Homo Tullidus

20 03 2011

Sísifo Con Muletas, obra de la escultora Esperanza D'Ors, que debe de tener una mente juguetona y transgresora. A ver si hay pitera de subir la roca a la montaña...

La convalecencia a la pata coja es como el regreso al Pleistoceno, pero sin dibujos en las paredes: un periodo basado en evoluciones decisivas para la supervivencia. El hombre antiguo desarrolló costumbres sociales, produjo herramientas, se dio a la caza, la reproducción y el fuego. Una vida ideal, salvo por las glaciaciones. La evolución del Homo Tullidus consiste en vencer los imposibles desafíos que le plantean los hechos rudimentarios de lo cotidiano. El Hombre Tullido pierde una extremidad inferior y gana una férula de yeso con la que discutir en sus largos periodos de inmovilidad. Primero camina apoyado sobre la espalda o el lomo de un congénere; después muta la férula en escayola completa, una costra feroz que cubre y anula tarso, metatarso, astrágalo, calcáneo, tibia y peroné… hasta los alrededores de la rodilla, más o menos a la altura de Valladolid. Sólo quedan libres falanginas y falangetas. O sea, los dedicos del pie, que hay que proteger con un calcetín bien dado de sí. Alguien, entonces, anuncia con tono solícito que tiene unas muletas y te las puede prestar. Aceptas, desde luego. Es un instante decisivo en la cadena de la evolución, pero también fatal. Al subirte a unas muletas por primera vez te asomas a un precipicio insospechado. Piensas en las famosas instrucciones de Cortázar: “Cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire”. Las muletas son la condena de la necesidad. Parecen un instrumento amigo pero pronto revelan la incalculable maldad de un diseño atroz. A partir del momento que las pones bajo tus codos, piensas que tu dignidad ha quedado a salvo y que podrás caminar el mundo con la diligencia irónica de Mariano Mariano. Nada más lejos de la verdad. Si superas las medidas estándar de hombre alfeñique (como en este caso) caminar con las muletas es tan seguro como afeitarte el cuello con un cuchillo de cocina o conducir con los ojos cerrados: supone una llamada resuelta al desastre. Deseas ser Philippe Petit, aquel menudo funambulista francés que cruzó el espacio insondable entre las Torres Gemelas de Nueva York y cuya hazaña retrató el magnífico documental Man On Wire. A oscuras en la madrugada, dar un paso con muletas equivale a un acto de fe, como aquella escena del final de La Última Cruzada, cuando Indy debe caminar sobre el vacío y confiar en que la Providencia extienda un puente a sus pies. Dado que yo no soy tan valiente como Harrison Ford, he acabado trasladándome sobre las ruedas amigas de una silla de oficina, usando tabiques y puertas como método de tracción animal.

El Hombre Tullido profiere guturales quejidos en los primeros días, cuando el dolor tiene el componente esencial de la frustración. De todos los temores, el mayor lo compone el pinchazo en las mollas para que la sangre no se ponga perezosa allá dentro. Ese modesto harakiri nocturno, junto a otros rigores, lo resuelven a volver al trabajo cuanto antes, en cuanto le sea posible un mínimo rendimiento, porque mire usted que seis semanas de arresto domiciliario pueden afectar su ánimo y dañar la entereza existencial del homínido. Enseguida, sin embargo, desarrollará los primeros síntomas de una patología bien conocida: sin trabajar no se está tan mal, tú, comienza a razonar el antes primario Homo Tullidus. La invalidez laboral pasajera comporta una pérfida calma y hasta un cierto placer de ribetes legalmente irrebatibles, pero rayanos con la inmoralidad si el trabajo de uno consiste en escribir, para lo que bastan diez dedos en el peor de los casos y los dos índices si usted no acudió de chico a la Academia Kühnel a aprender mecanografía con Herr Schneider. La baja, ah… la baja. Largas horas de abandono mental, moldeable soledad, películas, docenas de partidos de rugby en el nuevo monitor HD, la puesta al día con las series pendientes, el insondable universo de los discos duros externos multimedia, los libros, Juan Rulfo, Lionel Shriver, Martin Amis, Kapuscinskyi… Hasta ensoñaciones a la manera de James Stewart en La Ventana Indiscreta, posibilidad para lo que uno cuenta con la generosa vista a una gran manzana cerrada y un mosaico de terrazas y ventanales que escrutar.

Todo esto ocurre en cuanto el Hombre de la caverna alcanza un razonable grado de independencia. La palabra clave en este asunto es Independencia. Que no tiene nada que ver con la autodeterminación, sino con la habilidad necesaria para evitar romperte la nariz contra el lavabo cuando intentas ponerte un pantalón tú solito. Las 48 horas de permiso laboral para el cónyuge son claramente insuficientes. Me pregunté si no debería mirarme la letra pequeña de la Ley de Dependencia. La dulce esposa o novia o amiga o amante que te hace de enfermera y mando a distancia de todas las cosas desaparece un día, camino de su trabajo. Quedan las visitas esporádicas de la madre con sus tarteras repletas de verduras rehogadas. Ambas merecen la erección de un busto en el recibidor pero… tarde o temprano hay que acometer la tarea en solitario. Ahí es donde un hombre se la juega. La vida está repleta de caídas tontas y de accidentes en la ducha. En procesos como el que nos ocupa, el accidente en la ducha pasa de ser una posibilidad del infortunio a una amenaza cierta, diaria y permanente. El término fundamental de desarrollo humano en estas condiciones se llama Propiocepción, lo que de una forma amplia siempre conocimos por Equilibrio: el control del cuerpo y su estabilidad. Control del cuerpo entendido no como resistencia a la aerofagia o gobierno de los esfínteres ante una deposición indeseada, sino como la autoridad sobre músculos y capacidades motrices. No hostiarse vivo, en fin. Todo va por fases. Es evidente para cualquiera (incluso para alguien que, como yo, ufanamente puede proclamar que jamás antes vistió escayola en toda su vida) que la higiene diaria exige la cobertura plástica e impermeable del miembro afectado, y sacar la pierna por encima del borde de la bañadera. Las cuestiones más complicadas son acceso y salida sin el natural apoyo doble. No hagan aquí consideraciones de orden escatológico ni imaginen trípodes carnales. La naturaleza no da para tanto. Todo es cuestión de técnica. Primero ensayé sentado a horcajadas en el estribo, con la pierna de palo en tensión violenta de aductores, con el fin de no apoyar. Un cansancio. Y además, sobre la loza del baño los huevos se te quedan fríos, y eso impresiona porque uno sabe que unos huevos helados no pueden conllevar nada bueno para la salud.

Janet Leigh aprendió en 'Psicosis' que la ducha es un lugar traicionero.

Los días siguientes probé el mismo método pero de pie sobre una sola pierna, lo que me permitió alcanzar zonas erógenas con suficiente comodidad, pero a cambio me hizo reventar el cuádriceps, puso los vastos externo e interno a temblar y tensó el piramidal como una catapulta. En mi estado, una rotura de fibras podría resultar fatal. Pasaría a ser un inútil completo al que sólo le quedaba una posibilidad: que acabaran conmigo de un balazo conmiserativo, como quien sacrifica a un caballo herido. Con ese segundo procedimiento, cuando salí de la ducha estaba tan cansado que necesitaba volver a meterme en la ducha de inmediato o bien irme a dormir. De hacerlo, hubiera inaugurado un bucle interminable del que no podría salir ni para las revisiones bisemanales del traumatólogo. Y además, si el equilibrio ya es precario para un primera línea en terreno llano y seco, cuánto más peligroso se torna todo si bajo el único pie útil corren agua y jabón que amenazan con voltearte. Así que hubo que comprar un banquete, meterlo y pasar al baño sentado. El hallazgo de tal evolución resultó fantástico. De pronto ducharse era, otra vez, un placer. Un hombre tullido que se ducha libre de tensiones musculares y sentado visita sensaciones equivalentes a quien puede lavarse a la vuelta de las trincheras o el que prueba el agua calentita sobre la piel tras bajar del Everest. Tanto placer me proporcionó la ducha que acudieron a mí pensamientos poco cristianos. Los rechacé de plano: lo único que me faltaba en mi estado es quedarme ciego o que se me secara la espina dorsal. Y además, yo soy de aliento largo y el calentador sólo tiene 25 litros.

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25 03 2011
javier p.

Ornat, un par de huevos helados por la loza blanquecina parecen un retroceso enorme de la especie humana. Lo pruebo y le digo.
Por otra parte, añadir que yo siempre he sido de termos de, cuando menos, 50 litros. Será que lo del cambio climático no se me ha explicado ‘comme il faut’.

espero que esté bien.

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