mi existencia; y mira que yo he conocido los hielos del sur y cruzo los puentes del Ebro a menudo en bicicleta, con el cierzo pegando de costado. Pero eso no es nada. Nada. Aunque este somniloquio le debe su procedencia a diversas latitudes, es en realidad hijo del norte de Italia, porque en el norte de Italia fa freddo allo stadio. Pero freddo que corta la respiración, no cualquier cosa. Todos hemos visto esos partidos invernales del calcio que chelan hasta la pantalla del televisor; partidos en los que ya no se sabe dónde acaba la bengala y dónde comienza la niebla, y de qué glándula procede el vapor de locomotora que les brota a los futbolistas de todo el cuerpo; como al Sepia cuando descendió a pulso los 411 escalones del campanario de la catedral de Florencia, y al pisar el Duomo le subía de las paletillas una humareda que parecía una empanada recién salida del horno. 

No se me olvida un Zaragoza-Barcelona el día de Reyes no sé si del 85 o por ahí, del que me queda un chicharro tremendo del boquerón Esteban que vimos desde el Gol Jerusalén, las fuentes del parque cristalizadas de hielo y un buen samaritano que repartía piedad por la grada en la forma de un humeante termo de café con leche. Los catalanes y sus asociados ganaron el partido y nosotros estuvimos a punto de perder los pies. Me recuerdo bajando Fernando el Católico abrumado por el temor a que los pies se me partieran por la mitad, como si los hubiera bañado en hidrógeno. 

Sin embargo, no pasé tanto frío aquel día como el año en Segunda División. Porque en Segunda hace más frío que en Primera, sobre todo en el Carlos Belmonte de Albacete. El Mundial 82 aportó el tópico de que el estadio más ingrato de España era el Nuevo Zorrilla de Valladolid, donde la pulmonía hacía estragos como la peste negra del siglo XIX. Algo tendrá de verdad cuando hasta la campaña de abonados del club explotó el concepto, con la ayuda de Leo Harlem, pero en Valladolid hay en la tribuna de preferencia unas estufitas colgantes que algo mitigan el drama de las noches de fútbol. También en Soria y en Vitoria y en Pamplona hace frío, claro, pero a mí no me ha tocado sufrirlo como me tocó aquella tarde en Albacete. Y en El Plantío burgalés jamás estuve. Lo que más se le acercó fue Salamanca la misma temporada, pero nos parapetamos en unas cabinas muy convenientes y salvamos el cuello de milagro. 

En el Belmonte, sin embargo, las condiciones invitan a la tragedia. La tribuna de prensa está subida a las últimas filas bajo el voladizo de la grada principal, más o menos como en La Romareda, pero con una diferencia vital: en nuestro estadio el encajonamiento de los pupitres sobre el ángulo superior del campo hace de protección, pero en el Belmonte el muro no se cierra por detrás del graderío. Con lo cual, estábamos sentados viendo al equipo aquél de César Ferrando contra el equipo aquél de Paco Flores y, por la trasera, ingresaba en nuestros lomos generosos un ventarrón de hielo que nos congeló la riñonera con mano de acero. Tanto frío hacía que por la nariz me corrió todo el tiempo un delgado hilo de moquita de abuelo resfriado, mientras Perera nos vacunaba. Lo peor fue que el Oso, vaya a saber por qué, de pronto empezó a sangrar por los orificios nasales como un chiquillo. Del frío debió de ser que se le reventaron los huesos propios, así que tuve que prestarle mi inmarcesible pañuelo para corregir la hemorragia y me quedé sin otra defensa contra el moquillo que la manga del tabardo. Durante años pensé que aquella terrorífica tarde en Albacete quedaría en mi memoria como el día que pasé más frío en toda mi vida, porque yo no hice la mili y entonces me ahorré las infames imaginarias en la garita de la PM, con los marianos bajo el uniforme de campaña. Albacete había sido todos estos años mi Waterloo térmico… hasta que viajé a Italia. 

Yo no puedo explicar con palabras el frío que pasé en Turín mirando a la Juventus ganarle al Inter en el viejo Comunale, ahora Stadio Olimpico. Si supiera escribir y precisar las sensaciones con las palabras… Pero el frío que llegué a tener ahí… no me alcanza con nada. Porque una cosa es tener frío, como por ejemplo este sábado último en el Bernabéu, una mala noche para ir al fútbol a ver al Zaragoza, si es que queda alguna noche decente para mirar eso que aún llamamos Zaragoza pero que ya cuesta identificarlo. Sí, ahí pasamos frío el argentino y yo; no digamos cuando empezaron a nevar goles, al minuto dos: y nos preguntamos para qué habríamos ido. Lo bien que se ve el fútbol en televisión (sin comentarios) no se puede creer. Ahora, en el Bernabéu también funcionan las estufas colgantes, y nos protegíamos cada rato en el interior para aflojar la vejiga y comentar la jugada con la guardia privada del estadio. También en la zona mixta hay plantados unos calentadores de pie de esos que parecen hongos incendiados, y que su papel hacen: había una periodista francesa, que no pesaría 40 kilos recién desayunada, que renunció a cualquier entrevista hasta la hora en que salió Benzema. El resto del tiempo se lo pasó bajó el calor amable del hogar, como un gatico adormilado en el lomo de la estufa. 

La condición distintiva del frío turinés fue que no permitía escapatoria. Ningún lugar a donde ir. La gente blanquinegra nunca llenó el estadio Delle Alpi porque su nombre les parecía demasiado ajustado a la realidad: efectivamente, aquello debía ser como ir a ver un partido de fútbol en lo alto de una cumbre alpina. Así que remozaron un poquito el modesto Comunale y lo llamaron Olimpico. Ahora está lleno (25.000 asientos, no es para tanto), pero no tiene las comodidades de los grandes estadios. “Il vecchio Comunale e una vergogna”, me decía un colega tano que tomó asiento en el pupitre inmediato al mío. Su terno era despampanante: una gorra de campo, unos pantalones de color azulón, zapatos negros de horma redondeada y un abrigo de tweed en tono salmón. A duras penas alcancé el descanso, momento en el que rajé a toda prisa hacia las tripas del campo, buscando una salita donde recomponerme el termostato. Vi una fila no demasiado numerosa de gente que accedía a un área reservada, a cubierto y con un barito. Lo que necesitaba: bien la Juve, bien… trata a la canallesca con mimo. Cuando ya tenía pie y medio en el refugio, dos tipos me pararon para relojear mi acreditación: “Reservado para Tribuna de Honor… prensa no”. Pensé: ¿Y si me echo a llorar? El único garito disponible quedaba al aire libre, fuera del campo. Apenas un contenedor reconvertido en mostrador. Guardé la fila junto a un par de aviones infernales protegidas por su atento ragazzo. Cuando llegué, dispuesto a pedir un litro de té a 200 grados, la chica me anunció: “No queda té, sólo refrescos”. La miré largamente a los ojos. Si hubiera tenido algo más de soltura en el idioma le hubiera anunciado que tenía ante ella a un hombre clínicamente muerto. De frío. Me aparté. Sólo se me ocurría ya colarme a lo banzai en el vestuario del Inter y abrazarme a Diego Milito, dar la charla con Mourinho y mandare a cagare a Ciro Ferrara de camino al campo. Lo siguiente que pensé, ya sí en serio, fue lo que distingue la ocasión turinesa del resto: estuve a punto de abandonar. De irme al hotel. Comprendí lo que debe de sentir Pauner en sus innumerables no-ascensos a los ochomiles del planeta. Ni siquiera sé vivaquear. Así que por un momento, un largo momento en que estuve parado a la entrada de la escalerita del Comunale, bordeé la renuncia. Llamar al doctor Reyes y confesarle, con un hilo de voz: “Soy débil, no puedo”. Pero como soy aragonés, salí a la intemperie y me vi la segunda parte. 

Así que uno no ha sufrido el hambre, pero sí ha conocido el frío. Uno ha pasado un frío inhumano en los estadios de fútbol, un frío de otro mundo, un frío de invierno ruso, de campaña napoleónica, ese frío demoledor, atroz heladera que toma el cuerpo en invasión desaforada y no se retira hasta unas cuantas horas después. El frío que se combate en los descansos, de manera inútil, con un caldito, un té caliente, un expresso, un carajillo, un cognac ardiente, el chocolate espeso. El frío que, cuando abandonas el estadio, serías capaz de rebanarle las bolas a un chucho por encontrar un taxi y refugiarte dentro y decirle al tachero“Óigame bien, me sube la calefacción a todo lo que dé y me lleva a cualquier lado, cuanto más lejos mejor”. A la salida del Giusseppe Meazza, por ejemplo, encontramos una modesta paradita de taxis que asaltamos como forajidos, cuando ya estábamos a punto de empezar a devorarnos los unos a los otros como los uruguayos en los Andes. Alegres del hallazgo, conforme nos acomodábamos le comenté al chófer: “¿Pero por qué hace tanto freddo?”. A lo que, como era previsible, me contestó: “¿Qué frío? Esta noche no hace frío”. Temí que a continuación propusiera la reconvención habitual de los mayores: “Buena Italia habéis conocido vosotros: antes, antes sí que hacía frío”. En cierto modo nos dijo lo mismo, pero de manera harto más despectiva. ¿De dónde vienen ustedes, muchachos, de Sudán?”. “De España”, le informé. “Bueno, casi es Africa…”, fue su comentario. Y nos miró uno a uno como diciéndonos flojos, como diciéndonos finos, estirados, friolentos… Nos llevó a una pizzería que cerraba tarde y, a la hora de cobrar, sólo le faltó decirnos: “Son doce euros, putitos”.





El atroz encanto de los malos

17 12 2009

Le conocieron en Perugia como L'Assassino y más tarde como Matrix. Marco Materazzi, el futbolista de los 25 tatuajes (récord mundial por delante de los 18 de su antagonista estético, Beckham) afirma: "Yo no soy un diablo; júzguenme como a un hombre".

Venía encapuchado en su chándal interista de cabezal blanco, grande y oscuro, siempre acunando la fiera que le duerme adentro como un volcán; venía con la mirada al frente igual que un soldado, erguido en la dignidad disuasoria de los villanos. Podría llamarse Jack Palance o Lee van Cleef. Pero en sus días de oscura gloria teatral en los campos de fútbol lo apodaron El Asesino y luego, cuando ya había traspasado las barreras para convertirse en un icono pop, pasaron a decirle Matrix por sus patadas voladoras. El tipo que quería no tanto ocultar su rostro como subrayar la distancia de su figura portentosa venía caminando por la zona mixta de San Siro y dejaba pequeños a los de alrededor. Uno de los empleados le cruzó a su zancada de tumbador un saludo de admirativa familiaridad: “Grande Marco!, ciao Marco!”. Entonces supe que era él y que se me había escapado: Marco Materazzi.

El diálogo entre Materazzi y Zidane en la final de la Copa del Mundo valdría para una película de cine negro postmoderno o para un western futbolístico, si Tarantino o Scorsese se pusieran alguna vez a ello. Ese cruce de provocación, réplica y cabezazo en el pecho posee la enferma grandeza de los silbantes guiones de los años 40. Algo de este tipo, mi diálogo favorito de El Sueño Eterno, cuando el malevaje Eddie Mars descubre al detective Marlowe en el caserón donde todo huele a podrido y desaparecen los cadáveres.

Eddie Mars: -Qué coincidencia, eh… usted no tenía una llave y la puerta estaba abierta.
Marlowe: -¿Verdad que sí? A propósito… ¿cómo es que usted sí que tenía llave?
Mars: -¿Es asunto suyo?
Marlowe: -Podría hacer que fuera asunto mio.
Mars: -Y yo podría convertir sus asuntos en asuntos míos.
Marlowe: -Oh, no lo haga… No lo pagan demasiado bien.

Todo esto a una velocidad de metrónomo enloquecido, con una frase que se encaja en la anterior con el ruido metálico de los cerrojos de una mazmorra. La de aquella noche germánica fue así. Materazzi le agarra la camiseta a Zidane. Y Zidane, con prosopopeya de barrio marsellés y fútbol de toda la vida, le invita:

-Si quieres, cuando termine el partido te la regalo.
-Prefiero a la puta de tu hermana.

O al menos eso le leyeron en los labios los intérpretes sordomudos que contrató para el caso una televisión brasileña. Chandler, o Faulkner que escribió el guión, hubieran obviado el insulto en El Sueño Eterno. Tiene un aire más de Scorsese o Tarantino, está claro. Pero posee la misma estatura dramática, ingenio y velocidad de reacción, por las dos partes. Además nos permitió -como afirma un conocido argentino- observar la mejor escena de retirada del fútbol que ha producido la historia de este juego: “Un grande no se va del campo con flores; un grande contribuye de manera dramática a que su equipo se vaya derrotado, sale expulsado por pegar un cabezazo y entra en el vestuario puteando y dándole patadas a las botellas de agua y las puertas de los retretes”. Uno sólo puede asentir. Matrix contribuyó a la gloriosa leyenda de Zidane. Aún mejor salir del campo a la marsellesa que irse de la mano de una enfermera.

Si digo que se me escapó Materazzi es porque quería fotografiarme con Materazzi. Tengo un irrefrenable lado canalla. Sentí al verlo la misma oscura atracción que me llevó a ponerme aquel día frente a Mike Tyson en Las Vegas y estrecharle la rugosa mano agresora, detenerme en la sonrisa caníbal, en sus ojos como de bestia irracional. Poco antes de que saliera Materazzi había atravesado el mismo pasillo Luiz Figo, impecable con su mandíbula cuadrada de hombre bello. En los bajos del Comunale de Turín también me crucé con Michael Laudrup, impoluto en el trato como lo fue en el campo, serenamente elegante de madurez y franqueza en las facciones. Le propuse que se viniera al Real Zaragoza. Me pareció que tal vez su prestancia nos ayudaría a salir del previsible fango. Me replicó a la broma con tanta corrección que tuve que dejarlo por perfecto: me hacía parecer un gañán y me fui a darle mordiscos a la torta de frutas con la que la Juventus agasajó a los periodistas al final del partido.

Frente a tanta lucidez presencial, Materazzi ejerce sobre mí un tipo de seducción mucho más perversa. Me gustan los malos, sobre todo los malos italianos, tal vez porque siempre los he considerado personajes de una película que se llama fútbol, y son precisamente los villanos los que mayor rotundidad alcanzan en la composición de sus caracteres. Para qué nos vamos a engañar: entre John Wayne y Alan Ladd nos tenemos que quedar con Wayne a la fuerza, porque el dramático hervor íntimo del hombre tiene mucho más que decirnos que la rubia transparencia del tímido Shane. Enric González, en sus fabulosas Historias del Calcio, califica a los futbolistas en dos tipos: los violentos desorganizados (ese Iniesta que de repente, en un acceso de ira, larga una patada alevosa y torpe) y los violentos organizados, que le agregan a su violencia la alevosía del pensamiento anticipado. Naturalmente, Materazzi pertenece al segundo grupo. Su personaje tiene una potencia tan enorme que roba cualquier escena. A veces es tan atroz como otras gran defensa. O lo fue. Tiene 36 años y le cuelga del tiempo una leyenda culminada en el Mundial de Alemania.

É un diavolo! Jose Mourinho, el entrenador que ha conseguido estilizar la perrería clásica del fútbol: tiene un aspecto atildado incluso con aquel abrigo de pordiosero que tanta fortuna hizo en sus días en el Chelsea.

Hay otro tipo de malo: el malo psicológico. El ideólogo, el villano racional, el estratega de la depravación, el consumado, ladino, astuto, malicioso, perspicaz, altanero, frontal, soberbio, hábil, fino y diestro hombre de la tiniebla. En el fútbol de hoy, ese tipo se llama Mourinho. Si alguien tuviera la destreza psicológica precisa para descomponer a un personaje así, habría que desgranar el modelo que ha permitido al entrenador portugués del Inter transformarse de traductor del entrañable Bobby Robson en la encarnación richeulieana que ahora representa. Si Materazzi refiere a un personaje tarantiniano (Guy Ritchie -un mediocre Tarantino a la británica- advirtió el potencial cinematográfico de otro enemigo social, Vinnie Jones, en Lock, Stock and Two Smoking Barrels), Mourinho sería el Robert Mitchum de La Noche del Cazador, con sus nudillos tatuados; o el Robert de Niro de El Cabo del Miedo cuando seduce con su pulgar a la adolescente carnosa Juliette Lewis. Un tipo cuya amenaza va más allá de lo físico para abarcar lo espiritual. Mourinho ensaya el miedo intelectual.

Cuando lo expulsaron en el duelo con la Juve en Turín, el portugués no se marchó al vestuario ni al palco del Olímpico bianconero. Al contrario, traspuso un portoncito de la gruesa cristalera que separa el campo de la grada y se quedó de pie en el centro de un cuadrado embutido frente a las tribunas. Las gradas aledañas se tornaron entonces el circo romano en pleno paroxismo: furibunda contra el tótem enemigo, la hinchada juventina cubrió de insultos y provocaciones al entrenador interista. Lo rodearon varios policías, pero Mourinho se hubiera quedado igual de tranquilo estando solo. En medio de la furia, de pie con su largo abrigo de paño marengo, hierático frente al infierno, Mourinho permaneció en su lugar sin moverse un centímetro y aguardó a que el mundo entero agotara su ira contra él. Y venció, claro. La gente se cansó de decirle de todo, agotó la rabia y se desmoronó. Mourinho seguía en pie, sin moverse. Estuvo así el resto del partido. Su equipo perdió, pero él había ganado. Porque Mourinho, en lo personal, nunca empata, y tal vez esa conciencia le haya permitido hacer dos veces consecutivas campeón al Inter, el equipo más frustrado de la historia de Italia y ahora dominador implacable. Cuando una hora después Mou atravesó la zona mixta del estadio, camino del autocar del Inter, caminaba flanqueado por tres adláteres que no le hacían tanto de protección como de marco. Él los dirigía. El plano era suyo. Traía las manos en los bolsillos del trasnochado gabán y caminó subido en su altanería barrial de compadrito. La mirada al frente, el asomo de levísima sonrisa en los labios, pisando con firmeza y con el cuerpo hamacado en una pérfida armonía. Cuando pasó, todo el mundo hizo un silencio repentino. Nadie dijo nada aunque cualquiera hubiera querido enfrentarlo. Los insultos no le rozan. Es etéreo. Tal vez ni siquiera sea real. Envuelto en ese respeto temeroso, caminó hasta perderse más allá del pórtico de hierro: hubo quien aseguró que había subido al autocar, pero juraríamos que se desvaneció en la noche. Parecía que hubiera pasado ante nosotros el demonio vestido de negro.





La ‘macchina’

10 12 2009
A pesar de sus muchas frivolidades y pasando por alto que los faltones del norte llamen despectivamente terroni a los del sur, en general los italianos no encuentran tiempo o bien no sufren crisis de identidad nacional. Lo que se ahorran en organizar referendos no vinculantes lo emplean en cuestiones de verdadero interés comunal: discutir de fútbol, hacerle reportajes a Al Bano (que anda más de moda que nunca, por lo que se ve), establecer consideraciones de seis columnas al felino apetito sexual de Tiger Woods y, sobre todo, debatir si elevan el límite de velocidad en las autopistas de 130 a 150 km/h. Como la seguridad vial es una cuestión de perspectivas, en Italia aún se pueden permitir estas cosas. Lo que yo llamo la obsesión ordenancista española –en la que parecemos felices de participar- no tiene paralelo en Italia en cuestiones de tráfico. Un límite a 150 me parece excesivo, cierto, pero al menos uno puede manejar el Fiat sin experimentar la sensación de terror moral y económico que se ha convertido en norma en nuestro país, donde a la Dirección General de Tráfico le ha crecido una mano tan larga como la de Hacienda.

La forma de conducir italiana, por lo que hemos visto estos días en el norte, está hecha de relajadas descortesías; y su distintivo carácter alcanza la más fina expresión en las ciudades, desde luego. Hay cosas que uno debe saber si quiere salir a las calles con su macchina. Por ejemplo: el semáforo intermitente en ámbar, a la vuelta de una curva y para proteger el paso de los peatones, no se contempla. Es decir, no hay ámbar intermitente. O está rojo o está verde. Ahora, si el disco permanece en rojo y no se ve un peatón próximo (esto es, delante del morro del coche), los italianos pasan sin dudar un segundo. Y sin asomo de remordimiento. En la incorporación a la avenida Unión Soviética de Turín (reino del otro gran habitante de las vías italianas… el bellochiano tranvía), consideré que debía aguardar el cambio de color de las luces, seguro de que habría algún agente de la ley presto a sancionarme si no lo hacía. Pecado de defecto español. Fui el único que respetó la señal. Enseguida los de atrás me explicaron a bocinazos que no estaban en absoluto de acuerdo con mi pacata forma de proceder. A empujones sonoros, me obligaron a tirar adelante.

Un agente de la Polizia Autostradale hace indicaciones a los vehículos en una autopista italiana: las fotos y los carteles demuestran que existen; la realidad es algo menos severa.

De la misma manera que en España conducir a 150 se considera grave delito (no por tipificación legal, puede ser, pero sí moralmente) y aquí piensan usarlo como límite, el significado de un semáforo rojo no es igual en todas partes. Son formas de vivir. En Brasil, nadie se detiene en un semáforo rojo en cuanto se pone el sol. Es una cuestión de vida o muerte, sin exageraciones. En Italia, mientras, hacen consideraciones tácitas acerca de la conveniencia de que ese semáforo deba ser respetado. Si se lo saltan es porque antes lo han razonado. Lo han razonado a su modo: si no pasa nadie, de qué sirve estar detenido… Un italiano observa que el sistema tiene imperfecciones. En eso no se diferencia del español. Lo que cambia es la respuesta. Mientras el español queda detenido por la advertencia de su conciencia educada en el ordenancismo reciente, los italianos aplican la iniciativa individual: hay que corregir el error y soy yo quien debe hacerlo. Y allá que van…

No es raro tampoco ver dos coches compartir un solo carril durante una buena decena de metros, tras incorporarse desde un tercero. La confluencia se produce de la manera más natural. Embuten medio coche en el medio carril y respetan que el otro embuta su mitad, sin aspavientos. Porque si a los italianos los hemos visto reinar metiendo el cuello en las discotecas de la costa, en su vida diaria meten el morro de los autos con la misma destreza. Dado que los unos se reconocen en los otros, la protesta subsiste solamente como última posibilidad. No molesta tanto alguien que cruce su auto en el mismo carril; lo que verdaderamente resulta insoportable es esa gente que no se maneja según el decálogo, insiste en respetar distancias, conducir con velocidad exageradamente prudente y no saltarse los semáforos. Ese desalmado se sitúa fuera de la ley consuetudinaria, que es la verdadera ley.

Para las autopistas, el italiano guarda una actitud algo más agresiva. En Italia hay buenos coches, cualquiera lo sabe, pero la población dominante parece que se aproxima más al Fiat y el Lancia de gama media. Eso sí, conducidos con la audacia de un Ferrari. Así, armados con sus Punto, sus Multipla, los Ypsilon e incluso sus Cinquecento, los italianos sotienen un límite de 130 en autopista y creo que 100 en carreteras interurbanas (lo que se dice la carretera general de toda la vida). Reducido hasta 50 km/h si hay niebla, lo que resulta muy habitual en el norte. Hay una policía de autopista, según se ve en los carteles, y frecuentes avisos de control de la velocidad; pero enseguida uno intuye que se trata sólo de carteles. Las vigilancias estrechas las reservan para el fútbol.

El carril de incorporación exige  un cierto arrojo porque es más bien cortito, y enseguida hay que salir a la pista. Un modo como otro cualquiera de educar al conductor en lo que se va a encontrar. Las señalizaciones animan aún más el caso, porque están pensadas con interesantes elipsis geográficas: casi nunca aparece en los carteles la ciudad de destino, sino muchas otras que pueden estar cerca o no. Si esto se debe a algún tipo de derivación casual de Murphy o tiene una lógica profunda, lo ignoramos. Pero está comprobado que desde Génova a Florencia hubimos de ir un buen rato calculando si nos convenía más la dirección Livorno, la dirección Alessandria, si por Ventimiglia andaríamos bien o si había que salir dirección Milán o San Remo, y luego tomar el desvío hacia la Toscana. Cuando de Milán tuvimos que tirar hacia Bérgamo, la dirección de referencia que aparecía en las calles y en las carreteras lombardas era Como, Venecia, Brescia o Turín. Bérgamo, la más próxima, no aparecía por ningún lado. Acertamos con Venecia, pero sólo conseguimos la total certeza de que no acabaríamos en Suiza cuando ya llevábamos un buen rato de travesía y, por fin, vimos Bérgamo en los carteles.

Uno de los túneles que rodean Génova y permiten practicar la conducción en laberíntica velocidad variable.

Como nosotros somos más valientes que el acero, y por naturaleza desatentos a los detalles importantes, contribuimos a la emoción diaria con un Focus sin navigatore, ni mapas de carreteras ni planos de las ciudades. Acogidos a la teoría ensayo/error y a la pregunta ciudadana de ventanilla a ventanilla, logramos llegar a todas partes sin abolladuras. De paso comprobamos que no conviene preguntarle cómo se sale hacia la autopista a una mujer italiana. Las damas no manejan ese tipo de datos que conforman la cultura general del hombre. Además, hablar de coche a coche entre desconocidos tiene muy poca clase. En Milán, cuando requerimos a una señorita para que nos hiciera el favor de bajar la ventanilla y atender, primero nos regaló una mirada bien larga a través del cristal, una mirada calculadora de intenciones, posibilidades, aspecto y auditoría de ganancias de su lado en el intercambio que se preparaba. En fin, que nos miró como diciendo (o pensando, de hecho): “¿Qué motivo habría de tener yo para bajar mi ventanilla y hablar con vosotros, muchachos?”. Cuando por fin se dignó a hacerlo, apliqué mi creciente italiano para preguntar y de inmediato supe que no había de preocuparme por comprender las indicaciones: “Come si fare per uscire verso Bergamo?”. Con desgana, ella me miró y contestó: “Non lo so”. Que en italiano milanés femenino se traduce como: “¿Y a ti qué te importa?”.





La comedia del arte

9 12 2009
Un jovencísimo hincha del Genoa revolea la bandera roja y azul del equipo grifone, el pasado domingo en el Luigi Ferraris de Génova.

Un joven aficionado grifone revolea la bandera del Genoa en el partido del domingo pasado con el Parma.

Cuando el domingo me crucé con Enrico Preziosi en los bajos del estadio Luigi Ferraris de Génova, tuve ganas de pisarle un juanete para recuperarme anímicamente de aquel verano que me hizo pasar su negociación con el Real Zaragoza por Diego Milito. No el de la venta, sino el de la compra… En aquella demoledora ocasión reuní mis primeras nociones de italiano: lo hice a fuerza de vaciarme los ojos con los titulares y las columnas del diario Il Seccolo XIX, el cotidiano de Génova; con eso y un diccionario online me arreglé para ordenar un grupo de palabras que me ofreciesen la mínima estructura sintáctica con la que comunicarme a través del teléfono; el resto consistió, desde luego, en perseguir por el hilo y con mínimo éxito al hombre del Real Zaragoza que había viajado hasta Italia. En barco, por cierto. El viaje en barco siempre me llamó la atención por el decimonónico romanticismo que tan poco casaba con la modernidad frívola del mercado futbolístico; pero, después de haber fatigado el entorno de la ciudad lígur estos últimos días, algo entiendo: Génova no es una ciudad sencilla para ninguna conquista. Y luego: el sistema de señalización de las carreteras que la circunvalan exige una atención notable.

La capital de la Liguria se extiende a lo largo de una franja de 30 kilómetros sobre la costa noroeste de la bota italiana. Es una ciudad más larga que ancha, a la fuerza. A su espalda, una tupida faja de montañas le hace de aislante, más o menos conveniente según opiniones. Génova constituye un microclima en muchos sentidos: se parece poco al Piamonte o a la Lombardía o a cualquiera de las otras regiones del norte italiano, escenario de fisonomía centroeuropea, quizás suiza, tal vez austriaca, de subrayado alpino en el Piamonte. Génova no es así. Génova es Italia. Se quiere decir: lo que cualquiera entendemos por Italia. Oculta por un laberinto de largos túneles excavados en las laderas de las montañas, tocada por un manto de nubes que suben del Mediterráneo y no remontan la barrera natural, Génova adquiere un aspecto de ciudad abigarrada, de construcciones que asoman unas sobre las otras, subidas en las laderas, en los techos salvajes de los túneles de montaña, en los barrios adensados de cualquier ciudad con un puerto fatigoso, que parece traspasar a los edificios el cansancio de la faena marítima. La ciudad es tan modesta que hasta la madre de Marco se largó. Si exceptuamos el inevitable Acuario y la Ciudad de los Niños, quizás su coqueto estadio de fútbol sea lo más hermoso. Pero en cualquier lugar hay secretos: en Génova uno no debe perderse las focaccias, la pasta al pesto ni las piadinas… Otro día lo explico.

Enrico Preziosi, presidente y propietario del Genoa, con su sonrisa de las mil interpretaciones.

El caso es que me crucé con Preziosi. Me recordó un poco al Fari, aunque con un porte distinto, por esa indefinida y opinable autoridad gestual de los acaudalados de cuna. Preziosi no lleva plataformas, pero en cuanto le enfocaron las cámaras incurrió en un nervioso parpadeo compulsivo de los dos ojos, como si con uno de esos espamos quisiera apagar la luz o hacer desaparecer a los que tiene alrededor. El abrigo largo, azulmarino, lo hacía parecer aún más pequeño de lo que es. Uno de esos hombres que siempre da la impresión de mirar de abajo arriba, pero que en la falsa humildad del gesto está calculando por dónde hará entrar el cuchillo. Preziosi habla siempre después de los partidos, lo que se dice siempre: él es el dueño del club y quien lo ha llevado en unos años desde las series menores a la competición europea.. Apenas unos segundos después de desmenuzar el empate frente al Parma con afilada modestia, Preziosi se peleó con Christian Panucci, nacido en la próxima ciudad de Savona e iniciado al fútbol en el Genoa. La trifulca –más el acceso racista generalizado en todos los estadios y especialmente en Turín contra el interista Balotelli- ha procurado estos días una diversión adicional para la ávida prensa futbolística italiana.

Con la oportunidad periodística que nos caracteriza, nosotros estábamos allí mismo cuando reventó la desigual pelea en el aparcamiento del Luigi Ferraris. Apenas a unos metros. Bien metidos en nuestro papel de meros observadores de la moda que gastan los futbolistas italianos a la salida de los partidos, con la tensión informativa por los suelos, ni los gritos, ni los ayes, ni las palabras gruesas ni las gargantas roncas nos movieron del sitio. Primero los objetivos asomaron por encima del murete, pensando que se trataba de meros aficionados a la bronca. Después creció el murmullo y las cámaras y los micrófonos corrieron hacia allá al mismo tiempo que la guardia de seguridad del estadio, algunos futbolistas y un buen número de neutrales. Un presidente como Preziosi contra un futbolista como Panucci constituye un combate de prime time.

Christian Panucci: después de una vida en el Genoa, el Milan, el Madrid, el Inter, el Chelsea, el Mónaco y la Roma, a los 36 años trató de regresar infructuosamente a su club de origen.

Al parecer, ambos negociaron el pasado verano el fichaje del ex Milan y Real Madrid por el equipo genovés. La operación no salió adelante y el orgulloso Panucci acabó en el Parma, donde ejerce de comandante en plaza de la zaga al mando de un ejército de regulares algo diverso, con gente desatenta como Paci y un par de defensas, Zaccardi y Lucarelli, que respetan un arquetipo frecuente en el fútbol italiano: el del jugador con aspecto de esbirro, que no se hace el simpático ni en las bodas. Según supimos luego, Panucci (al que los agregados de prensa del Parma habían impedido hacer declaraciones en la zona mixta, para evitar el calentamiento global) se cruzó con Preziosi igual que yo, y resolvió que él también le iba a pisar un juanete. Se fue a por Il Fari y a voz en cuello le dijo al torito de todo menos guapo. Le afeó la conducta sostenida y los compromisos no respetados en la negociación veraniega. Preziosi (empresario juguetero con pinta mucho menos generosa que sus manufacturas), se comportó como un chico en el patio de la escuela y le pegó un empujón al futbolista. La escena consiguiente duró unos diez intensos minutos. La Gazzetta dello Sport la resumió en un titular de seis columnas: “Te voy a arrancar la cabeza con uno de tus juguetitos”. Se lo dijo Panucci al otro, claro. Al día siguiente, en un comunicado oficial, precisó: “No lo hice porque Preziosi es una persona de 60 años que podría ser mi padre, y hubiera sido un gesto horrible”. Preziosi alegó: “A mí en mi casa no me toca nadie”.

El calcio, toda Italia en algunos casos, diríamos, es pura comedia del arte.





La culpa fue de Dino

8 12 2009

Dino Meneghin, la bestia negra de nuestros años jóvenes de baloncesto. Durante mucho tiempo, él era Italia...

Sí, nos gusta Italia. ¿Para qué negarlo? Ahora pienso si todos estos años sin pisar este país tan diverso no habrán sido un engaño subconsciente contra su inevitable encanto. ¿Cómo admitir una mínima atracción hacia un país que encarna la quintaesencia de nuestras frustraciones deportivas? La derrota imprime heridas morales permanentes y extiende una aprensión transgresora de límites. Era fácil detestar lo italiano porque no aguantábamos su sobradora forma de ganarnos. En los setenta, quienes mirábamos el basket crecimos alimentados con una papilla de odios en la que venían mezclados la Mobilgirgi de Varese, el Ford Cantú, el Billy de Milán, el Indesit Caserta y otras variaciones, según el patrocinio: véanse el Ignis, el Cinzano, el Granarolo, la Jollycolombani, el Reggio, la Virtus y similares. Los niños de los setenta aprendimos la densidad del odio miedoso poniéndonos frente a dos personajes. Uno pertenecía a la ficción y no era italiano, pero su nombre revelaba la ascendencia: Falconetti, el villano de Hombre Rico, Hombre Pobre. El otro era estruendosamente real, dominador, pendenciero, no tenía la maldad resumida en un hierático ojo de cristal como Falconetti, pero su visaje de boxeador retirado, la torva nariz, la rampa acelerada de la frente y esa mirada de fuego le daban una presencia temible: jugaba de pívot y se llamaba Dino Meneghin. Él tuvo la culpa.

 A mí me dicen Italia y de inmediato pienso en Dino Meneghin, y un poco más tarde en Paolo Rossi. Aquel goleador repentino que nos enseñó a edad muy tierna que los futbolistas italianos hacían trampas también fuera del campo. Pero la de Rossi apenas constituía una amenaza difusa, demasiado enjuta para infundir temor. El miedo era cosa de Dino Meneghin… siempre Dino. Cuando Alfonsito Reyes revoleó a su hijo Andrea en el Europeo de 2001, y lo puso patas arriba de un tortazo escalofriante, una generación completa sentimos que ese muchacho nos había redimido. Fue, claro, poco antes de que los italianos volvieran a ganarnos, como habían hecho en la lejana velada de Nantes. Meneghin, Brunamonti, Roberto Premier, el untador Romeo Sacchetti. Y tantos otros. Y los aros italianos, que toda la vida escupieron balones como siempre denunció Héctor Quiroga. Los aros italianos eran duros como los jugadores italianos. O la metías limpia o la pelota salía rebotada al mínimo toque en el hierro. Italia, eso era Italia.

Italia me quitó otras cosas, más o menos serias. Todo se olvida, todo pasa. E la nave va, que dirían aquí. Aún hay quien me recuerda hinchando a favor de la Juventus por motivos que no habré de confesar, tan íntimos. El sábado estuve en Torino, ciudad que resuena en mi memoria con un timbre diverso. Ciudad de avenidas amplias, de tranvías, ciudad muy otoñal, fría, ciudad que reclama una cierta tristeza nostálgica en sus avenidas como de capital centroeuropea, una Viena al sur, una vieja altivez, un señorío distante. Estuve en el viejo Comunale para ver a la Juventus ganarle al Inter (2-1) en el derbi de Italia, para examinar las tripas del antiguo enemigo desde adentro. Antes hubo un paso por Bérgamo, ciudad de montaña y llano, orgullosa de su pintoresquismo, tan agradable e inocua que pasa desapercibida bajo el manto de la vecina Milán. La ciudad alta de Bérgamo es hermosa, la ciudad baja de Bérgamo es serena. Más allá de Turín, apenas 150 kilómetros de salto hacia Génova, uno encuentra otra Italia. Génova soporta el óxido de las urbes portuarias y su calidad adusta, como de hombre de mar. El salitre de los edificios y las construcciones del agua. Parece una ciudad del sur entreverada al norte. Un puerto italiano al pie de las montañas, justo eso.

Pizza por raciones en la Ciudad Alta de Bérgamo.

El Olímpico de Turín incorpora en su añeja piedra la costumbre de la gloria. El Luigi Ferraris de Génova, el rancio Marasi, está vivo y coleando. La energía de sus fondos debe de tener pocos rivales en toda la Italia del calcio. Club viejo, afición joven. Un estadio resonante en el que el Genoa no pudo rebasar al Parma más allá del 2-2, aunque mereció otra cosa. Condenaron su vivaz propuesta la equivocada generosidad de sus defensas, particularmente Bocchetti, que le hizo a los suyos un boquete.

 En las tripas modestas del Luigi Ferraris me hice mayor y me tomé el primer café solo de toda mi vida, que además me gustó. Porque me gustó sé que me hice mayor. Pero cómo no querer a Italia… si hacen así el café, si en la esquina anterior al campo nos proclamamos dueños de un garito de comida rápida en el que redoblamos el plato de raviolis con pomodoro aunque vinieran en bandeja de aluminio; y sus focaccias con salami, o a los cuatro quesos. Cómo no querer a Italia si nos dio a Adriano Celentano, a Terence Hill y a Bud Spencer. Nos dio la pasta, el pesto genovés, la inevitable polenta bergamasca, la pizza Margherita, los helados, ciertos vinos y la birra Moretti. Nos dio tanto cine. Tanta verdad. A Miguel Ángel y Leonardo (ya voy, Florencia, ya voy…). Y los cantantes melódicos de voz pedregosa, todos iguales, tan entrañables en su pacífica invasión de las emisoras de radio en las autostradas. Italia nos dio a Tonio cantando en la ventana de la ferruginosa Génova, a Amedio y a Marco. Cómo no querer a Italia, a Raffaella Carra y a Al Bano, que al minuto de prender el televisor apareció en pantalla con la misma gafa estrechita y detenido en el tiempo como Jordi Hurtado. A estas horas, la sin par Romina es doña Rogelia, allá donde esté. Pero Al Bano… Al Bano está hecho un muchacho. Cómo no querer a Italia si, en el fondo, sus tres deportes son el fútbol, el baloncesto y el rugby. Si nos dio a Claudia Cardinale, Monica Vitti y Sofia Loren. Y para qué parlare de le ragazze, claro, le ragazze

Es lo que hay. 40 años sin venir a Italia porque sabíamos lo que iba a pasar. Sí, para qué negarlo. Aquella noche hubiéramos querido que el yugoslavo le clavara a Dino Meneghin las tijeras, que agarró de la mesa de anotadores, en algún lugar blando de su anatomía, si los tuviera. Pero ahora no hace falta ocultarse más. Aquí no. Lo sospechamos en Bérgamo, tuvimos un pasaje de duda en Torino, pero alcanzamos la certeza en el Luigi Ferraris, con un amoroso expresso… Es verdad, nos estamos haciendo mayores. Bebemos café y nos gusta Italia.