¿Por qué no te callas?

13 06 2011

El equipo médico habitual posa con el inconfundible Borbón para el cuadro de Goya intitulado 'La Rodilla de Carlos IV'. El primero de los españoles aparece jovial y dicharachero, como suele, con aspecto de decir algún chiste sobre la pérdida de su invicto por enema y epidural.

El pueblo soberano prefiere creer que tiene un Rey, un Rey honesto, justo y, sobre todo, repleto de una bonhomía campechana de acuerdo a la cual tranquilamente podríamos una mañana cualquiera llamar a Zarzuela y solicitar que el monarca se viniera a comer huevos fritos con chorizo a nuestro almuerzo de los sábados después del picadito. Y el Borbón vendría, qué coño no va a venir, si lo que más le gusta -o así parece creerlo el común- es un vaso de vino peleón con gaseosa. No como la Reina de Inglaterra, capaz de desplantes como éste:

Juan Carlos no es así. Juan Carlos se bajaba la Guinness de un trago, siempre sin mancillarse las corbatas ni el blazer porque ahí, para no engañarnos, ahí está su fuerte: qué capacidad de conjuntamiento me tiene este hombre. Portentoso. Esas corbatas florecidas en el nudo y esas camisas que no le pierden el apresto. Y además, si bien le viene una noche cualquiera se viste de uniforme en la madrugada, como si fuera Batman, y salva la democracia y luego le hacen una serie. Sin embargo, mira tú que al pavo últimamente le busca achaques la prensa, y al monarca le ha salido la vena borbónica y le ha hervido la sangre azul, y ahora cada vez que se cruza un micrófono se queja de lo mal que lo tratan los lacayos, que le quieren (sic)  “poner un pino en el pecho”. Yo sólo había oído lo de “colgar de un pino”, pero no será esto lo que quiso decir el monarca ni lo que pensemos los demás, válgame. Personalmente yo no había escuchado nunca la expresión, que debe de ser muy borbónica o muy rocasolano, vaya usted a saber. Porque esta gente, a sus muchos servicios a España, siempre han añadido el de hacer idioma (todos sabemos, sin necesidad de decir más, las varias acepciones del verbo “marichalear”). Idioma leído, claro. Porque precisan todos, desde hace tres generaciones, al logopeda del Discurso del Rey. Que el Rey proteste de cómo se le trata en la prensa viene a ser la demostración última de la jeta y el desparpajo familiares, tan paradigmáticos de su Reino, por otro lado. Qué gente tan maja y productiva, a los que ahora por lo visto no se les puede ni especular, aunque sí puedan casarse con quien quieran siempre que sea por amor. Primero fue la protesta, luego la prohibición de las cámaras en las audiencias y, al salir de la clínica el otro día, ese lamento en voz alta: “Al menos estos días me han dejado tranquilo”.

Yo, la verdad, los dejaría a todos muy tranquilos: padres, hijos, nueras y cuñados. También y desde luego los nietos, que son muy ricos. De una vez por todas los dejaba tranquilos e hilando seda en alguna loma soleada. Se me ocurre hasta destino: Estoril, por ejemplo. Yo no es que sea ni deje de ser, pero llevo muy mal los derechos adquiridos y los mesianismos heredados. A la prensa se le está bien empleado todo esto, por papanatas y cortesana. Me he tenido que morder los nudillos varias veces desde la primera queja, pero ahora ya no me puedo aguantar. Suerte que como es un Rey tan sencillo y campechano, no se va a tomar a mal (con el debido respeto, como en Los Soprano) esto que le digo: Señor, váyase usted a la mierda.