Década infame para las canciones (4)

19 01 2010

La angustia del milenio viene a buscarnos en formas diversas. Del exterminador de Primal Scream al Niño A de Radiohead, el humor inteligente de Sufjan Stevens -uno de esos compositores norteamericanos que ven la realidad magnificada y la cuentan-, un Morrissey que regresa con crisantemos en la voz y la vuelta de Tim Booth y James a nuestros corazones. Por cada vuelta hay una despedida, como la de The Killers, grupo que pudimos amar para siempre y lo dejamos en un rato. Y algunas pequeñas locuras ambulantes de Calamaro o Bunbury, dos de nuestros personajes favoritos por razones bien distintas. Aquí hay de todo y todo bueno. Por supuesto, Wilco, que ya no nos va a dejar… Todos estos muchachos son subcampeones de mi década. Los diez ganadores, en la última y definitiva entrega de esta (tan innecesaria) serie.


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XTRMNTR – Primal Scream (2002)
Primal Scream lo han probado casi todo, con diversa fortuna. Pocos tipos en la música del cambio de siglo han provocado adhesiones tan innegociables y una fobia intensa como Bobby Gillespie, el líder de la banda escocesa, baterista también de un grupo de cultos oscuros como The Jesus and Mary Chain. En este disco de post moderno acrónimo consonante, Primal Scream construyeron una enérgica trinchera desde la que librar la guerra del cambio de siglo. La música explota con rabiosa agonía electrónica, pero la actitud es la de las batallas más antiguas: bayoneta calada y cuerpo a cuerpo frente al constante enemigo. Swastiska Eyes, Kill All Hippies, Accelerator… Áridas exposiciones de protesta ruidosa, sampleada, pregrabada, mezclada sobre un fondo de rock vitamínico. Un álbum catártico para las tardes en las que uno necesita olvidar por las malas o negociar los más bajos instintos con la propia conciencia. 

 

Kid A – Radiohead (2000)
El año 2000 conoció la refundación sonora de Radiohead, una de tantas, el instante fundacional del siglo en el que la banda de Thom Yorke rindió su esperanza sónica y entró en algo que podríamos llamar, o no, puro nihilismo musical. Parecía que quisieran vaciar de materialidad su sonido, para entregarlo al creciente vacío. OK Computer había constituido una cumbre difícil de rebasar; ahí la denuncia estaba viva, aunque iba ganando el silencio del que sabe que le aguarda una derrota implacable. Kid A es la crónica sonora de esa derrota, un valiente extravío que, por supuesto, provoca rechazo o adoración. Hay quien ve en él una petulancia innecesaria, hay quien extraña los días de guitarra y rock grueso atravesado de fino pop de Pablo Honey; hay quien llega a pensarlos innecesarios a partir de Kid A. Yo estuve un poco con todos ellos, pero también mucho con Radiohead. En Kid A habían bordeado la fina línea entre el visionario genial y la locura transitoria. Esa línea la atravesarían, en mi opinión, en Amnesiac y Hail To The Thief, discos en los que no pude soportar la deconstrucción sonora de Radiohead. Kid A, sin embargo, conserva la mágica potencia de un apocalipsis. Es extrañamente hermoso.

 

 Hellville Deluxe – Bunbury (2008)
Enrique Bunbury es un personaje excesivo al que a menudo le salen canciones excesivas. Pero si el ruido del plagio no hubiera tapado los trallazos de este disco, todos hubiéramos ganado mucho. Dice Bunbury que tenía ganas de subirse al escenario y por eso facturó un álbum con predominio de un rock protéico, con un cierto desgarro de estrella venida al cemento, por fin, y un sonido más pegado a las guitarras que al cabaret. El Hombre Delgado Que No Flaqueará Jamás o Bujías Para el Dolor resumen el sonido de este Hellville Deluxe en el que Bunbury hubo de explicar demasiadas cosas que no tenía ganas de explicar, en lugar de hablar de su libro como hubiera reclamado Umbral. Después de muchos años sin encontrarle la gracia al engolamiento vocal de Bunbury, ni a la opacidad progresiva de Héroes del Silencio, la carrera en solitario del artista zaragozano me ha gustado cada vez más. Me interesa menos su lado circense (que defiende sin embargo con teatral acierto en directo) que su lado rockero. Y Hellville Deluxe, sin perjuicio de magníficos momentos en discos anteriores, me parece el mejor disco de su carrera en solitario. Y, de paso, un disco con una pegada que muy poca gente puede reunir en este país de amaias de Van Gogh

 

Hot Fuss – The Killers (2004)
The Killers no me gustaron un poco, me gustaron muchísimo. Hot Fuss, su debut, pero también Sam’s Town, el segundo de 2006. Quiero decir que durante mucho tiempo los convertí en una referencia que pasó por encima de toda la producción británica y que me pareció duradera. Tenían todo: eran americanos de Las Vegas, su rock podía ser despiadado o melódico, tenían esa rítmica poderosa, de púgil golpeador, traída del post-punk… Territorios que me gustan como una natilla con galleta. Por desgracia, Sawdust me recuperó del delirio; y en el último, Day and Age, saqué los pañuelos para despedirlos, mientras ellos alegremente lanzaban serpentinas desde la elevada cubierta de su transatlántico de éxito mainstream interplanetario. No se trata de que el mainstream no pueda rozarnos; aquí no somos clasistas. Es una cuestión de que la conexión se partió por el lado más fuerte, la música, que es en realidad el más débil. Así que regresamos constantemente a este Hot Fuss para oír de nuevo a los Killers que nos gustan. No un poco; mucho.

  

Hey Ma! – James (2008)
En 2001, los muchachos de James resolvieron separarse después de tocar fondo en el inicio de su tercera década juntos. Tim Booth, el inspirador líder vocal de James, quería iniciar una carrera en solitario. La historia es tan conocida, y comprensible, que no hace falta contarla. Hicieron una gira de despedida y su concierto final en Manchester completó un álbum y un dvd llamados Getting Away (With It All Messed Up), que estaría en los primeros puestos de esta reunión si no fuera por su condición recopilatoria, nada menos que de toda una carrera. Después de un hiato de siete años, de un flojísimo disco en solitario  (Bone) y de una sesión de jam de la que surgieron nuevas canciones, Tim Booth reinició el grupo. Convocaron a la misma formación de los días de Laid, probablemente su mejor álbum, y escribieron Hey Ma!, un disco tan de James que no hace falta ni describirlo. Su mayor logro tal vez sea la frescura del sonido, como si no llevaran veintitantos años mirándose las caras. Tiene lo que cualquier gran disco de James: letras intencionadas, un compromiso ideológico que recorre la epidermis del disco y de su canción Hey Ma! (himno sobre o contra la sociedad generada tras la caída de las Torres Gemelas del World Trade Center en NY). Tiene celebraciones de su modo desenfadado de entender la música y las cuestiones importantes (White Boy), o melancólicas disquisiciones acerca de la soledad pasajera del músico. En algún momento pensé si no me gustaba más, incluso, que Laid o Wiplash. Esa legítima duda entusiasta explica la estatura que este regreso de James ha alcanzado en mi década. 

  

Come On Feel The Illinoise – Sufjan Stevens (2005)
Come On Feel The Illinoise es lo que en el argot se llama un disco de concepto. La importancia que eso pueda tener no se duda en el caso del autor, que es quien se lo inventó y le dio forma, pero parece opinable desde la perspectiva de quien lo escucha. ¿Qué diferencia existe entre una canción de concepto y otra sin concepto? llinoise, eso sí, es tan amplio como lo pueden ser 22 canciones de títulos larguísimos, sardónicos o provocativos. Como por ejemplo: Let’s Hear That String Part Again, Because I Don’t Think They Heard It All the Way Out in Bushnell (que sería Escuchemos Otra Vez la Parte de las Cuerdas, Porque Me Parece Que Allá en Bushnell No Se Han Enterado). Así que conviene no afrontar éste como cualquier otro disco. Exige una cierta actitud de escucha y algo de paciencia. Cuando te quieres dar cuenta, te está agujereando el cerebro. Uno recomendaría tomarlo como uno de esos libros escritos al modo de dietarios, memorias parciales, absueltas de cualquier engarce temporal, que vienen muy bien para tenerlos en la mesilla porque permiten una lectura arbitraria. Uno abre cualquier página y empieza por ahí, sin que importe su localización en la geografía del volumen. Con Illinoise ocurre algo parecido: se puede agarrar por delante o por detrás. Precisamente de geografía (política, también humana, sobre todo cultural) habla Sufjan Stevens en este álbum. Su cacareada tentativa de componer un disco por cada uno de los 50 estados americanos tiene mucho de broma homérica, claro, pero hay al menos dos hasta ahora. Éste es el mejor que yo haya oído, porque no he oído el otro. Una reunión multitudinaria de sonidos tan distintos, irreverentes, cambiantes y originales que amenazan con convertir el disco en un clásico perdurable y a Sufjan Stevens en un prodigio de su tiempo; uno de esos muchachos de aspecto inocente que mira a la realidad a través de un vaso de cristal y que, de la obvia distorsión de la imagen, deduce una descripción hiperrealista llena de verdad. Además, una portada con Superman, Al Capone y la Torre Shears de fondo, un tema dedicado al asesino serial John Wayne Gacy Jr., más una canción (adorable) titulada Chicago… todo eso por fuerza había de gustarme.

 
Sound of Silver – LCD Soundsystem (2007)
La electrónica se hace entre dos o eso parece porque abundan las parejas creativas. Y por eso LCD Soundsystem es otra agrupación de dos hombres (los neoyorquinos llamados James Murphy y Tim Goldsworthy) dispuestos a hacer de la electrónica una rama accesoria de la filosofía post-milenio. ¿Hay mensaje? Podría ser, pero mejor no preguntar o uno se encuentra con explicaciones como ésta: “Quería que el disco sonara a plateado”, dijo James Murphy, el (co)autor. “¿Qué es el sonido plateado?”, le inquirieron, sagaces, los periodistas. “Bowie es plateado”. Y, al leerlo, a mí me vino a la cabeza el Bowie de Blue Jean, claro, pero no sé si Murphy se refería a eso. Yo de electrónica entiendo entre nada y casi nada (de música, entre poco y nada, conviene advertirlo), así que no me aventuro a describir a qué suena Sound of Silver o LCD Soundsystem en sí mismos. Lo que puedo decir es que su sonido posee un vigoroso dinamismo robótico, repleto de sugerencias incluso para alguien tan decididamente carnal como yo. Me gusta y me llena de energía igual que las imágenes hipnóticas de 2001: Una Odisea del Espacio, pero ignoro cómo y por qué efectúa mi cerebro esa asociación. He oído por ahí que los LCD Soundsystem, más cercanos al rock que al solfeo metálico de los ordenadores, explotan como una bomba de tiempo en sus conciertos en directo. Y, la verdad, no me sorprende.

 You Are The Quarry – Morrissey (2004)
Recuperemos los cánones de nuestras propias vidas: Morrissey, agarrado grácilmente a la réplica de una ametralladora Thompson, sobre el fondo de un telón fucsia. Eso es You Are The Quarry, el mejor disco del que fuera líder de The Smiths desde Viva Hate! Eso es mucho decir, primero porque Viva Hate! constituye una maravilla intemporal capaz de sostener en pie el mito de Morrissey por sí mismo; segundo, porque entre aquél -su primer disco después de los Smiths- y éste You Are The Quarry pasaron nada menos que 16 años y cinco discos. Todos frustrantes (al menos para mí) en mayor o menor medida, algunos más recomendables que otros (hablo de Vauxhall and I), siempre con algún tema de brillo imperecedero pero sin la regularidad o la solidez precisas para rescatarnos de la nostalgia. You Are the Quarry significa pues, como cualquier reaparición de un personaje tan importante en nuestras vidas, una celebración en toda regla. Con un discurso entusiasta, con las letras hiladas de palabras que nadie más usaría en una canción, como siempre hizo, con cargas de profundidad socio-políticas del tono de America Is Not the World  o Irish Blood, English Heart; imaginarios cilicios sentimentales, tan conseguidos siempre, como I Have Forgiven Jesus, I’m Not Sorry o The World is Full of Crashing Bores… Y un tema para el panteón familiar, First Of The Gang To Die. El regreso de Morrissey. Con todo lo que eso significa. 

  

El Salmón – Andrés Calamaro (2000)
Parece que vino de algún otro siglo, pero no, cayó sobre nuestras cabezas en el arranque de éste. El Salmón es del año 2000, pero está tan metido entre nosotros que lo llevamos incorporado como si hubiera nacido 50 años antes. Además, este álbum contracorriente seguirá sonando igual de vigente (también igual de loco, de excesivo, de desesperado, de glorioso) en el año 3000 y en el 4500, al que esperamos no llegar. Eso sí, el que lo haga podrá decir que lo escuchó antes que nadie. Éste no es un disco de concepto; éstos son cinco discos sin otra idea que sacarse de dentro todas las balas, sin anestesia, y grabar lo que salga. El resultado es un Calamaro en trance sincopado de genialidad, locura, escarnio del espejo, memoria lacerante o ávida desesperanza. El resultado es una obra tan larga que nunca termina de ser escuchada, ni conocida, ni disfrutada, ni tal vez apreciada o juzgada en su medida exacta. Yo quiero El Salmón porque tiene la verdad en positivo y en negativo, porque es tan irregular, imperfecto y cierto como cualquier repaso de nuestras existencias. Porque en él Calamaro no dice ni una sola mentira, pero cuenta a su manera todas y cada una de sus verdades. Porque me recuerda demasiado a la intención del Doble Blanco de los Beatles. Y porque después de la maestría incontestable de Honestidad Brutal, Calamaro sólo podía hacer lo que hizo, tal vez: ser más honesto y más brutal que nunca. Soltarlo todo, arrojarse al abismo, subvertir el orden, darse vuelta como un calcetín y crucificarse frente a la audiencia. Lo raro fue que lo viese tan claro. Lo increíble es que lo  hiciera tan bien. 

 

Sky Blue Sky – Wilco (2007)
Wilco tuvieron una briosa infancia llamada Uncle Tupello, una sombría prepubertad resumida en Summerteeth, la petulante y brillante adolescencia de Yankee Hotel Foxtrot, la rabiosa confusión juvenil de A Ghost is Born y una madurez que se llama Sky Blue Sky. A los demás nos podrá parecer lo que queramos, pero en este disco Wilco alcanzó su cumbre expresiva íntima: habían encontrado su sonido, la unidad, la voz y el modo. Lo hicieron en tres pasos previos: primero, la expulsión de Jay Bennett, el antagonista creativo de Jeff Tweedy hasta Yankee Hotel Foxtrot; después, con el fichaje del guitarrista Nels Cline, que le dio a A Ghost is Born la árida textura bestial de su forma de interpretar el instrumento; el tercero tiene que ver con la pacificación personal de Tweedy, visible a través de la literatura intimista de Sky Blue Sky. Me atrevo a afirmar que, desde el punto de vista de Wilco, y desde el punto de vista de un apasionado de Wilco, Sky Blue Sky es un disco perfecto, en el que no sobra ni falta nada, en el que cada canción tiene la medida precisa, la palabra perfecta, la musicalidad exacta. Es lo que Wilco han querido ser, tan lejos pero tan cerca de su obra precedente. Naturalmente Impossible Germany es quizá la nota más alta de todo el álbum, pero yo he terminado por adorar todas y cada una de las doce canciones, por razones distintas, por necesidades diversas, por amores de improbable reconciliación. De la primera a la última, todas convocan mi fascinación. Sky Blue Sky me parece tan hermosamente perfecto, que no es el disco que más me gusta de Wilco.

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Infames En Una Década de Canciones (3)

13 01 2010

Los infames convocados de aquí hacia abajo componen un retablo de malditos, autores de culto, angustiados vitales y visionarios doloridos. Es decir, favoritos de este lugar de tristezas insomnes. Un decálogo de exhibicionismos sentimentales de todo pelaje, algunos más enfáticos que otros, otros menos sombríos que algunos. Para compensar este nubarrón, Wilco pone un rayito de luz, Lori Meyers aporta canciones brillantes, salimos en busca del horizonte de la mano de The War on Drugs, unos americanos muy poco narcóticos, y atendemos a Andrés Calamaro en su constante empeño de cantar la banda sonora de nuestras vidas. Y conseguirlo, que es peor.

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Black Market Music (2000) – Placebo
Si algo me ha enseñado la música es a revisar mi propia identidad. Uno nunca puede estar seguro de quién es, ni tampoco de cuáles son las condiciones que determinan que nunca termine de conectar con Black Sabbath, aunque lo intente, pero sí sea capaz de desarrollar un aprecio creciente por un grupo de glam reciclado como Placebo. El etiquetado constituye una trampa a revisar: no creo en los géneros, creo en las músicas. Brian Molko, el inconfundible líder y cantante de Placebo, tampoco cree en los géneros o eso afirma su deliberada androginia. Placebo maneja de forma estupenda los asuntos que tienen que ver con la imagen, y la imagen que define el negocio. Es una banda de tres, que perdió a su baterista original y ha fichado para su último disco a un trasunto histriónico de Truman Capote, dotado de una energía telúrica brutal para darle tralla a las cajas. El resultado ha sido Battle For the Sun, un disco para aficionados a Placebo. Este Black Market Music, sin embargo, es mucho más convincente. Junto a Sleeping With Ghosts, seguramente, su cumbre. Special K está entre mis canciones favoritas de la década. También Meds, del disco homónimo. Y su versión de Where is my mind?, de los Pixies… Como yo tampoco sé ya quién soy ni dónde tengo la cabeza, la estridente angustia vital de Placebo ha constituido una de mis aficiones principales de la década.

Caught in the Trees – Damien Jurado (2008)
Alguien escribió, muy bien por cierto: “Damien Jurado escribía como si fuera Raymond Carver; después pasó a convertirse en un personaje de Raymond Carver”. La comparación (la identificación, habría que decir) supone una constante a la hora de definir a Damien Jurado: para hablar de él se nombra a Carver, se nombra a Nick Drake, se nombra a Johnny Cash, se nombra a Elliott Smith… Uno sospecha que algo hay, porque los tres -más Damien Jurado- conforman un grupo de habituales en mis oídos. Caught in the Trees es un álbum que sale del cuerpo de Damien Jurado como un cuchillo que se arrancara. Te permite mirarlo, pero no te va a invitar a que lo claves en el tuyo. No hablamos de música sombría. Si acaso, tensa, como queda expuesto en Caskets. Pero Gillian Was a Horse, por ejemplo, es uno de esos temas que siempre produce alegría escuchar. La pose de Damien Jurado no es nada fatalista: lo comprobé cara a cara, en La Lata de Bombillas. En su puesta en escena no hay exhicionismo ni énfasis lastimeros. Es más, bromea sobre sí mismo con frecuencia. Tal actitud revela que, si hubiera algo, es la conciencia de la vulnerabilidad. Y nadie debe ser llevado a juicio por defender tal postura.

Wilco (The Album) – Wilco
En mi opinión, Wilco son la banda de la década. Por producción y por calidad. Arriesgo el juicio académico y también el personal, mucho más simple: desde luego, son el grupo de mi década. A tal punto que ya no estoy seguro de que Wilco me resulten objetivables. Cuando la duda me corroe, pongo sus primeros discos y me reconcilio con el sentido crítico. Entonces resuelvo: su evolución ha sido tan extraordinaria que ha mantenido en crecimiento mi interés. Incluido Wilco (The Album) que, evidentemente, es menor a los tres anteriores, pero no precisamente menor en comparación con muchos otros discos muy aclamados esta década. Wilco (The Album) viene a ser una autoafirmación de cómo el grupo ha reinventado su música, formación y conciencia grupal en sus dos últimos trabajos, hasta definir un sonido que está más allá o más aquí de las etiquetas con las que crecieron. Qué otra cosa puede significar el título homónimo al nombre del grupo, en un séptimo trabajo. Éste es un disco de fantásticas canciones muy vitales, que celebran la reconciliación con el otro y consigo mismo, una indisimulada confianza, un modo (aparentemente) sencillo de decir las cosas, sin estridencias, con sentimiento, sin palabrería, con concisión hermosa. Pero siempre con los arreglos instrumentales que distinguen a Wilco de la media y convierten sus canciones en un poliedro de armonías. Uno escucha sin esfuerzo la expresividad de todos y cada uno de los instrumentos. Hay pocos letristas como Jeff Tweedy; y no muchos músicos tan convicentemente reunidos en torno a una idea como los de Wilco. Bull Black Nova demuestra lo que su trayectoria ha definido: que pueden lanzar todas las convenciones por los aires en una canción para, en la siguiente, modelarlas en formas gentiles.

 Cronolanea – Lori Meyers (2009)
Lori Meyers fue el grupo que me reenganchó al producto nacional en un momento en el que yo andaba extraviado en ese campo, sin otras referencias que no fueran la larga trayectoria de Los Planetas y poco más. Entré por Viaje de Estudios, donde uno puede refrescarse las neuronas sin incurrir en gravedades existenciales y corear, llegado el caso, una frase útil para muchos momentos de la vida: “Si te vuelves a mirar / yo te partiré la cara. / Si me vuelves a encontrar / en un cruce de miradas…”. Dejé pasar (por equivocación, por olvido, por omisión, por despiste) el muy apreciable Hostal Pimodan, y cuando apareció Cronolanea pensé que era el momento de la prueba definitiva. Frente a otros muchos grupos con propuestas demasiado consabidas (no dijo malas, digo tal vez poco estimulantes para mí), Lori Meyers me dejó una impresión permanente desde los primeros acordes de Intromisión, la muy querible Luciérnagas y Mariposas, el Cúmulo de Propósitos, La Búsqueda del Rol y desde luego ese himno canalla llamado Alta Fidelidad. Las letras tienen un peso exacto, de indie bien medido; en directo, su flanco psicodélico y más guitarrero crece de manera considerable. Lo demostraron en Las Playas este verano último, cuando vadearon la distancia entre el escenario, el foso de agua y la arena con una aproximación enérgica que produjo fricción inmediata de los cuerpos. Granada vuelve a ser nuestra particular Liverpool.

Figure 8 – Elliott Smith (2000)
De entre todos los fatalismos reunidos en esta serie de la década, acaso Elliott Smith componga el más oscuro presagio. No tengo claro si lo incluyo por devoción, por homenaje, por lástima o por convicción. Lo hago, seguro, porque me emociona de un modo distintivo escuchar a Elliott Smith, cuya trayectoria constituyó la crónica episódica de una muerte anunciada. Anunciada por las canciones, pensaríamos, pero también y sobre todo por cualquiera de los muchos que pasaron a su lado antes del desenlace, que tuvo lugar una tarde como otra cualquiera, en su casa. Sólo leer su torpe biografía en cualquier site de internet me supone un extraño dolor cuando se aproxima el final: la hora en que hundió un cuchillo en su pecho tras una discusión con su novia, que se había encerrado en el baño. Son hechos asumidos por la leyenda, como la nota de disculpa que encharcó la sangrienta escena. Aun así, los investigadores no pudieron concluir legalmente que Elliott Smith se hubiera quitado la vida. En los años en los que recorrió un tortuoso camino hasta su condición de maldito de culto, dejó unos cuantos discos de desnuda hermosura. Puede que Figure 8 no sea el mejor de ellos, pero en mi necio imaginario representa la imposible tentativa de salvación que constituyeron sus últimos años, antes de la última recaída mortal. A Somniloquios le gustan las guitarras desnudas que se van ensuciando en un barro tal vez existencial. Y además, precisamente aquí no podríamos, ni en broma, olvidar a este muchacho que escribió: “I may talk in my sleep tonight / ‘cause I don’t know what I am”. Por eso lo hemos invitado a la celebración. Porque en este ruedo también hablamos en sueños y nos preguntamos. A veces, incluso llegamos a respondernos.

El Manifiesto Desastre – Nacho Vegas (2008)
Nacho Vegas ha sido un favorito de Somniloquios desde que vino al mundo (Somniloquios, no Nacho Vegas). La revelación ocurrió con El Hombre que Conoció a Michi Panero, y luego todo ha sido como andar en bicicleta, una cosa muy sencilla que no se olvida. Un incierto concierto por aquellos días hizo el resto. El infortunado Vegas ha escrito algunas de las mejores canciones que se han oído en español en esta década; sus letras bordean los abismos físicos y emocionales, pero puntean sobre el precipicio con la elegancia formal que le permite su precisión para el lenguaje. Nacho Vegas sabe escribir; sabe escribir muy bien. Quizás este mejor de la década debería estar repartido en mitades exactas entre Desaparezca Aquí, su elepé de 2005, y El Manifiesto Desastre. Si vale la figura geométrica, no acierto a decidirme cuál de los dos es más redondo: puede haber un nivel más alto ocasional en Desaparezca Aquí, pero el Manifiesto dibuja en cada canción el perfil de un hombre que ha cruzado unos cuantos laberintos personales y sale al exterior en estado de (mínimo o fugaz) cuarto creciente. Si le sumamos los anteriores Cajas de Música Difíciles de Parar y Actos Inexplicables; más, después o entre medias, El Tiempo de las Cerezas junto a Bunbury y Verano Fatal  de la mano, literal, de Christina Rosenvinge, queda sentado que la década de Nacho Vegas ha sido inmejorable. Sin perjuicio de su propia opinión al respecto, claro.

Origin of Symmetry – Muse (2001)
A Muse los tuve por una versión pálida de Radiohead hasta hace relativamente poco. Aquel prejuicio nació en los días en que Thom Yorke y los suyos se levantaban de la cama y les salía The Bends, Pablo Honey, OK Computer y tal… o sea que resultaba fácil despreciar la copia cuando el original había desatado su maestría onírica y desgraciada más allá de lo concebible. Luego me he permitido echar un ojo a Muse y en algún momento de los últimos tiempos este Origin of Symmetry me plantó raíces en los oídos. Y terminó por agradarme (o debería decir más) el desaforado agonismo de los muchachos, mientras me veía obligado a hacer un intermedio con los Radiohead de Amnesiac y Hail to the Thief. Siempre los voy a tener bajo sospecha, aunque escucho con placer Black Holes and Revelations y The Resistance. Así que han conseguido traspasar la barrera de la apetencia: cuando acudo a un disco de manera frecuente, es que se ha hecho importante para mi cerebro, que lo necesita como la química redondeada de cada mañana. Ya he dicho antes que, en cuestiones de música y puede que en cosas peores, no me conozco a mí mismo. Por si acaso la debilidad pudiese derivar hacia la patología, hace poco me compré The Eraser, el disco de Thom Yorke en solitario. Y, como soy así, no sería raro que apareciera en esta selección. Como decía el otro, a mí Thom Yorke me puede.

Wagonwheel Blues – The War on Drugs (2008)
A The War on Drugs les auguro un futuro radiante (qué sintagma, señor), si no se pierden en alguna de esas carreteras polvorientas de desierto que cruzan sus canciones. La lista de Somniloquios toma aquí un papel visionario. Los americanos saben cómo escribir road-music, y The War on Drugs lo hacen muy bien, con el tanto de suavidad necesario para compensar el aspecto recio de la tradición americana. Su cantante le debe mucho a Dylan: alarga las vocales y escribe en segunda persona del singular. A estas alturas, de todos modos, quién no le debe algo a Dylan… La asociación resulta muy evidente en Arms Like Boulders, pero luego el conjunto está destilado con mucha personalidad, para respetar valores comunes sin incurrir en la imitación ni el aburrimiento del dèjá vu. Si miramos entre las telas aparece también Bruce Springsteen, un tanto así de Wilco, otro de Neil Young, y de ahí para abajo todo lo que usted quiera nombrar. En realidad, este juego de referencias me resulta muy molesto. The War on Drugs no suenan como nadie; suenan a The War on Drugs. Así como suena el embrión (tienen sólo un EP, Barrel of Batteries, más este álbum) de una banda que, si se alimenta de manera conveniente y se toma un buen vaso de leche todas las noches antes de irse a la cama, pueden hacerse hombres de mucho provecho. Y, llegado ese día, pediremos nuestro tanto por ciento.

Imperfección – Havalina (2009)
He aquí una banda española que hace música cruda, poderosa, nada complaciente. Manuel Cabezalí tiene, a la vista y que sepamos, un lado Jeckyll (su papel como guitarra en la banda habitual de la sedosa Russian Red) y este Hyde que se llama Havalina, donde la seda es alambre o, mejor, el tenso material de la cuerda de la guitarra. Porque la guitarra de Havalina es una cosa seria de verdad. Estos chicos no aparecerán en ninguna lista salvo en aquéllas arbitrarias como la que está usted leyendo. Hay dos grupos (que uno conozca, porque habrá muchos más) que no suenan en absoluto españoles: uno es Catpeople; el otro, Havalina. Imperfección tiene la forma de un potente remolino, en el que los instrumentos conspiran a zarpazos y las letras suenan a dentelladas, con urgencia ansiosa, con tensión violenta:  “Quiero desnudarte y devorarte una y otra vez. / Quiero destrozarte y hacerte daño sin querer”. En este disco, el amor está dicho de una forma tremendista; y si uno pregunta si en lugar de amor no querrán decir sexo. Si fuera así, tanto mejor. Cuando uno oye a estos tres chicos (son tres, suenan como seis) dan ganas de arrancar la ropa interior de tu rival a mordiscos.

La Lengua Popular – Andrés Calamaro (2007)
La Lengua Popular es Calamaro en estado puro; pero en la versión pura de la nitidez sensorial, armónica, musical, escritora. El Calamaro grande. Porque podríamos decir que El Salmón también es Calamaro en estado puro, pero ahí asoma el Calamaro desaforado, un Calamaro que se quiere sacar siete puñales del corazón de una sola vez, sin atender a las heridas propias ni a las ajenas. Calamaro regresó del infierno disco a disco, como si en cada uno fuera descontando uno de los pisos del averno de Dante hasta la luz definitiva: El Cantante, Tinta Roja, El Regreso, El Palacio de las Flores y, por fin, La Lengua Popular. Y ahí pudimos proclamar (gritarlo, de hecho), que Andrés había vuelto, entero y cierto, festejando la amistad en un himno ebrio de sentimiento como Los Chicos; sexy y barrigón como el rocanrol; enamorado y sensual, escribiendo con una potencia de seducción arrebatadoramente carnal: “Me gusta derramarme arriba tuyo / me gusta tanto ensuciarte / Besar tu flor inmediata / Besarte atrás y adelante”. Exquisito en Carnaval de Brasil. Soberbio en el conjunto. Lo peor de La Lengua Popular es que, como en su día Honestidad Brutal, no puedo escucharlo sin vestirme antes con armadura; porque me duele demasiado. Porque, como diría el mismo Calamaro, como dijo en su día, el mío es un corazón en carne viva. Y una conciencia negra; y una memoria blanda.





Infames canciones para una década (2)

7 01 2010

 El segundo capítulo huye de los centros de poder y viene con tonos revolucionarios. Algo del (malogrado) pop español que resiste a la idiocia creciente del sistema; un par de nórdicos calidos como una estufa y señores/as que en la tercera edad se comportan con la juvenil ambición de cambiar el planeta Tierra y, si fuera posible, a sus habitantes. Y luego está Dylan, al que se podría aplicar cualquier etiqueta o ninguna. El inasible hombre de Minnesotta es el moderno más recalcitrante que uno se pueda cruzar. Para él, ningún disco en los últimos 20 años ha sonado bien, le leí en cierta ocasión. Sospecho que jamás leerá esta recopilación. Allá él…


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Llamadas Perdidas – La Costa Brava (2004)
La Costa Brava y yo nos desencontramos todo el tiempo que nos fue posible, hasta que no nos fue posible desencontrarnos más. Yo, que tuve y tengo amigos comunes con Sergio Algora aunque jamás nos conociéramos o dirigiésemos la palabra, yo que compartí el fondo de la barra del Malevaje, por clientes habituales y afectos al cuarteto de dueños, con él y su chica de entonces; yo que apenas pisé El Fantasma de los Ojos Azules y que le tengo al Bacharach un afecto de entresemana muy poco atendido; yo que no los oí mientras ellos cantaban; yo… que llevo media vida pasando una fracción cada vez mayor de mis veranos en la Costa Brava. La Costa Brava y yo nos desencontramos durante mucho más tiempo de lo que dura un verano, pero cierta noche de junio nos reunimos en la plaza rosada de este Llamadas Perdidas, y desde entonces el verano no termina, y lo pasamos observándonos retrospectivamente con arrobo indisimulado de amor estival, acunados en el olvido del largo invierno. Hacen falta discos así (hacen falta bandas así), con todas sus debilidades expuestas junto a sus glorias, a la vista de todos, como en una carnicería; hacen falta llamadas perdidas para atravesar una década de lado a lado y no partirle el corazón.

Costa Azul – Sidonie (2007)
Imagino que a Sidonie les costará discernir qué funcionó tan bien en Costa Azul que no han podido reproducir (o mejorar) en El Incendio, su último elepé. O tal vez ellos lo logren porque para eso son músicos. Ojalá: yo me declaro incapaz de saber por qué Costa Azul me gusta tanto y en El Incendio me molesta la ingenuidad de las historias de amor o el tono próximo de las canciones o no sé qué de las letras. Sidonie escribieron y cantaron en inglés hasta mediados de esta década, y se me hacían perfectamente prescindibles aunque les profesaba cierta atención. Cuando se decidieron a expresarse en español resultó que sus letras bordeaban una poética nada artificiosa que punteaba magníficas melodías. En el cambio se hicieron un grupo imprescindible. En Costa Azul perfeccionaron el modelo sobre la base inspiradora, cuentan ellos, de la Literatura de Scott Fitzgerald: de ahí el dandismo, el hartazgo de las fiestas, la soledad esencial del amor, la belleza crepuscular de los sentimientos. Y les quedó un disco embriagador, de músicas preciosas y un ritmo pegadizo que tenía la consistencia de la buena pasta: crujiente, se pegaba a los azulejos, pero sin empalagar. Melodías al dente. Fuego lento, no incendios.

Franz Ferdinand – Franz Ferdinand (2004)
Franz Ferdinand tiene, el grupo y éste su primer disco homónimo, lo mejor de lo que la música británica puede dar hoy por hoy, en mi opinión: el descaro, el ritmo, la agresividad, la energía, la indolencia y la juvenil vanidad de sus canciones. Ninguno seremos abducidos por nada de lo que digan, salvo por el envoltorio rítmico, por la presencia, por la la facilidad para atraparte con un himno gamberro, por su forma de decirnos cómo hay que tocar la música cuando se es joven, cómo debe sonar la música cuando se es joven, como hay que cantar cuando se es joven y cómo hay que bailar la música cuando se es joven. Es ese deliberado hedonismo (in)trascendental el que convierte a los Franz Ferdinand en un acto de rebeldía contra el aburrimiento o su amenaza. Lo único que puedo decir de su primer disco es que me sigue gustando como el primer día, me divierte igual, me obliga a moverme igual. Las últimas veces que creo haberlo oído en un bar, en el Pulp, pusieron You’re So Lucky y, bueno, pasó lo mismo de siempre. Después ha venido un creciente desinterés. No comparto el fervor por su último Tonight With FF, aunque ese detalle me parece lo de menos. También el pinchazo de memoria que me recuerda que todos estos grupos del nuevo post-punk no pueden descalzar a The Fall, a los Clash, a Television. Y que donde esté Marquee Moon, igual tengo que derribar una década entera. Pero algo así sería excesivo.  Sentí no poder ver el paso de Franz Ferdinand por la ciudad, pero mientras pude ir a verlo no lo consideré una gran ocasión. Eso es para otros grupos; que puede que me diviertan menos, pero me emocionan más. En el fondo, Franz Ferdinand describe emociones empaquetadas que yo ya no compro. Aunque a ratos me apetezcan…

Heaven, Earth and Beyond – Lisa Ekdahl (2002)
Oí por primera vez a Lisa Ekdahl una tarde de verano, en una terraza en sombra cerca del puerto de Mahón. No sabía nada de ella. Aún hoy sigo sin saberlo. Lo que he averiguado, eso sí, es hasta qué punto una voz afectada de angelical delgadez puede absorbar el espacio y tomarlo al asalto como una valquiria. En el susurro de aquel atardecer, mientras zarpaba de la dársena un monumental rascacielos transatlántico, me fui abandonando en la música de este disco que no conocía, hasta que pregunté su nombre. Luego lo busqué. Lo compré. Y ocupó tantas horas que él solo se presentó ante mí hace pocos días, cuando comencé a imaginar el recuento de los álbumes que han compuesto el puzzle sonoro de estos años. Poco puedo contar. A Lisa Ekdahl hay que oírla. Es sueca, es rubia, es tan fina que parece a punto de quebrarse como un cristal si uno la mira demasiado. También al cantar. En su idioma ha cantado y canta pop muy sedoso, con un deje que nos hace pensar, seguro, en Russian Red. Frecuenta el jazz de caricia repetida, el silabeo gracioso, la etérea complicidad de voz y melodía. En Heaven, Earth and Beyond (dirección a la que te lleva el disco a poco que te abandones) Ekdahl desgrana canciones clásicas, versiones de otros, temas que uno juraría haber conocido o conocer. Los trae todos a su terreno y los rinde. Yo saqué la bandera blanca y entregué las armas, allí mismo en el puerto de Mahón. Sin condiciones. Y desde entonces siempre que veo un transatlántico pienso en Lisa Ekdahl.

Hurricane Bar – Mando Diao (2005)
Entiendo que dos suecos consecutivos significan una arriesgada redundancia, pero mejor juntarlos que jugar a la diseminación artificial y hacernos los despistados. Además, nadie diría que Mando Diao son suecos. Ni por el nombre ni por el acento. Ni el fonético ni el musical.  Ni por la forma ni por el fondo. Mando Diao son tipos de música directa, lo que en las tiendas de etiquetas dirían garaje-pop, que yo nunca he sabido muy bien cómo tomarme porque hay tantos sonidos reconocibles en su música que no caben en una plaza de garaje. Un día alguien sopló el enigmático nombre a mi oído: “Mando Diao…, escúchalos”. Y como era un periodo de indefinición, uno de esos pasajes en los que me tiro hacia los setenta en busca de impresiones perdidas, los escuché. Sin saber bien a qué me enfrentaba, temiendo a una banda de tribalistas. El nombre lo inventó uno de sus miembros en un sueño (tópica explicación de estrella del rock). Suena a cualquier cosa. Detrás, encontré este disco que empieza con Cut The Rope, un rasguño de inspiración Clash, y que luego usa perspectivas muy diversas para darle forma a una misma visión de la guitarra como instrumento de seducción.

Twelve – Patti Smith (2007)
Pocas cosas tan innecesarias como los discos de versiones. Pocos discos de versiones tan necesarios como este Twelve de Patti Smith, una sexagenaria a la que vimos en la Expo empeñada todavía en cambiar el mundo, tantos años después, tantos mundos más tarde. Patti Smith siempre ejerció el poder de la palabra entreverada con el gesto. Este álbum la ve en un potente recitado de temas clásicos que van de Jimmi Hendrix a Neil Young, Rolling Stones, Bob Dylan, Jefferson Airplane, Nirvana, The Doors, Paul Simon o Tears for Fears. Dicho así, suena de lo menos estimulante, esa es la verdad. Basta escuchar la relectura de morosa profundidad de Smells Like Teen Spirit, el hipnótico tema de Nirvana, para aceptar que la versión es un género que muy pocos deberían acometer. Patti, of course, estaría entre ellos.

Wonderland – The Charlatans (2001)
Manchester nunca fue wonderland para los charlatanes. Ellos estaban allí, pero tal vez un poco más tarde de lo que debieron, o un poco antes de lo que les tocaba. Aparecieron al mismo tiempo que los Stone Roses ascendían a la cima del mundo y en la habitación no cabían todos. Se estaban amontonando las generaciones de genios. Así que The Charlatans iniciaron un largo rodeo hasta el reconocimiento, trasiego nada dichoso que incluyó el encarcelamiento de uno de sus miembros y la muerte en un accidente de automóvil de otro. Tal insistencia en el infortunio hubiera desanimado a cualquiera, pero no a estos muchachos que en 2001, con Wonderland, confirmaron que la singularidad de su sonido, con raíz en una ciudad de hilo musical de oro y una evolución hacia la pista de baile y la contenida electrónica, tenía un espacio asignado de antemano. Cuando se acabó el baggy, ya no molaba la new wave, se desvanecieron en su gloria los Stone Roses y engordó de ego adicto Shaun Ryder, Manchester se despertó de su sueño. The Charlatans, como el dinosaurio de Monterroso, aún seguían ahí. Estos chicos no se extinguirían ni con una glaciación jurásica.

The Revolution Starts Now – Steve Earle (2oo4)
El señor Steve Earle ha visto cosas que vosotros no creeríais. Por eso le crece la barba de manera desaforada mientras el cogote queda a la intemperie. Steve Earle es eso que se dice la América silenciosa, que por otro lado jamás se calla. La América que cree en la revolución desde dentro, en el día a día. Steve Earle lleva desde los 16 años aferrado a una guitarra, cuando salió de su casa para no volver; entonces cantaba contra la guerra de Vietnam por pequeños bares en los que hacía gracia su sombría propuesta. Muchos años, un paso por la cárcel, cinco esposas y unas cuantas adicciones después, en este disco el autor del extraordinario El Corazón había alcanzado la calidad oracular de una conciencia colectiva. Observó que venían elecciones y proclamó el principio inaplazable de la Revolución, aquí y ahora. A continuación agarró a su mujer Alison Moorer por la cintura y a la guitarra por el mástil, empezó a disparar al aire y le salió un disco deliciosamente áspero.

Modern Times – Bob Dylan (2006)
La modernidad es un concepto muy poco dylaniano. De hecho, el concepto Dylan es un concepto radicalmente opuesto al concepto tiempo; los dos, por otro lado, son igual de subversivos, irrazonables y enigmáticos. Dylan ha fundido el tiempo y lo transporta en su mano como el mago que pasease una llama irrefutable en la yema de los dedos. Cualquiera sostendremos que su mejor producción corresponde a décadas tan lejanas que casi no queda nadie de entonces en pie, salvo él: El Hombre Dueño de los 60, como se auto definió en una entrevista en la revista Rolling Stone. “Te los regalo”, le dijo enseguida al periodista. Modern Times concluye una trilogía portentosa de Dylan en los años 2000: Love And Theft y Time Out of Mind eran los precedentes. Otra vez el tiempo; o el no tiempo. Dylan y no Dylan. Más allá del tiempo (éste o cualquiera), la maestría del maestro permanece intacta como las profundas arrugas de su cara.

Living With War – Neil Young (2006)
El último mohicano disparó aquí todas las balas que le quedaban en el cargador contra Doble Uve Bush. Un disco como éste es una manera mejor que cualquier otra de justificar la presidencia de Doble Uve o de lamentar que Obama no vaya a excitar la vena salvaje de los revolucionarios. La ventaja con los rockeros americanos (incluso los canadienses) es que son capaces de escribir un panfleto político sin una sola doblez, ni un disimulo, ni un atisbo de ahorro maniqueísta y, sin embargo, convertirlo en un álbum de música arrolladora. Neil Young en una de sus (muchas) mejores versiones. A la guerra hay que llevarse a Neil Young, porque es un tirador de élite: rara vez en 30 discos ha fallado el disparo. En éste, el 29º, hizo diana en el orto de Bush.





Canciones para una década infame (1)

4 01 2010

Canciones para una década reúne los 50 discos que más le han gustado al personal de Somniloquios, que soy yo y mis múltiples circunstancias. No pretende ser una clasificación académica, huye necesaria y modestamente de cualquier tentativa canónica y es ajena a otra vanidad que no sea el gusto personal y los placeres que tales o cuales discos hayan proporcionado en uno o muchos momentos a lo largo de estos años, que diremos infames para que nadie se confíe. De ese modo, se hace difícil establecer una clasificación al uso, porque a partir de los digamos quince primeros las preferencias se hacen borrosas. Innecesario. Sí están claros los que ocuparán los primeros puestos, y ahí habrá una jerarquización de atrás adelante. Lo haremos de diez en diez. Si no les satisface la nómina de artistas y trabajos, no se preocupen, los que vienen serán mejores, e incluso puede que sean peores. En todo caso, empezamos por desgranar este racimo, de Editors a Son Volt, algunos poetas urbanos y otros salvajes, guitarras enérgicas, canciones suaves para las horas pesarosas y lúcidos enloquecidos.


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The Back Room – Editors (2006)
Cualquier razonamiento que quiera imponer para explicar mi moderada devoción por Editors está condenado al fracaso. Cuando los conocí me parecieron engolados y algo vanidosos en las formas; más tarde, mi subconsciente trabajó a su favor.  Debe de ser la asociación, algo exagerada creo yo, con Joy Division o Echo and The Bunnymen. ¿No había mucho en los 80 de todo eso que podríamos afearles a Editors, en tantas músicas que estuvieron entre mis preferidas? A ratos Editors me suenan demodés, pero resulta fácil perdonarles que suenen a un tiempo ya pasado.

The Last Holy Writer – Trembling Blue Stars (2007)
En una década hay tiempo de sobra para los días negros y las noches blancas. Trembling Blue Stars, banda londinense con muy poco trazo londinense, ocuparon muchos espacios de un periodo sombrío, en el que uno precisaba canciones que le masajearan el espíritu con mucho cuidado, sin apretar más de la cuenta. Pop melancólico, vitalista a su manera, perfecto para mirar a través del cristal de un autobús en viaje o para pegar la nariz como un niño al cristal helado de las madrugadas.

Give Up – The Postal Service (2003)
Lo primero que me gustó de The Postal Service fue el nombre de sus dos héroes: Benjamin Gibbard y Jimmy Tamborello. Tomás Fernando Flores los nombraba en su programa Siglo XXI con mucha gracia, alargando la ‘a’ de Tamborello, lo que hacía el nombre aún más eufónico. Estos dos americanos hicieron su disco a distancia, intercambiando archivos sonoros y pruebas por el servicio postal y el correo electrónico. De ahí su nombre. De ahí su álbum, una fugaz delicia de indie electrónico pensado para el consumo doméstico más que para la pista de baile. No han vuelto a publicar ningún otro, ejemplo de contención que debería cundir más de lo que lo hace. Música tecnológica con un alma indudablemente orgánica. Porque los robots no sólo sueñan con ovejas eléctricas.

Abattoir Blues / The Lyre of Orpheus – Nick Cave and The Bad Seeds (2004)
La muy ponderada revista Pitchfork situó este denso álbum en el puesto 180º de los 200 mejores discos de la década 2000… Me parece que, proporcionalmente, coincidimos. Ni que decir tiene que los muchachos de Pitchfork (incluso las muchachas) saben de música mucho más que yo. Lo que no es tan seguro es que le tengan a Nick Cave y sus amigos barbudos la fe que les profeso yo. Pocas veces la dialéctica entre la brutalidad y la poesía -tensión permanente en Cave y los Seeds- ha encontrado un punto de equilibrio tan perfecto. Un disco con el que uno puede atravesar océanos de tiempo, como el Drácula de Stoker, y presentarse en el Juicio Final seguro de que estas canciones lo rescatarán de las noches más agónicas del Infierno y de la empalagosa repetición de los días soleados en el Paraíso.

Heliocentric – Paul Weller (2000)
Todas las flores se las llevan Stanley Road y su último 22 Dreams pero, si no fuera por la cubierta, una de las menos estimulantes que uno haya visto, éste sería el mejor disco de Paul Weller. Probablemente lo sea, aunque no podemos dejar de lamentar el sabor rodstewartesco de la fotografía, que anuncia al hombre maduro al que le gustan demasiado las guitarras, la ropa que ya no le pega con la edad y las mujeres con exceso de maquillaje. Fuera de eso, Heliocentric funciona en verdad como epicentro de lo mejor que ha dado Paul Weller a lo largo de su formidable carrera al frente de The Jam, The Style Council y su propio número; uno a veces escucha al fondo a la derecha a los Beatles en algunos pasajes, a un cierto McCartney de los setenta y, sobre todas las cosas, al excelente melodista que siempre ha sido el padrino del mod.

 

Lujo Ibérico – Mala Rodríguez (2000)
¿Qué dos cosas flotan en el agua? Los barcos y la mierda… Lo canta Mala Rodríguez. El rap/hip-hop está sustentado en estos pequeños descubrimientos cotidianos, de indudable potencia metafórica. El descubrimiento que me supuso María Mala Rodríguez es de un tamaño muy superior. Flow de dicción sevillana, de alcance incalculable, rimado de un modo muy personal, con el punto intermedio de seducción y chulería disuasoria que es obligado en el género. Si alguna vez sentí la tentación de ir a ver un concierto de rap, fue por culpa de Lujo Ibérico. Me sigue gustando escucharlo. Me sigue gustando la Mala. Uno de esos riesgos que a uno no le importa (no le importaría) correr aunque fuera por una vez en la vida.

Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not – Arctic Monkeys (2006)
Como hicieron este primer disco, a Arctic Monkeys les podemos perdonar que hayan hecho los demás.  Hasta donde yo escuché (creo que el segundo, no sé si hay otros pero sospecho que sí) las canciones eran tan intercambiables que resultaba imposible distinguir dónde acababa un disco y comenzaba otro. Tal vez se trate de eso. Tal vez no. El caso es que escuchar este disco sigue siendo igual de divertido que el primer día; como volver a salir por los bares sucios de hace 20 años y tirarnos las jarras de cerveza por encima de la cabeza. Pero debe de ser que ya no tenemos edad para tanta condescendencia…

Jarvis – Jarvis Cocker (2006)
No va a faltar quien defienda que el segundo disco de Jarvis Cocker es mejor que el primero. Bien… Estamos de acuerdo. Pero a mí también me gusta mucho éste. El primer álbum de Jarvis Cocker después de convertirse en una persona de edad, enamorarse de una francesa e irse a vivir a París. Es decir, después de Pulp. Rezumante de la ironía habitual en el flaco de las gafas de pasta, Jarvis nos devolvió a un clásico en reinvención. Conviene no ponerse demasiado serio para comentarlo: Jarvis es bueno, no hay más que decir.

Is This It – The Strokes (2001)
Channel 4 consideró este álbum en el número 89 de los 100 mejores álbumes de todos los tiempos; la Rolling Stone, para no ser menos, lo nominó en el puesto 367º de los 500 mejores discos de toda la historia, supongo que sin incluir las guerras napoleónicas; The Observer lo puso en el 48º de los 50 discos que cambiaron la música… Y hasta la cubierta fue destacada como una de las mejores de nuestra vida actual y las anteriores. Naturalmente tenía que estar en la subjetiva clasificación del hombre somniloquio, cómo no. Al contrario de lo que le sucede al propio grupo -según hemos comprobado en los sucesivos discos- el tiempo mejora este trabajo.

The Search – Son Volt (2007)
Es muy probable que usted no haya oído hablar jamás de Son Volt ni de Jay Farrar. Uno tardó mucho en hacerlo. Todo empezó con Wilco y la investigación de los orígenes: empezamos por Jeff Tweedy y retrocedimos hasta Uncle Tupello, la banda embrionaria. Bien, en Uncle Tupello estaba Jay Farrar, que era la otra mitad de Tweedy. Y de ahí, otra vez hacia delante, hasta Son Volt… The Search, el título, oculta una contradicción o tal vez el júbilo oculto en un juego de palabras: es el fin de la búsqueda; es decir, el hallazgo. Un estupendo disco que uno escucha sin cansancio y que rebasa la etiqueta del country alternativo que tan ajustada le quedaba a sus trabajos anteriores. Tiene un sabor de base a praderas abiertas, armónicas en la noche de hoguera, judías cocidas en la sartén y café al fuego… pero con un sustento mucho más sabroso. La honestidad, la aridez de la frontera, la rudeza mejorada de los sonidos. Letras de innegable contrición y una contenida luminosidad.