La culpa fue de Dino

8 12 2009

Dino Meneghin, la bestia negra de nuestros años jóvenes de baloncesto. Durante mucho tiempo, él era Italia...

Sí, nos gusta Italia. ¿Para qué negarlo? Ahora pienso si todos estos años sin pisar este país tan diverso no habrán sido un engaño subconsciente contra su inevitable encanto. ¿Cómo admitir una mínima atracción hacia un país que encarna la quintaesencia de nuestras frustraciones deportivas? La derrota imprime heridas morales permanentes y extiende una aprensión transgresora de límites. Era fácil detestar lo italiano porque no aguantábamos su sobradora forma de ganarnos. En los setenta, quienes mirábamos el basket crecimos alimentados con una papilla de odios en la que venían mezclados la Mobilgirgi de Varese, el Ford Cantú, el Billy de Milán, el Indesit Caserta y otras variaciones, según el patrocinio: véanse el Ignis, el Cinzano, el Granarolo, la Jollycolombani, el Reggio, la Virtus y similares. Los niños de los setenta aprendimos la densidad del odio miedoso poniéndonos frente a dos personajes. Uno pertenecía a la ficción y no era italiano, pero su nombre revelaba la ascendencia: Falconetti, el villano de Hombre Rico, Hombre Pobre. El otro era estruendosamente real, dominador, pendenciero, no tenía la maldad resumida en un hierático ojo de cristal como Falconetti, pero su visaje de boxeador retirado, la torva nariz, la rampa acelerada de la frente y esa mirada de fuego le daban una presencia temible: jugaba de pívot y se llamaba Dino Meneghin. Él tuvo la culpa.

 A mí me dicen Italia y de inmediato pienso en Dino Meneghin, y un poco más tarde en Paolo Rossi. Aquel goleador repentino que nos enseñó a edad muy tierna que los futbolistas italianos hacían trampas también fuera del campo. Pero la de Rossi apenas constituía una amenaza difusa, demasiado enjuta para infundir temor. El miedo era cosa de Dino Meneghin… siempre Dino. Cuando Alfonsito Reyes revoleó a su hijo Andrea en el Europeo de 2001, y lo puso patas arriba de un tortazo escalofriante, una generación completa sentimos que ese muchacho nos había redimido. Fue, claro, poco antes de que los italianos volvieran a ganarnos, como habían hecho en la lejana velada de Nantes. Meneghin, Brunamonti, Roberto Premier, el untador Romeo Sacchetti. Y tantos otros. Y los aros italianos, que toda la vida escupieron balones como siempre denunció Héctor Quiroga. Los aros italianos eran duros como los jugadores italianos. O la metías limpia o la pelota salía rebotada al mínimo toque en el hierro. Italia, eso era Italia.

Italia me quitó otras cosas, más o menos serias. Todo se olvida, todo pasa. E la nave va, que dirían aquí. Aún hay quien me recuerda hinchando a favor de la Juventus por motivos que no habré de confesar, tan íntimos. El sábado estuve en Torino, ciudad que resuena en mi memoria con un timbre diverso. Ciudad de avenidas amplias, de tranvías, ciudad muy otoñal, fría, ciudad que reclama una cierta tristeza nostálgica en sus avenidas como de capital centroeuropea, una Viena al sur, una vieja altivez, un señorío distante. Estuve en el viejo Comunale para ver a la Juventus ganarle al Inter (2-1) en el derbi de Italia, para examinar las tripas del antiguo enemigo desde adentro. Antes hubo un paso por Bérgamo, ciudad de montaña y llano, orgullosa de su pintoresquismo, tan agradable e inocua que pasa desapercibida bajo el manto de la vecina Milán. La ciudad alta de Bérgamo es hermosa, la ciudad baja de Bérgamo es serena. Más allá de Turín, apenas 150 kilómetros de salto hacia Génova, uno encuentra otra Italia. Génova soporta el óxido de las urbes portuarias y su calidad adusta, como de hombre de mar. El salitre de los edificios y las construcciones del agua. Parece una ciudad del sur entreverada al norte. Un puerto italiano al pie de las montañas, justo eso.

Pizza por raciones en la Ciudad Alta de Bérgamo.

El Olímpico de Turín incorpora en su añeja piedra la costumbre de la gloria. El Luigi Ferraris de Génova, el rancio Marasi, está vivo y coleando. La energía de sus fondos debe de tener pocos rivales en toda la Italia del calcio. Club viejo, afición joven. Un estadio resonante en el que el Genoa no pudo rebasar al Parma más allá del 2-2, aunque mereció otra cosa. Condenaron su vivaz propuesta la equivocada generosidad de sus defensas, particularmente Bocchetti, que le hizo a los suyos un boquete.

 En las tripas modestas del Luigi Ferraris me hice mayor y me tomé el primer café solo de toda mi vida, que además me gustó. Porque me gustó sé que me hice mayor. Pero cómo no querer a Italia… si hacen así el café, si en la esquina anterior al campo nos proclamamos dueños de un garito de comida rápida en el que redoblamos el plato de raviolis con pomodoro aunque vinieran en bandeja de aluminio; y sus focaccias con salami, o a los cuatro quesos. Cómo no querer a Italia si nos dio a Adriano Celentano, a Terence Hill y a Bud Spencer. Nos dio la pasta, el pesto genovés, la inevitable polenta bergamasca, la pizza Margherita, los helados, ciertos vinos y la birra Moretti. Nos dio tanto cine. Tanta verdad. A Miguel Ángel y Leonardo (ya voy, Florencia, ya voy…). Y los cantantes melódicos de voz pedregosa, todos iguales, tan entrañables en su pacífica invasión de las emisoras de radio en las autostradas. Italia nos dio a Tonio cantando en la ventana de la ferruginosa Génova, a Amedio y a Marco. Cómo no querer a Italia, a Raffaella Carra y a Al Bano, que al minuto de prender el televisor apareció en pantalla con la misma gafa estrechita y detenido en el tiempo como Jordi Hurtado. A estas horas, la sin par Romina es doña Rogelia, allá donde esté. Pero Al Bano… Al Bano está hecho un muchacho. Cómo no querer a Italia si, en el fondo, sus tres deportes son el fútbol, el baloncesto y el rugby. Si nos dio a Claudia Cardinale, Monica Vitti y Sofia Loren. Y para qué parlare de le ragazze, claro, le ragazze

Es lo que hay. 40 años sin venir a Italia porque sabíamos lo que iba a pasar. Sí, para qué negarlo. Aquella noche hubiéramos querido que el yugoslavo le clavara a Dino Meneghin las tijeras, que agarró de la mesa de anotadores, en algún lugar blando de su anatomía, si los tuviera. Pero ahora no hace falta ocultarse más. Aquí no. Lo sospechamos en Bérgamo, tuvimos un pasaje de duda en Torino, pero alcanzamos la certeza en el Luigi Ferraris, con un amoroso expresso… Es verdad, nos estamos haciendo mayores. Bebemos café y nos gusta Italia.

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