Primal Scream: el éxtasis

22 11 2010

El once actual de Primal Scream. De pie, de derecha a izquierda: Bobby Gillespie, el batería Darren Mooney, el teclista Martin Duffy, Andrew Innes a la guitarra, Mani Mounfield y Barry Cadogan, guitarra…

La música se oye y se ve. No hablamos de sinestesias: sólo de una conjetura según la cual puede que, también en la música, la perspectiva lo sea todo. La del tiempo, el hindsight anglosajón. Pero también el llano punto de vista, el lugar desde el que uno oye la música, mira al grupo en el escenario, primordial elección hecha, si se puede, a la llegada a un recital. Hablemos de Primal Scream frente a Arcade Fire. Hablemos de puntos de vista. En dos tiempos.

Primal Scream, el viernes en La Riviera de Madrid, constituyó un sobresaliente triunfo de la retrospección: mirar a un disco publicado hace casi veinte años, el seminal Screamadelica, y revisitarlo con todas las  arriesgadas consecuencias de la propuesta. Sin las voces gospel de Denise Johnson, sin los sintetizadores, sin red para detener la caída de los temas sosegados, que anticipaban eso que ahora se llama chill out y que no es sino la brava resaca con concepto. Screamadelica: el día que Bobby Gillespie y su banda supieron que las máquinas también hacían música y que las pastillas, por asociación geométrica tal vez, procuraban discos redondos. Pero no siempre. Sí en el caso de Screamadelica, que mezcló la guitarra y el rock stoniano con el ácido de las rave parties, la cultura desatada de los clubs que venía del post-punk, de los ochenta, de Manchester, de The Haçienda, los interminables bailes ácidos, la pura exaltación de un hedonismo salvaje, joven, despreocupado. En memoria de todo aquello, el viernes en La Riviera Primal Scream montaron una juerga de ángeles salvajes, presidida por esta proclamación colectiva: “We wanna be free… to do what we wanna do; and we wanna get loaded; and we wanna have a good time… That is what we’re gonna do: we’re gonna have a party”. Es decir, algo como esto:

Todo empezó, sin embargo, de otra manera. A las 20:45, hora en que los hombres del rock están aún tomando su leche con vodka y galletas, Gillespie salió al escenario vestido con su femenina camisa rosada de amebas, el aire seventies escrito en la cara, y Mani con una negra de puño duro vuelto, por la que yo hubiera abordado el escenario, jugándomela contra los forzudos del foso. La población saludó a los gritos a Mani (ex bajista de Stone Roses, como Bobby fue baterista de The Jesus and Mary Chain) y Gary Mani Mounfield, siempre resuelto a hacer amigos con su aire de simio mancuniano, respondió con gesto de orangután o de Raúl González Blanco: se golpeó varias veces el pecho del lado del corazón y atacó con el bajo en posición de bazoka. Por toda presentación, Gillespie dijo: “May we hear some rock and roll…”. Y eso hicimos durante 45 minutos, escuchar a los Primal Scream en su versión más guitarrera, bastante áspera por otro lado, algo demediada la voz del frontman por la caja de resonancias que es la sala madrileña. Pero con tal potencia, una tonificación muscular tan evidente, que la victoria para el intermedio estaba asegurada. Éstos eran, hasta el viernes, los Primal Scream que yo prefería: los de Accelerator, que abrió fuego con su invitador grito central, Shoot Speed/Kill Light, Mani en el riff de partida, la juguetona  Jailbird (“I’m yours, you’re mine… gimme more of that Jailbird pie”), de Swastika Eyes, desde luego de Rocks, que cerró esa primera mitad de actuación en la que los Primal Scream más orgánicos les hicieron de teloneros a los Primal Scream más atmosféricos. Un cuartito de hora de intermedio para afinar la batería y el bajo (que iban a jugar un papel fundamental en lo que venía), y regresaron para enfrentarse consigo mismos.

(Nota de color: en el interludio, un muchacho twitteaba incansable en su iPhone, a mi lado, en la primera fila. La impagable anotación para sus ávidos seguidores en ese momento fue: “Primal Scream, fin de la primera parte. Ahora, a por Screamadelica”. A continuación, como para contextualizar, agregó: “Mi rodilla contra Primal Scream. Por ahora va ganando Primal Scream”. Me alegré, una vez más, de no incurrir en ninguna red social de esas. Y me lo imaginé transmitiendo en riguroso directo los encuentros en el lecho con su chica: “Polvo de sábado: fin de la primera parte. Ahora, a por el cunnilingus…”. O la comida de los domingos en casa de la madre: “Patatas a la riojana. Ahora, lomo con pimientos”).

Lo que siguió tras el receso ya lo he glosado, en el fondo. La forma queda expresa en el vídeo. Abrieron, como el disco, con Movin’ On Up, espiritual psicodélico lanzado adelante y arriba con el célebre salmo que dice: “I was blind / now I can see”. No interpretarían el viejo álbum en el orden de su edición, sino que trajeron adelante los temas más calmados, para darle al set-list el perfil de pico, valle, pico que todo el mundo entiende que debe ser un concierto. En su lado más ambiental reunieron Inner Flight, Shine Like Stars, Damaged y I’m Coming Down, con el saxo haciendo los honores al lado más jazzie del elepé. Un pasaje en que el láser cubrió el escenario y la sala con una sugerente capa de ondulantes transparencias, en la que oscilaba atrapado el humo del lugar. El juego lumínico entretuvo el conjunto y le proporcionó otra dimensión al espacio,  una calidad sugerente como de gigantesca lámpara de lava, de fondo marino en el que todos querríamos quedarnos a vivir, acunados por la voz de Bobby Gillespie, mirando embobados para siempre la traslúcida superficie. La salida de tan profunda ensoñación supuso un reingreso brutal en la atmósfera. Higher Than The Sun, Loaded y Come Together, enganchados del hilo del tiempo, convertidos en otra cosa siendo lo mismo.  Estirados, reinterpretados, potenciados por cuerdas tensas, sostenidos en lo alto por la guitarra de Andrew Innes y el bajo de Mani, soberbio en Higher Than The Sun, quizá la canción que (más allá de los himnos colectivos) mejor creció en su revisión en directo. Tanto que aproveché su final para, cuando lo tenía apenas a dos metros en diagonal ascendente, pegarle al muchacho mi grito preferido para estos casos: “Mani, you are fucking God!”. Y él, primitivo, anotó mi exceso y, otra vez, se sacudió el pecho.

La grandeza de este regreso memorable no la resume el entusiasmo de la audiencia, casi siempre previsto. Sino el modo en que, viendo hasta dónde habían elevado aquel disco soberbio, los Primal Scream empezaron a sonreírse, darse besos y abrazarse entre sí cuando todavía no había acabado el concierto. Como si estuvieran viendo otra vez el gol de Archie Gemmill a Holanda en el 78. Yo, siempre mitómano, capitalicé el entusiasmo pidiendo con gestos inequívocos las baquetas a uno de los roadies, que también tiraban besos y abrazos a la concurrencia. Sin dudarlo, aquel hombre se aproximó a la batería, buscó los sticks y desde el borde de la tarima me lanzó unas Vic Firth que cazé al vuelo con una sola mano y que ya reposan en mis anaqueles. Yo creo que, en el éxtasis colectivo, si le pido un par de platos también me los tira. Por detrás se me aproximó un muchacho que me dijo: “Me podías dar una, ¿no?”. Consciente de la importancia del instante, me puse soberbio y receloso, sintiéndome como Bogart en el aeropuerto de Casablanca. Y con frialdad estudiada y un aire de inevitabilidad, le respondí algo que siempre había soñado con decir: “Soy baterista, tío: necesito las dos…”.

[Set list de Primal Scream en La Riviera, Madrid (19/11/2010)]

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Escena de Berlanga

15 11 2010

La dedicatoria de Luis García-Berlanga en mi ejemplar de 'Berlanga. Contra el Poder y la Gloria', de Antonio Gómez Rufo (Ed. Temas de Hoy, 1990).

Siempre me gustó aquel arranque: “Una cabeza de romano. Un césar. Un sociólogo”. Sí. Luis García-Berlanga tenía un busto de estatua clásica: la cabeza en un poderoso dibujo casi trapezoidal, la onda del cabello blanca y rizada como espuma de mar, como las culebras arenosas que deja el oleaje en el barro de canela, cerca de la rompiente; y esa barba tan patricia que podría vivir siempre en un pedestal. Y, aunque los romanos de piedra de los museos tuvieran los ojos vacíos, como apagados de color y expresión, podíamos imaginarlos iguales a los de García-Berlanga: imperiosos, con una salvaje ternura implícita, una expresión variable que sería deseo de erotismo para la mujer, decidida burla oculta para el hombre.

Yo vi esa cabeza, inclinada para sober café en un velador circular de hierro forjado. La vi expuesta al sol de media tarde, que incendiaba de blancura los cabellos a través del ventanal. Era en el Café de Levante.  “Una cabeza de romano. Un césar. Un sociólogo”. Sí, en su biografía Gómez Rufo había dado con una descripción precisa en una sola línea. Debe haber sido el verano de 1999. Del año no tengo dudas. Del calor agosteño tampoco, luego diré por qué. En su mayor parte, yo había leído aquel volumen, biografía autorizada de LGB, al amor soleado de una piscina; inmerso en el olvido que, cuando uno no tiene qué hacer, procura el juego de resplandores del calor sobre la superficie del agua. El afecto que le he dispensado a la obra cinematográfica de Berlanga no precisa matices: lo creo connatural al afecto por el cine y al afecto por lo español, quizás una síntesis precisa de ambos. Hablamos, en mi modesta opinión, de uno de los grandes cineastas europeos, a la altura de los más celebrados. Pero Berlanga hizo sociología no a la manera trágica de los neorrealistas o con afán deconstructivo o vanguardista como los franceses. Su maestría tiene un algo casero, de gamba con gabardina que recubre verdades incontrovertibles. Lo que un refrán es a la filosofía. La ejemplaridad de una tortilla de patata frente al lenguado á la menière. Pero además a mí, predispuesto a la admiración, la lectura de la extensa semblanza de Gómez Rufo me favoreció con el descubrimiento de un espíritu gemelo (si se me permite el exceso, que desde luego no quiere ser comparativo): estábamos ante un hombre poco corriente, con el que podía identificarme en afinidades mucho más íntimas de lo que cualquiera sospecharía. Las encontré en párrafos así:

“Dice que su meta, que su anhelo aún no conseguido es la indolencia: poder convertirse en el vago más magistral y proselitista de la Historia. Y, como todos los amantes de la vagancia y del ‘dolce far niente’, hace todo lo que tiene que hacer muy rápidamente y de manera muy eficaz, de modo que una vez acabado pueda dedicarse a lo que a él de verdad le gusta, a no hacer nada”. O éste: “Detesta las agonías, y le fastidia asistir a actos sociales de cierta intimidad, ya sean bodas, bautizos, entierros o funerales”. O éste: “Tampoco le gusta ser socio honorífico de nada, ni jamás estampa su firma en escritos colectivos reivindicativos o de protesta”. O éste: “Quienes le conocen de antiguo aseguran que otra de sus características esenciales es el hermetismo. No es dado a confidencias acerca de sus propios problemas, por graves que sean, y prefiere guardar sus asuntos bajo la discreta losa del silencio”. O aquí: “El mundo interior de Berlanga es, inesperadamente, demasiado complejo: mezcla de optimismo vital y amargura…”. O aquí: “Sí es verdad, en cambio, que lo que más le gustaría es vivir en Babia, en el paraíso terrenal, no enterarse de nada y, por ello, vivir tranquilo. Pero ese mismo deseo entra en frontal contradicción con su insuperable curiosidad, su deseo de saberlo todo y de estar en todas partes, su ansia de conocer”…

Supongo que, como yo mismo, Berlanga había entrado al local, tan reconocible para cualquier zaragozano, a la busca de esa antigua paz de los cafés españoles, tan sugerentes. En Madrid lo tendría más fácil. En Zaragoza desaparecieron hace siglos las chaquetillas blancas con pajarita negra de los camareros. Y ya no abundan los vanos cromados, los veladores con el tablero de mármol, los relojes de pared detenidos, aquellos espejos con anuncios de infusiones, la madera de los apoyabrazos, los cojines, el bronce de las lámparas, las tulipas, los asientos de raso, el humo suspendido en volutas hacia el techo… A Berlanga lo vi antes de pedir. Lo acompañaba una mujer, como a mí. Era verano. Era verano porque hacía un calor pegajoso, de esos que te auscultan el pecho, que lo hacen gemir y te arrancan el sudor de adentro. Sé que hacía calor porque, antes de darme cuenta, antes de saber yo mismo lo que hacía, o qué pretendía, o si lo que pretendía llegaría a tiempo, había atravesado de dos pasos el local, mirado a Berlanga al pasar como si le estuviera haciendo una advertencia (“¡no se mueva usted de ahí!”) y ya corría por las calles abrasadas a todo lo que me daba el cuerpo, que no era mucho, bamboleando el peso por la acera, acelerado y pronto sin resuello, asfixiado, sudoroso, juvenilmente sucio. Corrí hasta mi casa como si me persiguiera un león, subí como pude los cuatro pisos sin ascensor, dejando sobre los escalones el ruido pesado de un yunque. Abrí, busqué la librería, agarré el libro de Gómez Rufo y mi copia en VHS de Bienvenido Mr. Marshall. Y volví para allá, al café, a la misma velocidad, con el corazón en la boca y sintiéndome muy ridículo. Sin aire y ridículo. ¿Aceptaría dedicarle esos volúmenes a un joven pasado de kilos, sudoroso, agitado? Lo hizo.

Cuando llegué, él seguía en el mismo sitio. Le saludé, no sé qué dije, pero me atendió. No recordaba o hizo como que no recordaba que alguien hubiera escrito una biografía de él: “Ah, ese chico… sí, algo escribió”, dijo de Gómez Rufo. “¿Y tú en qué trabajas?”. “Soy periodista deportivo”. “Mira, ésta es.. Ella también es actriz”. No recuerdo el nombre, y apenas tampoco a la mujer. Tuve que disculparme y sentirme aún más ridículo. “Está en una función en el Principal. Y tú, ¿no escribes de cine?”. Me puse tenso. Pocos meses antes había escrito en el Periódico de Aragón, para el que trabajaba entonces, la crítica de París-Tombuctú, su última película si no recuerdo mal: “Berlanga dispara contra todo”, fue mi titular. La recuerdo como recuerdo el título de todas las que publiqué, que no fueron muchas. Muy favorable, por cierto. “Sí, don Luis… a veces escribo crítica de cine”. “Ah… uno de esos críticos”. “Bueno, no: yo soy periodista deportivo, eso lo hago porque me gusta tanto el cine…”.

Lo recuerdo con tanta claridad como si fuera hoy. Todos los detalles. La socarronería de la mirada y una afabilidad de anciano que no tiene intención de morirse jamás, salvo que un holocausto global le asegurase que no va a quedar nada, que nadie lo va a sobrevivir. A Berlanga le hizo gracia la edición de Bienvenido Mr. Marshall que le propuse para su firma, una caja para coleccionistas con dibujos de un aire rústico, como queriendo emular el universo absurdo del director. La firmó refiriéndose a ella como “una obra de mi prehistoria”. Luego autografió el libro, con una letra de rasgos desprendidos. La dedicatoria decía: “Para mi amigo Mario, tan súbitamente experto en mi cine, con gratitud por su amor a nuestro oficio, incluso el mío. Un abrazo”. Y la firma: Luis Berlanga. Más figurativo el nombre; abstracto, apenas reconocible el apellido, si acaso por la B inicial y un zigzag vertical que arriba era Ele y abajo era Ge. Guardo ese libro, aquel espacio mínimo, la escena berlanguiana, como un querido tesoro inolvidable.

Al marcharnos, él seguía en su sitio, como si esperase otras visitas, otros cafés, queriendo demorar la tarde en la acogedora sombra de café viejo. Dando gracias por que hubiera esperado, ya en la calle observé a mi acompañante: “Menos mal que no se ha marchado. Después de la carrera, si vuelvo y no está me muero”. Ella me explicó qué lo había retenido en verdad: “Desde que te has ido -me confesó divertida- ese hombre no ha dejado de mirarme el culo”.





Luis García-Berlanga (1921-2010)

15 11 2010


Luis García-Berlanga: Yo he dicho siempre que esta sociedad era una mierda pero, por desgracia, mi cine y yo navegamos en el barco de esta sociedad. Puede que no sepa dar un golpe de timón a este barco pero, por si acaso, lo que hago es mear siempre en el mismo sitio, a ver si abro un agujero por el que se termine hundiendo el barco.

[Sería alrededor del año 1990 y la conversación se enmarcó como cita de arranque de la biografía en primera persona que de él escribió Antonio Gómez Rufo: ‘Berlanga. Contra el poder y la Gloria’. El autor debió de pedirle una suerte de filosofía vital o tal vez Luis García-Berlanga lo dijera de forma espontánea. Mear siempre en el mismo agujero. Eso hizo siempre el genio].





Amable lector…

10 11 2010

Quizás ustedes no lo supieran, pero la entrada más comentada de la historia del viejo y del actual Somniloquios fue ésta: Mo Cuishle. Si pinchan el enlace, pronto verán por qué: un inocuo comentario emocionado acerca de una gran película se convirtió en campo de batalla cuando al comentario apareció un filólogo tarado; y, al hedor de su malformación para el hecho social, le siguieron decenas de rivales. Durante meses y meses y meses se dieron al mutuo arrojo de sus detritos vocales con alegría goyesca. Por fortuna, aquel sociópata fue una excepción en este espacio, donde quienes dejan comentarios observan reglas avanzadas de civilización y urbanidad. Las dos. Así que lo que sigue un poco más abajo y el sarcasmo del título (una trasnochada fórmula periodística que solía utilizar el periodismo para referirse a quienes compraban los diarios) no va dirigido a los lectores de Somniloquios. Más bien a aquéllos a los que últimamente, con frecuencia creciente como no podía ser de otro modo, vienen a mi propio puesto de trabajo a través de su edición en internet para vaciar palanganas sobre crónicas y comentarios. Sin aviso previo, el periodismo ha resuelto (supongo que en favor del beneficio empresarial de su división en internet) que quienes escribimos debemos dejarnos insultar por individuos anónimos o que escriben bajo seudónimo. Si internet permitiera la materialidad física… Es decir, si esos mismos tipos vinieran (aun embozados en una máscara como embozan sus identidades en apodos) y me dijeran las mismas cosas ahí, al ladito de mi mesa, de uno en uno, y yo pudiera oírlos y verlos, entonces este asunto se resolvería de un modo mucho menos ventajista. Pero eso no ocurre, claro que no. Así que, como no me queda otra defensa que el aguante -además de añadir una muesca más a mi desapego hacia todas estas evoluciones bastardas, que han convertido el periodismo en una profesión de mierda- en contestación a todos ellos reproduzco el amable artículo que, sobre este asunto, dedicó Salvador Sostres a sus amables lectores, hace algunas semanas en El Mundo. Y firmo al pie. Sin nick. Con mi propio nombre.

Tarados en la red

Un tal “Espinete” ha sido hallado en Barcelona después de dos años de ser buscado por la Policía por haber injuriado a otra persona en Internet. Está bien que hayan cazado a Espinete y que caiga sobre él todo el peso de la ley. Internet se ha convertido en una insólita plataforma para insultar, injuriar y difamar impunemente, sólo hace falta ver los comentarios que cuelgan, como una lánguida deposición, de los artículos de este blog, y tantos otros que por piedad con sus autores no llegan a publicarse porque están decididamente por debajo de lo que una persona con una equilibrada salud mental pudiera escribir.Internet ha dado la palabra a mucho tarado que vive con la madre y el gato -y que a estas alturas probablemente haya violado a ambos- y que antes, al no tener aptitudes sociales ni presencia física presentable se quedaba encerrado en casa. Ahora, con el anonimato que da la red, puede inventarse seudónimos y personalidades y dar rienda suelta, y pública, a su enfermedad. Ya no importa su aspecto de loco o su general incapacidad social, porque no tiene que presentarse ni convivir con los demás. Le basta con soltar sus demencias desde su casa. Con total impunidad, siempre des del anonimato o bajo un nombre falso.Es el gran drama de Internet, que da rango de normalidad a personas que a simple vista se vería que no lo son. Personas que gracias a la red participan en el debate público en igualdad de condiciones cuando no son más que unos perturbados y unos enfermos que deberían estar encerrados, estrictamente vigilados y severamente medicados. La Policía ha dado al fin con Espinete, pero basta con leer algunos comentarios de este blog, y de otros blogs, para darse cuenta de que todavía queda mucho majara suelto, mucho enfermo de madre y gato violentados que vierte on line el enorme asco de su pobre existencia.

Internet, tanto en la información como en la relación ene articulista y el comentarista, ha significado la funesta abolición de las jerarquías, y sin jerarquías ni absolutos morales las sociedades se vuelven nihilistas y desaparecen, extinguidas por causa de su propia nadería. Cuando pase el afán cuantitativo, Internet tendrá que revisar sus normas de participación y blindarse contra tanta pudredumbre y tanta alcantarilla.

Cazaron a Espinete y estamos trabajando para cazar a unos cuantos más. Alguien voló sobre el nido del cuco.

Espinete y don Pim Pom, internautas.





Canción de amor con grito primitivo

9 11 2010


[Como los teddybautistas de Sony no permiten reproducir el tema, dejo el enlace aquí].

Nada dura para siempre
Es triste quedarte sin tu amor
Yo he vivido enloquecido desde que me dejaste
Siento lo que hice
¿Por qué te fuiste? ¿Por qué te fuiste?

 ¿Te ha roto alguien el corazón?
¿Has perdido alguna vez la cabeza?
¿Alguna vez te has despertado gritando
sintiéndote tan solo que te quieres morir?
¿Por qué te fuiste? ¿Por qué?
Me siento tan solo, nena

Llorar y llorar y llorar
Llorar y llorar
Voy a llorar hasta quedarme ciego (2)

Los buenos tiempos no vienen porque sí
No todos los sueños se cumplen
El mundo es como una cárcel
Cuando ardes de tristeza
¿Por qué te fuiste? ¿Por qué?
Voy a llorar hasta quedarme ciego

 Llorar y llorar y llorar
Y llorar y llorar
Y llorar…

[(I’m Gonna) Cry Myself Blind, de Primal Scream]





La ortografía

5 11 2010

Sobre el cambio en las reglas ortográficas que ha preparado la Real Academia Española, titula así El Mundo en su edición digital:

La ‘y griega’ se convierte en
‘ye’ y ‘sólo’ pierde la tilde

Y a las 14:41, una hora muy mala, un ciudadano ‘anónimo’ comenta con estupor:

“No entiendo el titular: “La ‘y griega’ se convierte en ‘ye’ y sólo pierde el acento”. ¿Dónde tenía el acento la y griega? Lo que pierde es más bien esto: griega”.

Y la vida sigue…





Mataperros

5 11 2010

El episodio oriental de Fernando Sánchez Dragó me recuerda (no hablo de equivalencia, sino de asimilación de situaciones) a aquella ocasión en que Miguel Pardeza publicó en un diario un relatito veraniego en el que sacaba a pasear a su perrito (con nocturnidad de hora y alevosía de costumbre) y, aliviado el animal de su perentoria fisiología, aprovechaba el feroz trasunto de MP su relajo canino para estrangular al animalillo con vileza imperturbable. Algunos días más tarde, en la junta de accionistas, un necio de  intelecto le preguntaba al entonces presidente del Real Zaragoza, Alfonso Soláns, cómo podía mantener en el cargo de director deportivo a un individuo que era capaz de asfixiar a su propio perro una noche de verano cualquiera y, además, además insistía el personaje, contar su fechoría de manera pública, con escándalo social evidente, en las páginas de un periódico. En el fondo subyacía el espíritu crítico del aficionado: ¿Cómo podía, en definitiva, fichar buenos futbolistas un despiadado mataperros? Disculpen la analogía. La estupidez toma formas evidentes: ¿Cómo puede un rijoso provocador, incluso un trajinador con menores de edad si lo fuere, presentar un programa de libros en la televisión?

Ah, el asunto de FSD está repleto de pecados. El pecado, realidad tan poco generosa. No salvaremos a Sánchez Dragó del desprecio por su exceso. El físico, si lo hubiere; el intelectual, que lo ha habido. Al fondo de mi náusea por la feroz necedad campante asoma el tintineo de una privada venganza contra personaje de notoriedad tan estridente como Sánchez Dragó: “Se lo merece, por bobo libidinoso”, me dice la campanilla. Se le está bien empleado. Se lo ha buscado. Eso proclaman mis vísceras. Pero advierto que el problema no se llama FSD, este caso, estas japonesas. El problema consiste en que la rueda del infortunio necio se detuvo en él como mañana lo hará en otro, en cualquiera que no convenga. No convenga no a la fila de bienpensantes, sino a quienes manejan su pulsión correccionista con fines bastante más bastardos. El problema es que la necedad encuentra y encontrará nuevas víctimas a diario. Uno ha de tomar partido, siquiera interiormente. O capitular y desaparecer. El exilio interior ya no me basta. Cuento los días, entreveo que habré de irme de este lugar en que rige la imbecilidad desde la misma presidencia del país. Y tomo partido aunque deteste el objeto de lo que voy a defender. Que no es a una persona, allá él, sino una idea. Porque entre el bocazas lúbrico, provocador insatisfecho, fatigador de nuestras paciencias, ausente de gracia, literariamente prescindible, intelectualmente olvidable, personalmente ignorado, que es Sánchez Dragó; entre él y su afán de contar allá donde puede (el episodio de las japonesas es viejo y su recreación también, no es la primera vez que FSD lo escribe) que tal vez se trajinó (o tal vez no… y sólo se masturbó después imaginando que lo hacía) a dos chiquillas de 13 años, entre él y la turba conspiradora de linchadores morales, la conjura de imbéciles que nos atosiga con el desorden de los nombres y otras memeces, entre él y su uso espúreo de la Literatura, he de taparme la nariz con disgusto, echarme a la espalda los recelos que el personaje me ha producido durante años, desde que asistí a una delirante conferencia suya en el Teatro Gayarre de Pamplona cuando yo era universitario, me olvido de todo eso y me pongo de su lado. Si no, qué hacer… ¿Aborrecemos al Boris Vian sangriento que hace rodajas los pezones de sus victimas y se ensaña misóginamente en sus vulvas en Escupiré sobre vuestra tumba? ¿Linchamos retrospectivamente al provocador Baudelaire de Las Flores del Mal? ¿Lo sentenciamos con aquella frase: “Es un libro destinado a la seducción y la corrupción de la juventud”? ¿Guillotinamos a los descendientes de todos los monarcas que, como Felipe II hizo con Isabel de Valois, de 13 años, desposaron y probablemente violentaron —por qué no especular si va a favor de nuestro argumento, si es la base de todo este asunto— a niñas para gobernar reinos? ¿Satanizamos a Nabokov, desde luego? ¿A Kubrick por filmarlo y recrearse? ¿A Lewis Carroll por fotografiar a la niña Alicia Liddell? ¿Al mismo Marqués de Sade? ¿A Lucchino Visconti por proyectar (o no, especulemos que es gratis…) sus deseos íntimos en el Dirk Bogarde obnubilado por el efebo Tadzio en Muerte en Venecia? Basado todo en un relato de Thomas Mann, por cierto… ¿Renegamos de la cultura griega desde los días de Homero por su elogio aristocrático y moral de la pederastia?

No. Ni siquiera vale recordar, porque prevalece la moral, que 13 años es el límite legal del camazo, aquí y en Japón. Que la pedofilia se sitúa, legalmente insistimos, por debajo de ese listón. Y pasando por alto todo eso, diremos: la Literatura, aun la mala, incluso la de Sánchez Dragó, usada como burda excusa en su defensa, incluso la Literatura así, siempre, siempre y siempre por delante de quienes dan fuego a los libros. O quienes los retiran de las tiendas o solicitan su supresión de los anaqueles o linchan en los parlamentos los viejos errores de los hombres. Que es otra forma mucho menos cervantina, cobarde físicamente, abyecta en lo intelectual, de hacerlos arder sin llama.