Dennis Hopper (1936-2010)

31 05 2010

Dorothy Vallens: Mummy loves you…

(Isabella Rossellini calma con un chupete de terciopelo azul la infantil ansiedad del temible Frank Booth, un Dennis Hopper dominador de la abigarrada lírica del terror imaginada por David Lynch en Blue Velvet).





Cocaína para las contracturas

31 05 2010

Jeff Tweedy, flanqueado por Wilco y con Alfredito, el camello, al fondo.

Parece ser que el camello vestido de fiesta que preside la portada de Wilco (The Album) se llama Alfred. Allí estaba el viernes, sobre el escenario, una pequeña réplica de Alfred a los pies del teclado de Mikael Jorgensen, cuando Wilco atacaron el que ya ha quedado como su band-theme, Wilco (The Song), para echar a rodar la tercera de sus apariciones en el Primavera Sound y el cuarto recital que yo les veo desde la epifánica explosión que viví, creo que en 2005, en la sala Oasis. Todos me han parecido memorables de un modo u otro, como ya he dicho alguna vez. Vistos en perspectiva, éste me ha dejado un impacto comparable al de aquella primera experiencia. Lo voy a decir de manera que no quede duda al respecto: los vi rotundamente perfectos. Desbordantes de energía y hasta de rabia, sonaron tan bien como siempre y elevaron el diapasón de la intensidad a cotas espectaculares. El baterista Glenn Kotche (uno de los ocultos fenómenos de esta banda) volvió a dar un recital y acabó, bañado en sudor, subido en lo alto de su taburete sobre la batería. Y todo hecho con la precisa suavidad instrumental con las que Wilco hacen todo. El cronista de El País escribió: “Es oficial. No se puede sonar mejor que Wilco”. Siempre me pareció la característica que mejor describe a este grupo, al margen de estilos, referentes, escritura o lírica de las canciones. Y mucho más allá del inexplicable proceso de identificación que se produce entre alguien que hace música y quienes la escuchan. Los gustos tal vez no sean objetivables; la armonización de una banda en directo, la ejecución técnica, la sonoridad, el manejo de los registros, aun el virtuosismo sí lo son. O deberían. Wilco suena como muy poca gente puede hacerlo. 

El delicadísimo principio del concierto del año pasado en el Auditori no cabía aquí, porque esta vez habían de tomar una profunda explanada rampante. El asalto precisaba carros de combate, una división acorazada de temas, y desde luego la guitarra de Nels Cline, arma de potencia abrasiva. Pero la guitarra de Nels Cline no atendió la orden de fuego y durante las dos primeras canciones asistimos a la tensión desatada del músico que, desesperado por las dificultades para hacerla sonar, levantaba el instrumento por encima de la cabeza y parecía a punto de estrellarlo contra el suelo hasta que apenas quedaran astillas. Jeff Tweedy dirigió a la infantería en I Am Trying To Break Your Heart, y mantuvo la calma mientras aguardaba refuerzos. En la intro del tercer tema (nada menos que el muy emotivo Jesus, etc.) anunció: “I think we’re back”. Y Nels Cline pasó a convertirse en la trituradora habitual, con toda la banda a su alrededor, a su espalda, delante y en marcha. En la presentación de Wilco (The Album) el año último lo habíamos visto contenido, en un papel menos arrollador, en consonancia con el delicado repertorio ideado para una gira en salas de teatro. Este viernes, sin embargo, el escenario lo reclamaba. El desgraciado episodio inicial conspiró a favor de su virtuosa brutalidad: nunca vi de cerca un éxtasis tan sostenido. 

Kim Deal, al frente, Joey Santiago, Frank Black y el baterista David Lovering... Los Pixies, cada uno mirando a un lado como si no se conocieran de nada. La película 'QuietLoudQuiet' insiste en esa idea.

 Y así se rindió la colina de la hamburguesa, la misma que un rato más tarde conquistarían a tierra quemada los Pixies para convertirse, creo, en la banda con la actuación más multitudinaria de todo el fin de semana. El poderoso influjo de los Pixies se mantiene inalterable, a pesar de que continúan instalados en la cómoda revisitación de su viejo catálogo. Sus conciertos son conciertos de grandes éxitos, a la manera de los Rolling pero en el universo alternativo y con una puesta en escena, claro, mucho menos apabullante. El de Wilco lo vi literalmente a los pies de Nels Cline; para el de los Pixies me subí al fondo de la explanada y escuché temas memorables como los escucho en sus discos. Con la misma relajada distancia. Son los Pixies. Y sus canciones… Si usted tiene curiosidad por saber qué interpretaron, digamos que interpretaron todo lo que uno espera. ¿Monkey Gone to Heaven? La tocaron. Caribou… la tocaron y cantó Kim Deal. ¿Velouria? Desde luego, cómo no. ¿Cecilia Ann? Abrió la noche. Gouge Away, Bone Machine, Gigantic, Where Is My Mind. Todas, faltaba más. ¿Debaser? Sería como preguntar si los Stones tocaron Satisfaction… Hasta la bailoteamos. Hay que insistir en la idea: son los Pixies. Tres calvos y una madre disfuncional de película indie americana, sí, pero los Pixies. Si uno jamás los ha visto antes en directo, la experiencia incorpora el agregado de ocasión para el recuerdo, porque hablamos de una de las bandas más poderosas e influyentes de los últimos veinte años. Frank Black sonó agresivo y no hubo complacencia dentro de los límites establecidos. Muchos festival-goers y algunos cronistas incurren en el (comprensible) juicio de orden moral:  vivir aún de las mismas canciones, yendo de festival en festival, se parece  bastante a una escenificación avanzada de toma el dinero y corre. Por lo demás, el concierto no se juzga. Todo en él es previsible (o casi), pero son los Pixies. O casi. 

De vuelta de su concierto, alguien me tomó por Alfred, el camello de Wilco. Fue un muchacho que me interpeló con una frase de intención tranquilizadora: “No te emociones, no te conozco”, me dijo antes de rodearme el hombro con un brazo para decirme: “Tío, no tendrás algo de farlopa para pasarme…”. Le dije: “Chico, tienes una vista de lince: lo más lisérgico que me he metido yo en mi vida ha sido un vasito de bourbon para acompañar la cerveza”. Venían de Valencia. Su explicación me enterneció: “He traído a unos amigos al Primavera y los tengo a los pobres que hay que levantarlos como sea… Yo no hubiera venido, tengo una contractura horrible en la espalda, así que unos tiritos me vendrían de coña”. Y después de hacerle una gestión que no viene al caso y que, por supuesto, no salió adelante, me largué pensando en que sí, joder, claro que sí: para las contracturas en la espalda no debe haber mejor remedio que la cocaína. No sé si decírselo a mi pobre madre, mira… 

[Nota: Éste fue el set-list de Wilco: 1 Wilco (The Song), 2 I Am Trying To Break Your Heart, 3 Jesus, etc. 4 Bull Black Nova, 5 You Are My Face, 6 One Wing, 7 Shot In The Arm, 8 Country Disappeared*, 9 Handshake Drugs, 10 Impossible Germany, 10 Via Chicago, 11 I’ll Fight, 12 Misunderstood, 13 Hate It Here, 14 Heavy Metal Drummer, 15 The Late Greats, 16 I’m The Man Who Loves You, 17 Kickin’ Television]. 

*Gracias y saludos a los chicos, la futura mamá y el bebé ‘Wilco’ en gestación junto a los que vimos el concierto. Finalizada la actuación uno de ellos fue capaz de recordar el título de ‘Country Disappeared’, que yo no lograba traer a la memoria, con apenas dos pistas: que era del último disco y que había sonado entre ‘Shot In The Arm’ y ‘Handshake Drugs’.





Sonidos de primavera (1)

30 05 2010

Cosas que sonaron, que vi o a las que no pude atender, que gané o bien me perdí. En el fórum universal de las guitarras y las voces, la primavera reventó en mil significaciones distintas, que iremos extrayendo de la memoria en puro desorden crono-ilógico. Lo conocido, lo verdadero, lo falso, lo ignorado, las imposturas, la revelación. Los ruidos florecientes de la primavera.


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Miradas ácidas: Elvis vs. Holly Golightly

30 05 2010

Holly Golightly y su mentiroso rodete, vestida de rutilante melancolía con sus Ray Ban Wayfarer en 'Desayuno con diamantes'.

 En las madrugadas estroboscópicas del Primavera Sound el pueblo viste moonglasses, anteojos lunares que operan como cortina de seguridad contra la deliberada acidez de las miradas. No es extraño a partir de las tres de la mañana caer atravesado por el relámpago de una retina lisérgica en cualquiera de los escenarios, así que la mayoría toma medidas profilácticas. En uno de esos afilados instantes en que los cuerpos gravitan alrededor del ritmo de un combinado de deejays, constaté que la invasión de las Ray Ban Wayfarer ha tomado dimensiones cósmicas. La crítica proclama estos días en su revisiones del festival el filo noventacentista del Primavera Sound, pero si hay un triunfo definitivo pertenece al viejo modelo sesentón de lupa de pasta negra, la que vestía Holly Golightly en sus embriagados desayunos contra las lunas de Tiffany’s; las del Risky Business del joven Tom Cruise; tal vez las del niño camp con voz de macho, Rick Astley, variedad que por cierto uno puede atisbar con enorme frecuencia entre los asistentes a la explanada post-nuclear del Parc del Fòrum. 

Observo que las Ray-Ban Wayfarer, por lo que parece, son relanzadas por la marca en una secuencia que se renueva más o menos cada treinta años: su victoria original tuvo lugar en los 50/60; algunos las conocimos en los 80; vuela 2010 y ahí vuelven, en un brote repetido en mil colores, listas para provocar en tropel la obligatoria abdicación de las Ray Ban de pera, que habían dominado los últimos años. La naturaleza estratégica de estas restauraciones obliga a cuestionar la naturaleza individual de los gustos y las modas; y ayuda a entender el derribo punk que vivieron los setenta. En cierto momento uno quiso en verdad cerrarse un candado alrededor del cuello y tachonar alguna chupa de cuero o ponerse las camisetas más desastradas que imaginemos. El cantante de Trigger, dueño de una voz en forma de hermosa bóveda de piedra se tomaba en algunos momentos del micrófono con los pies alejados hacia atrás y el torso inclinado adelante, muy a la manera de Johnny Rotten. Su perspectiva del rock me pareció agradable. Después

The Slits, con su formación actual: Audrey Hepburn tendría un difícil encaje en este grupo.

de verlos tocar mirando al mar de fondo, apostamos por el excesivo girl-powre de las  Slits, otra de las banderas que el viejo no future ha plantado en el porvenir, que aún encarnan Ari Up (con sus rastas tan largas que puede revolearlas sobre su cabeza como un cow-boy a punto de tirar el lazo a una vaca), y Tessa Pollit, más una nueva formación que viene o no al caso, según gustos. The Slits -literal y explícitamente, Las Rajitas- practican ahora el bombazo nihilista multicolor, tan adorable, y algunas inmersiones en ritmos jamaicanos que explican la camisetita y los shorts con los colores del país caribeño que viste (apenas) su líder. Vistas en conjunto, no cabe duda de que los creadores de Little Britain tomaron prestados de sus componentes algunos excesos indumentarios, para retratar a los caracteres más disfuncionales de la serie.

Elvis y su mirada de bala plateada.

 Pero hasta el derribo de una tendencia deriva en tendencia. Ahora las más cool de entre la inmarchitable gama de colores de las Wayfarer son las de carey, advierten los avanzados de la cosa. Añadiremos en esta nota costumbrista que en el universo alternativo pega ya muy fuerte la Ray Ban Wayfarer con cristal graduado. Si me descuido tendré que sacar de algún cajón ignorado las redonditas tipo Lennon con las que yo entré, dioptría y media por delante, en los noventa londinenses. Pero contra las Wayfarer, uno venía preparado. No con la lupa Lennon, no. Porque cualquier gadget no combate la delicadeza de Holly Golightly… Así que me vi obligado a tomar medidas extremas. Me inspiré en un muchacho que, en sus días de universidad, tenía colgados de una escarpia en el salón unos vaqueros en avanzado estado de descomposición textil. Llegado el viernes por la noche, arriaba los jeans en un ritual que sus compañeros de piso observaban con creciente placer. Eran los vaqueros de salir, con todo lo que eso significa. Un símbolo referencial en el muro estucado. Se los ponía, disfrutando las promesas que convocaban el simple hecho de embutirse en ellos, y atacaba la noche a bayoneta calada. Pasado el domingo por la tarde, cuando ya no quedaba ningún ejército interior por rendir, los izaba de nuevo a la escarpia por la trabilla, y allí quedaban, blandamente vacíos, hasta el fin de semana siguiente. En cierto modo yo hago algo parecido. Un estante principal de casa lo preside el modelo plateado de gafa Elvis. Consciente del peso de los detalles en un caso como éste, para venir a Barcelona las retiré con cuidado, enfundadas en terciopelo y con cierre seguro, y las metí en la bolsa. Porque siempre me parecieron imbatibles, constituyen el signo de mi invincibilidad. Y así ocurrió… A la hora en que florecieron los occuli in vitro y las miradas cítricas, busqué a ciegas en el hatillo, abrillanté un momento los cristales y me encajé la máscara de ámbar y plata que el Rey hizo célebre en sus incomensurables días in Vegas. 

Así me enfrenté a la rebelión gafapasta y la consumí, con un trayazo metálico y estridente. Cuando me las puse veíamos a la banda llamada Mujeres que, como no podía ser de otro modo, está conformada sólo por hombres. Cuatro gamberros que pisan todos los territorios del rock’n’roll americano de siempre, ahora y después, con gracia, salero y energía eléctrica, subidos en unas guitarras voladoras como escobas de bruja, con las que barren el hastío o el sueño. Montados en sus mástiles, cruzaron la noche de lado a lado sin detenerse en ningún semáforo. A esa hora, los hubiéramos seguido a donde nos llevaran…





Música subtitulada

28 05 2010

Mark E. Smith, líder único (e irrepetible) de The Fall: el post-punk británico pervive en el gastado aspecto de este músico provocador e ingobernable.

En el Parc del Fòrum quedaron expuestas las Edades del Hombre: de Mark E. Smith (frontman de The Fall, working-class hero del post-punk, género de voces mascullantes que uno sólo puede imaginar británico, rezumante en lugares como Salford) a Stephen Malkmus (alumno de la Universidad de California Los Angeles, que tiene en el acento y en su porte un corte UCLA que empapa a su grupo de siempre, Pavement). Y, aún más abajo en la escala temporal, casi en las fronteras con la adolescencia, los muchachos virtuosos del oscuro que son The XX, esos chicos del coro sombrío que mezclan la languidez y el terciopelo azul marino, los recovecos de una música que subyuga o no importa, según lo que uno sea capaz de envolverse en el manto de la propuesta.

Durante el concierto de The XX una llovizna morosa procuró al juego de texturas lumínicas del joven grupo británico una escenografía muy adecuada, como de bosque neblinoso en el intercambio de voces de sus dos vocalistas, femenino y masculino: Romy Madley Croft y Oliver Sim. Los dos parecen salidos de una película indie americana, de jóvenes desinteresados por otra cosa que no sean las posibilidades poéticas de la no existencia. Sin embargo, parecen tranquilos y conformes, aunque deliberadamente ausentes. A mí me dejaron algo indiferente, pero tal vez fuera porque yo estoy en un instante de música muy orgánica, en la que prefiero la bestial versificación rítmica del salvaje baterista de The Fall a la seda cimbreante de un sintetizador. No sé si este prejuicio tiene demasiado sentido, pero ocurre así. Cualquier día lo reviso. Pero sólo en la intro de The Fall, con ese hombre aporreando los tambores mientras aparecen el resto de miembros de la actual formación de la banda, con el bombo en rabiosa huida adelante, como un latido brutal que se te mete dentro, sólo esos breves minutos me ponen mucho más en mi sitio. Y luego, claro, está Mark E. Smith. ¿Pueden Oliver y Romy significar lo mismo que Malkmus y Mark E. Smith? Pueden… tal vez en nuestra proxima vida.

The XX son los chicos del coro gótico-electrónico que empaparon el Primavera Sound de su lánguida lluvia oscura.

Por lo demás, evitaré las consideraciones musicales más allá de lo descriptivo o lo meramente personal. Para eso ya están los sabios de la cosa. Prometo que me levantaron el ánimo Superchunk (sólo con ese nombre…) y que, si no fuera porque se venían Pavement y la Gran Bretaña entera a la una de la mañana y hubo que correr para arrodillarse como en La Meca, me hubiera quedado entreverado en las alucinaciones sónicas de Big Pink y a estas horas seguiría subido en algún andamio y habrían de venir a bajarme los bomberos como a los gatos de los árboles. Lo mismo con Delorean, cuando la hora ya frisaba los límites de la mañana. Uno considera madrugada hasta las cuatro. A partir de ahí ya clarea y cantan los pajaritos. Delorean derramaron luz y color para iluminar la noche de gafas de sol contra los excesos de la luna y estimulantes químicos que siempre me hacen pensar en Hunter S. Thompson, su sombrero Panamá y las gafas grandotas en Las Vegas.

No alcancé a ver a The Wave Pictures o a Broken Social Scene, entre otros intereses, pero aquí al menos uno necesita ser uno y trino para atender a todo. La disociación auditiva, la telematía y el transporte de la materia aún son cuentas pendientes de los festivales como el Primavera Sound. Para empezar pegamos la oreja a The Fall, que es como calentar corriendo los cien metros lisos. Es decir, que te lo juegas todo porque más fuerte no se puede empezar. Para no decepcionar a nadie (si es que eso les importase, que no), The Fall hicieron lo de siempre con la misma gracia torcida de siempre. Salió Mr. Smith con los pómulos descolgados y su rostro asimétrico que parece zozobrar o inclinarse a los lados, una levita de cuero y su mujercita dando gritos con mucho compás en los teclados. Uno diría que Smith llegaba de jugar la partida con dos o tres anises y ganas de tocarle el culo a las camareras. Pero la música es asunto serio y de apariencias confusas. Mordiendo las letras, The Fall arrancó con Your Future, Our Clutter, tema que da nombre a su último elepé, y de ahí en adelante todo fue metálico, pesado, industrioso y electrónicamente metalúrgico, como un terminator hecho ópera.

Ficha policial de los chicos de Pavement, sospechosos de alimentar la idolatría con temas 'himnóticos' y un regreso saludado por el clamor pegajoso de sus incondicionales.

Pavement jugaban en casa porque la idolatría los rodea. En medio de la proclamación de uno de sus himnos, un muchacho a mi lado gritó: “¡¡¡Que la subtitulen!!!”. Como queriendo decir: nadie puede extraviar ni un solo gramo del significado y la esencia últimas de esta canción. Me pareció muy buena idea: música subtitulada. Y no hablamos de poner las letras en un printer impresionadas en la pantalla, para que la gente pueda saber lo que dice el cantante. No, eso son los karaokes… Hablamos de subtitular la música. De traducir en palabras el vuelo invisible de las melodías, los ritmos, el tiempo de los compases, el enredo de notas y guitarras, lo que quiso expresar al fondo del tema su compositor, lo que comunica, lo que no dice, lo que está suspendido, lo que no se podrá aprehender jamás y sin embargo cualquiera entiende. De explicar por qué la música y cómo la música. Qué hace. Cómo lo hace. Por qué estamos aquí, para qué, dónde y hasta dónde. Que subtitulen la música, si alguien puede. Mientras esperamos, volveremos de nuevo esta noche al laberinto del minotauro, esta casa de Asterión que es el Primavera, donde las preguntas vuelven sobre sus respuestas. Donde exponen a hombres sin tiempo (Jeff Tweedy, Marc Almond, Black Francis) para contemplación y maravilla de las masas. Donde nada es tan serio como tal vez parezca por estas líneas…





Primavera sónica

27 05 2010

Sepa el pueblo, si le importa, que Somniloquios se va de vacaciones al Primavera Sound, un lugar donde la asamblea de majaras se ha reunido y ha decidido que mañana hará sol y buen tiempo, porque vuelven Wilco y va a ser la cuarta vez que vea a esos muchachos a los que paso el tiempo siguiéndoles la pista, para caer donde caigan ellos. En el laberinto de horarios y escenarios tengo subrayados para esta noche a gente como Broken Social Scene, Mission of Burma (más punk redivivo), Pavement, The Wave Pictures, los lampiños The XX y… THE FALL. Venga otra ración de proto-punk en vena… Y mañana, entre otras muchas cosas como decía, Wilco (ahora que hace un año de su último concierto en Barcelona, aquella delicada noche en el Auditori) y nada menos que los Pixies: otro renacimiento de dimensión legendaria: comprobaremos cuánto se estropean los cuerpos y las cabezas, y el efecto que eso tenga en la oscura rabia de la música. Aún con la película QuietLoudQuiet, que retrataba su vuelta a los escenarios, muy fresca. Y comprobaremos cómo se llevan Black Francis y Kim Deal, pareja que en los días de Doolittle y Surfer Rosa o Bossanova terminaron por hablarse más en los conciertos que en la vida real. “No es que no nos gustemos”, matiza escéptico Black Francis en un instante de la película-documental aludida. “Es que somos ese tipo de personas. Como subraya Kelly, la hermana de Kim Deal, “las cuatro personas que peor se comunican entre sí de la historia”.

Así que, primavera sónica. Epi y Blas (aquí José Luis Cabeza Mandarina y Cejakas) ya estuvieron y lo cuentan…

Y se ve que Cejakas pasó una mala noche:

Pues eso, que ya llamaré con lo que sea.





Hey, Ho, Let’s Go! Redux* (Yo le di la mano a Marky Ramone)

21 05 2010


Considerando que una vez almorcé con Samaranch, que otra estuve en el despacho de Florentino Pérez (“comería con vosotros, chicos, pero me ha llamado Patricia Botín…”, dijo) y que no me he cruzado nunca con los Beatles (aunque esperé paciente a Paul McCartney un buen rato a la puerta de las oficinas de la MPL en Londres), digo yo que haberle estrechado la mano la otra noche a Marky Ramone bien puede haber sido uno de los momentos cumbre de mi existencia. Lo pongo ahí al lado de la velada en la que Ronnie Wood se tomó tres o cuatro vodkas de trago con nosotros en una mesa de El Churrasco, el día que crucé una mano fugaz con Mike Tyson en el Hotel Aladdin de Las Vegas (donde, por cierto, se casó Elvis con Priscilla) o esa otra en que Perico Fernández me explicó con creciente ansiedad en qué punto exacto del mentón hay que pegar el puñetazo para derribar a un hombre o a un caballo; y, por supuesto, las tardes en que les di dos besos a Pilar López de Ayala y Christina Rosenvinge. Tardes distintas y besos muy de al pasar y de compromiso, eh, hay que decirlo porque son damas… Ellas me olvidaron antes incluso del segundo mua y yo nunca ya he superado el rubor. Pero salió Marky, decía, no precisamente una belleza aérea la suya, cruzando la sudorosa Sala Devizio; y yo, que soy un cazarecompensas de primer orden para ocasiones así, animado por los botellines, salté a su lado, rebasé la cerrada vigilancia de los dos muchachos que lo flanqueaban y colé una mano a la altura de su derecha: la que le arrea unos baquetazos severos a la campana del crash y picotea veloz como un colibrí el charles en el enloquecido un-y-dos-y-tres-y-cua sobre el que se levantan los temas de los Ramones. Marky tomó la mía y ahí le solté esa frase que tengo siempre preparada para casos así. “Great gig, mate!”. Él me miró un momento, asintió (ahora veremos por qué) y salió de vuelta a la oscuridad…

La frase “Great gig, mate!”, pese a su apariencia intrascendente, no tiene absolutamente nada de casual. Ojo que lo explico. Hay que tener mucha puntería y tino para decir lo adecuado, lo exacto y lo concreto en momentos de máxima tensión como éstos. Mi fórmula está muy pensada, aporta todo lo necesario para quedar bien y la componen tres monosílabos, lo que asegura que no pase del segundo de pronunciación y que, por lo tanto, el receptor capte el mensaje en el espacio-tiempo infinitesimal en el que va a atender a lo que le digamos. Ahora pasamos a descomponerla, lo que se llama el análisis sintáctico.

1) Great: significa, literalmente, gran, en su primera acepción, que es la que nos interesa. Lleva implícitas otras posibilidades semánticas como fantástico, estupendo, magnífico, enorme, imponente, mítico, acojonante, que te cagas, la hostia, el copón con ruedas.  Y, en argentino, el célebre bárbaro. Nótese la conveniente economía de la lengua inglesa. Si hay que decirle a Marky “¡fantástico concierto, macho!” o, si estás en Buenos Aires, “che, qué recital groso, boludo”, para cuando terminas la frase la limo del sr. Ramone anda ya por Juan Pablo Bonet o la 9 de Julio. Sólo el aragonés puede competir con el inglés en este campo de la velocidad y la concisión, por medio de esta implacable estructura lingüística: “¡De cojón, co!”. Pero ahí Marky no llega. De modo que great aporta el necesario reconocimiento y agradecimiento que se le deben a  los grandes hombres que ha dado la humanidad como, por ejemplo, el baterista de los Ramones. En inglés se pronuncia greit, como grate, palabra que se usa asociada al queso y la pasta pero no significa gratinar, como podría parecer, sino rallar. Así, “great cheese” sería: “Jodo, qué queso, tú”; mientras que “grate cheese”, que se dice igual, significaría: “Anda a rallar quesico”. Es distinto, como cualquiera aprecia. Los idiomas tienen el problema de los falsos amigos, que anda que no hay… Falsos amigos y amigos falsos, digo. Conclusión de repaso: great se pronuncia greit, como grate, pero sin ser igual. Porque, si no, la gente ahora diría “Esa película me gratinó que te pasas”. Pero como la gente sabe mucho inglés y no cae en las clásicas trampas británicas, pues dicen “esa película me ralló que te pasas”. ¿Estamos? Great, entonces. Vale.

2) Gig: una actuación musical en sí misma se llama gig. Como Ryan Giggs, el jugador del Man United, pero sin los rulos ni la gs final (qué gran coche aquel Citröen GS, ¿se acuerdan ustedes?). De cómo concierto, recital o actuación musical pueden caber en una palabra tan estrecha como gig no sé qué pensar, salvo que el inglés tiene estas cosas y otras. En español se usa mucho algo parecido: bolo. Pero bolo creo yo que es a un concierto lo que una pachanga viene a ser al fútbol. Una cosa poco seria, amateur o para pasar el rato. El gig es un gig. Los bolos son bowling. Si usted le dice a un músico “¡vaya bolo!”, es que usted se va del bolo (“You go of the gig”). Ellos sí lo usan como argot, para no darse más importancia, pero oída a terceras personas suena peyorativo. Gig es la palabra, que además denota conocimiento del medio e impresiona a Marky Ramone. Le muestra respeto, admiración y saber estar. Hala.

3) Mate: pronunciado meit y, en el este de Londres, casi maeit. Lo que se dice, sobre todo en inglés de Inglaterra, tío, colega, macho, tronco, chavalote, amigo, cuate, compadre y así indefinidamente. Indica proximidad, camaradería, una cierta hermandad, lo que en este caso se corresponde muy bien con el famoso y aludido arriba Gabba gabba hey. También podríamos usar pal, que es sinónimo. Pero también es pal el sistema de color de las televisiones: una emisión en en pal color (contracción de para el color). Sí, podríamos decir “Great gig, pal!”, pero no sé… no me parece. Pal me gusta, pero no tanto como mate, que denota sobre todo que uno viene a ser un poco londinense así como de adopción, y que ha hecho mundo más allá de la línea del Cinca. Al yo decirle mate a Ramone, ya de inmediato Ramone supo y pensó: “Tate, este royo sabe lo que dice, ha pasado en Londres al menos una temporada, diría yo que algo menos de un año y por la pronunciación se ve que trabajó de camarero en un hotel ahí en el 4 de Queen’s Gate, Royal Borough of Kensington and Chelsea, sí… el John Howard, ese que dirigían unos hermanos del Indostán que con uno se llevaba bien porque le hacía el mejor café que el otro había probado, mirá vos, pero con el otro no te creas que tanto. Y luego pidió trabajo en un cocktail bar del que era dueño Michael Caine, o eso decían, pero después de probarse la americana blanca y la pajarita negra que había de ponerse para agitar los Sanfranciscos resolvió con mucho acierto no presentarse a la mañana siguiente a trabajar. Así que se pasó los últimos meses comiendo pasta y mirando el hermoso suplemento de empleos relacionados con los medios que hacía el Guardian, sin encontrar nada de nada, hasta que se volvió a Z. Y de tanto comer pasta y beber Newcastle Brown Ale y John Smiths, lo vieron llegar ancho como un camión, que por cierto en Gran Bretaña se dice lorry pero en América se dice truck…”. Todo esto supo Marky, sin dudas, cuando yo le dije mate. Y por eso mi frase “Great gig, mate!” es perfecta.

Nota: al igual que ocurre en español, el signo de admiración no se pronuncia en inglés. Sobre todo porque los ingleses no matizan mucho con el tono de voz, por lo cual te pueden decir “la concha de tu hermana” sin subir el volumen ni un punto, como si te saludaran en el ascensor, sin inmutarse ni acusar gravedad ni peso ni exageración en la voz. ¿Y por qué usan sólo un signo de admiración y no dos, como nosotros? Pues porque los ingleses son gente pragmática; y si el signo de admiración no se pronuncia, ¿para qué coño vas a poner dos? Si con no pronunciar uno ya se entiende, ¿qué sentido tiene no pronunciar dos? Ninguno. Pues ahí está la explicación, no le déis más vueltas.

Así que le di la mano a Marky y sí, it really was a great gig, realmente fue un recital bárbaro. Mucha camiseta y mucha camiseta negra y mucha camiseta negra de los Ramones, con el legendario sello y sus nombres. Pero ojo que había un tío con camisa, sí, yo lo vi. Camisa de cuadros chiquitos en tonos granates sobre fondo claro, camisa oxford de sport, elegante a la par que informal. Muy llevable, un must, que se dice ahora. Su amigo, al saludarlo, le hizo notar lo singular de su situación: “Eres el único que lleva camisa de toda la sala”. El otro no se inmutó. Eso son los Ramones: igualan por la música al tipo de la cadena con candado en el cuello y al de los náuticos. En el concierto de Marky había sitio para todo excepto para las ovaciones o la melancolía, porque el punk rock nunca dejó espacio entre canción y canción, y eso evita cualquier muestra de aceptación o rechazo. Te derraman los trallazos por encima uno tras otro, sin descanso, como la gente les derrama las cervezas a ellos desde abajo del escenario. Por lo demás, no fue un tributo nostálgico a la música de los Ramones, sino la revivificación (¿se puede decir así?) de las canciones de los Ramones, traídas al terreno vocal de Michale Graves y ejecutadas con la misma o más fiereza. Uno empieza por comparar al vigoroso Michale y sus ralas trencitas con la amenazadora impavidez de la melena y las gafitas oscuras de Joey Ramone; pero pronto deja a un lado esa posibilidad y se entrega a estos Blitzkrieg y a su cantante (frontman de los Misfits). Los Blitzkrieg de Marky Ramone sostienen sin necesidad de suplantar a los personajes originales su propia severidad instrumental, la rabiosa energía de los temas y una interpretación muy bien levantada en todos los aspectos. No son una banda de tributo que quiera imitar a los Ramones, sino una banda que toca de manera fantástica y respeto máximo la música de los Ramones, agregándole su propia expresión sin salirse de los límites. La hace propia y ajena. De paso revisaron el Wonderful World de Louis Armstrong en versión trash y tuvieron un detalle que me llegó al alma: justo cuando yo estaba admirando la velocidad de muñecas de Marky Ramone en las cajas (ejercicio que yo había empezado a practicar en clase por la mañana, precisamente), hicieron Have You Ever Seen the Rain de la Creedence… con el tempo multiplicado, claro está, al modo punk. Y esa canción es la primera que yo aprendí a acompañar en la batería, qué cosas. Así que cuando al final Marky fue a tirar las baquetas al público, me adelanté a gritarle que me las entregara a mí, que esa panda de desalmados bailadores de pogo que nos rodeaban no eran bateristas, como él y como yo, hermanos de sangre, de tambor y pedal… Y que yo iba besarlas, acariciar su madera clara, saborear el aroma, para luego pulirlas con un paño, enmarcarlas, colgarlas en la pared, y prenderles a los pies unos cirios de altar pagano; y que prometía no mancillarlas jamás sobre la caja de mi batería. Pero Marky se tapó los ojos para hacer ciega su cristiana generosidad y largó las baquetas al aire, así que las cazó cualquiera. Luego le pedí a una chica que me las enseñara y vi que iban personalizadas con la firma de Marky Ramone, nada menos. Por lo demás, son de la misma marca que las mías, Vic Firth, ya ves tú. Las mías me las dio Tony García, que no ha tocado con los Ramones pero es mi maestro particular de la percusión. Un maestro del instrumento en el más amplio sentido del término. Marky y yo nos dimos la mano. Y hasta tocamos una misma canción. Dos grandes reunidos (!)…


*[Previa del concierto]

Jeffrey Hyman falleció el 15 de abril de 2001 en Nueva York, aquejado de un linfoma; a Douglas Colvin lo encontraron muerto en su casa de Hollywood el 5 de junio de 2002, víctima de una sobredosis de heroína; el 15 de septiembre de 2004, arruinado el cuerpo por un cáncer de próstata, expiró John Cummings… En tres años se había ido casi la alineación entera, no la original pero sí la más recordada. Pocos los reconocerían por su nombre. Fue Colvin quien inventó el juego de apropiarse de un apellido sonoro y hacerlo común: decidió rebautizarse Dee Dee Ramone, broma que usaba el apodo utilizado por Paul McCartney (Paul Ramon) en los días de The Silver Beatles. No faltará a quien le extrañe la convergencia entre el melódico beatle y los precursores del punk rock neoyorquino, pero ocurrió así. Los demás entraron en la rueda. Jeffrey pasó a llamarse Joey Ramone, y John Cummings se convirtió de inmediato en Johnny Ramone. La alineación original incluia también a Tommy Ramone (Thomas Erdelyi), productor y primer baterista de la banda. Después vendrían Marky, Elvis o C. J. Ramone. Joey, que se puso a las cajas después de Tommy, lo dejó pronto porque no podía seguir el ritmo infernal de los temas. Dio un paso adelante, apoyó la planta de un pie sobre el bafle frontal e, inclinado contra el micro, se hizo inolvidable vocalista de la enloquecida maquinaria de rock en que iba a convertirse la familia Ramone. Joey era el que levantaba siempre en los conciertos el cartelón con la leyenda “Gabba Gabba Hey!”, perversión de una frase de la película La Parada de los Monstruos adaptada para la canción Pinhead, un lema que venía a proclamar la hermandad interminable de las cazadoras negras de cuero, las zapatillas de lona, las gafas oscuras y la melena larga con flequillo. Yo vi ese cartelón levantarse en el Pabellón Francés en 1991 y guardo como un tesoro la fotografía de Joey con ella en alto.

El último baterista de los Ramones, Marky Ramone (Marc Bell), los hombros cargados sobre los tambores, agarrado a las explosiones de dos minutos, actúa esta noche en la sala Devizio con su banda Blitzkrieg, erigida en memoria permanente de los chicos de Queens. Casi 20 años después -y qué aprensión produce decir esto- volvemos para oír a lo que queda de los Ramones, que en realidad es todo porque el tiempo no ha disminuido ni un ápice de la vigencia ni la energía originales. No queremos que nos entierren en un cementerio de animales. Dale Dee Dee… Hey, ho, let’s go!


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