Mi tío Oscar (y ya)

28 02 2011

Y esto es todo. Los muchachos y sus chicas, ellas y sus individuos ya pisan la alfombra roja. Llego justo a tiempo para dejar mis leves pronósticos con dos películas antónimas si es que tal término es válido para el cine. Origen (que se traduce por Inception) y Winter’s Bone, que quiere decir cualquier cosa menos Hueso de Invierno, aunque lo parezca, ni mucho menos Lazos de Sangre, como la han titulado en Sudamérica. Si acaso yo me quedaría con esta versión propia: algo entre Crudo Invierno y, sobre todo, El Invierno Desnudo, que recuerda un poco a Kerouac. Como pensé en un momento que no viene a cuento hace algo así como tres años, que ustedes disfruten de lo votado.

Origen, de Christopher Nolan

¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

The dream is over. 

Había visto hace tanto tiempo Origen que he debido reincidir y volver a mirarla. Con dos objetivos: refrescar las impresiones y, si acaso, revisarlas. Porque ésta es la segunda película de Christopher Nolan (la otra fue El Caballero Oscuro) que se me cruza en la garganta sin que pueda digerirla del todo, en ambos casos con idénticos síntomas: lo que a todo el mundo le parecía una excelente película a mí se me hacía bolo de grandilocuencia. Pero no sería eso, pienso ahora. Quiero decir, la grandilocuencia. Porque la hay en muchas películas que me han gustado, por ejemplo en Cisne Negro, así que debe tratarse de algo personal: por algún motivo ese señor Nolan y yo no nos entendemos. Debí sospecharlo ya en Memento, claro, donde para peor estaba aquel palo de mujer y de actriz llamada Carrie-Ann Moss, quien por cierto aparecía en otra enorme grandilocuencia vacía, la impagable Matrix (porque me dolió el dinero que me gasté en ella). Al lado de Keanu Reeves, otro taco de madera. En fin, Origen… Tengo pocos argumentos salvo que yo no entro en el juego; y que en la sucesión de niveles oníricos en los que se manejan Leo di Caprio y sus asistentes termino por perderme, sin poder evitar pensar en otra cosa. Por ejemplo y sobre todo, en esto: ¿Qué se les ha perdido a toda esa gente, sobre todo a la muchachita estudiante de arquitectura, en ese abigarrado submundo de los sueños dentro de otros sueños al que los arrastra Di Caprio? El japonés Salto es el único con un objetivo real (destruir a la empresa de su competencia implantándole la idea de la autodisolución por despecho fraterno, toma ahí McGuffin plano y directo); y Di Caprio también tiene el suyo, por intermedio del otro: lograr la reentrada en Estados Unidos y poder encontrarse de nuevo con sus hijos. Pero, ¿y los demás? Entiendo, insisto, que las mías son dudas poco razonables, de persona aburrida y poco justa, mientras frente a nosotros se despliega semejante hecatombe de efectos especiales y espaciales (esas peleas sin gravedad en los pasillos del hotel no tienen desperdicio, como el instante en el que las calles de París se pliegan sobre sí mismas…), así que no haré juicios absolutos. O los haré, pero con absoluta subjetividad. Alguien definió este filme con una frase algo efectista, pero muy efectiva: es una película con mucho cerebro pero ningún corazón. Y yo pensé: ¿Por qué no se me habrá ocurrido a mí?
Pronóstico: algún Oscar a los Efectos Especiales (o como se llamen), tal vez al Montaje y quién sabe si algún otro técnico del tipo Edición de Sonido… Y muchos aplausos para los demás.
Somniloquios: Sigan participando. Otro año será.

Winter’s Bone, de Debra Granik

Una casita en el bosque. Si tomáramos Little Miss Sunshine como la cara del cine independiente americano,

Ree: "No voy a separarme de vosotros: no podría caminar por la vida sin sentir vuestro peso sobre mi espalda".

Winter’s Bone constituiría su reverso. La luminosidad de aquella delirante road movie contrasta de plano con la pálida aridez de este noir de familias destruidas y maldad incontenible en la trastienda de la profunda América. Es decir, el penúltimo escalón del lumpen rural. Casitas en el bosque, pero no de las de cuento, sino dramáticos exilios de la civilización metropolitana, patios de chatarra, cocineros de crack, tratantes de ganado humano. Algo de Fargo (la escena de la picadora de carne) pero llevado al extremo y sin el humor, ni blanco ni negro. Ree, una muchacha de 17 años, aguanta sobre sus espaldas a una madre catatónica y dos hermanos pequeños. Si su padre, carne de cañón carcelario por cocinar droga, no se presenta ante la ley para una vista, la garantía que presentó para su condicional será ejecutada: la casa en la que sobrevive ese amago de familia que Ree trata de sacar adelante, apoyada en la asistencia social, en su propia dignidad para la supervivencia y en la generosidad de algunos vecinos del bosque algo menos enfangados que ellos. La película tiene una validez imperecedera en su presentación del ambiente y de todos y cada uno de los personajes, definidos en rasgos mínimos, visuales, bien defendidos por sus actores. Sobre todo Jennifer Lawrence en el papel de Ree, la inquebrantable heroína de la historia, obligada a la dolorosa y sórdida búsqueda de su padre, que puede haber desaparecido para siempre a manos de alguna cuenta pendiente. Pero también John Hawkes como Teardrop (hermano adicto y amenazante del padre desaparecido) y Dale Dickey (lugarteniente perra de uno de los más villanos de cuantos pueblan el bosque de Missouri, una amplia zona agreste entre varios estados que se conoce por los Orzaks): Hawkes y Dickey fueron galardonados anoche mismo con los Independent Spirit Awards. No así la película. Las debilidades de Winter’s Bone tienen que ver con su dificultad para definir los hilos conductores de su narración. Por momentos el espectador está a punto de extraviarse en mínimos vericuetos para los que hubiera bastado una exposición más nítida. Winter’s Bone conmueve sin dificultad: es incómoda y llega al hueso, literalmente hablando. Sus protagonistas, la fotografía, la ambientación, la terrible credibilidad de un grupo increíble de personajes la sustentan. Pero una película independiente, por más valores que comporte su honestidad conceptual y estética, no siempre es una película intachable.
Pronóstico: muchos aplausos y ningún premio.
Somniloquios: Su única nominación a Mejor Película delata el brindis al sol de su presencia. Ganó el premio mayor en el Festival de Sundance: esa debe ser la lógica de su presencia entre las diez nominadas, a las que no desmerece ni tampoco amenaza.

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Mi tío Oscar 3.1

25 02 2011

The Fighter, de David O. Russell

Mi hermano fue un crack: ahora, sin embargo, le pega al crack...

La vida a puñetazos. Seamos honestos: una película de boxeo siempre la vamos a preferir a un drama sobre un rey tartamudo. En ambos casos hay una familia disfuncional, cada una a su manera, pero nos interesan más las cuerdas de un ring que las estancias de palacio. Aquí el boxeador es Mickey Ward, un irlandés callado que se deja las muelas en peleas de poca monta y desgasta su carrera bajo el patrocinio de una madre posesiva que gestiona sus asuntos deportivos con tanto amor como incompetencia. Su mentor es su propio hermanastro, un campeón perdido por el camino, adicto al crack y sus terribles circunstancias, incapaz de sostener en pie ni su maltrecho cuerpo ni su enferma dignidad. El coro lo completan siete hermanas con más mechas que cerebro. Frente a toda esa estridencia, Mickey pelea en silencio con la vida y trata de hacerle nocáut antes de caer derribado. Es una historia conocida pero con algunos matices que juegan a su favor y en su contra. Aquí no hay épica deportiva pero sí épica personal; una actuación torrencial de Melissa Leo como la imperiosa matriarca del clan; y un hermano, ex boxeador de cierta promesa arrasada por sus adicciones, al que Christian Bale le proporciona un desamparo físico y emocional que mueven a la conmiseración. Bale es un absoluto portento. Lleva la degradación escrita en sus miradas, en el físico de extrema delgadez que modeló para el personaje, en su lenguaje corporal, en su modo de darle voz al chico mimado que vive sobre el filo con angustiosa inconsciencia. Esa pelea de fuerzas que recaen sobre Mickey Ward/Mark Walhberg, particularmente el enfrentamiento entre su descarada novia y la familia, no produce sin embargo en su personaje una respuesta suficiente. Aunque  representa el centro de todos los conflictos, su naturaleza pacífica, casi afásica, engullida por el maremágnum que lo rodea, debilita la narración. A pesar de todo, a pesar de quedar corta para el panteón de películas de boxeo de nuestra vida, The Fighter deja un poso duradero.
Pronóstico: Oscar al Mejor Actor de Reparto a Christian Bale o Dios no existe.
Somniloquios: Melissa Leo ha de ser la Mejor Actriz de Reparto, aunque me temo que se lo den a la niña de True Grit, Hailee Steinfeld. Amy Adams, la temperamental (y adorable a su manera) novia del boxeador Ward también opta al mismo premio.

De The Duke a The Dude: el parche sobre el otro ojo.

True Grit, de Joel y Ethan Coen

Feo, fuerte y formal. El western es un género tan ancho como las praderas que retrataba Anthony Mann o las que Henry Hathaway fotografió en el Valor de Ley original. El western es un modo de contar la historia cruzado de leyenda, pero con un apoyo de realidad no sólo histórica, sino también moral: su permanencia nos permitiría afirmar que la evolución de la propia psique americana viene reflejada en la larguísima, cambiante y aún viva evolución del género en el cine. Después de este ramalazo de crítica culteranista -desviación de quien ha leído demasiado acerca de los westerns que ha visto- confesaré que sigo buscando el motivo por el cual True Grit no acaba de dejarme convencido de haber visto un gran western. Una buena película sí, cómo no. Irónica, descarnada, adusta, áspera como lo son las películas de los Coen. Repleta de diálogos hilados con una gruesa finura. Interpretada de manera espléndida por Jeff Bridges en el papel del marshal Rooster Cogburn, un tipo feo, fuerte y formal, como quería John Wayne que rezara su epitafio. The Duke protagonizó la versión original de esta historia; aquí, su papel lo cubre The Dude, este Bridges al que los Cohen han elevado a la categoría de actor de culto. Los personajes del Oeste son personajes de una pieza, a menudo supervivientes para quienes todo tiene un precio. Malcarados, asesinos de costumbre, vacíos de otra piedad que no sea la de salir adelante como sea y contra quien sea. Incluso el atildado LaBoeuf que defiende aquí Matt Damon tiene doble fondo. Son el tipo de personajes de mirada torva que tan bien manejan los Coen. Pero siempre acaba por parecerme que a sus historias les falta trascendencia, y eso que su revisión de la novela de Charles Portis (dicen quienes la han leído) rescata el espíritu del original escrito, sus diálogos. el Oeste más árido, oscuro y amenazante. Y sobre todo la elección de poner el foco no sobre Cogburn sino sobre la joven que quiere cazar al asesino de su padre, el personaje que abre y cierra la acción. Hailee Steinfeld, ataviada con el sombrero y el abrigo excesivos de su buen padre, cruza territorio indio (aunque no aparece un solo indio) y le pone a su Mattie tanto plomo como el maloliente Cogburn o los villanos de siniestra dentadura a los que se enfrenta. Hay una conclusión que personalmente me molesta. Es cierto que el Oeste acabó siendo un número de circo. Es el lado más irónico de semejante epopeya, y tal vez a los Coen les pareció que rimaba a la perfección con su visión sardónica de los géneros. Pero Rooster Cogburn no merecía ese destino. El destino de todos los hombres del Western lo resumió Ford en el plano final de Centauros del Desierto.
Pronóstico: Oscar a la Fotografía (o a la Cinematografía, yo qué sé) y a la Mejor Actriz de Reparto para Hailee Steinfeld.
Somniloquios: Ya he dejado dicho que le daría el Mejor Actor a Jeff Bridges. ¿Que lo ganó el año pasado? Sí, pues mejor aún. Frente al nítido Colin Firth, yo prefiero a este maloliente Cogburn. Y la Fotografía y eso, creo, también deberían salir premiadas. ¿La niña? Por principio, desde la muchachita de El Piano, me niego a los Oscars a infantes.





Mi tío Oscar 3.0

24 02 2011

"Me encantan tus calentadores". "¡Uh, me encanta tu pañuelo!".

Toy Story 3,

de Lee Unkrich

Cuando Ken encontró a Barbie. El momento debió resultar aterrador. El momento en el que Pixar le encargó a Lee Unkrich, co-director de la segunda parte de Toy Story, la clausura de la serie con una tercera entrega. Si Unkrich no se dio un tiro en el pie, o si no enloqueció, fue porque lo asistió una epifanía en verdad providencial: el momento en el que, pensando en sus juguetes de niño, recordó la escena cotidiana en la que uno ha crecido y su madre hace limpieza del armario de los juegos. Ese capítulo de la vida debería estar prohibido por ley, pero manda el pragmatismo. El conflicto basta para arrancar la historia de Toy Story 3: Andy, el dueño de Woody, Buzz Lightyear y el matrimonio Patata se va a la universidad. Hay que resolver el futuro, incierto, de los juguetes. A partir de ese arranque Unkrich arma una (otra) película de aventuras en la que todo, y se dice todo, es brillante. En particular, la adición del equívoco oso rojo de la gayata y, sobre todo, el momento en el que Ken y Barbie se conocen y, desde luego, enamoran. Éste es, entre otros muchos, quizá el rasgo de genialidad más evidente de la historia. Toy Story 3 es a la serie lo que la segunda parte de El Padrino a la trilogía de Coppola: una (imposible) mejora de la perfección. Una voltereta de ingenio, agudeza, inteligencia, diversión y sensibilidad. No veo otra película de animación mejor en toda la historia. No veo, de hecho, una película mejor en todo este año. En una edición de los Oscars subrayada por las imposiciones de la ficción sobre historias reales, el relato más perdurable también adopta la forma de un dibujo animado.
Pronóstico: Oscar a la Mejor Película de Animación. ¿La canción? Ese lo deben sortear ante notario cualquier noche de curda…
Somniloquios: por si no ha quedado claro, todos los Oscars en los que compita, incluido el de la canción que ni sé cuál es. Es la Mejor Película, en mi dudosa opinión. ¿Por qué? Porque es la única que volvería a ver ahora mismo.

Colin Firth, aka Jorge VI de Inglaterra, frente al micrófono: el miedo del portero ante el penalti...

El Discurso del Rey, de Tom Hooper

El hombre que no quiso ser rey. Los ingleses hacen dramas históricos con una facilidad abrumadora. Los hacen bien, se quiere decir. Esta película (éxito académico de libro) proviene de una obra de teatro, lo que explica el apoyo casi exclusivo de la narración en sus intérpretes y la preemincia de los espacios interiores. Es, otra vez, un relato de personajes y una exhibición enorme de actores: particularmente Colin Firth, del que no hay nada que decir porque nos pone ante una de esas actuaciones soberbias que rebasa la descripción. Su primera escena, un discurso agónico que debe inaugurar la Exposición de Londres de 1925, basta para derrotar a todos los demás candidatos al premio. Pero no sólo eso. A Firth lo secundan Helena Bonham-Carter, magnífica en su papel de esa señora tan amigable con la que todos nos hubiéramos tomado a gusto un par de pintas: la Reina Madre. Bonham-Carter la retrata con deliberada contención, apoyo amoroso y firme piedad para su marido. Y Geoffrey Rush, un seguro de vida, esta vez un logopeda australiano, aspirante fracasado a actor, inventor de una terapia que ejerce con método y personalidad bien singulares. Ambas condiciones serán centrales en la historia que narra Tom Hooper y le procuran a la película sus mejores momentos. Hay un contexto dramático que es historia, desde luego. Edward, heredero del trono británico, sacude al Imperio al renunciar a su derecho sucesorio para contraer matrimonio con Wallis Simpson, tres veces divorciada. Su hermano Albert es el heredero perfecto, al menos el más perfecto que los Windsor tienen en casa, claro: pero no quiere ser Rey ni desde luego hablar en público por culpa de su atroz tartamudez. Inglaterra, en los albores de la Segunda Guerra Mundial y en pleno desarrollo de la radio como medio de comunicación de masas, necesita voces decididas, que aglutinen el esfuerzo del pueblo, defiendan su moral y animen la resistencia. A la sociedad del momento le interesó mucho más la huida morganática de Edward y la mercurial personalidad de Wallis; esta película prefiere un relato acerca de la superación a través de la amistad, la contravención de los límites de clase (la desinhibición australiana que comunica el logopeda es proverbial) y el amor discreto. Las miradas de Bonham-Carter y Rush a su protegido Bertie le proporcionan hondura emocional a la narración.
Pronóstico: Oscar al Mejor Actor para Colin Firth, de libro. Lo que se llama una actuación que encanta a los académicos. Es decir, que no sería raro que no se lo dieran. Esos otros que hacen bulto en los carteles (la Dirección Artística, el Vestuario, tal vez la música…) también serán suyos. Alguno, o sea. Ahora, si gana el de la Película me quedaré frío.
Somniloquios: Prefiero otro tipo de personajes que los afectados por indecisiones físicas o psicológicas. Prefiero el Rooster Cogburn de Jeff Bridges, que me parece su único competidor de verdad. Otra vez Bardem, no, please… Libéranos señor del papanatismo consiguiente. Pero para qué negarlo: Firth, tan insustancial casi toda su carrera, se sitúa aquí en un territorio fuera de lo común.

Los Niños Están Bien, de Lisa Cholodenko

 

Un brindis por la unidad de la familia...

La familia y uno más. Esta película nace de la experiencia personal de su directora, Lisa Cholodenko, y del proceso de gestación de su propia familia junto a su novia, y de su enfrentamiento con respuestas humanas a preguntas humanas acerca de la búsqueda, encuentro y ejecución de un donante de esperma que les permitiera ser madres. Planteado de este modo, con naturalidad desprejuiciada pero con dudas -morales, por qué no decirlo- acerca de las consecuencias psicológicas que la decisión habría de tener para sus futuros hijos. Sin énfasis ideologizantes ni militancias. Sin molestos excesos. Tal y como está contada la película, la historia de una familia que hace más por la normalización, por eso que ahora llaman visibilidad, que cualquier discurso grandilocuente.  Sobre cómo y por qué amamos, sobre cómo y por qué defendemos la unidad del grupo, sobre cómo y por qué gestionamos las esperanzas, valores y anhelos propios en los hijos. Y qué hace el paso del tiempo con eso que, al principio, llamamos amor. Ésta es una estupenda película por su historia, tan humana y cotidiana en medio de los excesos narrativos de hoy día; es una película magnífica por su tono, ya mencionado, por su gracia y por su delicadeza. Y es una película insuperable como juego de personajes y ejercicio actoral. DThe Kids Are All Right a Nic y Jules, madres de una sensible e inteligente hija de 18 años (Mia Wasikowska incorpora a Joni, bautizada por Joni Mitchell); y de Laser (Josh Hutcherson), muchacho tímido, afectado de las molestas aunque poco dramáticas confusiones de la adolescencia. Los chicos, un día, quieren conocer a su padre biológico. ¿Por qué? Quieren conocerlo, sin más. E ahí un impulso. Resulta ser Mark Ruffalo, cuarentón de vida medianamente disipada, o no sujeta a los rigores de la mediana edad convencional, picaflor, se tira a una empleada negra que parece de las Sweet Inspirations que le hacían voces a Elvis. Un tipo amable, tal vez sexy, algo insustancial, aparentemente inocuo, que deshace las frases en vacilaciones: “Uh, sí… eh, bueno sí… eh, ¿por qué no?”. Otra interpretación sensacional. El proceso que abre la película desata conflictos en los tres adultos, resueltos con tanta gracia, con tanta sensibilidad, con tanto rigor contra la frase hecha, el lugar común y la revindicación colorista, que resulta magnífico verla. Lo explican estas frases de la directora: “Detesto a los gays de manual. Si se enfadan las lesbianas más puristas, me da igual. Ante todo, he querido contar una historia sobre padres que comparten una serie de valores y esperanzas y sueños para sus hijos. Mientras la escribía, cada vez que notaba en mis diálogos un ápice de reivindicación o proselitismo en pos de la causa gay, hacía borrón y cuenta nueva”.
Pronóstico: Sonrisas (tal vez forzadas) de Anette Bening cuando le entreguen el Oscar a la Mejor Actriz a Natalie Portman. También podría ocurrir a la inversa: el personaje de Portman puede parecer cargante. El de Bening es irreprochable. Sonrisas sinceras de admiración de Mark Ruffalo cuando le den el Oscar a Mejor Actor de Reparto a Christian Bale por The Fighter.
Somniloquios: Oscar al Mejor Guión Original. Y si le dieran el de Mejor Película, que no ocurrirá, yo sonreiría.





Mi tío Oscar

24 02 2011

Ahora los voy a entretener con un esfuerzo analítico por fascículos. De forma torrencial les hablaré de las películas candidatas a los Oscars. Si yo tuviera eso que se llama Twitter, igual hasta se lo retransmitía en directo, pero sucede (como pronto sabrán) que algo así no es posible en mi caso. Si lo hago no es por enseñarles cuánto (no) sé de cine ni por jugar a adivinar lo que decidirán los que saben, sino por aprovechar y celebrar estas semanas en las que se reúnen en la cartelera algunas (no siempre lo son) de las mejores películas del año. Yo las he visto todas. Sólo me falta Winter’s Bone, pero va a caer en cualquier momento. Agrego al final de cada comentario lo que creo que pasará el día de los premios, con lo que no estoy necesariamente de acuerdo; y a continuación lo que a Somniloquios, o sea a mí en tercera persona digital, me gustaría que ocurriese. Totalmente arbitrario y sin argumentos cinematográficos, por otro lado. Como debe ser. Dejo las primeras consideraciones. Irán viniendo más conforme el tiempo y la autoridad lo permitan. Digan lo que quieran. Como si no quieren decir nada. Aquí no hacemos crítica de cine ni proselitismo intelectual. Aquí hablamos de cine mientras nos tomamos una cerveza, como el que habla de si le gusta más Elsa Pataky o Natalia Verbeke, Pintér o N’Daw… Por hablar de algo.

La Red Social, de David Fincher

Yo quiero tener un millón de amigos...

La vida de los otros. Mi mayor problema con La Red Social es, precisamente, la red social. No soy ciudadano de facebook, twitter o tuenti, mi perfil profesional (¡espanto de sintagma!) no aparece asociado a LinkedIn ni participo en ningún foro temático. Podría adoptar una postura teórica y razonar mi desafecto en la deshumanización de las relaciones sociales; o por la aprensión que me produce pensar que un tipo con rasgos asociales tan marcados como Mark Zuckerberg (hablo del personaje de la película, no puedo juzgar al auténtico) haya definido la fórmula post moderna de socialización. No diré, al modo del sibarita progre, que lo mío es el roce humano, la cañita y la tapa, los modos tradicionales de encontrarnos: una figura que me incomoda mucho es el vermut de domingo con gafas de sol y diario bajo el brazo. Pero sí, todos nos vemos en los bares, incluidos los 500 millones de personas que participan de facebook y sus ramificaciones. De una forma torpe e indefinida, yo he aspirado siempre a la invisibilidad o a la discreción. Detesto que hablen de mí, que opinen de mí, que sepan de mí, que me juzguen y, sobre todo, que cuenten de mí. Tengo la indiscreción por uno de los peores defectos, y acaso el que menor indulgencia me provoca. Así que el personaje Zuckerberg no me inspira ninguna piedad y casi ningún interés. La película, sin embargo, es modernamente brillante. Aunque Aaron Sorkin, su guionista, haga trampas con la ficción y la realidad (¿se parecía el ciudadano Kane de Orson Welles al verdadero?), la agudeza de los diálogos, su agilidad, el manejo de los tiempos variables y la precisa dispersión de los puntos de vista (Zuckerberg, su socio Eduardo Saverin y los gemelos Winklevoss) conforman una historia construida de modo casi perfecto, como una extensa operación matemática. ¿Cómo contar la historia de un escritor y su gran obra si el protagonista pasa el tiempo escribiendo? ¿Cómo dibujar en imágenes la construcción y el desarrollo de una idea informática que adquiere dimensiones monstruosas? Eso hace La Red Social. Es una película fría y quirúrgica como el tiempo moderno, como la propia red social, como los afectos del Me Gusta. Y es, por encima de cualquier otra cosa, un relato cinematográfico extraordinario, cortesía de David Fincher y Aaron Sorkin.
Pronóstico: Oscar a la Mejor Película, Director y Guión Adaptado.
Somniloquios: Mejor Director y Guión Original… aunque el Aaron Sorkin ese me cae como un dolor de barriga.

"Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro paredes de la alcoba hay un espejo, ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo que arma en el alba un sigiloso teatro", (Jorge Luis Borges).

Cisne Negro, de Darren Aronofsky

El lado oscuro. Para que un artista sea grande de verdad, necesitamos que asome su Mr. Hyde, que no es sino la debilidad obsesiva. Por fortuna, el tiempo y las películas sucesivas van aproximando a Natalie Portman a su verdadera dimensión como actriz, por ese camino. Corrió el peligro de haber rozado el lado oscuro sólo en su relación con Annakin Skywalker, aquel paniaguado, pero resulta que todo estaba en el principio: en su personaje de niña en Leon, el profesional. Luego ha surgido poco a poco. En Closer su personaje expuso con mayor claridad la delicadeza perturbadora del otro yo. My Blueberry Nights ahondó en la imagen fatal que guardaba oculta la angelical Marty de Beautiful Girls. Darren Aronofski ha culminado la exploración en Cisne Negro. En manos de cualquier actriz, y de otro director, esta historia de hilada previsible tal vez no sería casi nada. Con Aronofsky, el abuso del cuerpo y la mente de la bailarina, la demencial inseguridad del personaje, el estorbo opresivo de una madre sola que proyecta en su hija la reverberación de sus frustraciones y el juego artístico de la interpretación de El Lago de los Cisnes conforman un relato de heridas que se abren, esquizofrenias perfeccionistas, enferma confusión, conflicto insondable entre el ideal y la realidad, el sueño loco y la vida. En un ejercicio actoral de dimensiones formidables, Natalie Portman asimila todas esas tensiones, las obligaciones melodramáticas del personaje, la exigencia física y mental y la dolorosa hermosura de la tragedia y las conduce al éxtasis de una actuación fantástica que revienta en el tercer acto del filme y de la representación del ballet. Es, de todas, la única película que me perturbó emocionalmente. Me resultará, por eso, la más memorable.
Pronóstico: Oscar a la Mejor Actriz para Natalie Portman.
Somniloquios: Venga ya el premio para Nat… Y el Oscar a Mejor Película, ahí andaría. Porque yo ya lo pensé con The Wrestler y este Aronofsky hace cosas diferentes, que no son necesariamente mejores, pero sí necesariamente necesarias. Además, ¿no lo ganaron Shakespeare In Love y En Tierra Hostil? ¿No lo ganó Pe? Entonces de qué estamos hablando… Se trataría de que no ganase facebook.

127 horas, de Danny Boyle

La Naturaleza (in)humana. Aaron Ralston se fue un fin de semana a hacer cañones en el desierto de Utah.

Uuupssss, creo que me olvidé algo...

Cometió dos errores: olvidar su navaja suiza en el altillo del armario (pocas veces un plano que parece de relleno alcanza tan dramático significado más tarde) y no decirle a nadie dónde iba. Estuvo a punto de no volver. Lo hizo, pero no entero. Ralston pasó 127 horas atrapado y para salir vivo tuvo que tomar una decisión extrema y ejecutarla. La historia real la cuenta en ficción el siempre estimulante (salvo en La Playa) Danny Boyle, y la interpreta un vigoroso James Franco. En los primeros minutos del relato vemos las aristas de su personalidad que le conducirán al atolladero: la trivialidad con la que uno puede llegar a tomarse decisiones con indudable trascendencia. Un poco el fenómeno de la inmortalidad autoinducida: jamás nos va a ocurrir nada. ¿O sí? El resto del filme muestra a otro hombre, apoyado en ensoñaciones temerosas, en la alucinación del abandono y el paso del tiempo y la ausencia de alimento y la distancia inabordable a la que queda situada la normalidad. La película contrapone el lado depredador de la Naturaleza (su peligrosa belleza) frente a los límites por arriba y por abajo de la naturaleza humana, tanto o más insondable. Yo me fui una vez a bajar el barranco de La Peonera y regresé sin huellas digitales ni cuádriceps. Pero con una idea muy cierta de mis límites: el pasatiempo me pareció una temeridad sólo admisible para especialistas que, sin embargo, familias enteras afrontaban con la mayor ligereza, con chancletas y los niños incluidos, como el que pasa un día en el campo. El personaje atrapado de Boyle no se hace héroe en su lucha por la supervivencia, aunque la resolución de su drama precisa una voluntad sobrehumana; más bien ajusta cuentas consigo mismo a un alto precio. Esa diferenciación, la rebaja del énfasis, eleva al personaje y enmarca la hazaña del hombre que la protagonizó en la realidad. La película lo retrata en sus matices de inconsciencia y determinación: la primera lo mete en un lío mortal; la segunda lo rescata. Si Hitchcock filmó un apuñalamiento sin una sola puñalada concreta en Psicosis, Danny Boyle muestra una amputación sin enseñar un solo detalle del brutal proceso. Apenas un estridente sonido que todos creemos conocer, aun cuando no lo hayamos oído nunca. Así trabaja el cine. La dificultad de Ralston fue escapar. La de Boyle, sostener vivo y en movimiento un relato inmóvil, de unidad de acción, lugar y personaje. Sin desmerecer todo ese innegable mérito, y por asociación de ideas narrativas, prefiero sin embargo las menos sugerentes pero más despiadadas resoluciones de Rodrigo Cortés en Buried. Esa película cuyo título se empeña todo el mundo en pronunciar mal, con lo fácil que es decir Enterrado.
Pronóstico: tal vez Oscar a la Cinematografía… Un tal vez leve a la fuerza.
Somniloquios: en el viejo orden de cinco películas nominadas, 127 horas no hubiera aparecido entre las candidatas. Digo yo, vamos. Eso sí: yo le daba el Oscar al Montaje sólo por cómo está filmado el cortecito liberador.

(continuará)





Infiltrados

15 02 2011

Osvaldo Soriano describió en una cruda novelita,  No Habrá Más Penas Ni Olvido, la absurda fiereza del enfrentamiento social que provocó el regreso de Perón a la Argentina, en octubre de 1973. Para recrear la confusión general del periodo (Perón convirtió a los enemigos en colaboradores y a los acérrimos en represaliados, dicho de una forma vulgar), Soriano sitúa la acción en un pueblito de la provincia de Buenos Aires, donde el juego amargo, terrible, de denuncia y represión se vuelve tragicómico entre quienes se conocen de toda la vida y vivieron en el universo mínimo de una aldea. Supongamos que, de un día para otro, el tipo con el que haces pareja en la partida de guiñote o el mecánico al que le confías tu auto se convierte en un enemigo político al que hay que limpiar, en el sentido más estricto del término. Lo explican estas líneas áridas del diálogo que abre la historia:

Osvaldo Soriano, argentino, fumador, gordo, amargo, futbolero y escritor. Genio.

-Tenés infiltrados -dijo el comisario.
-¿Infiltrados? Acá sólo trabaja Mateo, y hace 24 años que trabaja en la delegación.
-Está infiltrado. Te digo, Ignacio, echalo porque va a haber lío.
-¿Quién va a hacer lío? Yo soy el delegado y vos me conocés bien. ¿Quién va a joder?
-El normalizador.
-¿Quién?
-Suprino. Volvió de Tandil y trae la orden.
-Suprino es amigo, qué joder. Hace un mes le vendí la camioneta y todavía me debe plata.

Ahora miremos aquí al lado, a un pedazo de realidad, o no, en España: las artes escénicas se ven amenazadas por la Ley Antitabaco. ¿Cómo ocurrió? Sencillo: un espectador asistió a la representación del musical Hair. Al advertir que los actores fuman en escena, salió del teatro y se fue a denunciar que esos señores, en esa obra, fuman en el trabajo, en un espacio cerrado y público. Flagrante transgresión de la ley. Además de insoportable inmoralidad. Los argentinos avisados descubrieron que no eran los personajes de Soriano los que se parecían a ellos, sino al contrario: ellos cada vez tendían más a parecerse a los desquiciados personajes de Soriano. En España, sin embargo, estamos convencidos de lo magníficos que somos. Pero la imbecilidad avanza indetenible como un ejército, por cierto nada silencioso. Y la política deviene, a una velocidad sin control, en imbecilidad social. Se trata tal vez de un fenómeno general y tal vez generacional. Ocurré allá donde mires, así que voy pensando ya que la única solución está en refugiarse en sociedades menos evolucionadas, porque las nuestras avanzaron demasiado, hasta darse la vuelta sobre sí mismas y convertirse, al modo del personaje de 2001 de Kubrick, en bebés babeantes. No contentos con haber legislado la realidad hasta su último rincón, ahora van a por la ficción: reescriben a Mark Twain para suprimir los vocablos que conformaban el lenguaje contextual de la época (por cierto, aviso de que el abyecto John Steinbeck usaba  la palabra negro, en español, en sus originales de Tortilla Flat). Suprimieron hace mucho el tabaco en el cine -sólo fuman los malos o los desequilibrados- y los palmetazos de James Bond en el culo de las muchachas. No se puede decir que el dueño del Racing es indio aunque sea, efectivamente, indio. Después de pervertir la política hasta extremos delirantes, Berlusconi caerá por culear con una menor. Ahora peligra el cigarrillo en escena. En realidad, lo que está en peligro es algo mucho mayor, pero andamos muy ocupados obedeciendo órdenes y, sobre todo, haciéndolas cumplir a nuestra conveniencia, que es lo que más nos gusta. Y luego hablan del moralismo religioso… Hay un moralismo laico, civil, un moralismo ciudadano que constituye una degeneración repugnante de la vida cotidiana tal y como la habíamos querido.

Siempre pienso que el pasaje de la Historia que me resulta más rotundamente increíble es el periodo de la Ley Seca en Estados Unidos, pero nos vamos aproximando a aquel nivel de paranoia colectiva con alegría democrática. Hace poco le han prohibido a un equipo de rugby de Barcelona celebrar el tercer tiempo. No faltaron, como siempre, los ciudadanos agraviados que juraban haber visto excrementos depositados por los celebrantes en sus orgías; y, cómo no, abusos verbales contra las damas. Tenemos infiltrados. Nos van convirtiendo en infiltrados. Los políticos lo llaman colaboración ciudadana, pero no tiene nada que ver con la colaboración sino con el colaboracionismo, que es otra cosa mucho más miserable; tiene que ver con completarles a ministras de razonamientos inframentales su patético trabajo de corrección de nuestras vidas. La vorágine empieza por una norma necesaria o razonable (proteger la Salud Pública, por ejemplo, o recoger las deposiciones de los perros) y acaba por denunciar al que fuma en escena (aunque sea un cigarrito de hierbas inocuas, como en este caso, lo señalarán por apología) o al dueño de un perro que muerde a otro perro. El sentido común, que fue siempre una ley natural bien atendible, ya no es siquiera un argumento. Murió enterrado bajo las normas.

Al final les quitaremos los dientes a los animales, denunciaremos a los machos que acosan a las hembras en celo por instinto machista desaforado y querremos que se comporten en el parque como si estuvieran en un parlamento. Y que se vayan preparando de ahora en adelante los intérpretes de Shakespeare: les van a llover denuncias por asesinato. Qué es eso de clavar cuchillos en escena… La ficción caerá bajo las leyes y sus acerados ciudadanos.





Entre los vidrios rotos…

11 02 2011

Calamaro y Cardinali, desparejados.

Le voy a mandar un abrazo a Calamaro. Leí la noticia de su extravío, bien contada por Diego Manrique en El País.

“Aquí no se libra nadie. Hasta Andrés Calamaro ha caído en el infierno rosa. La separación de su esposa, la actriz Julieta Cardinali, se ha convertido en la comidilla de Argentina, aparte de provocar unas turbulencias emocionales que han reventado planes de lanzamientos discográficos y una gira de teatros por España. En compensación, el carismático músico está compartiendo nuevas grabaciones caseras a través de la Red”. [Seguir leyendo]

Calamaro y Cardinali son la despareja del año en la Argentina. Parece que Andrelo se levantó un avión chileno (*) que responde por Micaela Breque. No haremos aquí salsa rosa de vísceras ajenas: como cantó el mismo Andrés, la culpa es un invento muy poco generoso. Se trata de otra cosa, de un círculo que ahora descubro círculo y que entonces me parecía una línea directa: como si Calamaro hubiera escrito para mí todas las canciones que escribió. Me quedaban tan bien… “Históricamente, las turbulencias amorosas de Andrés Calamaro han tenido incidencia directa en su arte”, escribe Manrique. Históricamente, podría decir yo desordenando la frase, el arte de Calamaro ha tenido una incidencia directa en (o sobre o contra) mis turbulencias personales. Ya que él me cuidó tantas veces, como un amigo desconocido, creo que corresponde el abrazo. Elijo para el caso una de sus canciones más dolientes, más oscuramente esperanzadas. La serenidad parece tan sencilla desde la serenidad; y tan inalcanzable desde la tristeza. Ignoro a quién o a qué pertenecen las imágenes que enmarca la música, pero están heridas de aflicción, melancolía o desamor, estado que compendia la desesperanza. Como hace la canción. En algún pasaje sombrío, hace tiempo, guardé un borrador de entrada con el tema, uno menos conocido de aquel aleph calamariano que fue El Salmón. Debía andar anhelando horizontes. Es lo que toca cada tanto: buscar, por las ventanas rotas, todos los días un poco. Salmonalipsis Now…  enorme. ¡Aguante Andrés!

Horizontes, de Andrés Calamaro

pd: Ya mismo paso El Hornero Amable al roll de enlaces.

(*) Nota del Autor: el reactor a chorro conocido por Micaela Breque es más argentina que el dulce de leche. ¿De dónde si no?, proclama Marlo, que presentó enmienda a este texto. Y no le falta razón. El incidente diplomático ocurrió en Chile, sí, pero entre argentos. El servicio de documentación agrega ahora el enlace con la cumbia de Andrelo y el bailecito de la rubia.





Los inmortales

8 02 2011

Hace dos semanas que he vuelto a jugar el rugby. Sí, he vuelto. ¿Motivos? ¿Quién los necesita? Me llamaron mis amigos y yo a mis amigos no les niego una melé. Cosas como ésta no se olvidan: entras y bien pronto te sientes en casa. Y después vienen los dolores, que comunican un sentido de pertenencia. Es como si el cuello, otra vez, fuera mi cuello. O será que, como aquel Alain Bastien, un señor francés que a resultas de un accidente de moto perdió la capacidad neuronal de sentir dolor, también yo extraño metafísicamente la aflicción muscular. El dolor es parte del juego: como el olor de la hierba, el sonido de los tacos en las baldosas o el tacto del balón. El dolor nos advierte. El dolor nos previene. El dolor nos enseña. El dolor, replica Bastien a quienes envidian su excepción, nos hace hombres.

Éstos son mis números: 41 años y subiendo, 110 minutos de juego (80+30) en dos partidos, una victoria, un empate, una vertebra dorsal bloqueada y una torsión de tobillo con sustitución forzada y prematura. No faltará quien encuentre en la sucesión de incidentes la evidencia estadística de que mi hora ha llegado. Por ejemplo, mi buena madre, que siempre me ha advertido como si hablara para sí misma: “Cualquier día te me devuelven con la cabeza rota”. Esa ternura impagable de los presagios maternales… Me recuerda el día que ensayé el funambulismo sobre la tapia de bordes redondeados de una pista de patinaje, siendo un niño. Al segundo paso perdí pie, salí volando en despreocupada pirueta y aterricé con la cabeza sobre el cemento. Goteando sangre y lágrimas, corrí por el paseo central de Helios al encuentro de mi madre. A mitad de trayecto, alguien me agarró en sus brazos y me desvió con urgencia hacia el botiquín. Intenté resistirme: agua oxigenada, un practicante bañado en coñac y un diagnóstico siempre repetido:

-¿Escuece?
-Sí…
-Eso es bueno. Tres días sin bañarte y listo…
-Jo…

La escena provocó gran revuelo entre las mesas de rabino francés, que era el juego de moda entre las señoras, una vez superados los seises y el rabino español. Aletearon las bazas y las contendientes corrieron a arremolinarse a la puerta blanca de la enfermería. Desde adentro yo escuchaba el murmullo creciente de la expectación. El Ornat pequeño, que se ha descalabrado, imagino que decían. Unos minutos después, salí en brazos de mi santa con la cabeza envuelta en cinta blanca. Sin saberlo, emulaba mi propio futuro: era un niño destinado a la primera línea. La pregunta de siempre: “¿Por qué los delanteros de rugby se vendan la cabeza para jugar?”. Durante años yo lo hacía, siempre con pésimos resultados: jamás logré terminar el partido con la banda en su sitio. O tenía mucho pelo o tenía muy poco, pero el tocado me resbalaba y acababa por arrancármelo de mala manera. Ahora ya ni siquiera me pongo cinta aislante en las orejas. Y el casco, si acaso para entrenar, pero poco. El casco de rugby es como los preservativos: reduce sensibilidad y limita el placer. Porque la cabeza aún es nuestra arma preferida. Sí… los 57 old farts de la IRB (como los llamó el capitán inglés Will Carling) quieren terminar con la melé, exigen agarres largos, vigilan los hundimientos, permiten ese giro defensivo que le da el balón al contrario y que premia la no disputa de la melé, manera cobarde e indigna de jugar el agrupamiento estático… Pero por más que hagan jamás podrán con los cabezazos, que son el lenguaje alternativo entre primeras líneas. Sí, esos cabezazos cruzados en la entrada, al agacharse. Esos topetazos previos a la colisión de los hombros, y que uno nunca sabe si son fortuitos o buscados. O no lo quiere saber, porque todos sabemos. Y esos otros, laterales, ya en el fragor del talonaje, exclusivos del pilar izquierdo: la ventaja de jugar en el puesto que los británicos llaman loose-head, el que queda con la cabeza libre, suelta, fuera. Y el reconocible sonido hueco, algo metálico, del cráneo contra cráneo. Ese chunk, chunk, que indica que ha comenzado la berrea y la pelea de astados. Igual que el coronel Aureliano Buendía recordaba, muchos años después, la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo, yo tampoco habré de olvidar el día en que el U entró de recambio en un partido en Huesca, con más años aún de los que ahora tengo yo. Encajó su cabeza de bronce sobre mi muslo derecho y, conforme el oval caía al centro del agrupamiento, coló la mitad de su corpachón entre mi talonador y yo para repartir violentos cabezazos a los tres primeras líneas del equipo contrario. Les dio a todos. Nótese que había seis cabezas alineadas, tres eran de compañeros y tres de rivales. No falló ni un impacto: les acertó a los tres ajenos, como si tuviera un radar de enemigos. Cómo lo consiguió, todavía no lo sé. Me quedan en la memoria los quejidos sollozantes de los agredidos hacia el árbitro: “¡Señor, señor, ese tío está loco… está loco!”, gritaban. El árbitro, claro, no había visto nada.

"Hacedlo por los 57 viejos chochos", reza la pancarta de la afición inglesa: Will Carling había criticado al cuerpo de gobierno del rugby mundial. La misma gente que quiere convertir la melé en una reunión en un salón de té a las cinco. Girar una melé... nunca lo entenderé. ¿No se trataba de empujar?

En la melé pasan esas cosas. En la melé, por más que quieran y como ya escribí hace mucho, aún huele a hombre, sí. No puede ser de otro modo. Cierto día tuvimos que amonestar a un segunda que se lavaba los dientes antes del partido, en el vestuario, y explicarle las virtudes disuasorias del subterfugio llamado halitosis. He de confesar que yo me ducho también las mañanas antes de jugar, porque sin el agua no soy persona humana. Pero no debería. A la melé y sus alrededores uno ha de acudir en estado animal, mental y físicamente. La otra tarde, mientras tomaba un café con leche, canela y mucho hielo en copa de balón, me crucé con Gerardo, el primer medio de melé al que atendí en mi vida. Siempre lo identifico como autor de aquel adagio que constituyó mi primera enseñanza seria acerca de las verdades del rugby: “Al ruck hay que entrar sin talento, sin talento…”. Lo del tobillo fue así: entré al ruck sin talento, choqué contra alguien y me fui a un lado. Cuando me incorporaba para recolocarme, de la montonera se desprendió un tercera que embistió de costado sobre mi pierna izquierda. El golpe quebró el tobillo. Pero no es gran cosa. Me tuve que ir, sí, pero todos sabemos que el cuerpo está al servicio del club. Y además… el pie no es del cuerpo.

Hay que seguir ahí. En el Seminario nos trasciende un imperativo de tradición al que no se puede escapar. En el Seminario, el pilar no se retira, el pilar si acaso se muere. El resto de los jugadores de campo lo dejan, algunos incluso se casan, abandonan la ciudad para aceptar una oferta de trabajo, dicen que ya no están en forma, se rompen las rodillas… Y mil excusas parecidas. El pilar no. El pilar siempre vuelve. El pilar no sólo vuelve, sino que está en perfectas condiciones para volver, como si jamás se hubiera alejado del juego ni sus circunstancias. El pilar o muere o está listo para el partido del próximo fin de semana. Y no es seguro que, una vez muerto, no salga algún día de debajo de la losa y ocupe su puesto, imponente como los espíritus que tripulan un buque fantasma. No va a faltar quien observe que el motivo de tal longevidad tiene que ver con cuestiones físicas: no se puede perder lo que no se ha tenido, la velocidad, la agilidad, la potencia, la explosividad… Claro, claro. Pero, ¿quién quiere esas virtudes fugaces, pasajeras, gaseosas, volátiles como los sueños de juventud? Señores, la prestancia física es otra cosa. Es lo nuestro. Los japoneses lo entendieron hace muchos siglos e hicieron dioses a los luchadores de sumo: comen las mejores piezas, gozan de las más delicadas mujeres, nadie les afea sus kilos de más y además los consideran como lo que son, atletas de élite. No pueden andar en bicicleta por el carril de Belloch porque no caben, es cierto, pero el desafecto del luchador por cosas de naturaleza banal como los pedales demuestra que, en el fondo, todo eso del ciclismo y el Mortirolo… oigan, no es para tanto. En occidente enseguida nos despistamos con el figurín, la comida macrobiótica y conceptos como la grasa rebelde, el modelado del cuerpo o el pilates para embarazadas. El rugby es un modo evolucionado de vida, una enseñanza irrebatible, un deporte preocupado de verdad por las esencias del Hombre, por su trascendencia espiritual, y no por el culto necio a la belleza de la carcasa corporal, que habrán de comerse los gusanos o bien otros primeras líneas si un día se pierden en una isla desierta. Mientras eso no ocurra, todos lo sabemos: los únicos que no te afean una buena barriga son tu perro y los primeras líneas de tu equipo. En el resto, la verdad, no se puede confiar: el mundo está repleto de gente superficial.