Elizabeth Taylor (1932-2011)

24 03 2011

Maggie Pollit: Maggie la Gata está viva… Sigo viva.

[Frustrada por el desinterés sexual y afectivo de su marido (encarnado por un apolíneo Paul Newman), Liz Taylor proclama la sísmica ferocidad de su deseo apenas reprimido. El acento cantarín de Maggie en la mansión sureña de los padres de Brick contiene algunas de las líneas más sensualmente irrefrenables de la historia del cine. Esa dicción resulta arrebatadora por sí sola. De ‘La Gata Sobre el Tejado de Zinc’ siempre me turbó, tanto como me gustó, la comedida interpretación de Newman para subrayar la frialdad ausente del marido atormentado por la muerte de un amigo, de la que se culpa y culpa a su esposa. El original para teatro de Tennessee Williams matizaba mejor las turbulencias interiores de Brick: era su homosexualidad cohibida, el amor por su amigo, lo que lo había vuelto contra todo y empujado a la consunción alcohólica de su belleza. La censura de la época recortó esa arista y el conflicto extravió tensión y lógica. Uno pasa el filme tratando de comprender cómo resistirse a la desmedida carnalidad de Liz. Su modo de aferrarse al armazón de forja de la cama como si tomara el cuerpo de su hombre, como si abrazara su sexo perdido, el modo de pedir la liberación de un arresto que no concebía ni soportaba -“¿No he pagado ya mi pena?”, “¿Por qué no te vuelves feo y gordo, Brick? ¿Por qué no pierdes tu atractivo? Diría que desde que bebes estás aún más deseable. Y eras tan buen amante…”- la lascivia de cada palabra dicha por las no dichas… Todo ello resume a Dame Elizabeth Taylor en su plenitud. Eso y aquella anécdota que la sitúa en la primera fila del estadio de Wembley, en la pelea entre el campeón británico Henry Cooper y el inefable Mohammed Ali. En el cuarto asalto de un combate que Ali tomó algo a la ligera, el Martillo Cooper encerró a su oponente en las cuerdas y cruzó uno de esos puñetazos tormentosos que definían su estilo rocoso de un solo y definitivo golpe. Clay (aún entonces Clay) cayó de costado y se irguió enseguida. Ganó tiempo en el intermedio entre asaltos y se repuso para acabar ganando. Cuando los periodistas le preguntaron por la levedad profesional con la que había tomado el combate -en las semanas anteriores lo había promocionado paseando por Londres con bombín y bastón- y el golpe de Cooper que lo pudo acabar en el cuarto asalto, Clay respondió: “Bah, no ha sido nada… Ese tipo me pegó porque me despisté un rato mirando a Liz Taylor”].

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Japón

22 03 2011

“He perdido a mi esposa. Quizás…”

Futoshi Toba, alcalde de Rikuzentakata, ciudad de la costa de Japón en la que uno de cada 10 habitantes ha muerto o desaparecido tras el tsunami. La doliente declaración ha sido escogida en su edición impresa de hoy por el New York Times como Quotation of the Day (La Frase del Día).

Dos enamorados se besan bajo un almendro en flor, en el Shinjuku Gyoen Park de Tokyo. Foto: María Torres-Solanot

Sólo un país tan afecto a los contrastes como Japón podía ser escenario de la mayor y más dramática de sus contradicciones: su delicada belleza amenazada de forma permanente por una de las más devastadoras formas de destrucción que sabe la Naturaleza. Al leer la frase de arriba, expresión contenida de inexcrutable dolor, pensé que una imagen de la fotógrafa María Torres-Solanot podría servir mejor a la causa que las recurrentes imágenes de caos de las últimas semanas. María ha dedicado una web entera a Japón, su paisaje, su cultura y su gente: www.megustajapon.com. En ella hay fotografía, apuntes sociales, costumbrismo, gastronomía, pintoresquismo 0 moda. Todo en la forma ensoñadora que le confiere el objetivo, imágenes de hermosura incontenible, concebidas con naturalidad, pulcritud, exquisitez y sutileza. Su visión de la primavera en Tokyo, encarnada en la elegancia de dos enamorados en medio de un primoroso Sakura Matsuri, resume la mirada de la autora. Y la primavera que sueña el Japón herido de hoy.

FUTOSHI TOBA, mayor of Rikuzentakata, a Japanese coastal town where one in 10 people is either dead or has not been seen since the tsunami.




Homo Tullidus

20 03 2011

Sísifo Con Muletas, obra de la escultora Esperanza D'Ors, que debe de tener una mente juguetona y transgresora. A ver si hay pitera de subir la roca a la montaña...

La convalecencia a la pata coja es como el regreso al Pleistoceno, pero sin dibujos en las paredes: un periodo basado en evoluciones decisivas para la supervivencia. El hombre antiguo desarrolló costumbres sociales, produjo herramientas, se dio a la caza, la reproducción y el fuego. Una vida ideal, salvo por las glaciaciones. La evolución del Homo Tullidus consiste en vencer los imposibles desafíos que le plantean los hechos rudimentarios de lo cotidiano. El Hombre Tullido pierde una extremidad inferior y gana una férula de yeso con la que discutir en sus largos periodos de inmovilidad. Primero camina apoyado sobre la espalda o el lomo de un congénere; después muta la férula en escayola completa, una costra feroz que cubre y anula tarso, metatarso, astrágalo, calcáneo, tibia y peroné… hasta los alrededores de la rodilla, más o menos a la altura de Valladolid. Sólo quedan libres falanginas y falangetas. O sea, los dedicos del pie, que hay que proteger con un calcetín bien dado de sí. Alguien, entonces, anuncia con tono solícito que tiene unas muletas y te las puede prestar. Aceptas, desde luego. Es un instante decisivo en la cadena de la evolución, pero también fatal. Al subirte a unas muletas por primera vez te asomas a un precipicio insospechado. Piensas en las famosas instrucciones de Cortázar: “Cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire”. Las muletas son la condena de la necesidad. Parecen un instrumento amigo pero pronto revelan la incalculable maldad de un diseño atroz. A partir del momento que las pones bajo tus codos, piensas que tu dignidad ha quedado a salvo y que podrás caminar el mundo con la diligencia irónica de Mariano Mariano. Nada más lejos de la verdad. Si superas las medidas estándar de hombre alfeñique (como en este caso) caminar con las muletas es tan seguro como afeitarte el cuello con un cuchillo de cocina o conducir con los ojos cerrados: supone una llamada resuelta al desastre. Deseas ser Philippe Petit, aquel menudo funambulista francés que cruzó el espacio insondable entre las Torres Gemelas de Nueva York y cuya hazaña retrató el magnífico documental Man On Wire. A oscuras en la madrugada, dar un paso con muletas equivale a un acto de fe, como aquella escena del final de La Última Cruzada, cuando Indy debe caminar sobre el vacío y confiar en que la Providencia extienda un puente a sus pies. Dado que yo no soy tan valiente como Harrison Ford, he acabado trasladándome sobre las ruedas amigas de una silla de oficina, usando tabiques y puertas como método de tracción animal.

El Hombre Tullido profiere guturales quejidos en los primeros días, cuando el dolor tiene el componente esencial de la frustración. De todos los temores, el mayor lo compone el pinchazo en las mollas para que la sangre no se ponga perezosa allá dentro. Ese modesto harakiri nocturno, junto a otros rigores, lo resuelven a volver al trabajo cuanto antes, en cuanto le sea posible un mínimo rendimiento, porque mire usted que seis semanas de arresto domiciliario pueden afectar su ánimo y dañar la entereza existencial del homínido. Enseguida, sin embargo, desarrollará los primeros síntomas de una patología bien conocida: sin trabajar no se está tan mal, tú, comienza a razonar el antes primario Homo Tullidus. La invalidez laboral pasajera comporta una pérfida calma y hasta un cierto placer de ribetes legalmente irrebatibles, pero rayanos con la inmoralidad si el trabajo de uno consiste en escribir, para lo que bastan diez dedos en el peor de los casos y los dos índices si usted no acudió de chico a la Academia Kühnel a aprender mecanografía con Herr Schneider. La baja, ah… la baja. Largas horas de abandono mental, moldeable soledad, películas, docenas de partidos de rugby en el nuevo monitor HD, la puesta al día con las series pendientes, el insondable universo de los discos duros externos multimedia, los libros, Juan Rulfo, Lionel Shriver, Martin Amis, Kapuscinskyi… Hasta ensoñaciones a la manera de James Stewart en La Ventana Indiscreta, posibilidad para lo que uno cuenta con la generosa vista a una gran manzana cerrada y un mosaico de terrazas y ventanales que escrutar.

Todo esto ocurre en cuanto el Hombre de la caverna alcanza un razonable grado de independencia. La palabra clave en este asunto es Independencia. Que no tiene nada que ver con la autodeterminación, sino con la habilidad necesaria para evitar romperte la nariz contra el lavabo cuando intentas ponerte un pantalón tú solito. Las 48 horas de permiso laboral para el cónyuge son claramente insuficientes. Me pregunté si no debería mirarme la letra pequeña de la Ley de Dependencia. La dulce esposa o novia o amiga o amante que te hace de enfermera y mando a distancia de todas las cosas desaparece un día, camino de su trabajo. Quedan las visitas esporádicas de la madre con sus tarteras repletas de verduras rehogadas. Ambas merecen la erección de un busto en el recibidor pero… tarde o temprano hay que acometer la tarea en solitario. Ahí es donde un hombre se la juega. La vida está repleta de caídas tontas y de accidentes en la ducha. En procesos como el que nos ocupa, el accidente en la ducha pasa de ser una posibilidad del infortunio a una amenaza cierta, diaria y permanente. El término fundamental de desarrollo humano en estas condiciones se llama Propiocepción, lo que de una forma amplia siempre conocimos por Equilibrio: el control del cuerpo y su estabilidad. Control del cuerpo entendido no como resistencia a la aerofagia o gobierno de los esfínteres ante una deposición indeseada, sino como la autoridad sobre músculos y capacidades motrices. No hostiarse vivo, en fin. Todo va por fases. Es evidente para cualquiera (incluso para alguien que, como yo, ufanamente puede proclamar que jamás antes vistió escayola en toda su vida) que la higiene diaria exige la cobertura plástica e impermeable del miembro afectado, y sacar la pierna por encima del borde de la bañadera. Las cuestiones más complicadas son acceso y salida sin el natural apoyo doble. No hagan aquí consideraciones de orden escatológico ni imaginen trípodes carnales. La naturaleza no da para tanto. Todo es cuestión de técnica. Primero ensayé sentado a horcajadas en el estribo, con la pierna de palo en tensión violenta de aductores, con el fin de no apoyar. Un cansancio. Y además, sobre la loza del baño los huevos se te quedan fríos, y eso impresiona porque uno sabe que unos huevos helados no pueden conllevar nada bueno para la salud.

Janet Leigh aprendió en 'Psicosis' que la ducha es un lugar traicionero.

Los días siguientes probé el mismo método pero de pie sobre una sola pierna, lo que me permitió alcanzar zonas erógenas con suficiente comodidad, pero a cambio me hizo reventar el cuádriceps, puso los vastos externo e interno a temblar y tensó el piramidal como una catapulta. En mi estado, una rotura de fibras podría resultar fatal. Pasaría a ser un inútil completo al que sólo le quedaba una posibilidad: que acabaran conmigo de un balazo conmiserativo, como quien sacrifica a un caballo herido. Con ese segundo procedimiento, cuando salí de la ducha estaba tan cansado que necesitaba volver a meterme en la ducha de inmediato o bien irme a dormir. De hacerlo, hubiera inaugurado un bucle interminable del que no podría salir ni para las revisiones bisemanales del traumatólogo. Y además, si el equilibrio ya es precario para un primera línea en terreno llano y seco, cuánto más peligroso se torna todo si bajo el único pie útil corren agua y jabón que amenazan con voltearte. Así que hubo que comprar un banquete, meterlo y pasar al baño sentado. El hallazgo de tal evolución resultó fantástico. De pronto ducharse era, otra vez, un placer. Un hombre tullido que se ducha libre de tensiones musculares y sentado visita sensaciones equivalentes a quien puede lavarse a la vuelta de las trincheras o el que prueba el agua calentita sobre la piel tras bajar del Everest. Tanto placer me proporcionó la ducha que acudieron a mí pensamientos poco cristianos. Los rechacé de plano: lo único que me faltaba en mi estado es quedarme ciego o que se me secara la espina dorsal. Y además, yo soy de aliento largo y el calentador sólo tiene 25 litros.





Adiós, muchachos

16 03 2011

No se es matador de toros sin una cornada. A las seis y media de la tarde del sábado salí del campo en parihuelas, con un pie colgando, sujeto por dos compañeros y por el aplauso que se dedica en el rugby al herido de guerra. Qué lastimoso honor. O tal vez no: una vez más, como tantas otras, como hicieron y harán muchos otros, le había entregado mi cuerpo al club. Una premonición, o el gusto de las viejas costumbres, me decidió a la charla previa, en el círculo hirviente que se forma justo antes de jugar. El amor a la camiseta, el orgullo de tenerla puesta en territorio rival, adelante y siempre adelante, hasta la sangre si fuera necesario. Yo no tenía previsto estar esa tarde, a esa hora, en ese lugar, diciendo esas cosas. Pero había hecho ya mío el partido, saltándome (cuántas veces más) la lógica de un tobillo apenas recuperado. Los peligros de ir a ver un partido, como escribí otra vez. El engaño de sentirme otra vez vivo. La memoria indiferente del cuerpo, que entra en el hábito de los golpes de inmediato, con el mismo gusto con el que ingresa en una piscina de verano al sol. Otra vez el deseo inconsciente. Al campo de rugby hay que salir muerto, o no se sale. Otra vez la familiaridad de estar donde uno quiere… Otra vez inmortal. O ya no.

A las siete y media de la mañana del domingo, tirado en la cama, escuchaba a Otis Redding cantarme (Sitting on) The Dock of the Bay, sin poder dormir ya, fracturado el peroné, varado en la perdición de este final que ya no creo poder evitar. Para asumir que podría haber sido mi último partido, recordé el primero, tan lejano y confuso, aquel miedo inicial, aquel rugido interior en los choques de las primeras, la pelea por no hundir la melé, por no ser yo quien cayese. Y ahora me veía, tanto después, mucho después, sentado en el muelle de la bahía, mirando la marea que sube y baja, los barcos que entran y salen de puerto, lejano, ajeno, triste, solitario y final en la intimidad de un llanto muy lento y silencioso. Wasting my time… Y sin poder silbar la melodía, como Otis. La debilidad produce monstruos como éstos. También la noche, cuando los significados se desdoblan, todo parece posible o imposible, magnificado de un modo extraño. Entonces ocurrió como una epifanía melodramática. Ahora la escena me resulta improcedente, exagerada. Si la cuento puede ser que quiera conjurarla, exponerla a la necesidad de su anulación.

Aguardo para esta tarde el cuchillo que volverá a poner todo en su sitio. Un mínimo reajuste, puede ser. Pero, en el fondo, un bisturí que raja el tiempo y lo pone del otro lado. La hoja que habrá de llevarse por delante la pérfida y falsa inmortalidad de quien ya no pasa por joven. No aplaudan, no hay por qué. No fuimos nada. Sólo chicos que eligieron un deporte sin saber bien qué había al otro lado. Mirando a Pascal Ondarts, a Fitzpatrick, a los Hastings, a Brian Moore, a David Sole, creímos que podríamos aproximarnos a aquello, entender algo. Lo hicimos, de alguna forma tan modesta que parece inadecuado otorgarle importancia. Y sin embargo, nos dio tantísimo… No me hagan caso: aplaudan a ese uno que se va en los brazos de dos compañeros, aplaudan a todos los chicos que jugaron con nobleza. Pero respeten que ese uno agradecido quiera al mismo tiempo negar el aplauso, no escucharlo, aborrecer la cortesía acostumbrada de este juego. Es su rabia impotente y algo patética la que lo rechaza. Él no quiso jamás acabar así, aunque debía de ser el único modo. Él quiso seguir siempre en el campo. Adelante, adelante… Hasta la sangre si hiciera falta.





El país llamado rugby

6 03 2011

El rugby es un país, una nación inconsciente. De Tarazona a Christchurch, de las campas inglesas a la Tierra de Fuego,

Una imagen de la UE Santboiana en su campo del Baldiri Aleu frente al Gernika, en partido de esta temporada. Foto: Jordi Elias

de Cape Town a Fadura, del Parque de los Príncipes al viejo estadio de Colombes, de Arms Park al Pepe Rojo, al Velódromo de Zaragoza, a la Albericia, al Baldiri Aleu. Todos los lugares, el mismo lugar. Los otros días vi de nuevo Salvar Al Soldado Ryan y ese plano en que el hombre agotado recoge en un tarrito la arena normanda al final del sangriento desembarco en Omaha Beach me hizo acordar del rugby. El rugby es el territorio mítico, la nación común e indistinta de todos los que alguna vez pisamos el pasto desigual de los campos y escuchamos desde dentro el crujido sordo de los cuerpos. Compramos camisetas de equipos pero igual podríamos guardar un pedazo del piso maltrecho que asesinamos en la pelea del partido, y ponerlo en un frasco de cristal rotulado con identificación geográfica, para que quienes miran los anaqueles seapan que allá y allá y también allá estuvimos luchando. En lugar de guardar la tierra, compramos camisetas y tenemos camisetas y cambiamos camisetas y hasta robamos camisetas, de todos los lados, de cualquier lugar, también del nuestro, de los equipos viejos, de todos. Y las metemos a un cajón y ese cajón es nuestro patio de banderas.

Qué hermoso haber pasado este domingo por Sant Boi, ahora que se cumplen cien años de rugby en España, y ver a la Unió Esportiva Santboiana, el primer club de la historia de este deporte en España (1921), derramar rugby y vida por la permanencia en la División de Honor. Partido de tremenda emotividad contra el Ciencias de Sevilla, jugado con el peso de la amenaza en una mañana gloriosa de sol y de grada rebosante, entusiasmada, de la que formamos parte. Qué hermoso haber pisado al final la tierra magullada del Baldiri Aleu, el campo bautizado en memoria del hombre, hijo de Sant Boi, que partió a Toulouse a estudiar Veterinaria y regresó, de forma literal, con un balón ovalado bajo el brazo. Así entró el rugby en este cachito del mundo, y por extensión en nosotros; un hito festejado de manera permanente por la plaza con la escultura de un enorme balón que preside la entrada a la localidad, bajo esta orgullosa leyenda: Sant Boi, bressol del rugby. La cuna del rugby.

El hombre Somniloquio, a la sombra del tótem: gigante contra cabezudo.

Viendo a la Santboiana con el Ciencias constaté la única pertenencia inequívoca: la del oval. Si lo entendió todo bien, nadie es jamás de un solo equipo de rugby, sino de todos al mismo tiempo. Por eso lo mismo aplaudimos con aparente incoherencia los rutilantes ensayos locales que la carga de infantería que los andaluces armaron en la segunda parte, cuando su delantera apabulló en las fases estáticas (hasta forzar un ensayo de castigo en una melé a cinco) y creció en las dinámicas (creo recordar al menos dos marcas por obra y gracia de los gordos). El partido acabó 35-29 del lado de los catalanes, que seguirán en División de Honor, pero antes proporcionó para su final una escena culminante: un scrum de la UES a las puertas de su propia zona de marca, después de que el Ciencias extraviase en un balón caído el ensayo ganador. Lo había trabajado delante con el destructivo mimo con el que los gordos hacen estas cosas; lo tuvo hecho y lo perdió en el pase resolutorio, al final de la línea. Ese leve error permitió a la UES aguantar la posesión en la interminable melé, último episodio de resistencia, que clausuró el partido. En esos minutos uno quiso estar allá dentro, mezclado en la primera línea, en cualquiera de los dos lados o tal vez en los dos, absorber el empuje, tensar el abdomen, agotar las dorsales, luchar con una sola mano por no ir abajo y por no ir atrás. Saborear otra vez más la colosal gloria, irrenunciable, de estar en el único lugar al que uno en verdad pertenece. Y luego ir al pasillo, aunque sea vestido de espectador, y decirles a los muchachos uno a uno: oigan, yo voy con ustedes, yo soy de los suyos, yo también juego al rugby. Todos los que estuvimos ahí sabemos que no representamos sólo una camiseta, a un equipo, un club o una ciudad. El rugby es el país sin colores.

Y sí: después compramos una camiseta y nos hicimos unas fotos bajo palos con el gigante de la Santboiana. Ver rugby es como ir de turismo a un universo paralelo. Nadie está solo en esta galaxia. ¿Ciudadanos del mundo? No. Somos turistas de la vaselina en las orejas.  Habitantes de la melé. Entusiasmados patriotas del planeta oval.