Mi tío Oscar 3.0

24 02 2011

"Me encantan tus calentadores". "¡Uh, me encanta tu pañuelo!".

Toy Story 3,

de Lee Unkrich

Cuando Ken encontró a Barbie. El momento debió resultar aterrador. El momento en el que Pixar le encargó a Lee Unkrich, co-director de la segunda parte de Toy Story, la clausura de la serie con una tercera entrega. Si Unkrich no se dio un tiro en el pie, o si no enloqueció, fue porque lo asistió una epifanía en verdad providencial: el momento en el que, pensando en sus juguetes de niño, recordó la escena cotidiana en la que uno ha crecido y su madre hace limpieza del armario de los juegos. Ese capítulo de la vida debería estar prohibido por ley, pero manda el pragmatismo. El conflicto basta para arrancar la historia de Toy Story 3: Andy, el dueño de Woody, Buzz Lightyear y el matrimonio Patata se va a la universidad. Hay que resolver el futuro, incierto, de los juguetes. A partir de ese arranque Unkrich arma una (otra) película de aventuras en la que todo, y se dice todo, es brillante. En particular, la adición del equívoco oso rojo de la gayata y, sobre todo, el momento en el que Ken y Barbie se conocen y, desde luego, enamoran. Éste es, entre otros muchos, quizá el rasgo de genialidad más evidente de la historia. Toy Story 3 es a la serie lo que la segunda parte de El Padrino a la trilogía de Coppola: una (imposible) mejora de la perfección. Una voltereta de ingenio, agudeza, inteligencia, diversión y sensibilidad. No veo otra película de animación mejor en toda la historia. No veo, de hecho, una película mejor en todo este año. En una edición de los Oscars subrayada por las imposiciones de la ficción sobre historias reales, el relato más perdurable también adopta la forma de un dibujo animado.
Pronóstico: Oscar a la Mejor Película de Animación. ¿La canción? Ese lo deben sortear ante notario cualquier noche de curda…
Somniloquios: por si no ha quedado claro, todos los Oscars en los que compita, incluido el de la canción que ni sé cuál es. Es la Mejor Película, en mi dudosa opinión. ¿Por qué? Porque es la única que volvería a ver ahora mismo.

Colin Firth, aka Jorge VI de Inglaterra, frente al micrófono: el miedo del portero ante el penalti...

El Discurso del Rey, de Tom Hooper

El hombre que no quiso ser rey. Los ingleses hacen dramas históricos con una facilidad abrumadora. Los hacen bien, se quiere decir. Esta película (éxito académico de libro) proviene de una obra de teatro, lo que explica el apoyo casi exclusivo de la narración en sus intérpretes y la preemincia de los espacios interiores. Es, otra vez, un relato de personajes y una exhibición enorme de actores: particularmente Colin Firth, del que no hay nada que decir porque nos pone ante una de esas actuaciones soberbias que rebasa la descripción. Su primera escena, un discurso agónico que debe inaugurar la Exposición de Londres de 1925, basta para derrotar a todos los demás candidatos al premio. Pero no sólo eso. A Firth lo secundan Helena Bonham-Carter, magnífica en su papel de esa señora tan amigable con la que todos nos hubiéramos tomado a gusto un par de pintas: la Reina Madre. Bonham-Carter la retrata con deliberada contención, apoyo amoroso y firme piedad para su marido. Y Geoffrey Rush, un seguro de vida, esta vez un logopeda australiano, aspirante fracasado a actor, inventor de una terapia que ejerce con método y personalidad bien singulares. Ambas condiciones serán centrales en la historia que narra Tom Hooper y le procuran a la película sus mejores momentos. Hay un contexto dramático que es historia, desde luego. Edward, heredero del trono británico, sacude al Imperio al renunciar a su derecho sucesorio para contraer matrimonio con Wallis Simpson, tres veces divorciada. Su hermano Albert es el heredero perfecto, al menos el más perfecto que los Windsor tienen en casa, claro: pero no quiere ser Rey ni desde luego hablar en público por culpa de su atroz tartamudez. Inglaterra, en los albores de la Segunda Guerra Mundial y en pleno desarrollo de la radio como medio de comunicación de masas, necesita voces decididas, que aglutinen el esfuerzo del pueblo, defiendan su moral y animen la resistencia. A la sociedad del momento le interesó mucho más la huida morganática de Edward y la mercurial personalidad de Wallis; esta película prefiere un relato acerca de la superación a través de la amistad, la contravención de los límites de clase (la desinhibición australiana que comunica el logopeda es proverbial) y el amor discreto. Las miradas de Bonham-Carter y Rush a su protegido Bertie le proporcionan hondura emocional a la narración.
Pronóstico: Oscar al Mejor Actor para Colin Firth, de libro. Lo que se llama una actuación que encanta a los académicos. Es decir, que no sería raro que no se lo dieran. Esos otros que hacen bulto en los carteles (la Dirección Artística, el Vestuario, tal vez la música…) también serán suyos. Alguno, o sea. Ahora, si gana el de la Película me quedaré frío.
Somniloquios: Prefiero otro tipo de personajes que los afectados por indecisiones físicas o psicológicas. Prefiero el Rooster Cogburn de Jeff Bridges, que me parece su único competidor de verdad. Otra vez Bardem, no, please… Libéranos señor del papanatismo consiguiente. Pero para qué negarlo: Firth, tan insustancial casi toda su carrera, se sitúa aquí en un territorio fuera de lo común.

Los Niños Están Bien, de Lisa Cholodenko

 

Un brindis por la unidad de la familia...

La familia y uno más. Esta película nace de la experiencia personal de su directora, Lisa Cholodenko, y del proceso de gestación de su propia familia junto a su novia, y de su enfrentamiento con respuestas humanas a preguntas humanas acerca de la búsqueda, encuentro y ejecución de un donante de esperma que les permitiera ser madres. Planteado de este modo, con naturalidad desprejuiciada pero con dudas -morales, por qué no decirlo- acerca de las consecuencias psicológicas que la decisión habría de tener para sus futuros hijos. Sin énfasis ideologizantes ni militancias. Sin molestos excesos. Tal y como está contada la película, la historia de una familia que hace más por la normalización, por eso que ahora llaman visibilidad, que cualquier discurso grandilocuente.  Sobre cómo y por qué amamos, sobre cómo y por qué defendemos la unidad del grupo, sobre cómo y por qué gestionamos las esperanzas, valores y anhelos propios en los hijos. Y qué hace el paso del tiempo con eso que, al principio, llamamos amor. Ésta es una estupenda película por su historia, tan humana y cotidiana en medio de los excesos narrativos de hoy día; es una película magnífica por su tono, ya mencionado, por su gracia y por su delicadeza. Y es una película insuperable como juego de personajes y ejercicio actoral. DThe Kids Are All Right a Nic y Jules, madres de una sensible e inteligente hija de 18 años (Mia Wasikowska incorpora a Joni, bautizada por Joni Mitchell); y de Laser (Josh Hutcherson), muchacho tímido, afectado de las molestas aunque poco dramáticas confusiones de la adolescencia. Los chicos, un día, quieren conocer a su padre biológico. ¿Por qué? Quieren conocerlo, sin más. E ahí un impulso. Resulta ser Mark Ruffalo, cuarentón de vida medianamente disipada, o no sujeta a los rigores de la mediana edad convencional, picaflor, se tira a una empleada negra que parece de las Sweet Inspirations que le hacían voces a Elvis. Un tipo amable, tal vez sexy, algo insustancial, aparentemente inocuo, que deshace las frases en vacilaciones: “Uh, sí… eh, bueno sí… eh, ¿por qué no?”. Otra interpretación sensacional. El proceso que abre la película desata conflictos en los tres adultos, resueltos con tanta gracia, con tanta sensibilidad, con tanto rigor contra la frase hecha, el lugar común y la revindicación colorista, que resulta magnífico verla. Lo explican estas frases de la directora: “Detesto a los gays de manual. Si se enfadan las lesbianas más puristas, me da igual. Ante todo, he querido contar una historia sobre padres que comparten una serie de valores y esperanzas y sueños para sus hijos. Mientras la escribía, cada vez que notaba en mis diálogos un ápice de reivindicación o proselitismo en pos de la causa gay, hacía borrón y cuenta nueva”.
Pronóstico: Sonrisas (tal vez forzadas) de Anette Bening cuando le entreguen el Oscar a la Mejor Actriz a Natalie Portman. También podría ocurrir a la inversa: el personaje de Portman puede parecer cargante. El de Bening es irreprochable. Sonrisas sinceras de admiración de Mark Ruffalo cuando le den el Oscar a Mejor Actor de Reparto a Christian Bale por The Fighter.
Somniloquios: Oscar al Mejor Guión Original. Y si le dieran el de Mejor Película, que no ocurrirá, yo sonreiría.

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