Entretiempo

27 09 2010

Estuve en la Luna. Y regresar de un lugar tan lejano lleva su tiempo. Fui allá, de vacaciones al satélite nocturno, acompañado por una alegre cuchipanda de policías dipsómanos, asesinos que no pagaron su crimen, prostitutas de Tinseltown, necrófilos burgueses, terroristas ácratas y agentes boxeadores. No hacíamos un grupo muy halagüeño, pero es el tipo de gente con la que prefiero juntarme. Sus excesos me ocuparon tardes y mañanas, aunque los atendí con un desorden y una inconstancia mayores de lo habitual. No es que no me llamaran la atención, es que me costó concentrarme en sus dramas sin moral, incluso concentrarme en la diversión que me procuran las malas compañías, que siempre me sentaron tan bien bajo el sol y el agua: debió de ser por la falta de gravedad, que me impedía poner los pies en el suelo. Allá llevé una vida tranquila. Ensayé las rutinas que un día quisiera imponer. El piso es cálido y auspicia el placer infantil de caminar descalzo: puedo nombrar esa mínima victoria como una de las felicidades mayores. Hubo otras, todas cotidianas. Por las mañanas nadaba en el Mar de la Tranquilidad, donde me gusta hacer el muerto. Allí nadie puede tocarme. Soy ligero, soy ajeno, soy lejano, soy nuevo y antiguo a la vez, soy un héroe sin tiempo, que ha traspasado los límites y puede situarse exactamente donde lo lleve su memoria. Visité los fondos. En los fondos yacen antiguas naves de un tiempo extraviado, puentes de mando herrumbrados, torretas que han reinaugurado una feraz existencia a su alrededor. Es hermoso. Ya de tarde, salía a pasear con Lady Blue y Laika, que no extraña la Tierra. ¿Y por qué iba a hacerlo? Allá los ladridos no hacen ruido. Y los crepúsculos son interminables. El sol baja tan despacio que parece no querer irse nunca. Los días poseen una luz inigualable, nítida, intensa, feliz. Los azules son más azules, los verdes son más verdes, las pieles son canela. Algunos días soplan vientos enloquecedores y uno piensa en huir, pero no lo hace. En la Otra Cara la calma es absoluta. Sólo hace falta ir a buscarla.

Regresé cuando en este planeta ya era septiembre. He soñado (tal vez he pensado) que me retiro a un lugar sin estaciones, un espacio de clima sereno, constante. Alguno he conocido, me sirve de modelo. Una línea de fuga a la que tender. Algo en que pensar: ceremonias de interior, teatros silenciosos del pensamiento con los que entretener la rutina del ávido invierno. Hubo que volver. Siempre hay que volver, y siempre parece que haya que interrogarse para qué. El reingreso en la atmósfera es la maniobra más peligrosa, lo sabe cualquiera, pero yo preferí apurar hasta el útimo segundo y entré en un ángulo precipitado, sin atender demasiado a los cálculos matemáticos de otras veces. Me dije: si uno ha de desaparecer, por qué no hacerlo convertido en una bola de fuego que se extingue allá arriba, dibujando un mágico fulgor en el cielo, un picado espectacular, una estela caprichosa, algo que todos puedan admirar encantados, sin asomo del dramatismo que preside la escena verdadera. Mejor que ser engullido por la tierra o el fuego y un responso al polvo. Pero sobreviví al impacto. No debí hacerlo, fue equivocado. Este tiempo lo he pasado en una cápsula de readaptación. Ya tengo los pies en el suelo, pero prevalece la placentera sensación de ingravidez de las aguas profundas y los abismos del espacio, un leve vaivén que no alcanza a ser mareo. Mi cuerpo ha vuelto. El cerebro emite señales contradictorias, de escenas ya trascendidas y sin embargo tan insistentes. Por el cristal veo discurrir ante mí episodios repetidos de lo que siempre fue mi vida, en las que debería reconocerme, a las que tal vez me hubiera de aferrar para retomar el inevitable paso. Ha vuelto la muerte, ha vuelto la angustia, ha vuelto la pobreza,  el entretiempo infame con su revoleo de fulares y cardigans y blazers. Siguen la desesperanza, el hastío, la nostalgia, la incertidumbre. Aceptarlas, combatirlas, forma parte de la terapia del regreso. Pero no me reconozco. La gente pasa, saludan con una sonrisa de significado incierto, me hablan al otro lado de la frontera traslúcida de mi cápsula, tal vez como a un héroe, como a un olvidado, igual que a un loco. Trato de leer sus labios y admito que sé lo que dicen. Cómo no iba a saber lo que dicen… Lo confieso: no es nada que desee recordar.

Hablo a oscuras, represento tragedias oníricas, anhelo agujeros negros que revienten en supernovas. El cocodrilo astronauta soy, en órbita lunar…

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6 responses

29 09 2010
Jeremy North

Se te echaba en falta, Mario.

¿Irás el 2 de diciembre al concierto de Bunbury en el Príncipe Felipe?.

29 09 2010
Ornat

Sí, aunque soy especialista en perderme conciertos de Bunbury sin querer.

Antes iré a Damien Jurado en la Lata (5 de octubre, creo, uno de mis héroes), al FIZ el fin de semana y después espero ver a Arcade Fire en noviembre en Madrid o Barcelona. Aunque los precios son para no ir… La pereza me impidió ir a rendirle tributo al señor E y los Eels hace dos o tres semanas.

4 10 2010
millertime

nos vemos en el FIZ Mario y si te apuntas a Arcade Fire, yo iré a Madrid. Los precios son altos, pero lo que recibes a cambio es lo mejor de lo mejor de lo mejor.

Saludos!

4 10 2010
ornat

Pensaba ir pero, la verdad, los precios me parecieron una barbaridad. Me gustan mucho, pero no tengo tan claro que sean lo mejor. Eso no es lo importante, de todas formas. Ahora ya las entradas están agotadas. Puede que, un día antes, esté viendo a Primal Scream también en Madrid… Son viejas debilidades por las que uno toma más impulso que por las últimas.
Nos vemos en el FIZ, sí.

4 10 2010
millertime

ok ok… un litrico en el FIZ caerá.

4 10 2010
ornat

Y en Arcade Fire, que he encontrado un resquicio por el que colarme…

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