Infames En Una Década de Canciones (3)

13 01 2010

Los infames convocados de aquí hacia abajo componen un retablo de malditos, autores de culto, angustiados vitales y visionarios doloridos. Es decir, favoritos de este lugar de tristezas insomnes. Un decálogo de exhibicionismos sentimentales de todo pelaje, algunos más enfáticos que otros, otros menos sombríos que algunos. Para compensar este nubarrón, Wilco pone un rayito de luz, Lori Meyers aporta canciones brillantes, salimos en busca del horizonte de la mano de The War on Drugs, unos americanos muy poco narcóticos, y atendemos a Andrés Calamaro en su constante empeño de cantar la banda sonora de nuestras vidas. Y conseguirlo, que es peor.

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Black Market Music (2000) – Placebo
Si algo me ha enseñado la música es a revisar mi propia identidad. Uno nunca puede estar seguro de quién es, ni tampoco de cuáles son las condiciones que determinan que nunca termine de conectar con Black Sabbath, aunque lo intente, pero sí sea capaz de desarrollar un aprecio creciente por un grupo de glam reciclado como Placebo. El etiquetado constituye una trampa a revisar: no creo en los géneros, creo en las músicas. Brian Molko, el inconfundible líder y cantante de Placebo, tampoco cree en los géneros o eso afirma su deliberada androginia. Placebo maneja de forma estupenda los asuntos que tienen que ver con la imagen, y la imagen que define el negocio. Es una banda de tres, que perdió a su baterista original y ha fichado para su último disco a un trasunto histriónico de Truman Capote, dotado de una energía telúrica brutal para darle tralla a las cajas. El resultado ha sido Battle For the Sun, un disco para aficionados a Placebo. Este Black Market Music, sin embargo, es mucho más convincente. Junto a Sleeping With Ghosts, seguramente, su cumbre. Special K está entre mis canciones favoritas de la década. También Meds, del disco homónimo. Y su versión de Where is my mind?, de los Pixies… Como yo tampoco sé ya quién soy ni dónde tengo la cabeza, la estridente angustia vital de Placebo ha constituido una de mis aficiones principales de la década.

Caught in the Trees – Damien Jurado (2008)
Alguien escribió, muy bien por cierto: “Damien Jurado escribía como si fuera Raymond Carver; después pasó a convertirse en un personaje de Raymond Carver”. La comparación (la identificación, habría que decir) supone una constante a la hora de definir a Damien Jurado: para hablar de él se nombra a Carver, se nombra a Nick Drake, se nombra a Johnny Cash, se nombra a Elliott Smith… Uno sospecha que algo hay, porque los tres -más Damien Jurado- conforman un grupo de habituales en mis oídos. Caught in the Trees es un álbum que sale del cuerpo de Damien Jurado como un cuchillo que se arrancara. Te permite mirarlo, pero no te va a invitar a que lo claves en el tuyo. No hablamos de música sombría. Si acaso, tensa, como queda expuesto en Caskets. Pero Gillian Was a Horse, por ejemplo, es uno de esos temas que siempre produce alegría escuchar. La pose de Damien Jurado no es nada fatalista: lo comprobé cara a cara, en La Lata de Bombillas. En su puesta en escena no hay exhicionismo ni énfasis lastimeros. Es más, bromea sobre sí mismo con frecuencia. Tal actitud revela que, si hubiera algo, es la conciencia de la vulnerabilidad. Y nadie debe ser llevado a juicio por defender tal postura.

Wilco (The Album) – Wilco
En mi opinión, Wilco son la banda de la década. Por producción y por calidad. Arriesgo el juicio académico y también el personal, mucho más simple: desde luego, son el grupo de mi década. A tal punto que ya no estoy seguro de que Wilco me resulten objetivables. Cuando la duda me corroe, pongo sus primeros discos y me reconcilio con el sentido crítico. Entonces resuelvo: su evolución ha sido tan extraordinaria que ha mantenido en crecimiento mi interés. Incluido Wilco (The Album) que, evidentemente, es menor a los tres anteriores, pero no precisamente menor en comparación con muchos otros discos muy aclamados esta década. Wilco (The Album) viene a ser una autoafirmación de cómo el grupo ha reinventado su música, formación y conciencia grupal en sus dos últimos trabajos, hasta definir un sonido que está más allá o más aquí de las etiquetas con las que crecieron. Qué otra cosa puede significar el título homónimo al nombre del grupo, en un séptimo trabajo. Éste es un disco de fantásticas canciones muy vitales, que celebran la reconciliación con el otro y consigo mismo, una indisimulada confianza, un modo (aparentemente) sencillo de decir las cosas, sin estridencias, con sentimiento, sin palabrería, con concisión hermosa. Pero siempre con los arreglos instrumentales que distinguen a Wilco de la media y convierten sus canciones en un poliedro de armonías. Uno escucha sin esfuerzo la expresividad de todos y cada uno de los instrumentos. Hay pocos letristas como Jeff Tweedy; y no muchos músicos tan convicentemente reunidos en torno a una idea como los de Wilco. Bull Black Nova demuestra lo que su trayectoria ha definido: que pueden lanzar todas las convenciones por los aires en una canción para, en la siguiente, modelarlas en formas gentiles.

 Cronolanea – Lori Meyers (2009)
Lori Meyers fue el grupo que me reenganchó al producto nacional en un momento en el que yo andaba extraviado en ese campo, sin otras referencias que no fueran la larga trayectoria de Los Planetas y poco más. Entré por Viaje de Estudios, donde uno puede refrescarse las neuronas sin incurrir en gravedades existenciales y corear, llegado el caso, una frase útil para muchos momentos de la vida: “Si te vuelves a mirar / yo te partiré la cara. / Si me vuelves a encontrar / en un cruce de miradas…”. Dejé pasar (por equivocación, por olvido, por omisión, por despiste) el muy apreciable Hostal Pimodan, y cuando apareció Cronolanea pensé que era el momento de la prueba definitiva. Frente a otros muchos grupos con propuestas demasiado consabidas (no dijo malas, digo tal vez poco estimulantes para mí), Lori Meyers me dejó una impresión permanente desde los primeros acordes de Intromisión, la muy querible Luciérnagas y Mariposas, el Cúmulo de Propósitos, La Búsqueda del Rol y desde luego ese himno canalla llamado Alta Fidelidad. Las letras tienen un peso exacto, de indie bien medido; en directo, su flanco psicodélico y más guitarrero crece de manera considerable. Lo demostraron en Las Playas este verano último, cuando vadearon la distancia entre el escenario, el foso de agua y la arena con una aproximación enérgica que produjo fricción inmediata de los cuerpos. Granada vuelve a ser nuestra particular Liverpool.

Figure 8 – Elliott Smith (2000)
De entre todos los fatalismos reunidos en esta serie de la década, acaso Elliott Smith componga el más oscuro presagio. No tengo claro si lo incluyo por devoción, por homenaje, por lástima o por convicción. Lo hago, seguro, porque me emociona de un modo distintivo escuchar a Elliott Smith, cuya trayectoria constituyó la crónica episódica de una muerte anunciada. Anunciada por las canciones, pensaríamos, pero también y sobre todo por cualquiera de los muchos que pasaron a su lado antes del desenlace, que tuvo lugar una tarde como otra cualquiera, en su casa. Sólo leer su torpe biografía en cualquier site de internet me supone un extraño dolor cuando se aproxima el final: la hora en que hundió un cuchillo en su pecho tras una discusión con su novia, que se había encerrado en el baño. Son hechos asumidos por la leyenda, como la nota de disculpa que encharcó la sangrienta escena. Aun así, los investigadores no pudieron concluir legalmente que Elliott Smith se hubiera quitado la vida. En los años en los que recorrió un tortuoso camino hasta su condición de maldito de culto, dejó unos cuantos discos de desnuda hermosura. Puede que Figure 8 no sea el mejor de ellos, pero en mi necio imaginario representa la imposible tentativa de salvación que constituyeron sus últimos años, antes de la última recaída mortal. A Somniloquios le gustan las guitarras desnudas que se van ensuciando en un barro tal vez existencial. Y además, precisamente aquí no podríamos, ni en broma, olvidar a este muchacho que escribió: “I may talk in my sleep tonight / ‘cause I don’t know what I am”. Por eso lo hemos invitado a la celebración. Porque en este ruedo también hablamos en sueños y nos preguntamos. A veces, incluso llegamos a respondernos.

El Manifiesto Desastre – Nacho Vegas (2008)
Nacho Vegas ha sido un favorito de Somniloquios desde que vino al mundo (Somniloquios, no Nacho Vegas). La revelación ocurrió con El Hombre que Conoció a Michi Panero, y luego todo ha sido como andar en bicicleta, una cosa muy sencilla que no se olvida. Un incierto concierto por aquellos días hizo el resto. El infortunado Vegas ha escrito algunas de las mejores canciones que se han oído en español en esta década; sus letras bordean los abismos físicos y emocionales, pero puntean sobre el precipicio con la elegancia formal que le permite su precisión para el lenguaje. Nacho Vegas sabe escribir; sabe escribir muy bien. Quizás este mejor de la década debería estar repartido en mitades exactas entre Desaparezca Aquí, su elepé de 2005, y El Manifiesto Desastre. Si vale la figura geométrica, no acierto a decidirme cuál de los dos es más redondo: puede haber un nivel más alto ocasional en Desaparezca Aquí, pero el Manifiesto dibuja en cada canción el perfil de un hombre que ha cruzado unos cuantos laberintos personales y sale al exterior en estado de (mínimo o fugaz) cuarto creciente. Si le sumamos los anteriores Cajas de Música Difíciles de Parar y Actos Inexplicables; más, después o entre medias, El Tiempo de las Cerezas junto a Bunbury y Verano Fatal  de la mano, literal, de Christina Rosenvinge, queda sentado que la década de Nacho Vegas ha sido inmejorable. Sin perjuicio de su propia opinión al respecto, claro.

Origin of Symmetry – Muse (2001)
A Muse los tuve por una versión pálida de Radiohead hasta hace relativamente poco. Aquel prejuicio nació en los días en que Thom Yorke y los suyos se levantaban de la cama y les salía The Bends, Pablo Honey, OK Computer y tal… o sea que resultaba fácil despreciar la copia cuando el original había desatado su maestría onírica y desgraciada más allá de lo concebible. Luego me he permitido echar un ojo a Muse y en algún momento de los últimos tiempos este Origin of Symmetry me plantó raíces en los oídos. Y terminó por agradarme (o debería decir más) el desaforado agonismo de los muchachos, mientras me veía obligado a hacer un intermedio con los Radiohead de Amnesiac y Hail to the Thief. Siempre los voy a tener bajo sospecha, aunque escucho con placer Black Holes and Revelations y The Resistance. Así que han conseguido traspasar la barrera de la apetencia: cuando acudo a un disco de manera frecuente, es que se ha hecho importante para mi cerebro, que lo necesita como la química redondeada de cada mañana. Ya he dicho antes que, en cuestiones de música y puede que en cosas peores, no me conozco a mí mismo. Por si acaso la debilidad pudiese derivar hacia la patología, hace poco me compré The Eraser, el disco de Thom Yorke en solitario. Y, como soy así, no sería raro que apareciera en esta selección. Como decía el otro, a mí Thom Yorke me puede.

Wagonwheel Blues – The War on Drugs (2008)
A The War on Drugs les auguro un futuro radiante (qué sintagma, señor), si no se pierden en alguna de esas carreteras polvorientas de desierto que cruzan sus canciones. La lista de Somniloquios toma aquí un papel visionario. Los americanos saben cómo escribir road-music, y The War on Drugs lo hacen muy bien, con el tanto de suavidad necesario para compensar el aspecto recio de la tradición americana. Su cantante le debe mucho a Dylan: alarga las vocales y escribe en segunda persona del singular. A estas alturas, de todos modos, quién no le debe algo a Dylan… La asociación resulta muy evidente en Arms Like Boulders, pero luego el conjunto está destilado con mucha personalidad, para respetar valores comunes sin incurrir en la imitación ni el aburrimiento del dèjá vu. Si miramos entre las telas aparece también Bruce Springsteen, un tanto así de Wilco, otro de Neil Young, y de ahí para abajo todo lo que usted quiera nombrar. En realidad, este juego de referencias me resulta muy molesto. The War on Drugs no suenan como nadie; suenan a The War on Drugs. Así como suena el embrión (tienen sólo un EP, Barrel of Batteries, más este álbum) de una banda que, si se alimenta de manera conveniente y se toma un buen vaso de leche todas las noches antes de irse a la cama, pueden hacerse hombres de mucho provecho. Y, llegado ese día, pediremos nuestro tanto por ciento.

Imperfección – Havalina (2009)
He aquí una banda española que hace música cruda, poderosa, nada complaciente. Manuel Cabezalí tiene, a la vista y que sepamos, un lado Jeckyll (su papel como guitarra en la banda habitual de la sedosa Russian Red) y este Hyde que se llama Havalina, donde la seda es alambre o, mejor, el tenso material de la cuerda de la guitarra. Porque la guitarra de Havalina es una cosa seria de verdad. Estos chicos no aparecerán en ninguna lista salvo en aquéllas arbitrarias como la que está usted leyendo. Hay dos grupos (que uno conozca, porque habrá muchos más) que no suenan en absoluto españoles: uno es Catpeople; el otro, Havalina. Imperfección tiene la forma de un potente remolino, en el que los instrumentos conspiran a zarpazos y las letras suenan a dentelladas, con urgencia ansiosa, con tensión violenta:  “Quiero desnudarte y devorarte una y otra vez. / Quiero destrozarte y hacerte daño sin querer”. En este disco, el amor está dicho de una forma tremendista; y si uno pregunta si en lugar de amor no querrán decir sexo. Si fuera así, tanto mejor. Cuando uno oye a estos tres chicos (son tres, suenan como seis) dan ganas de arrancar la ropa interior de tu rival a mordiscos.

La Lengua Popular – Andrés Calamaro (2007)
La Lengua Popular es Calamaro en estado puro; pero en la versión pura de la nitidez sensorial, armónica, musical, escritora. El Calamaro grande. Porque podríamos decir que El Salmón también es Calamaro en estado puro, pero ahí asoma el Calamaro desaforado, un Calamaro que se quiere sacar siete puñales del corazón de una sola vez, sin atender a las heridas propias ni a las ajenas. Calamaro regresó del infierno disco a disco, como si en cada uno fuera descontando uno de los pisos del averno de Dante hasta la luz definitiva: El Cantante, Tinta Roja, El Regreso, El Palacio de las Flores y, por fin, La Lengua Popular. Y ahí pudimos proclamar (gritarlo, de hecho), que Andrés había vuelto, entero y cierto, festejando la amistad en un himno ebrio de sentimiento como Los Chicos; sexy y barrigón como el rocanrol; enamorado y sensual, escribiendo con una potencia de seducción arrebatadoramente carnal: “Me gusta derramarme arriba tuyo / me gusta tanto ensuciarte / Besar tu flor inmediata / Besarte atrás y adelante”. Exquisito en Carnaval de Brasil. Soberbio en el conjunto. Lo peor de La Lengua Popular es que, como en su día Honestidad Brutal, no puedo escucharlo sin vestirme antes con armadura; porque me duele demasiado. Porque, como diría el mismo Calamaro, como dijo en su día, el mío es un corazón en carne viva. Y una conciencia negra; y una memoria blanda.

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11 responses

13 01 2010
Fedra

tienes una visión para los más competentes ,las producciones más elaboradas,los nombres más en boga.Echaría en falta a Tom Waits aunque admito su dificultad.Y comparto tu debilidad por Wilco,un grupo que,en este su último disco,controla milimétricamente lo que toca.

14 01 2010
ornat

Fedra, la invito a usted a un Bloody Mary… Demasiada amabilidad.
Gracias

13 01 2010
millertime

A mi Muse me parece de lo mejor que hay en la actualidad, uno de los grupos que quiero ver en directo sin mucho tardar. Lory Meyers no me emociona, a mi me van más los Sundays Drivers… no se por qué siempre los comparo. A Nacho Vegas le tango algo de manía, auto-proclamarse como el mejor y además serlo, o casi, me hace tomar cierta distancia (son defectos de crecer en un mundo políticamente correcto). Sobre Calamaro qué decir, es la banda sonora de mis primeros años de universidad.

Yo… me bajo aquí.

P.D.: me voy con Dominique A a ver a qué suena, a parte de a francés.

14 01 2010
ornat

Qué cosas… tú asocias a Lori Meyers con los Drivers, por oposición, y yo pensaba precisamente en los Sunday Drivers cuando escribí eso de propuestas que me estimulan poco. Los vi en el FIZ y me gustaron muy moderadamente. Me ocurre con ellos (ojo, no los tengo muy pillados, eh… así que todo esto hay que ponerlo en cuarentena) como me sucedió siempre con Teenage Fan Club, que ese pop tan pop, tan meloso, tan de medio tiempo, no acababa de agarrarme. Igual, les reconozco gusto y maneras. Pero querría verlos cantar en español…
Nacho es grande. A Dominique A Dominque A Dominique A lo hubiera querido ir a ver, pero no pude. Tengo algún disco suyo que he escuchado con cierto placer y sin gran entusiasmo. Ya me contarás.

14 01 2010
millertime

Resumen del concierto de Dominique A: en la penúltima canción el cantante va y dice “ahora se puede bailar”… y no le faltaba razón porque se pasaron todo el concierto sin dejar moverse al público. Cuando la canción parecía que subía en ritmo y decibelios y veías unas cuantas cabezas que se movían, los instrumentos paraban bruscamente. No estuvo mal, no esperaba la juerga padre, pero cuando un grupo con capacidad de hacer mover a la gente no lo hace… algo falla. Demasiado pensada su música, ninguna improvisación. Pop para gente que dice ser intelectual.

Con todo, en líneas generales, no estuvo mal. Pero preferiré ver a Sidonie.

Yo… me bajo aquí.

14 01 2010
cris

Es toda una selección!! Y me faltan oidos… digo tiempo para disfrutarlos todos!!
Perfecto, cada uno en su momento
me han hablado muy bien de the new raemon y viene mañana… yo no puedo ir, pero igual tu te animas…

14 01 2010
ornat

Yo los jueves noche soy hombre del rugby, ya lo sabes: ni jamón ni raemon… El sábado, por cierto, tocan Sidonie creo que en el Oasis. Pero tengo un compromiso que me impedirá estar. Es un grupo con el que me desencuentro también con frecuencia.

14 01 2010
Jeremy North

Comparto lo de Wilco, aunque a mí me gustan más “Yanquee Hotel Foxtrot” o “A Ghost in Born”, pero cualquiera de sus discos de esta década (o de la anterior), merece estar en cualquier selección.

También estoy contigo con el de Calamaro: es su vuelta al Calamaro de “Honestidad Brutal” (su mejor disco para mí) y “El salmón”. Aunque “El cantante” me parece un disco muy bueno, con la mejor canción de la carrera de Calamaro “Estadio Azteca”.

No puedo soportar a Placebo y Muse, lo siento: me parecen copias de copias. Nunca he entendido el éxito de Muse, pero tampoco el de Coldplay…

14 01 2010
ornat

Naturalmente que YHF o A Ghost o Sky Blue Sky están por encima de este disco de Wilco. Y por encima van a estar: porque adelanto que los cuatro están entre mis mejores discos de estos diez años. Y al menos un par de ellos entre los 10 mejores, que están por aparecer aquí. Digamos que las tres entregas hasta ahora son intercambiables: no sería capaz de decir si entre estos 30 reseñados hsta ahora uno merece estar más arriba que otros. Algunos los tengo muy claro, desde luego, porque son preferencias personales, pero va un poco en desorden. En los últimos 20, sin embargo, trato de ser algo más preciso. Y sí, en esos 20 habrá más discos de Wilco. No podría ser de otro modo: ésta es mi lista personal, no la de una revista de entendidos.
Respecto a Placebo y Muse, pues sí… ya he dicho que a mí mismo me espantaban y no sé bien cuál es el proceso que me ha llevado a terminar escuchándolos. Pero, en general, siempre que eso ocurre termino por alegrarme, porque quiero suponer que he ensanchado mis oídos. Son copias, eso es verdad. Pero casi todo hoy por hoy son copias, retazos o influencias mal disimuladas y peor asimiladas.

18 01 2010
davicius

Mario, completamente coincidente en muchas de las cosas que reseñas, aunque reconozco que algunas (bastantes) nos las conocía….. El hecho de que las hayas puesto es un buen motivo para hacerse con ellas.
Wilco es (para mi), lo mejor de lo mejor que ha aparecido en esta última década, sin duda además, y quien diga lo contrario, se equivoca 😉
Por añadir algo, yo habría incluido a Interpol…. Últimamente son increiblemente persistentes en el Ipod..
Y al Zaragoza, ni mentarlos ¿no?

18 01 2010
ornat

He oído a Interpol, pero no me ha causado (hasta ahora) tanta impresión como para incluirlos. De los tres discos prefiero el primero (Bring On The Lights, creo que es el nombre); Antics tiene cosas que me gustan y Our Love To Admire, menos. Van en regresión en mis oídos, pero están ahí.
Para mí, Wilco están en otra dimensión. Hace mucho. Ya no hace falta que lo diga: son mi banda preferida hoy por hoy, a mucha distancia de los siguientes y en competencia directa con los clásicos de toda mi vida.
¿El Zaragoza? Sigamos hablando de música…

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