Amable lector…

10 11 2010

Quizás ustedes no lo supieran, pero la entrada más comentada de la historia del viejo y del actual Somniloquios fue ésta: Mo Cuishle. Si pinchan el enlace, pronto verán por qué: un inocuo comentario emocionado acerca de una gran película se convirtió en campo de batalla cuando al comentario apareció un filólogo tarado; y, al hedor de su malformación para el hecho social, le siguieron decenas de rivales. Durante meses y meses y meses se dieron al mutuo arrojo de sus detritos vocales con alegría goyesca. Por fortuna, aquel sociópata fue una excepción en este espacio, donde quienes dejan comentarios observan reglas avanzadas de civilización y urbanidad. Las dos. Así que lo que sigue un poco más abajo y el sarcasmo del título (una trasnochada fórmula periodística que solía utilizar el periodismo para referirse a quienes compraban los diarios) no va dirigido a los lectores de Somniloquios. Más bien a aquéllos a los que últimamente, con frecuencia creciente como no podía ser de otro modo, vienen a mi propio puesto de trabajo a través de su edición en internet para vaciar palanganas sobre crónicas y comentarios. Sin aviso previo, el periodismo ha resuelto (supongo que en favor del beneficio empresarial de su división en internet) que quienes escribimos debemos dejarnos insultar por individuos anónimos o que escriben bajo seudónimo. Si internet permitiera la materialidad física… Es decir, si esos mismos tipos vinieran (aun embozados en una máscara como embozan sus identidades en apodos) y me dijeran las mismas cosas ahí, al ladito de mi mesa, de uno en uno, y yo pudiera oírlos y verlos, entonces este asunto se resolvería de un modo mucho menos ventajista. Pero eso no ocurre, claro que no. Así que, como no me queda otra defensa que el aguante -además de añadir una muesca más a mi desapego hacia todas estas evoluciones bastardas, que han convertido el periodismo en una profesión de mierda- en contestación a todos ellos reproduzco el amable artículo que, sobre este asunto, dedicó Salvador Sostres a sus amables lectores, hace algunas semanas en El Mundo. Y firmo al pie. Sin nick. Con mi propio nombre.

Tarados en la red

Un tal “Espinete” ha sido hallado en Barcelona después de dos años de ser buscado por la Policía por haber injuriado a otra persona en Internet. Está bien que hayan cazado a Espinete y que caiga sobre él todo el peso de la ley. Internet se ha convertido en una insólita plataforma para insultar, injuriar y difamar impunemente, sólo hace falta ver los comentarios que cuelgan, como una lánguida deposición, de los artículos de este blog, y tantos otros que por piedad con sus autores no llegan a publicarse porque están decididamente por debajo de lo que una persona con una equilibrada salud mental pudiera escribir.Internet ha dado la palabra a mucho tarado que vive con la madre y el gato -y que a estas alturas probablemente haya violado a ambos- y que antes, al no tener aptitudes sociales ni presencia física presentable se quedaba encerrado en casa. Ahora, con el anonimato que da la red, puede inventarse seudónimos y personalidades y dar rienda suelta, y pública, a su enfermedad. Ya no importa su aspecto de loco o su general incapacidad social, porque no tiene que presentarse ni convivir con los demás. Le basta con soltar sus demencias desde su casa. Con total impunidad, siempre des del anonimato o bajo un nombre falso.Es el gran drama de Internet, que da rango de normalidad a personas que a simple vista se vería que no lo son. Personas que gracias a la red participan en el debate público en igualdad de condiciones cuando no son más que unos perturbados y unos enfermos que deberían estar encerrados, estrictamente vigilados y severamente medicados. La Policía ha dado al fin con Espinete, pero basta con leer algunos comentarios de este blog, y de otros blogs, para darse cuenta de que todavía queda mucho majara suelto, mucho enfermo de madre y gato violentados que vierte on line el enorme asco de su pobre existencia.

Internet, tanto en la información como en la relación ene articulista y el comentarista, ha significado la funesta abolición de las jerarquías, y sin jerarquías ni absolutos morales las sociedades se vuelven nihilistas y desaparecen, extinguidas por causa de su propia nadería. Cuando pase el afán cuantitativo, Internet tendrá que revisar sus normas de participación y blindarse contra tanta pudredumbre y tanta alcantarilla.

Cazaron a Espinete y estamos trabajando para cazar a unos cuantos más. Alguien voló sobre el nido del cuco.

Espinete y don Pim Pom, internautas.