La ‘macchina’

10 12 2009
A pesar de sus muchas frivolidades y pasando por alto que los faltones del norte llamen despectivamente terroni a los del sur, en general los italianos no encuentran tiempo o bien no sufren crisis de identidad nacional. Lo que se ahorran en organizar referendos no vinculantes lo emplean en cuestiones de verdadero interés comunal: discutir de fútbol, hacerle reportajes a Al Bano (que anda más de moda que nunca, por lo que se ve), establecer consideraciones de seis columnas al felino apetito sexual de Tiger Woods y, sobre todo, debatir si elevan el límite de velocidad en las autopistas de 130 a 150 km/h. Como la seguridad vial es una cuestión de perspectivas, en Italia aún se pueden permitir estas cosas. Lo que yo llamo la obsesión ordenancista española –en la que parecemos felices de participar- no tiene paralelo en Italia en cuestiones de tráfico. Un límite a 150 me parece excesivo, cierto, pero al menos uno puede manejar el Fiat sin experimentar la sensación de terror moral y económico que se ha convertido en norma en nuestro país, donde a la Dirección General de Tráfico le ha crecido una mano tan larga como la de Hacienda.

La forma de conducir italiana, por lo que hemos visto estos días en el norte, está hecha de relajadas descortesías; y su distintivo carácter alcanza la más fina expresión en las ciudades, desde luego. Hay cosas que uno debe saber si quiere salir a las calles con su macchina. Por ejemplo: el semáforo intermitente en ámbar, a la vuelta de una curva y para proteger el paso de los peatones, no se contempla. Es decir, no hay ámbar intermitente. O está rojo o está verde. Ahora, si el disco permanece en rojo y no se ve un peatón próximo (esto es, delante del morro del coche), los italianos pasan sin dudar un segundo. Y sin asomo de remordimiento. En la incorporación a la avenida Unión Soviética de Turín (reino del otro gran habitante de las vías italianas… el bellochiano tranvía), consideré que debía aguardar el cambio de color de las luces, seguro de que habría algún agente de la ley presto a sancionarme si no lo hacía. Pecado de defecto español. Fui el único que respetó la señal. Enseguida los de atrás me explicaron a bocinazos que no estaban en absoluto de acuerdo con mi pacata forma de proceder. A empujones sonoros, me obligaron a tirar adelante.

Un agente de la Polizia Autostradale hace indicaciones a los vehículos en una autopista italiana: las fotos y los carteles demuestran que existen; la realidad es algo menos severa.

De la misma manera que en España conducir a 150 se considera grave delito (no por tipificación legal, puede ser, pero sí moralmente) y aquí piensan usarlo como límite, el significado de un semáforo rojo no es igual en todas partes. Son formas de vivir. En Brasil, nadie se detiene en un semáforo rojo en cuanto se pone el sol. Es una cuestión de vida o muerte, sin exageraciones. En Italia, mientras, hacen consideraciones tácitas acerca de la conveniencia de que ese semáforo deba ser respetado. Si se lo saltan es porque antes lo han razonado. Lo han razonado a su modo: si no pasa nadie, de qué sirve estar detenido… Un italiano observa que el sistema tiene imperfecciones. En eso no se diferencia del español. Lo que cambia es la respuesta. Mientras el español queda detenido por la advertencia de su conciencia educada en el ordenancismo reciente, los italianos aplican la iniciativa individual: hay que corregir el error y soy yo quien debe hacerlo. Y allá que van…

No es raro tampoco ver dos coches compartir un solo carril durante una buena decena de metros, tras incorporarse desde un tercero. La confluencia se produce de la manera más natural. Embuten medio coche en el medio carril y respetan que el otro embuta su mitad, sin aspavientos. Porque si a los italianos los hemos visto reinar metiendo el cuello en las discotecas de la costa, en su vida diaria meten el morro de los autos con la misma destreza. Dado que los unos se reconocen en los otros, la protesta subsiste solamente como última posibilidad. No molesta tanto alguien que cruce su auto en el mismo carril; lo que verdaderamente resulta insoportable es esa gente que no se maneja según el decálogo, insiste en respetar distancias, conducir con velocidad exageradamente prudente y no saltarse los semáforos. Ese desalmado se sitúa fuera de la ley consuetudinaria, que es la verdadera ley.

Para las autopistas, el italiano guarda una actitud algo más agresiva. En Italia hay buenos coches, cualquiera lo sabe, pero la población dominante parece que se aproxima más al Fiat y el Lancia de gama media. Eso sí, conducidos con la audacia de un Ferrari. Así, armados con sus Punto, sus Multipla, los Ypsilon e incluso sus Cinquecento, los italianos sotienen un límite de 130 en autopista y creo que 100 en carreteras interurbanas (lo que se dice la carretera general de toda la vida). Reducido hasta 50 km/h si hay niebla, lo que resulta muy habitual en el norte. Hay una policía de autopista, según se ve en los carteles, y frecuentes avisos de control de la velocidad; pero enseguida uno intuye que se trata sólo de carteles. Las vigilancias estrechas las reservan para el fútbol.

El carril de incorporación exige  un cierto arrojo porque es más bien cortito, y enseguida hay que salir a la pista. Un modo como otro cualquiera de educar al conductor en lo que se va a encontrar. Las señalizaciones animan aún más el caso, porque están pensadas con interesantes elipsis geográficas: casi nunca aparece en los carteles la ciudad de destino, sino muchas otras que pueden estar cerca o no. Si esto se debe a algún tipo de derivación casual de Murphy o tiene una lógica profunda, lo ignoramos. Pero está comprobado que desde Génova a Florencia hubimos de ir un buen rato calculando si nos convenía más la dirección Livorno, la dirección Alessandria, si por Ventimiglia andaríamos bien o si había que salir dirección Milán o San Remo, y luego tomar el desvío hacia la Toscana. Cuando de Milán tuvimos que tirar hacia Bérgamo, la dirección de referencia que aparecía en las calles y en las carreteras lombardas era Como, Venecia, Brescia o Turín. Bérgamo, la más próxima, no aparecía por ningún lado. Acertamos con Venecia, pero sólo conseguimos la total certeza de que no acabaríamos en Suiza cuando ya llevábamos un buen rato de travesía y, por fin, vimos Bérgamo en los carteles.

Uno de los túneles que rodean Génova y permiten practicar la conducción en laberíntica velocidad variable.

Como nosotros somos más valientes que el acero, y por naturaleza desatentos a los detalles importantes, contribuimos a la emoción diaria con un Focus sin navigatore, ni mapas de carreteras ni planos de las ciudades. Acogidos a la teoría ensayo/error y a la pregunta ciudadana de ventanilla a ventanilla, logramos llegar a todas partes sin abolladuras. De paso comprobamos que no conviene preguntarle cómo se sale hacia la autopista a una mujer italiana. Las damas no manejan ese tipo de datos que conforman la cultura general del hombre. Además, hablar de coche a coche entre desconocidos tiene muy poca clase. En Milán, cuando requerimos a una señorita para que nos hiciera el favor de bajar la ventanilla y atender, primero nos regaló una mirada bien larga a través del cristal, una mirada calculadora de intenciones, posibilidades, aspecto y auditoría de ganancias de su lado en el intercambio que se preparaba. En fin, que nos miró como diciendo (o pensando, de hecho): “¿Qué motivo habría de tener yo para bajar mi ventanilla y hablar con vosotros, muchachos?”. Cuando por fin se dignó a hacerlo, apliqué mi creciente italiano para preguntar y de inmediato supe que no había de preocuparme por comprender las indicaciones: “Come si fare per uscire verso Bergamo?”. Con desgana, ella me miró y contestó: “Non lo so”. Que en italiano milanés femenino se traduce como: “¿Y a ti qué te importa?”.

Anuncios

Acciones

Information

2 responses

14 12 2009
javier p.

Ornat:

Esta serie sobre su viaje que nos ofrece… yo se la agradezco de veras, dado mi escaso conocimiento del país Italia y mi gran afición por las crónicas de viajes.
Para no extendernos mucho ni irnos muy lejos (ya que le escribo desde Francia), le hablaré de Maurice Barrès, del cual leo por allí que dejó dicho (cuando ya tenía una cierta edad) que un deseo vital sería:
“-Tener veinte años y viajar a Italia por primera vez”

Sin embargo, en otro sitio leo que quien enunció esta frase fue Josep Pla, a quien tanto se tiene en cuenta…

No he conseguido saber con seguridad quien pronunció esas palabras, ya que hombres tan trabajadores y amantes de la verdad como Boswell no han habido muchos.
Ya que le damos gran importancia a la verdad, le dejo con un párrafo que escribió Josep Pla (pocos hombres se dan cuenta -al sentarse a escribir- del gran favor que le hacen a la verdad de dentro de unos años):
“Lo he escrito otras veces: me ha gustado y me gusta aún recorrer mundo. Llegar a una ciudad desconocida, dirigirme al hotel, tomar un baño, vestirme y salir a la calle al azar, a curiosear y a hacer de franco forastero, ha sido para mí una de las prácticas más agradables de la vida. En Italia, el método puede aplicarse sin riesgo de perder el tiempo, porque la cantidad de maravillas que contiene, en los lugares más insospechados, inesperados y recónditos, es formidable. Después, al anochecer, pienso en lo que he visto y lo describo lo más clara y sencillamente que puedo, como quien escribe a un amigo o a la familia. Y aquí lo tenéis…”
“Cartas de Italia”
Josep Pla

Espero que esté bien.
un abrazo.
j.

14 12 2009
ornat

Querido J.
Soy yo quien agradece, tan de veras, las referencias como ésta que mejoran, elevan y animan Somniloquios. El párrafo de Josep Pla certifica lo seguro que uno puede estar acerca de algunos autores: basta ojear un párrafo y uno sabe que está frente a un descubrimiento no literario, que también, pero sobre todo vital. Cómo no admirar a Josep Pla. Cómo no querer estar en Italia. Cómo no escribir de los viajes… A Pla como a mis otros favoritos en este ámbito: al maestro Camba, al irónico y genial Mark Twain, al sereno Kapuscynski, al enfermo soñador Stevenson.
Y sí… cómo no desear haber llegado a Italia a los 20 años. Pero uno, a los 20 años, llegó a Londres, que le parecía el centro exacto del Universo. Nunca me abandona la severa impresión de haber llegado tarde a todos los sitios; por eso sigo yendo, para no lamentarme un día de no haberlo hecho.
Que usted siga bien, mon cher ami.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: