Novocaína para el alma

14 04 2011

Esta inmovilidad. Este silencio. Este no saber qué decir… no tener qué decir. Los días que rebotan en sí mismos, que se doblan y repliegan en laberintos de horas repetidas. Montar un reloj sobre una pared: dos bracitos superpuestos, hora y minutos, puntitos en círculo. Primero las doce, las seis, las nueve, las tres. Norte, sur, oeste, este. Después diagonales opuestas: la una y las siete, las dos y las ocho, las cuatro y las diez… Y ahí, que no había nada, se dibuja la inconcebible materialidad del tiempo. De pronto un pedacito de tiempo esférico, hijo de Cortázar, un calabozo de aire para competir con el blando reloj daliniano del salón. “Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo (…). Cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes”.

Nube cuadrada de tags: Havalina desenfocados, la mirada de Cortázar, el señor E, Vargas Llosa en claroscuro.

No, no, no es el aburrimiento. No es el cansancio del arresto domiciliario. No quieran, no es eso. Es sólo el silencio, la inquebrantable quietud del silencio, la desazón de las horas extraviadas en una maraña de horas, no saber si fue ayer o hace cuatro mañanas, de pronto la extraña impresión de que falta tiempo donde sólo hay tiempo, como quien se ahoga rodeado de aire, asfixia de su propia cabeza. No necesito mucho más de lo que hay: una sucesión de minutos, páginas, músicas y pensamientos. Imágenes ocasionales. Una acumulación de  títulos: Mark Everett, Cortázar (sí, siempre), Amos Oz, Rulfo, Milan Kundera, ahora Vargas Llosa. Nombres que van haciendo montoncito en la repisa de abajo de la mesita. Estas frases de Conversación en la Catedral:

“El periodismo es la profesión peor pagada. La que da más amarguras, también”.
“Hay que ser loco para entrar a un diario si uno tiene algún cariño por la literatura, Zavalita”.
“¿Prefieres el periodismo a la literatura?”. “Prefiero el trago. El periodismo no es una vocación, sino una frustración”.

Puedo alimentarme de eso, acostumbrarme a la frugalidad o darme un banquete. Comer poco para combatir la inmovilidad. Puedo quedarme lo más tranquilo; puedo salir y no regresar. Basta un viaje por mi cabeza. Bastan unas cuantas palabras propias o ajenas. Recordar la noche que pasé en el Gran Cañón. La austera línea de habitaciones en forma de cabaña. El lodge rescatado de la familiar sordidez de un motel de carretera por el inmenso bosque de pino que lo rodeaba. Me incomoda la sucia penumbra de las coníferas, pero aquél es un lugar de hermosura desconcertante. Sonó Wilco en el aparato de televisión. Ahora resuenan Eels. Novocaína para el alma (“La vida es dura / y también yo lo soy / Mejor me dais algo / para que no me muera”). Paroxetina contra la memoria. Enoxaparina para que no se detenga la sangre. Una aguja en el vientre. Morfina que combata el olvido. Benzodiazepina contra los sueños. Havalina en inyecciones intravenosas, una jeringa afilada con la cuerda de la guitarra. El café de media tarde. Hojas secas.

No, no soy un solitario, ni lobo en la estepa, ni perseguidor de abandonos. Sólo un diletante de la clausura, un turista del silencio, un accidental anacoreta. ¿Pero dónde…? ¿En qué momento me jodí?