El Puerto-Sancti Petri-El Puerto

19 06 2011
 
A mis tíos, a cambio de sus incansables relatos de tiempos, lugares e individuos, y por su condición de anfitriones de la gloria.

En cuanto la autoridad competente declaró el estado de Ley Concursal, le tiré tres preguntas mal medidas a Agapito encima de la mesa y, mientras aún contestaba, rajé camino del Sur. Yo soy débil. A mí los estados excepcionales me impresionan demasiado: esas entrevistas a letrados, abecedarios prácticos para que el lector se maneje en las modernas suspensiones de pagos, términos como quitas, el cash flow y otros conceptos que yo no aprobaba en la carrera ni a martillazos, las ruedas de prensa de los administradores judiciales, pormenorizadas listas de acreedores… Oigan, todo demasiado concreto para mi gusto de artificioso alegorista del juego llamado fútbol. Si al final del año llegué ya medio aburrido, este proceso ha acabado con mi párvula resistencia.

La Cala del Frailecillo, en Roche, tomada por el sol, la bravura del agua y al abrigo de los vientos.

De modo que me subí al estribo de un tren y, pocas horas y unos álbumes de Shed Seven después, me dejé caer suavemente entre las arenas tibias y las calles encaladas. Primero el Puerto de Santa María, un lugar atractivo desde su mismo nombre. Hay que creer, como decía un señor Borges, en el prestigio de las palabras. También en el de los nombres. No en vano, es en la elección de apellidos y patronímicos donde un autor arriesga buena parte de la credibilidad (que no la innecesaria verosimilitud) de su narración. El Puerto de Santa María, entonces, cuando uno lo pronuncia, es nombre que viene como cantado, con esa cadencia de vaivén fonético que lo pone a uno en paz de inmediato, como una orden. Y además, aunque en el Puerto aparezca de forma obvia el nombre de Alberti, uno lo asocia mejor con otro autor que nada tuvo que ver con el poeta, salvo la juguetona desinencia del apellido, ni desde luego con su tierra: el uruguayo Onetti. El viejo Onetti vino de otro Sur, de Montevideo y Buenos Aires, para vivir y morir en Madrid, y de un modo u otro siempre anda conmigo como una agradecida pero vigilante presencia de ojos saltones, descreídos detrás de sus gafas negras de concha; y esta vez lo ha hecho literalmente, en la forma rotunda de sus Cuentos Completos, prologados con brillante sensibilidad por Antonio Muñoz Molina. La razón para esta hermandad íntima que yo fundo entre Onetti y el Puerto no es otra que el nombre de Santa María. Porque yo escucho Santa María y ya pienso no más que en El Astillero, en Larsen, el Juntacadáveres, el doctor Díaz Grey y los desesperados personajes, entre bocanadas de humo en la cama, del viejo Onetti acostado, escribiendo el relato que leí anoche, Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo. Hay que creer en los nombres. Y en el poder del relato para la colonización de territorios ajenos entre sí.

Trenzado de arboladuras en los amarres de Puerto Sherry, un lugar en el que los atardeceres pueden durar días enteros.

Un viaje es un lugar, claro, pero es también y desde luego un libro o más de un libro, la música que los rodea y las palabras de quienes cuentan el lugar para darle la forma que los sentidos no alcanzan. Las personas, sus relatos, los acentos que te rodean y los sabores. Fue primero el Puerto con el remate de De Vidas Ajenas, de Emmanuel Carrère, un libro de amor y felicidad arrebatada a la desesperación. Un relato de no ficción sobre vidas, muertes, amores, miedos y dudas ciertas y verdaderas. De esos que, como todos los de Carrère, al acabar uno no deja en el estante y se olvida, sino que al devolverlo a la habitación de los relatos, sabe que el gesto sólo responde a un hábito o una convención de órdenes hogareños, pero en realidad inútiles: porque ésta de Carrère es una de esas historias de inaudita potencia que uno se lleva ya clavada dentro. Y ahogado con él dentro, rematado en la Puntilla y los muros soleados de Villa de Calpe, salí del Puerto para llegar a Sancti Petri, otro nombre sobre el que no es preciso decir apenas nada porque resume todas las historias y todos los espacios, de Roma al Castillo por la calzada, de los piratas berberiscos a las almadrabas, del almirante Nelson al faro, de París a Londres, Trocadero y Trafalgar, la guerra al moro, Galdós, la Constitución Liberal, la duna móvil de Bolonia, aquel refrescar manzanilla de los versos, el Teatro Falla, el Mar la Mar, la Caleta, la bahía, la leyenda del tiempo de un Camarón, las tortillitas de Balbino, el Lute escapando del penal del Puerto, la Casa de Castrillón y la Tacita de Plata, un joven de 18 años dormido en un cine o sentado contra el atardecer en la Corredera, mirando abajo Medina, más allá de la vega, pero rozando mientras la piel de la joven que lo acompaña… Y las mujeres cobijás de Vejer, los zaguanes embaldosados, las almenas moriscas, la frontera, la isla de las Palomas, la Punta Marroquí, la defensa de Tarifa y el cuchillo arrojado a la leyenda de Alonso Pérez de Guzmán…

Como si flotara en medio del agua, como un espigón olvidado por la historia en un punto inaccesible, el castillo recuerda que todos los caminos de Roma conducían a Sancti Petri.

Eso y más está aquí, entre las piedras sagradas. Y un centenar de navíos franceses y españoles y británicos, los 63 cañones de un naufragio enseñoreados de vida marina y de pérfidas corrientes entre las que aprendí a jugar, como un astronauta en órbita lunar (Bunbury, también en el Puerto), entre los seis y los 23 metros de profundidad, mar abierto frente al cabo de Roche. Por la mañana los restos bicentenarios (octubre de 1805) de la batalla, las sombras de los navíos, la munición depositada en el lecho marino y las poderosas anclas rendidas al juego de los peces. De vuelta, la bajamar desvelaba la augusta calzada que un día vino a los pies del castillo. Por la tarde, el faro legendario sobre el cortado, y desde allá arriba enfocar con los prismáticos la muchedumbre del agua e imaginar los fogonazos de aquellos cañones hundidos, en el mismo mar en el que ahora cuatro muchachos juegan a hacer Hawaii sobre sus tablas en los rompeolas bohemios de los Caños de Meca.

Todo eso. Lo consignado y lo intuido. Esas cosas que se escapan no porque uno no las sepa ver, de tan evidentes, sino porque no las sabría decir. Estos rincones preferidos son una tierra y son el agua, serranía y mar, pero por encima de cualquier otra cosa son el cielo pintado de luz que define a la costa y que aspiran a repetir los cazadores de lo etéreo. Dígase un pintor o dígase alguien que, como yo, pasa siete días mirándolo y ahora quiere reflejarlo de forma tan torpe como impune en esta otra luz de silicio azul.

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6 responses

20 06 2011
Paco somoscarrera

Gracias, Mario por tu dedicatoria y por la maravillosa síntesis que haces de este estupendo y querido rincón. Tus tios

20 06 2011
Sara

No dejo de sorprenderme cada vez que leo una nueva entrada y siempre me pregunto: ¿De dónde sacará este chico las palabras para transmitir sus sensaciones?
No has podido describir mejor este rincón del sur….
Gracias por hacernos viajar sin movernos de casa.

20 06 2011
ornat

No sabría responder a tal pregunta. Sólo se me ocurre que las palabras están, precisamente, en las sensaciones. Son la misma sustancia. Escribirlas viene a ser como un ejercicio de traducción, favorecido a medias por el oficio, la costumbre y el anhelo de contar.
Y si no es eso, no sé qué otra cosa puede ser.

21 06 2011
Sara

Pues entonces a mi solo se me ocurre pensar que eres el mejor traductor con el que nos hemos podido encontrar todos los lectores de este blog.

21 06 2011
ornat

Soy el mejor porque soy el único. Como mucho…

21 06 2011
Sara

Será eso……..

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