El hombre al que llaman Jesús

21 06 2010

El fin de semana exhibió generoso las últimas evoluciones y retrocesos del fútbol mundial, espectáculo que exige un comentario. Desde que la FIFA autorizó 32 equipos en el torneo, la Copa del Mundo tiene para el observador medio mayor interés antropológico que deportivo. La primera fase sirve para medir hasta qué punto las especies se han desarrollado o no, cómo medraron los asiáticos, de qué manera el aislamiento geográfico opera sobre el fútbol de Oceanía, cómo el extravío de su secular insularidad ha perjudicado a los ingleses tanto o más que sus porteros, si Brasil siguen siendo once brasileños disfrazados de Brasil, pero sin ser Brasil, si el espíritu jacobino ha vuelto agazapado a Francia en forma de futbolistas coloniales, o si los equipos africanos se van pareciendo algo más a los europeos o bien los europeos cada vez tienen más de africanos… 

Costa de Marfil perdió con lo que queda de Brasil (1-3), lo que confirma dos cosas: 1) Que los canarinhos son, con permiso de Italia, los más listos de todo el orbe: mientras el mundo continúa soñando gratis con el Brasil del 70 y el equipo-que-nunca-fue de 1982, los brasileños revisaron a toda velocidad su sistema entre 1986 y 1990, se cansaron de ser los artistas circenses de un negocio brutalmente pragmático y fueron agregando la siderurgia a su ser artístico, hasta llegar al equipo de Dunga. 2) Que los africanos tomaron el rabano por las hojas, como no podía ser de otro modo: de tanto oír a todo el mundo decirles lo fuertes, lo musculados, lo atléticos y lo carnalmente bellos que resultan sus cuerpos, compraron camisetas dos tallas menores, las ajustaron a sus cuerpos, y salieron al campo como el que ingresa en la pasarela, marcando pectoral y pezoncito. En eso se quedaron, como casi siempre. Los preferíamos emocionalmente tribales como en los días de la Nigeria de Yekini en el 94; o, aún más, cubanamente revolucionarios e iconoclastas, al modo del feliz Camerún del 90. 

Belloumi, el héroe de Argelia en el Mundial 82: le hizo un gol a Alemania y puso a los germanos de Jupp Derwall al borde del abismo en la primera fase. Todo el mundo recuerda que Italia se clasificó llorando -por un resbalón de N'Kono, portero de Camerún- y luego fue campeona; casi nadie repara en que los alemanes hubieron de arreglar su último choque con Austria para sacar del torneo a Argelia... y luego fueron finalistas.

 Ghana no pudo contra diez australianos (1-1). El partido fue de lo que más me ha divertido hasta la fecha en el Mundial y me ayudó a ratificar un par de cosas que ya intuía: que Pennant tampoco sería titular en Ghana y que los australianos son los únicos británicos, futbolísticamente hablando, que hay en el torneo. Sin Escocia ni Irlanda, el fútbol inglés no está representado en Sudáfrica. Ni hooligans hay. Ni barrigas cerveceras. Éste de Sudáfrica constituye, con Corea-Japón y Estados Unidos, el Mundial más improbable de la historia. Al menos en el Independent alcanzaron por fin el sábado un punto de autocrítica que por España jamás rozamos a lo largo de las décadas: “Casi sería mejor que la Banda de el Padrino [sobrenombre de Fabio Capello] se fuera en la primera fase, así a lo mejor comenzaríamos a pensar menos en los magnates que toman el mando en los clubes de la Premiere, en el dinero de las televisiones, la expansión asiática y la así llamada ‘Mejor Liga del Mundo’. Y nos pondríamos a considerar en serio el nivel de los futbolistas ingleses”. Por fin. Después de dos partidos con Heskey de titular (!), sin Joe Cole en el campo, con Calamity James de jugador más destacado y un par de empates bien ralos con Estados Unidos y Argelia (¿quién no recordó con nostalgia a Belloumi, quién?), los ingleses se han caído del caballo con estrépito: “Nunca en el campo de los conflictos futbolísticos unos pocos hicieron tan poco por tantos otros”, tituló The Sun a toda página, en letra tipo catástrofe, parafraseando (y solicitando disculpas) a Sir Winston Churchill. Otro analista confesó, con aire atribulado: “Quizá nos entusiasmamos demasiado con Capello”. 

Jesús Kennedy, el modesto mesías australiano, en una imagen de aspecto celestial, guía a su pueblo a la Tierra Prometida. Y alguno pensará: "¡Pero si ya viven allá, ¡es Australia!". Y no les faltará razón. Jesús habla a veces con su padre; otras veces, mete un gol.

Pero decía que Ghana no ganó a Australia, que jugaba con diez pero tenía en sus filas al inolvidable Chipperfield -con Simone Pepe, el italiano, dos personajes preferidos de mi Mundial-, a Lucas Neill (ese futbolista que tiró a Oddo con mucho desorden en el área en Alemania 2006, posibilitando la clasificación italiana para cuartos de final, y al que luego quiso fichar el Zaragoza…) y desde luego tenía al personaje que nos interesa: a Joshua Kennedy. El comentarista inglés anunció su entrada en el terreno de juego de esta manera: “Ahí sale Josh Kennedy… el hombre al que todos llaman Jesús”. De inmediato di un respingo en el asiento. Ahí estaba Jesús Kennedy, el cabello largo sobre los hombros, la perilla fina, una línea de vello que se derrama sobre la mejilla… El hombre al que todos llaman Jesús. A los anglosajones les hacen mucha gracia las personas que se llaman Jesús y los identifican de manera automática con el hijo de Dios. ¿Cómo puede alguien llamarse Jesús?, se extrañan. Les suena como llamarse Dios, directamente. De inmediato me informo en el aleph acerca de Joshua Kennedy: en los partidos de los socceroos no son extrañas las pancartas ideadas para pedirle a una intercesión en momentos en los que el partido se pone difícil. Suele decir así, con estilo muy directo: “Jesús, habla con tu Padre”. 

Joshua Kennedy, nacido en el estado australiano de Victoria, emigró muy joven al fútbol alemán (debutó en la Bundesliga con 17 años) y luego ha pasado por tantos equipos germanos como le ha sido posible, por sus segundas plantillas y, por fin, también por las primeras. Si hay que definirlo, vendría a ser un goleador. O mejor, un tipo que quiere meter goles, aunque no siempre lo consiga. Pero tiene el carisma de los Salvadores, claro. Y ese cuidado aspecto que recuerda a Christophe Dugarry tanto como al Jesús de Nazareth de aquel afiche hippie que teníamos en casa en los años setenta, el de ‘Se Busca. Recompensa: La Vida Eterna’, con el rostro de the Man himself dibujado a carboncillo, a la manera de los outlaw del Oeste. Decía que entró Jesús al campo vestido de futbolista, como hay sacerdotes que tocan rock en los ratos que les dejan libres las homilías. A esa hora los australianos empujaban con diez en fantásticas oleadas, suprimido el miedo, el medio campo y cualquier asomo de pausa para asegurar un empate que era hierro molido, o algo así. Su fútbol tiene una alegría infantil, soleada, nada utilitarista. De ese modo jugaron siempre los ingleses, antes de que se construyera el túnel bajo el Canal de La Mancha. Los aussies jugaron hasta el final sin reparar en su inferioridad y aplicando una lógica inversa que espantaría a Capello: entre jugar con once o jugar con diez no puede haber tanta diferencia. Hay que decir que Jesús estuvo cerca del gol, pero no acertó. El tanto hubiera sido un éxito de proporciones similares al célebre Sermón de la Montaña. Todo esto me hizo acordarme de los milagros del Nazareno según la versión de Padre de Familia. Y de aquella pintada tan habitual en las umbrías calles de las ciudades inglesas, en los días en que Alan Shearer levantaba redes allá donde apuntaba. Decía el grafiti: “God Saves… but Shearer scores on the rebound”.
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2 responses

22 06 2010
Jeremy North

Es evidente lo que comentas, Mario: de tanto admirar en Europa los morenos cuerpos musculados de los africanos, que se lo han creído y su mayor preocupación es marcar tetillas con las camisetas Puma, que se ha especializado en las marcantes. Como en los últimos mundiales, el supuesto fenómeno del fútbol africano se ha quedado en humo.

Pero también hace falta un buen cuerpo para llevar esas camisetas, que tiene su mérito. Hace unos años, en la época de Soláns, se contrató la indumentaria del Real Zaragoza con Kappa, la marca que entonces era la favorita para marcar músculo, a algunos jugadores les hizo polvo, como a Esquerdinha y Paco Jémez, porque esas camisetas resaltaban tanto el músculo como la lorza, y unos cuantos quedaron en evidencia respecto al cuidado de sus cuerpos.

22 06 2010
ornat

Dímelo a mí, que tengo un par de camisetas de aquellos años regaladas por jugadores y ahí están, en el armario, esperando el imposible momento de ponérmelas. (Bueno, confesaré que la del portero aragonés, que es negra y estiliza un tanto, me ha hecho de camiseta térmica en alguna que otra carrera popular y varios entrenamientos de rugby: pero siempre con varias capas encima).

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