Lobos

7 10 2010

El fútbol y el periodismo me parecen dos asuntos patéticos. Tal vez el único modo de soportarlos resida en sus mayores expresiones: recorrer la cuadrícula africana entre los años 60 y 70, en plena descolonización revolucionaria, al modo de Kapuscinsky (versión aventura) o alicatarse el riñón con billetes en un no-hacer-gran-cosa, viendo la vida pasar a través del cristal del despacho de una gran ciudad, en la conciencia de que todo está hecho, cumplido el tránsito de ascensos, promociones y aumentos de sueldo (versión materialista). Como perfecto hombre imperfecto, yo he fatigado tiempos en anhelar las dos en orden alternativo, inútilmente en los dos casos. En el lado del fútbol, ya escribí que me negaba a que ni un solo gramo de mi vida dependiera del acierto de Arizmendi. Ahora digo lo mismo con el nombre de cualquiera de los que hay, salvo excepciones, las menos. No se trata de triunfar, sino de ser dignos. Aquí somos dignos por intercesión de otros. Sólo hay un modo de aguantar el fútbol: ganar un Mundial o una Recopa en París, en la prórroga y con un gol imposible. Después de lo de Sudáfrica, insisto, este año no debería haberse jugado la Liga. Del mismo modo retrospectivo he alcanzado la conclusión de que el Zaragoza debió disolverse en la bruma de aquel mayo francés, evaporarse como un sueño o en un lento fade-out la tarde siguiente en la plaza del Pilar. A lo mejor es que yo no valgo para este tipo de pasiones tan inquebrantables. A lo mejor es que soy deudor del modo ficticio de mirar la vida. Las novelas y las películas terminan así, no siguen y siguen y siguen hasta permitir que la cruda realidad les dé alcance. Para que tenga sentido, todo ha de acabarse y debemos saber cuándo acabarlo. En la cama y con grandeza sólo murió Quijote. Ahora sé que el Zaragoza acabó aquella noche, sólo que nos hemos empeñado en este largo adiós sin sentido. Hay que tener claro cuándo la historia queda escrita, cuándo no cabe una línea más.

El hecho de que mi vida diaria consista en una ración compuesta de fútbol y periodismo me obliga a una tercera vía: la deserción intelectual, por un lado; la dimisión emocional, por el otro. En ello ando, con desiguales resultados. Del peso del Zaragoza me he desecho con bastante éxito. Si algún torquemada viene a afearme la renuncia, lo acepto. No me importa lo más mínimo. Desde que el periodismo ha consentido que lectores anónimos comenten nuestro trabajo de manera pública en las webs, el lector ha pasado de ser una abstracción respetable a revelar su fondo más débil. Hay acotaciones atendibles. Cómo no. Pero abunda quien, como denuncian los estudios, apenas alcanza a comprender el sentido de lo que lee. ¿Cómo voy a preocuparme o a respetar yo todo eso? El lector, tal cual, se ha ganado mi indiferencia. No vean altanería, no se me da bien. En realidad, se trata de otra dimisión. Me he vuelto tan condescendiente que hasta comprendo que un especulador me siente frente a él una tarde de martes de octubre y me proporcione lecciones de periodismo. Los actores del sainete reclaman la venganza de lo mutuo y es justo que sea así. Los periodistas estamos dedicados a decirle al mundo cómo debe funcionar, a hacer juicios profesionales y morales, a participar del mangoneo con apariencia de respetabilidad (siempre en el piso de arriba, a veces también en el de abajo). No está mal que alguien nos ponga del otro lado. Por supuesto ese alguien no tiene ni idea de lo que ha de decirnos; no sabe ni de lo que habla, pero esto forma parte de las reglas del juego. Se aprenden tres palabras: contrastar, fuentes, ética. U otras parecidas. Las barajan y juegan a ser deontólogos del oficio, a pedir respeto, profesionalidad, tiempo o cualquier otro de esos valores etéreos. Bien está. Aun con errores de base, lo admito. El único problema que tengo con todo esto es uno, muy pertinaz: me aburre.

Contra el aburrimiento, J. me regaló hace unos días un elepé del Lobo Diarte. Su primer tema, Ibiza, cantado en inglés, compone un clásico instantáneo de las discotecas. Está lleno de joyas kitsch. El Lobo supuso mi primera gran frustración de zaragocista, siendo niño: lo veía con otra camiseta, la del Valencia, y me enfermaba. El Lobo, feroz goleador, melódico cantante, aullaba así en el programa de fin de año de 1976.

Últimamente pienso mucho en lobos. Si yo pudiera ser una fiera, preferiría ser un lobo. Estepario, por supuesto. Lobo estepario, animal de fábula infantil, animal de existencialismo serio, literario de verdad. Ya sé que los delfines son muy simpáticos, pero quién puede armar ninguna metáfora filosófica con un delfín. Hay que ser lobo. Ser lobo de pelo áspero, hocico largo, caninos afilados, molares que crujen huesos. Ser un lobo y recorrer las praderas heladas, mancillar la nieve con sangre ajena, desgarrar la carne de los miembros, pintarme los colmillos con sus entrañas, amenazar, manipular los miedos, correr en manadas, discutir la supremacía del jefe por el mero gusto instintivo de hacerlo, invitándolo al cuerpo a cuerpo, aceptar la derrota, cubrir a la hembra en la victoria, levantar las orejas, erizar el pelaje, caminar agachado, matar y morir de forma rápida y violenta. La última música que he comprado es música para lobos: Grinderman, la banda salvaje de Nick Cave, ha publicado su Grinderman 2, y en su portada aparece un lobo amenazante que enseña los colmillos en medio de un salón de estar. El primero tenía a un mono radiactivo: estos días, cuando veo a Chavez o a Evo Morales, pienso en el mono radiactivo de Grinderman, con su desafío de destrozarlo todo, de enfermarnos, de dirigir los destinos de alguien armado con una sartén y un palo. Monos con jersey de punto y chándales de Venezuela. Enfrentaría a un lobo con esos chimpancés. Un lobo como el de Nick Cave, que a gusto sería yo mismo. En una habitación cerrada, sin ventanas.

Como todo lo que hace Grinderman, el disco es una colección de trallazos despiadados. El lobo es protagonista del primer tema, encarnado en un hermano mayor que huye: Mickey Mouse And The Goodbye Man. Me enerva la distorsión estridente de las guitarras, la pulsación amenazadora del bombo al fondo y la tensión cruzada con el charles, que va ganando fiereza mientras aúlla Nick Cave: “[Mi hermano] La lamió y la lamió / hasta dejarla seca. A mí me pegó un mordisco / y luego se largó. Ahí arriba, en lo alto del piso 29”. Es la música que necesito en estos días. Justo esa.

Nos ha ganado la mediocridad, pero no hay que permitirle que nos someta. La mayoría de los lobos mueren a manos de otros lobos, aplastados por automóviles, tiroteados por furtivos, heridos por sus presas. Ninguno muere en la cama. Ningún hijo de puta debería morir en la cama. Deberían morirse aplastados por la inteligencia, la dignidad y la entereza. Olvidados. Empujados al suicidio. Un tiro en la cabeza de su mano derecha proclamaría nuestra victoria. La vida es a dentelladas o no es.

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