El laberinto

9 08 2010

Cuando piensa en un lugar sórdido, la gente imagina una cárcel turca por intermedio de El Expreso de Medianoche, una de aquellas películas que todo el mundo cree haber visto. Mi idea de la sordidez, sin embargo, la expresa un espacio que para el común representa el antónimo de la mugre, el desorden, la procacidad o el abandono. Estoy hablando del Ikea. Sí, ese prodigio sueco, ese jardín del Edén de las jóvenes parejas, esa república independiente del gusto decorativo, ese aleph de la originalidad, los complementos, las ideas, el confort, la sencillez y el precio ajustado. El Ikea. Un lugar concebido por el demonio. No pongan tal cara: ¿Ustedes creen de verdad a Dante cuando describe las penalidades escenográficas del infierno? Yo no. Pienso más bien que el infierno de un tipo listo no anunciará la evidencia de las interminables penalidades que ahí va a pasar el inquilino. No. El infierno ha de ofrecerse a la vista como un lugar diabólicamente nítido, diáfano, de loca hermosura, aséptico, un laberinto ineludible de perfecta geometría repetida hasta el infinito, en el que todo el mundo crea ser libre, feliz, afortunado, eterno. Una prisión implacable con aspecto de paraíso.

El Ikea viene a perfeccionar con ladina perversidad un modelo preexistente, pero incompleto: el Leroy Merlin, el AKI… Modelos sin engaño, obvios, ajenos al glamour, representantes de la tramoya urbana. Su rudimentaria imperfección levantó siempre fundadas sospechas en los hombres refractarios al bricolaje, las tareas manuales, la pretecnología, los juegos infantiles con arcilla. Como yo. Pero no había forma de equivocarse: uno pensaba en el Leroy Merlin y pensaba en los seres de camisa a cuadros de franela y carretilla, en hormigoneras, en los martillazos que enervan los domingos caseros, en los pequeños arquitectos de lo cotidiano. Ahora… el modelo del Ikea es mucho más ambiguo. Acoge a todo el mundo. Es una celebración inconsciente (en el más amplio sentido del término) del usted puede hacerlo… Una temeridad. Y además, su alargado brazo conceptual ha volteado usos sociales de toda la vida. Ahora el concepto romanticismo ya no implica una cena con velas, una llegada a casa con flores, una canción bailada en pijama y pantuflas en medio del salón de casa… No. Ahora, si usted quiere demostrarle a su pareja que está dispuesto a cualquier cosa por ella, que son uno, que el compromiso no tiene ni un mínimo de reprochable, si usted quiere que a su pareja se le abra un ojo de par en par, si quiere verla llena de gozo, no lo dude: llévela al Ikea. Ellas saben entender la incomensurable profundidad de tal gesto.

Mi incapacidad para las tareas de mantenimiento del hogar la determina un imperativo familiar: yo jamás vi a mi padre colgar un cuadro. Es más, jamás vi a mi abuelo con nada en la mano que se pareciese a una broca, un destornillador, un punzón, unas tijeras de podar, una sierra mecánica, una lijadora o un bote de pintura. Lo más parecido a una herramienta que usaba aquel hombre de esencial elegancia fue la brocha que mojaba en el jabón de afeitado. Lejanos del marxismo, ambos creían y practicaban sin embargo la división del trabajo, confiaban en el valor resolutivo de la amistad. Los amigos han de resolver problemas prácticos. Siempre hay que tener un amigo abogado, otro pintor, algunos estratégicamente situados en las oficinas de Tráfico, Hacienda, la oficina del DNI y el Ayuntamiento. Y, desde luego, los imprescindibles: un médico y un manitas. Lo segundo más importante que lo primero. Porque hay Seguridad Social, pero no fontaneros de titularidad pública. No está nacionalizado el chapuzas. Ese hombre sencillo que viaja por la vida adornado por la estola de la imprescindibilidad. Acompañado de una pesada caja de herramientas donde se confunden maravillas para cualquier caso. El tipo que lo mismo te fríe un botón que te cose un huevo; que maneja conceptos mecánicos como el taladro, que acierta a distinguir entre una moldura y una jácena, que conoce las técnicas para estarcir y para estucar. Y que puede explicar con notoria tranquilidad qué es macho y qué es hembra en el complejo y traicionero universo de la electricidad doméstica. Mi padre y mi abuelo siempre tuvieron uno o varios de esos amigos. Para el resto de las felonías que pudiera presentarles la vida, estaban sus mujeres.

A ellas, hijas de otras generaciones, jamás las llevaron al Ikea, porque no existía. Lo sueco era otra cosa. Así que nunca pudieron disfrutar de los iniciáticos miles de metros cuadrados de exposición que componen el universo Ikea. Lugar en el que uno atraviesa tres fases, que detallo para uso general si conviniera:

1) Guardería infantil y primeras maravillas: inevitable comentar nada más entrar en el establecimiento, a la vista de los equipos de animación que se afanan entre infantes, lo preclaro del planteamiento que preside esta hipérbole comercial: “La verdad es que lo tienen bien montado…”, asiente cualquiera. Porque sí… abandonar a los niños antes de ingresar a este corredor de la muerte con baldosas amarillas resulta obligatorio. Ahí dentro, traspuesto el umbral con los primeros cojines, fundas y rellenos, las parejas van a someterse a muy serias decisiones, que no pueden verse atropelladas por ansiedades pueriles; van a ser tentados con diseños de avanzada potencia subconsciente, propuestas tan innovadoras que consiguen que no podamos vivir sin uno de los coloridos embudos en espiral que asoman en aquella cesta, que no podamos sustraernos al venial placer de exhibir en la próxima cena el más increíble abridor de latas que hayan diseñado los dioses, y que nos parezca una ordinariez tener botellas de agua de plástico en la nevera, una ensaladera sin estilo, vasos transparentes o un mantel de hilo heredado de la abuela. Ikea ha conseguido que las celebraciones en casa ajena llenen la mesa de exhibicionistas artilugios, donde se repiten consignas: “Qué sacacorchos tan chulo”. Y la despiadada respuesta: “Es del Ikea”. Y ellas, hablándoles de medio lado a sus santos: “¿Ves?, esos son los cuencos para el cuscús que te decía que había visto en casa de Glenda…”. Para añadir a continuación la pública banderilla: “No hay forma de que éste me lleve al Ikea”.

2) ¿Por qué no podemos vivir aquí? Atravesadas las propuestas de dormitorios, cocinas, baños y salerosas soluciones para pisos de 30 metros cuadrados, no hay quien resista el síndrome y se pregunte: “¿Por qué no podemos quedarnos a vivir aquí?”. Una indisimulada desesperación vital acompaña la aparición de esta dolencia psicológica. Uno querría hacer suyo el caleidoscopio modular que lo rodea, que lo sitia, que lo abraza. Cualquier comparación del lugar en el que uno vive con el Ikea, la gana el Ikea. No hay caso. Es siempre así. Ellos tienen las lámparas que queremos, los armarios que necesitamos, el zapatero que no nos cabe, la cómoda elegante a la par que informal, el juego de alfombras que nos realzaría los suelos. Y además, como en Las Vegas, aquello sigue en permanente construcción: mientras tú observas las delicadas estancias que ponen ante tus ojos, ahí detrás, separados del público por unas recias cortinas, puedes ver a varios hombres que fatigan maderas, aperos, metros y caballetes: están levantando los nuevos mundos que agregarán a los ya existentes. Ellas, ahí, pueden llegar a pensar: “¿Por qué no me tocó uno de estos forzudos de peto y martillo?”. Tómelo como una ineludible señal: es la hora de huir.

3) ¡Rosebud…! No se detenga en las piezas de menaje. No se pare a considerar vajillas cromadas que no necesita. Deje para otro momento la decisión acerca del felpudo. Ni en broma se fije en las soluciones para el jardín, si lo tuviera… Es hora de correr o usted tal vez nunca salga ya del laberinto. Si pierde tiempo escogiendo el color de la horma para zapatos, el minotauro podría embestirlo. Olvide mediciones de bordes, no piense en si el espejo cabe o no cabe en el espacio libre del excusado, no mire a su doña interrogándose ambos en silencio sobre si era lo que buscaban o no para su recibidor, en el que nada es lo suficientemente pequeño y adecuado y útil. Corra, porque ellos lo tienen. Corra. Deje atrás la cafetería (podría ser fatal reponer fuerzas), atraviese con larga zancada los pasillos que le quedan, baje las escaleras… Sí, ahora viene lo peor: va a enfrentarse a las tripas del monstruo, pero ha de resistir. Allí, en una gigantesca nave de dimensiones sobrehumanas, elevadas en poderosos anaqueles metálicos, repetidos de manera interminable hasta alturas y profundidades en los que la vista teme perderse, allí están apiladas las cajas en las que lo guardan todo. Sí, todas las preciosidades que usted ha anhelado, están ahí arrumbadas, deshechas para que usted les dé forma si tiene huevos y un destornillador de estrella en casa. Deconstruidas, en un gesto de tentación y reto. Todo está ahí, todo. No en internet, no, ahí: en un gigantesco almacén más grande que todo lo que usted hubiera podido imaginar. Un lugar ilimitado en el que los niños que no quedaron en la guardería lloran de desconsuelo, como si se hubieran perdido en la amenazante inmensidad de una montaña, descuidados por padres que se concentran laboriosos en la identificación de claves, nombres, números, series y tamaños, sometidos al peligro de llevarse unas baldas para apilar cedés en lugar de un armarito para el baño. Los niños, con razón, temen quedar abandonados entre las innumerables cajas, como el arca de Indiana Jones, confundidos entre lámparas de pie y toros mecánicos que llevan y traen moles ocres en sus brazos de acero. Si en ese momento, en ese preciso instante, ellos y usted añoran la modestia conceptual de su hogar, el portafotos de toda la vida, el abridor sin tecnología punta, las cortinas clásicas de la ducha… si usted es entonces capaz de pensar en alguna de tales cosas, estará apelando al trineo de Ciudadano Kane y aún aguardará en usted un ser humano recuperable para la causa. No quedan muchos: ríase de las ventas de Pérez Reverte, porque el catálogo de Ikea lo leen al año cerca de diez millones de personas. Así que, aferrado a sus convicciones, diga Rosebud entre dientes, sin levantar la voz, pague lo poco que haya podido salvar de la visita y salga todo lo deprisa que pueda. El monstruo que tritura la dignidad del hombre aún lo acecha y lo hará durante un tiempo. Si usted consigue no mirar atrás y tarda en volver lo suficiente, estará a salvo.

Muchos no lo han logrado.

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6 responses

9 08 2010
El aceitero

Cielos.. en tiempos del ilustre Torquemada te hubiera querido ver yo….Cual ereje e infiel hubieras sido ajusticiado…blasfemar y tener pensamientos impropios sobre ese gran DIOS sueco…. Me declaro creyente y seguidor de la doctrina..
Una semana.. tres visitas a IKEA y una mas al Leroy Merlin, para comparar mas ke nada y obtener “briconsejos” … .Hoy es lunes, como ayer fue domingo y cerraron claro esta, pues volveremos .. mi muy querida señora, me dice que solo es para mirar los edredones y la ropa de cama…..
Pero ya ma habian avisado ya.. en verano.. y con las niñas en el pueblo con los abuelos…. tu mujer quiere aprovechar y cambiar la despensa….
Y yo ahora añado.. y el cuarto de la niña pequeña y las lamparas del pasillo y el zapatero de la entrada y mas y mas…

Un saludo.
El aceitero, un arbitro de rugby abducido por los del pantalon azul y camiseta amarilla.
PD: sigo pensando que te has contenido con la descripcion, que te has retenido para no asustar en demasia…

9 08 2010
ornat

Aceitero, no se sienta solo: muchos, en efecto, no lo han logrado…

11 08 2010
Nacho

respuesta de mi santa después de reenviarle el link:

“tenemos que ir a ese lugar concebido por el demonio”

estoy condenado

19 08 2010
Conchita Casales

Me ha encantado la descripción/ensayo….tiene un chispa sublime, es Genial!!…y que decir de los anuncios de la tele dónde se ve a los niños saltando por los sofás y por encima de los muebles….uffff….afortunadamente cuando la publicidad de Ikea llegó a España mis hijos ya tenían una edad…..y sabían estar ….en los lugares apropiados para estar….creo…
En fin, una cosa es criar y educar niños y otra Canguros Australianos….y además desmelenaoooss…saltando y pintando por las paredes….

La verdad es que cuando juego al tenis pienso mucho en IKEA he pensado más de una vez en comprarme una sartén de esas enormes que hay….no para cocinar – no- sino para jugar el Tenis ….a ver si es verdad que lo hace todo sola…jeje
Saludos.

17 09 2010
kikone

Te has dejado el restaurante. ¿Como hay gente capaz de meterse en el gaznate semejantes porquerias? Yo le dije a mi Santa: Antes de comprar aqui un juego de cafe, prefiero robar de un bar un juego completo de “Segafreddo Zanetti”. Por lo menos es mejor.

P.D.: Tambien hay que decir en su favor que el aire acondicionado les funciona bastante bien. La ultima vez que estuve mi coche al aparcar marcaba 41 grados (26/08/2010)

17 09 2010
ornat

No es el aire acondicionado: al ser un pedazo de Suecia, tienen esa temperatura ambiente por defecto.

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