Brasil, como siempre

29 06 2010

Vayan rezando lo que sepan: después de marear la perdiz y pasar la primera ronda con un pie en el autobús, el 'Scratch' solventó los octavos de final de un plumazo contra el rocoso Chile.

Bueno, dejémonos de gastados juicios estilísticos y concursos de belleza. Y digámoslo ya: Brasil es el mejor equipo del Mundial, libra por libra. Y lo es de largo. Quien quiera seguir agitando la anécdota de su sufrimiento frente a Corea del Norte y del empeño de Dunga en un Brasil prosáico, que lo haga. A estas horas ya deberíamos saber que Brasil empieza los torneos en octavos de final; y que el asunto del jogo bonito quedó abolido en el rotundo fracaso de 1982. Sí, a cualquiera le enamoraba aquello. Y, aunque hay una escuela y la definitiva predisposición de la naturaleza, ni siquiera en Brasil los Socrates, Zico, Eder, Junior, Falcao, Leandro o Toninho Cerezo se reproducen por esporas. Tal vez nos costase reconocer el cambio operado en Brasil en los primeros años; quizás haya habido confusas treguas o meandros ocasionales en una implacable transformación sostenida con un par de títulos más… Pero la perspectiva de 30 años ya nos debería tener avisados. En la última década, el lugar común del artisteo brasileño lo sostuvo nada más que la reunión extraordinaria de futbolistas que aparecieron entre 1994 y 2002. Enseguida devino en un reclamo publicitario de Nike, con sus anuncios de las pachangas en los aeropuertos y la saga sonriente que conformaron Romario, Roberto Carlos, Ronaldo y Ronaldinho.

Brasil ha abrazado el darwinismo sin renunciar a las teorías creacionistas. Dunga seleccionó a los más fuertes de una especie que cuenta con el favor divino. Su estrategia fundamental siempre fue la estratégica genética, como diría Menotti. Es decir, somos brasileños, ergo somos mejores. Atropellando muchas sensibilidades, y con cierto desdén exhibicionista que ya le venía de su tiempo como medio peleador, Dunga ignoró a las señoritas brasileñas que todos anhelamos: un Ronaldinho, un Diego, un Pato… E hizo un bloque de resonancia menor con respecto a los antecedentes históricos de una selección excelsa, pero que aun así le saca una cabeza al resto por funcionamiento colectivo, equilibrio, potencia física y capacidad de repentización y pegada. Ningún equipo me había impresionado lo suficiente en este Mundial, hasta esta noche cuando vi a Brasil contra Chile. A Brasil siempre tardo en verlo porque sé que estará ahí el tiempo suficiente para no perdérselo. Y porque aprendí que todo lo que haga en la primera fase puede ser utilizado en su contra, pero a la hora de la verdad carece de peso real. Una vez que el Mundial entró a los bifes, apareció el Scratch con un severo aldabonazo. Ya sé que Argentina y Alemania también golearon rotundos, pero a los dos les veo defectos notables en su enorme potencial. Igual que a España. Brasil, sin embargo, me convenció en cada cuadrado del campo.

Dunga, el hombre intranquilo, levantó la Copa del Mundo en 1994 en Estados Unidos y uno empieza a tener casi por seguro que alzará otra en un par de semanas.

Tiene defensa, concepto táctico, agresividad, soporte intermedio, diversidad inacabable para llegar (por fuera, por dentro, a la contra, en combinación). Tiene resistencia, presencia física, velocidad con la pelota, desde luego finura en el toque. Tiene despliegue en el medio (el dúo Dani Alves/Ramires es simplemente demoledor), tiene a un Robinho maduro, ajeno al saltimbanqui bicicletero que aclamaron a su llegada al Real Madrid. Tiene dos laterales monumentales. De Maicon lo sabíamos todo. En el caso de Michel Bastos hay mucho que hablar, y bien, de Dunga: ha convertido un problema en el lateral izquierdo en un arma expansiva. Bastos defiende con mucha más enjundia de la que se le supone a un tipo en comisión de servicios; y, como extremo reconvertido a defensa, oculta el amenazante arrebato ofensivo que siempre mostraron los mejores laterales brasileños de las últimas décadas: el indetenible Roberto Carlos, el más contenido Cafú, el torrencial y fugaz Josimar, el mismo Dani Alves o desde luego el canónico Junior. Súmenle dos portentosos centrales como Lucio y Juan, buenos de por sí y mejorados en un estilo agresivo, anticipatorio y de ribetes jerárquicos (el cabezazo de Juan, las poderosas salidas de Lucio en perpendicular). Y un portero, Julio César, de perfil redondeado pero bien presto. Brasil es un equipo demasiado bien construido y de ejecuciones muy convincentes, como para andar haciéndole juicios poéticos con la historia de fondo.

No se trata de compararlo con los mejores equipos que tuvo Brasil en su historia, sino de establecer su posición con respecto al resto de competidores hoy y ahora en Sudáfrica. Aun sin el mejor Kaka, aun con un Luis Fabiano siempre antojadizo (y siempre por debajo de antecesores como Ronaldo, Bebeto, Romario o Careca, por nombrar los más cercanos), Brasil aún es Brasil. Un Brasil superior que no se hace el simpático ni regala nada; que cumple la principal ley moderna del juego, ser difícil de ganar para empezar a ganar; y que ha solventado las dificultades enormes que quiso plantearle Chile, un equipo trabajoso, con insultante facilidad. A la media hora de partido me tenía convencido y le pongo la ficha para campeona, en final contra Alemania, si los alemanes mejoran en el fondo (donde les veo problemas); y, por supuesto, si Messi no lo impide. Porque Argentina, la tercera del triángulo de los mejores, da ya cierto miedo: con un plan que consiste apenas en el allá vamos que vamos, hasta ahora no hubo quien le resistiera. Y Maradona, que no podrá dar ningún curso de estrategia, mejoró la defensa con Otamendi y Burdisso; y sacó a Samuel, Jonás y Verón del equipo titular. O sea, que tan gil no es.





Las largas vacaciones de don Fabio

28 06 2010
En la tradición de servicio público que siempre caracterizó a Somniloquios, el sábado le hicimos un test de calidad sobre el terreno al Jabulani y ya estamos en condiciones de razonar por qué ocurren las cosas que ocurren en el atormentado Mundial de Sudáfrica. Otros les hablarán del balón como si les hablaran de un queso, desde la poltrona informativa, con teórica prosopopeya y dándose mucha importancia. Aquí bajamos a la hierba. Y todo esto es gratis, oiga… Les cuento. Primero nos apretamos una severa costillada en la Ciudad Deportiva para festejar el cambio de estación y más tarde, cuando habíamos rebajado ya los niveles de colesterol a límites aceptables por la FIFA, nos conseguimos una réplica del baloncito en casa Castillo. Anoto que cualquier bar en el universo mundo debería tener, siempre y regulado por ley, una pelota de reglamento guardada detrás de la barra. Los argentinos ya lo saben hace tiempo: el binomio asado/pachanga viene institucionalizado de siglos atrás. Parecerá una tontería, pero son estos pequeños detalles consuetudinarios los que después, a lo largo del tiempo, derivan en superioridades en el Mundial y cosas parecidas.

Don Fabio, luciendo palmito en las playas de Croacia. El paquete que marca son en realidad los seis millones de libras anuales que le paga la Federación Inglesa por llevar a Inglaterra a hacer el ridículo al cono sur y volver pronto. De ahí que camine así de envarado, con pecho palomo y culo de pato. En su descarga diremos que tiene por equipo a una colección de mediocres; los que no lo son, están en una baja forma alarmante. Se lo merece por hacer titular dos partidos a Heskey.

Así que fuimos dos españoles y un inglés y nos armamos un picado de a tres en la canchita de hierba. Comenzamos tocándola en corto para conjurar los, digamos, 10 años fácil que el hombre somniloquio no practicaba el innoble juego del fútbol. Desde aquella mañana en el Salduba en que (cinta rosa, cual Melody Nakachian, sobre la melena) le instalé no menos de 17 balones de gol en los pies, de lado a lado del campo, al Paño Ibagaza: creo que convirtió una decena. Mi actuación la hubieran firmado Ronald Koeman y De Boer con los ojos cerrados. Así que primero la tocamos en rango corto y enseguida fuimos abriendo el golpeo. Pronto nos estábamos comportando como chicos de 12 años: toca y vete, pónmela, pónmela, peligrosa carrera por la banda, uno que va a al remate y… el balón al quinto palo.

Ahí empezamos a diferenciar el errático comportamiento del Jabulani. No es que pese poco. Es que tú lo tocas y sale como una centella. Es como esas pelotas de frontón que son más vivas de lo normal, y rebotan en la pared como si llevaran un resorte incorporado. Se diría que el Jabulani activa en su interior, con el golpeo, una especie de peso que lo dispara hacia delante y hacia arriba. El resultado es que intentas templarlo al área y el balón se empeña en viajar a la banda opuesta. Le pasó a Jesusito Navas en el partido con Honduras, que no puso una donde era. Hasta ahora sólo los japoneses, cosa notable, y Maradona han logrado hacer un uso correcto del Jabulani. Narciso Ronaldo aún está buscando el modo de hacer eficaz su triple dedo en Sudáfrica, pero cuentan que el Diego entró a disparar tiros libres en un entrenamiento de Argentina la semana pasada y metió no menos de diez. Todo gordo igual es Gardel. Si le pegas de rastrón, el Jabulani se comporta con mediana normalidad. Si metes empeine interior, sale disparado. De ahí que los zapatazos que cogen portería sean imparables, tipo el de Tévez anoche, porque en el vuelo el Jabulani realimenta su velocidad, se incendia, a medio camino empieza a hacer zigzags y para cuando llega a la portería es una bola de cañón. Pregúnteles a Upson y John Terry, que se comieron el saque de portería de Neuer que Klose convirtió en el vergonzante 1-0 para Alemania.

La hinchada inglesa encaja una nueva derrota contra los alemanes: el episodio ha resultado sonoro esta vez, pero la escena en la que Alemania elimina a Inglaterra constituye ya una tradición más de los grandes campeonatos.

Ese gol puede conducir fácilmente a un sanatorio mental a un hombre como Fabio Capello, al que se le removieron las gafas de diseño italianas que lo patrocinan: las Zero RH+, modelos Andro e Iter entre otros. He aquí otra pieza de servicio público de Somniloquios. ¿Quién no se ha preguntado por las lupas de signor Fabio alguna vez…? Ahí queda la referencia. Con esas gafas vio clarísima Capello la incompetencia de los suyos y que el gol de Lampard había pasado la línea un metro. Ahora la cuestión es si Capello, renovado antes del Mundial por cuatro años por la FA, continúa en el cargo después de todo esto: echarlo cuesta 10 millones de libras. Los ex futbolistas que comentan en las televisiones inglesas opinaron que se irá. Así lo dijo Alan Hansen, ex defensa del Liverpool en los años ochenta. Claro que Hansen fue aquél que dijo, a principios de los años noventa: “Alex Ferguson nunca va a ganar nada con una pandilla de niños en el equipo”. Los niños eran Beckham, los Neville, Ryan Giggs, Paul Scholes… Todo el mundo sabe lo que pasó.

Hablábamos de los defensas ingleses. ¿Será que al final los Neville eran buenos? Terry es un mangante, en la máxima expresión de la palabra: un defensa pésimo que ha hecho fortuna cobrando por visitar Stamford Bridge y repartiendo cabezazos a diestro y siniestro. Sus errores posicionales son lamentables, desde siempre. En sus mejores días apenas servía para cabecear saques de esquina y despejar melones en el área. Ayer hizo de muñeco de feria para la gloriosa segunda línea alemana, con un Özil y un Müller excepcionales, lanzados por la ballesta incansable de Sweinsteiger. Ahora, una advertencia: allá atrás, en el fondo, los alemanes bajan mucho. Por arriba se comen balones con frecuencia y Manolito Neuer sale como la Paulova.

Volvamos al Jabulani, sin irnos del lado de Inglaterra. También observamos que, por algún prodigio de la tecnología que se nos escapa, el balón presenta una espectacular tendencia a buscar travesaños y postes. Parecerá que lo digo en un momento oportunista por lo ocurrido con Inglaterra y Alemania, pero de verdad que es así. En disparos a portería haríamos no menos de tres o cuatro pelotazos a la barra, así como Lampard el domingo, que no había forma. Estas cosas contribuyen al show. Las violentas explosiones del balón contra la madera hacen afición. Pero a la FIFA le ha ocurrido que el show ha terminado por dejar al aire, como no podía ser de otro modo, su irracional empeño en permitir que el fútbol autorice las injusticias convocadas en el error humano.

Tarantino / AP

Neuer, batido por el disparo de Lampard que nunca fue gol.

Durante muchos años, la equivocación y sus consecuencias han construido buena parte de la historia del fútbol, contribuido a su liturgia de divina arbitrariedad, y escrito algunas de las páginas más memorables de la leyenda del juego. Son todas bien conocidas. Pero la ya indetenible incrustación de la tecnología inmediata en el negocio deportivo es una ola que ha terminado por arrastrar el inmovilismo de la FIFA. El deporte ha cambiado mucho, igual que ha cambiado todo. Tratar de sostenerlo en los mismos principios de hace 30 años constituye un empeño infame. Que un equipo vea en directo, sobre el mismo campo y en pantalla gigante, la horrible equivocación que los va a echar del Mundial, resulta moralmente indefendible, y deportivamente muy peligroso. ¿Quién domestica la consiguiente frustración de esos futbolistas? ¿Y en qué estado queda el juez que, como ocurrió en el partido de Argentina y México, confirma de inmediato el tamaño de su error y no puede dar marcha atrás porque la normativa impide cambiar por el vídeo una decisión ya tomada? La emisión inmediata de las imágenes del partido por pantalla gigante en los estadios fue abolida después del Mundial de 2002. En Alemania 2006 no hubo. En Sudáfrica han regresado, cualquiera sabe por qué. La FIFA va a pagar cara su volátil moral y algunas torpezas muy graves. ¿Le importa el zarandeo a la credibilidad del fútbol que supuso la jornada dominical? Es dudoso.

Yo hace mucho que concluí que el fútbol no quiere cerrar la puerta a la trampa, la picardía ni el error; por algún motivo que ignoro, no desea impedir que un futbolista pueda tirarse al suelo en medio del campo porque se le ha subido un gemelo o incluso por menos que eso, y obligar a detener el partido cuando la pelota puede estar a 125 metros de distancia de donde él ha caído. Más aún, los cambios en el reglamento empeoran estos problemas, con la obligación de retirar del campo al jugador y luego autorizarlo a entrar. Ese proceso se suele llevar por delante, en mil ocasiones, cinco minutos de juego. Pero forma parte de todo esto. Una parte sin sentido, pero ahí esta.

Otra cosa es lo de tirar el balón fuera, que provoca mil y una polémicas. Los jugadores, según en qué circunstancias, se niegan a echar la pelota a la banda, porque saben que la simulación forma parte del juego. Si les toca en contra, la rechazan; naturalmente, cinco minutos después ellos pueden  incurrir en el mismo comportamiento. ¿Por qué no son los árbitros, en cualquier caso, quienes deciden si hay que tirar la pelota fuera o no? Tan sencillo como eso. Pero no… En el día a día todos estos desajustes pueden resultar más o menos aceptables; en medio de las tensiones, la responsabilidad, las consecuencias y la pasión global de una Copa del Mundo, tales veleidades dejan al aire toda su estúpida iniquidad. ¿Por qué no puede seguir el juego y que ese tipo caído sea atendido con la vigilancia del cuarto árbitro, por ejemplo? En el rugby quedan jugadores heridos en el suelo con mucha mayor frecuencia, víctimas de luxaciones, pisotones, golpazos… El juego sigue a su alrededor: sale el fisio y lo atienden. Si la lesión es de evidente gravedad, todo se para. Y, por cierto, a quien se va lesionado se le aplaude: la grada, sus compañeros y sus rivales. Pero ese es otro tema.





Placebo (Honduras y superficialidades)

22 06 2010

Asociemos ideas. El 2-o a Honduras estuvo repleto de superficialidades. Momentos brillantes de medio campo hacia arriba y unos cuantos avisos de desorden posicional, más dificultades para la interrupción en el medio, en los que la cabeza me insiste pesada mientras los chiquitos hacen bolillos arriba. Será porque vi antes a Chile, un equipo coriáceo atrás y veloz arriba, con dificultades para el gol (mediocre Suazo) pero una amenaza bien cierta: Bielsa ha debido ver más partidos de España que José Ángel de la Casa… Y sí, yo también tengo un cierto repelús. Pero el cortito 2-0 a los centroamericanos va a actuar de placebo hasta el viernes.

Placebo (Brian Molko, Stefan Olsdam, Steve Forrest) esta noche en el Sant Jordi Club de Barcelona. Ahí vamos. Dejo una emotiva versión del Where Is My Mind? de los Pixies, a medias entre Molko y Frank Black, el Hombre…





Se casó Danielito…

21 06 2010

Los italianos le empataron a Nueva Zelanda (1-1) con uno de aquellos goles discutibles de los que han hecho tradición, y el empate supone otro capítulo en lo que el Doctor llama la road movie italiana. Es decir, el estilo agónico de las primeras fases, punteado con la desconfianza general por el juego y los resultados, la distante tranquilidad de Lippi, el entrenador, y la aparición repentina de actores secundarios con un historial que los convierte en personajes protagonistas: véase el caso de Federico Marchetti, el portero que ha relevado a Buffon tras la lesión del meta de la Juventus.

Federico Marchetti, el portero del Cagliari que le jugó una partida de ajedrez a la Muerte y ganó.

 

Ya era llamativo que Lippi armase una citación con el portero del Cagliari en ella, pero ese tipo de actuaciones contienen en el caso de Italia, casi siempre, una prefiguración dramática. De niño, Marchetti jugaba de delantero grandote, como tantos otros. Lo hicieron portero un día que llovía demasiado y el entrenador lo reclamó, a falta de alguien a quien poner en la meta. La estatura y una fisonomía que ya se anunciaba cuadrada hicieron el resto. Lo formaron en el Torino, donde uno aprende el fútbol y un cierto sentido trágico de la vida, como sabe cualquiera que haya escuchado la historia de Superga o la de Gigi La Mariposa Meroni. Jamás convenció lo suficiente para alcanzar la portería del primer equipo. Acabó en el Pro Vercelli, una escuadra que había que buscar en la tercera división italiana. 

Cierto día, a la vuelta de un entrenamiento hace cinco años, un camión se cruzó en la trayectoria de su vehículo. El volantazo estrelló a Federico Marchetti y sus dos acompañanantes contra el metal rígido de los guarda-raíles. La macchina prendió en llamas y los tres escaparon de la tragedia por una luna del automóvil. Conmocionado –“todo cambia cuando te encuentras a la muerte de frente”, – el portero se tatuó la imagen de una madonna sobre el pecho. Puede que en el fútbol la suerte no le hubiera sido propicia -en 2006 pasó al Albinoleffe, de la Serie B, después de dar tumbos por varios clubes menores-, pero un ángel lo había zafado de la pálida. Y en algún lado debía de andar. Apareció en la forma del Cagliari. A partir de ahí, lo demás se torna relativamente convencional: las paradas, el modesto éxito, la llamada de Lippi, la lesión del portero titular en el primer partido en Sudáfrica: “Quiero llegar a la final para que la juegue Buffon”, ha dicho Marchetti, con enorme sentido actoral. 

El partido con Nueva Zelanda fue aburrido en términos coloquiales, y clásico si lo miramos desde el punto de vista italiano. Inflamado por el tono desesperado que había tomado el guión, al término del choque el Doctor me hizo una oferta que no puedo rechazar: “El jueves a las 4 quedamos para ver a Italia. Puede llegar a clasificarse por sorteo, alimentando su leyenda: apunta a segunda de grupo y asoman Holanda y Brasil hasta semifinales. Me falta un gen italiano para acabar de creerme semejante heroicidad”. Por suerte, yo agarré el partido por Torneos y Competencias, la cadena argentina. Abundando en la conjetura del anterior somniloquio, el relator y los comentaristas argentinos juzgaron a Nueva Zelanda con interés entomológico, asombrados de sus primitivos comportamientos con la pelota y con una indisimulada simpatía de fondo. Pasado el rato, cuando ya los ganaba el aburrimiento, derivaron hacia un modo de contar clásicamente criollo. Transcribo a continuación algunos pasajes de su relato, que me convirtieron el arduo espectáculo en una diversión sin límites.  

*Escena 1: Los neozelandeses mueven el balón en tres cuartos de la cancha, para enfriar la ocasional presión italiana. En un momento, de forma inopinada, van retrasando con pases hacia atrás, sin mayor necesidad, hasta dársela a Paxton, su portero, que larga un pelotazo a cualquier lado. 

Relator: La estaban cuidando… y, de repente, se la dan al arquero para que la revolee. ¡No entiendo!
Comentarista 1: Increíble. 

*Escena 2: Tiene la pelota Bertos, lateral derecho de Nueva Zelanda. Un momento antes, Di Natale ha rematado de media vuelta contra el portero oceánico. 

Relator: Aparece en escena Bertos… Ya la tiró largaaaaa…. ¡para el hombre invisible!
Comentarista 2:
¿Cuánto hace que no veo esa serie?
Comentarista 1: ¿El Hombre Invisible? Ah, no estaba mal aquélla…
Comentarista 2: De bien chiquito la veía.
Comentarista 1: Es que el hombre invisible se perdió y ya no lo encontraron más. Por eso es el hombre invisible… 

(Tenso silencio de los otros. Ponen la repetición del remate de Di Natale) 

Relator: ¡Mirá la que intentó Di Natale!
Comentarista 2: (Con tono recompuesto, solemne) La media vuelta y el remate de derecha que tapó Paxton. 

 *Escena 3: Ataca sin mucha convicción Italia, que va a sacar un córner. 

Relator: Tiro de esquina para Italia.
Comentarista 1: Dispone de un nuevo tiro de esquina Italia, que tuvo varios en el primer tiempo. No ganó de arriba pero generó situaciones de riesgo.
Relator: ¿Ha bajado la temperatura, no?
Comentarista 1: Sí, bastante… Inclusive en este estudio.
Relator: Se me enfriaron las manitos.
Comentarista 1: Ah, mire usted… 

Lochead, a la derecha, y Russ Tamblyn, que hacía el personaje de Riff -líder de los Jets- en el musical 'West Side Story'.

*Escena 4: El lateral Lochead arrolla a un italiano sobre el lateral del campo. 

Relator: Lochead… ¡hay empujón de Lochead! Claro.
Comentarista 1: Sí.
(Enfocan a Lochead, que protesta al árbitro).
Relator: (Como si le hablara al jugador de Nueva Zelanda) Sí, sí… fue empujón. (Pausa) ¿Se parece a Russ Tamblyn éste, no?
Comentarista 1: ¿A quién?
Relator: A Russ Tamblyn, el actor aquél de Amor sin Barreras.
(Nota: ‘Amor Sin Barreras’ fue el título argentino de ‘West Side Story’)
Comentarista 1: Ah, no sé, no la vi. ¿De qué año era esa película?
Relator: (Con tono de estar diciendo una obviedad). Década del 60.
Comentarista 1: Ah, noooo… yo era chico.
Relator: ¿Pero cómo no la vio, che? Amor Sin Barreras
Comentarista 1: Nunca la escuché en mi vida.
Relator: ¿Cómo no? ¿Qué está diciendo? Averigüe, maestro…

 

 (Una pausa en silencio, los futbolistas quietos a la espera de un balón parado).  

Relator: Hay tiro libreeee… ¡Amor Sin Barreras es una película muy conocida! Natalie Wood, George Chakyris…
Comentarista 1: (Lo interrumpe con tono de fastidio) En la barrera hay dos.
Relator: ¡El centro de Camoranesi, va Di Nataleeeeee…! ¡Sacó Smith! 

 Escena 5: No precisa introducción. 

Comentarista 1: ¿Sabés quién nos está viendo?
Relator: (Con entusiasmo) ¡¿Quién?!
Comentarista 1: Dani Vega, en Buenos Aires… que se casó ayer.
Relator: ¡¿Danielito Vega?! ¿El Contador?
Comentarista 1: Claro.
Relator: ¿El jugador de San Martín de Tucumán y de Platense…?
Comentarista 1: Claro…
Relator: …entre otros.
Comentarista 1: Y ahora de Godoy Cruz…
Relator: De Godoy Cruz, claro.
Comentarista 1: Un gran abrazo para Danielito y su mujer.
Relator: ¡Montolivooo… Montolivoooo y Criscitoooooo, se viene el centroooooooooo…! (Pausa). Que la pasen bien.





El hombre al que llaman Jesús

21 06 2010

El fin de semana exhibió generoso las últimas evoluciones y retrocesos del fútbol mundial, espectáculo que exige un comentario. Desde que la FIFA autorizó 32 equipos en el torneo, la Copa del Mundo tiene para el observador medio mayor interés antropológico que deportivo. La primera fase sirve para medir hasta qué punto las especies se han desarrollado o no, cómo medraron los asiáticos, de qué manera el aislamiento geográfico opera sobre el fútbol de Oceanía, cómo el extravío de su secular insularidad ha perjudicado a los ingleses tanto o más que sus porteros, si Brasil siguen siendo once brasileños disfrazados de Brasil, pero sin ser Brasil, si el espíritu jacobino ha vuelto agazapado a Francia en forma de futbolistas coloniales, o si los equipos africanos se van pareciendo algo más a los europeos o bien los europeos cada vez tienen más de africanos… 

Costa de Marfil perdió con lo que queda de Brasil (1-3), lo que confirma dos cosas: 1) Que los canarinhos son, con permiso de Italia, los más listos de todo el orbe: mientras el mundo continúa soñando gratis con el Brasil del 70 y el equipo-que-nunca-fue de 1982, los brasileños revisaron a toda velocidad su sistema entre 1986 y 1990, se cansaron de ser los artistas circenses de un negocio brutalmente pragmático y fueron agregando la siderurgia a su ser artístico, hasta llegar al equipo de Dunga. 2) Que los africanos tomaron el rabano por las hojas, como no podía ser de otro modo: de tanto oír a todo el mundo decirles lo fuertes, lo musculados, lo atléticos y lo carnalmente bellos que resultan sus cuerpos, compraron camisetas dos tallas menores, las ajustaron a sus cuerpos, y salieron al campo como el que ingresa en la pasarela, marcando pectoral y pezoncito. En eso se quedaron, como casi siempre. Los preferíamos emocionalmente tribales como en los días de la Nigeria de Yekini en el 94; o, aún más, cubanamente revolucionarios e iconoclastas, al modo del feliz Camerún del 90. 

Belloumi, el héroe de Argelia en el Mundial 82: le hizo un gol a Alemania y puso a los germanos de Jupp Derwall al borde del abismo en la primera fase. Todo el mundo recuerda que Italia se clasificó llorando -por un resbalón de N'Kono, portero de Camerún- y luego fue campeona; casi nadie repara en que los alemanes hubieron de arreglar su último choque con Austria para sacar del torneo a Argelia... y luego fueron finalistas.

 Ghana no pudo contra diez australianos (1-1). El partido fue de lo que más me ha divertido hasta la fecha en el Mundial y me ayudó a ratificar un par de cosas que ya intuía: que Pennant tampoco sería titular en Ghana y que los australianos son los únicos británicos, futbolísticamente hablando, que hay en el torneo. Sin Escocia ni Irlanda, el fútbol inglés no está representado en Sudáfrica. Ni hooligans hay. Ni barrigas cerveceras. Éste de Sudáfrica constituye, con Corea-Japón y Estados Unidos, el Mundial más improbable de la historia. Al menos en el Independent alcanzaron por fin el sábado un punto de autocrítica que por España jamás rozamos a lo largo de las décadas: “Casi sería mejor que la Banda de el Padrino [sobrenombre de Fabio Capello] se fuera en la primera fase, así a lo mejor comenzaríamos a pensar menos en los magnates que toman el mando en los clubes de la Premiere, en el dinero de las televisiones, la expansión asiática y la así llamada ‘Mejor Liga del Mundo’. Y nos pondríamos a considerar en serio el nivel de los futbolistas ingleses”. Por fin. Después de dos partidos con Heskey de titular (!), sin Joe Cole en el campo, con Calamity James de jugador más destacado y un par de empates bien ralos con Estados Unidos y Argelia (¿quién no recordó con nostalgia a Belloumi, quién?), los ingleses se han caído del caballo con estrépito: “Nunca en el campo de los conflictos futbolísticos unos pocos hicieron tan poco por tantos otros”, tituló The Sun a toda página, en letra tipo catástrofe, parafraseando (y solicitando disculpas) a Sir Winston Churchill. Otro analista confesó, con aire atribulado: “Quizá nos entusiasmamos demasiado con Capello”. 

Jesús Kennedy, el modesto mesías australiano, en una imagen de aspecto celestial, guía a su pueblo a la Tierra Prometida. Y alguno pensará: "¡Pero si ya viven allá, ¡es Australia!". Y no les faltará razón. Jesús habla a veces con su padre; otras veces, mete un gol.

Pero decía que Ghana no ganó a Australia, que jugaba con diez pero tenía en sus filas al inolvidable Chipperfield -con Simone Pepe, el italiano, dos personajes preferidos de mi Mundial-, a Lucas Neill (ese futbolista que tiró a Oddo con mucho desorden en el área en Alemania 2006, posibilitando la clasificación italiana para cuartos de final, y al que luego quiso fichar el Zaragoza…) y desde luego tenía al personaje que nos interesa: a Joshua Kennedy. El comentarista inglés anunció su entrada en el terreno de juego de esta manera: “Ahí sale Josh Kennedy… el hombre al que todos llaman Jesús”. De inmediato di un respingo en el asiento. Ahí estaba Jesús Kennedy, el cabello largo sobre los hombros, la perilla fina, una línea de vello que se derrama sobre la mejilla… El hombre al que todos llaman Jesús. A los anglosajones les hacen mucha gracia las personas que se llaman Jesús y los identifican de manera automática con el hijo de Dios. ¿Cómo puede alguien llamarse Jesús?, se extrañan. Les suena como llamarse Dios, directamente. De inmediato me informo en el aleph acerca de Joshua Kennedy: en los partidos de los socceroos no son extrañas las pancartas ideadas para pedirle a una intercesión en momentos en los que el partido se pone difícil. Suele decir así, con estilo muy directo: “Jesús, habla con tu Padre”. 

Joshua Kennedy, nacido en el estado australiano de Victoria, emigró muy joven al fútbol alemán (debutó en la Bundesliga con 17 años) y luego ha pasado por tantos equipos germanos como le ha sido posible, por sus segundas plantillas y, por fin, también por las primeras. Si hay que definirlo, vendría a ser un goleador. O mejor, un tipo que quiere meter goles, aunque no siempre lo consiga. Pero tiene el carisma de los Salvadores, claro. Y ese cuidado aspecto que recuerda a Christophe Dugarry tanto como al Jesús de Nazareth de aquel afiche hippie que teníamos en casa en los años setenta, el de ‘Se Busca. Recompensa: La Vida Eterna’, con el rostro de the Man himself dibujado a carboncillo, a la manera de los outlaw del Oeste. Decía que entró Jesús al campo vestido de futbolista, como hay sacerdotes que tocan rock en los ratos que les dejan libres las homilías. A esa hora los australianos empujaban con diez en fantásticas oleadas, suprimido el miedo, el medio campo y cualquier asomo de pausa para asegurar un empate que era hierro molido, o algo así. Su fútbol tiene una alegría infantil, soleada, nada utilitarista. De ese modo jugaron siempre los ingleses, antes de que se construyera el túnel bajo el Canal de La Mancha. Los aussies jugaron hasta el final sin reparar en su inferioridad y aplicando una lógica inversa que espantaría a Capello: entre jugar con once o jugar con diez no puede haber tanta diferencia. Hay que decir que Jesús estuvo cerca del gol, pero no acertó. El tanto hubiera sido un éxito de proporciones similares al célebre Sermón de la Montaña. Todo esto me hizo acordarme de los milagros del Nazareno según la versión de Padre de Familia. Y de aquella pintada tan habitual en las umbrías calles de las ciudades inglesas, en los días en que Alan Shearer levantaba redes allá donde apuntaba. Decía el grafiti: “God Saves… but Shearer scores on the rebound”.




¡Sigamos a Alemania!, dijo Menotti

18 06 2010

César Luis Menotti: el fútbol visto desde la izquierda.

Alemania le hizo cuatro goles a los australianos y la crítica saludó la transformación germana con la misma convicción con que los fanáticos de La Vida de Brian convertían su alpargata en reliquia sagrada: “¡Sigamos a la alpargata!”, gritaban. El mismo César Luis Menotti enarboló la bandera en lo alto de su palabra morosa: “Alemania es la mejor”, dejó escrito en su colaboración sindicada para la agencia DPA. A mí el entusiasmo menottista por el hecho alemán me agarra con el paso cambiado, pero descubro en veloz ejercicio de documentación que viene de lejos y que, una vez más, ignoro por dónde me da el aire. Hace rato que Menotti se hizo germanista, posibilidad que me fascina; doy con una interviú en la revista Kicker que lo fotografía con la emblemática imagen del Che Guevara al fondo; habla de que hay fútbol de izquierdas y fútbol de derechas. No hace falta aclarar con cuál se identifica. De regreso del pensamiento utópico, nombra a Jorge Luis Borges y toma una idea del escritor para definir el juego que le gusta: “La Literatura, decía Borges, es orden y aventura: con el fútbol ocurre lo mismo”. La entrevista es de 2009. Con el tiempo y para sus colaboraciones periodísticas, Menotti ha adaptado el lema borgiano hasta convertirlo en orden y desorden. En esa mezcla, sostiene Menotti, en la gestión de esos dos contrarios, radica la esencia del mejor fútbol. Y Alemania fue a quien mejor le salió el mejunje, concluye.

Sugestionados por el ambiente pangermanista que expandió la exhibición frente a Australia, los diarios titularon la previa del Alemania-Serbia: “La maquinaria alemana frente al tractor serbio”. El armario de las metáforas está repleto y las hay de todos los calibres, como se aprecia. Y en eso, donde Menotti apelaba al desorden, ingresó el caos, transmutado en una hidra de varias cabezas que conformaron el árbitro Undiano Mallenco -que expulsó a Klose en el minuto 36-, un penalti detenido por Stojkovic tras una mano delirante de Vidic (ese muchacho que Ferguson prefirió a Piqué), tres cabezazos en pelea de Zigic contra Lahm (o sea, Corbalán frente a Romay): una hizo gol, la otra larguero, la otra una ocasión flagrante largada a la tribuna. Y la derrota alemana a manos del jondere manejado por Radomir Antic (1-0, Jovanovic). Lo que me llevó a pensar que sobre el fútbol es mejor no pensar demasiado ni organizar idearios que comporten mucha elaboración teórica. Como motivo central del muy aprovechable decálogo menottista quedó siempre la oposición entre el juego y los resultados, convertidos en facciones antagonistas a las que uno puede adscribirse libremente, para a continuación iniciar la febril búsqueda de demostraciones empíricas. El resultado acostumbra a mentir; el juego dice la verdad, sería la formulación básica de la escuela. O sea, el resultado es de derechas, mientras que el juego vota izquierdas. No quiero yo refutar a Menotti, líbreme Borges, pero yo he creído advertir a lo largo de tantos años de mirar fútbol que a menudo el juego es tan mentiroso como el marcador…

Y mientras pienso en ver a Inglaterra con mucho cuidado (juega Calamity James en la portería) recuerdo esta magnífica escena de The Damned United, película sobre los años dorados del muy soberbio y a veces genial Brian Clough. Cuando en el día de los días veo u oigo a un entrenador de fútbol pavoneándose, me acuerdo de ella: el presidente del Derby County, Sam Longson, despide al inefable Clough no sin antes explicarle en detalle la realidad del fútbol (y de la vida, agrega).

Brian Clough: “And that’s where you’d still flaming be if it wasn’t for me: at the foot of the blooming Second Division! Nobody’d remember you and nobody’d have heard of you. There would be no Derby County without me! No league title, no Champions of England… No without Brian Clough!”.
(“Y ahí es donde estaríais aún si no fuera por mí: ¡en el pozo de la maldita Segunda División! Nadie se acordaría de vosotros, nadie habría oído hablar de vosotros. ¡Ni siquiera existiría el Derby County sin mí! ¡Ni el título de Liga, ni el campeonato de Inglaterra! ¡No sin Brian Clough!”).

Sam Longson: “I’m gonna give you some good advice, Brian Clough… No matter how good you think you are, how clever, how many fans and new friends you make on the telly. The reality of football and life is this: the Chairman is the boss, then come the directors, then the secretary, then the fans, then the players and then… finally  -last of all, bottom of the hit, the lowest of the low- comes the one who in the end we can all do without: the blooming manager!”.
(“Te daré un buen consejo, Brian Clough… No importa lo bueno que te creas, lo inteligente que seas, ni los admiradores o nuevos amigos que hagas por la tele. La realidad del fútbol y de la vida es ésta: el presidente es el jefe, luego vienen los directivos, después el secretario, más tarde los aficionados y luego los jugadores. Y después, finalmente, el último de todos, al fondo de la lista, lo más bajo de lo más bajo, está ese tipo del que un día cualquiera todos podemos prescindir: ¡el puto entrenador!”).





No le disparen al pianista… aún

17 06 2010

El fútbol es un asunto muy viejo, de modo que la mayoría de la gente ha tenido tiempo de aprender bastante acerca de cómo opera este juego. Qué cosas sí y qué cosas no. En España, país contumaz donde los haya, la miopía raya lo patológico. El asunto del Mundial expone hasta qué punto no aprendimos casi nada de lo necesario para jugarlos. De acuerdo que la experiencia de un ganador no la tenemos, pero sí la del fracaso, que enseña tanto o más; y otra cosa: basta mirar alrededor. Todos vimos del orden de cuatro o cinco mundiales. Algunos contamos ya hasta una decena o más… Entonces, ¿cómo es que aún no entendimos en qué consiste la primera fase de una Copa del Mundo? ¿A qué viene eso de andar calculando los cruces de octavos y cuartos antes del primer partido? ¿Nadie se dio cuenta todavía que la primera fase no es el arranque de la Liga, no son tres partiditos para ir estirando las piernas, no es un calentamiento para las grandes ocasiones, no es una cuchipanda de trompeteros a los que golear? La primera fase es la madriguera de los supervivientes, es el torneo de los pobres, es el camino de los salteadores. La primera fase es EL MUNDIAL, amigos… El Mundial. Es decir, que si no pasas, se terminó. Que en la primera fase lo que hay que hacer, o sea, es sobre todo no perder. No perder. Simple. No perder contra Suiza, por ejemplo.

Andrés Iniesta, que venía rodeado por las dudas, fue con Xabi Alonso el mejor del equipo hasta que agotó el físico. Extrañó más ayuda de Silva por el otro lado, para equilibrar la amenaza, y de un tímido Capdevila por el suyo para generar espacios en la asociación.

A alguien le oí ayer subrayar algo que no me he molestado en comprobar: jamás un campeón del mundo perdió el primer partido. Si fuera cierto, el adagio convocaría un tanto de razón y otro de casualidad. Pero merece la pena atenderlo. Tanto denostar a los italianos cuando son los italianos quienes más enseñan acerca de los mecanismos que intervienen en asuntos como el que nos ocupa. Porque los italianos, grandes armadores de lo ficticio, se comportan en ocasiones así sin asomo de impostura. Salen y no pierden. De acuerdo, tampoco ganan, tal vez eso lo dejan para el último día o para alguno de los días, a menudo los importantes, pero sobre todo no pierden. Si los agarran en un despiste (léase Paraguay) empatan por lo civil o lo criminal. Y mientras los españoles nos ponemos huecos al mirarlos hacer esas cosas tan italianas (hasta criticamos a Argentina por vencer sólo por 1-0 a Nigeria), los azules recogen su punto y se van a cebarlo cinco o seis días hasta el segundo partido. Y así sucesivamente. El argentino Marlo, un amigo, vio no menos de diez mundiales. El argentino Marlo aprendió que las rachas triunfales de entreguerras -eliminatorias y cositas así- anticipan un equivocado triunfalismo. El argentino recuerda el equipazo de 1994 y su fracaso a manos del dopaje de Maradona y del pie incorrupto de Hagi con Rumanía; recuerda el paso marcial de la albiceleste dirigida por Marcelo Bielsa durante los años anteriores a Corea y Japón… y el regreso en la primera fase del Mundial de 2002. Aquí no aprendimos nada, aunque tuvimos mil ocasiones. Los análisis vuelven a incurrir en la vanidad y obvian lo más obvio. Es habitual: la última oportunidad que tuvimos de aprender algo fue la derrota con Estados Unidos en la Copa Confederaciones. Nadie tomó en serio aquello. Y sin embargo, aquel partido prefiguraba éste…

Dicho lo cual, todo esto tiene poco que ver con la Selección en sí. Tampoco aprendimos que no se le dispara al pianista mientras interpreta una de sus piezas, porque no hace ni un rato que al pianista lo estábamos revoleando en el aire después de cada tema que nos regalaba, vitoreándole la fragilidad de los dedos, la alegría ligera del tiempo, la belleza esencial de la armonía, las improvisaciones caballerosas, el puntillismo virtuosista. Bajemos la metáfora. España jugó como siempre, y basta. No le busquen pelos a la calavera. Tampoco aprendimos algo básico ya no sobre el Mundial, sino apenas sobre el fútbol: no todo ha de tener explicación. Es decir, la tiene pero no por razonamiento dominó. España jugó como siempre y lo que le faltó fue lo que le puede faltar a cualquiera en cualquier partido cualquier tarde. En mi opinión: espacios a la espalda de una defensa algo más que meritoria, velocidad en los últimos metros para remover a un equipo al que ni siquiera el tiempo descompuso y que se apelmazó todavía más alrededor de la ventaja, laterales con más precisión en las llegadas, y algunos ajustes a la hora de mezclar pase y remate. Sobre todo le faltó atención atrás en el gol de Suiza. Un equipo que quiere ganar ha de ser sobre todo un equipo difícil de vencer. España cayó abatida por dos contras que agarraron a Puyol fuera de sitio o presto a un error de cálculo. Ahora, hasta eso puede suceder. De hecho sucede. Como sucede que los suizos se lleven los tres rebotes de la jugada y Piqué, una patada en la cabeza.

Xavi, la pieza maestra que hace rular todo el fútbol a las velocidades y con la precisión adecuada: sin esa aceleración, España amansa su juego en una más previsible horizontalidad. No se trata de un problema de estilo, sino de ejecución. Cualquier rival sabe que Xavi es el hombre; Hitzfeld, desde luego, lo sabía.

No se trata de si jugó con dos medios (Xabi Alonso es mucho más que un medio defensivo, además de que con Iniesta estuvo en el mejor nivel de todo el equipo), no se trata de que se extraviase en la retórica, ni de que tenga que jugar con uno o dos puntas, ni de que la chica de Casillas esté detrás de la portería con un micrófono. Se trata de que faltó más de Silva, mucho más de Villa, bastante de los laterales, los dos centrales y el portero, retratados en la jugada del gol y la del poste. Y Xavi, por encima de todo: el secreto al aire de todo el entramado, se quiera o no.Y que Ottmar Hitzfeld, el preparador de los suizos, es un señor que ganó dos copas de Europa con dos equipos diferentes. Es decir, que no se levantó de la cama ayer por la mañana para dirigir a un equipo de fútbol. Como no lo había hecho, hace un año, el seleccionador americano. Como no lo ha hecho, desde luego, Marcelo Bielsa, el DT de Chile. Su biografía se tituló así: “Lo suficientemente loco”. Si tienen cerca a algún aficionado conspicuo del Espanyol o a algún argentino, pregúntenle por Bielsa y a lo mejor entendemos a qué nos enfrentamos ahora…

Conclusión: con Suiza no se pierde. Así no más.