James, 1993

30 09 2011

Ya hablé de Johnny Yen, una canción incluida en el álbum Stutter, en 1986. Pero ahora hablaré de Johnny Yen, canción incluida en una cinta de cassette que Pab editó para mí  algún día del año 1993. Pudo ser 1992 o hasta 1991. En esos tres años, los de mi ingreso definitivo en el mundo real (una primera nómina de 55.000 pesetas en un cheque cobrado en el viejo Banco Central),  todo ocurría a mucha velocidad, pero viajábamos subidos en la ola como sólo se puede hacer cuando uno tiene poco más de 20 años y el bolsillo hinchado y nada que pagar salvo la diversión, los deseos y el puro presente. Entre toda aquella bendita fanfarria puedo recordar la cinta en el walkman, y a mí mismo escuchándola en la parada del autobús que me llevaba a trabajar desde mi piso de joven profesional independizado, que llamaba a sus padres desde una cabina telefónica debajo de casa, como si viviera en alguna otra ciudad. Recuerdo el collage con el que estaba decorada la carátula de la compilación y sé que aún la tengo en una montaña de cintas, bajo alguna mesa, en mi casa familiar. Era, la de la tapa, una imagen como en negativo, a la manera de lo que haría luego Calamaro en El Salmón. Y sobre todo hay mucha nitidez en la impresión que me causó Johnny Yen y la voz de Tim Booth, que no conocía pero quería asociar a Bono como otros la asociaban, y aún lo hacen, a Morrissey. Ahora ya me es imposible, tengo tan asimilados los timbres, las inflexiones, el tono, el modo de cantar, que me resulta imposible identificar similitudes en esa voz. En aquel momento tan hirviente de mi vida se cruzaron las trayectorias del muchacho que era yo y la banda que son ellos. Mis años de anglofilia desatada, de vacaciones inglesas, de partidos de fútbol sala jugados a pelotazos británicos, de mucha Premier League y mucho Man United contra el Liverpool, y muchas juergas y mucha música. Y por supuesto, de rugby, al que acababa de asomarme en los años anteriores. Ese mismo año, James editarían en octubre el mejor álbum de su carrera, Laid, que yo descubriría algo más tarde, en un piso de Maida Vale, al norte de Londres, entre pintas de real ale, tequilas en un bar latino de High Street Kensington, inexplicables conflictos por una camisa de marca que desaparecía en los taxis… y mañanas de té con leche y desayuno inglés. Greasy spoon, como le llamábamos nosotros. Había vuelto a Londres un año después de vivir allí y regresar con algunas derrotas bajo el brazo y otras por venir, pero con el triunfo incomprensible de haber alcanzado cierta culminación personal en medio de lo más próximo que estuve jamás a la pobreza económica. No podía comprarme siquiera un cedé o un libro, pero era jodidamente feliz. Raro, pero cierto. Era 1996 y en aquella vuelta a Londres la ciudad me aprisionaba con recuerdos imposibles de conciliar. Caminar por algunas calles era un ejercicio doloroso que tardaría en conjurar. Y entonces, Mr. T. aparecio una tarde con Laid en casa del señor Ryan, lo puso a girar en el aparato, sonó Sometimes… y me quedé agarrado al guitarreo inicial. Y a esa frase suicida, desafiante contra la fatalidad, una declaración de fuerza contra lo implacable. Una línea de la que sujetarse cuando la inundación quiere arrastrarte hasta las alcantarillas: “On a flat roof, there’s a boy / leaning against a wall of rain… / aerial held high / calling: Come on thunder!!! Come on, thunder!!!”. Ya nunca he podido soltarme.

Falta poco más, muy poco más de un día…





El espíritu de David Sole

30 09 2011

David Sole se recortaba a  menudo la manga izquierda de su pesada camiseta de algodón azul marino, con un cardo bordado en el pecho. Pilar del lado abierto y capitán de Escocia, Sole conocía por experiencia la importancia de las escenografías. La asimetría de su camiseta tenía una razón práctica: evitar que el pilar derecho contrario se aferrara cómodamente a su brazo en la melé y le tirara para abajo, evitando su empuje por hundimiento. También cumplía un efecto disuasorio: un primera línea ha de tener un aspecto amenazador desde el mismo instante de su salida al campo. A ello contribuye su fisonomía, evidente, pero hay que multiplicar el impacto del conjunto. Un primera línea ha de ser temido no sólo por lo que es, sino por lo que está dispuesto a hacer. Por su bravura, porque tanto más responderá cuanto más se le castigue; por su trapío, porque nadie quiere que le caiga encima; por su casta, por fiereza, por su inquebrantable entrega a la causa.

Sole sabía todo eso. Se cortaba la manga de la camiseta, aquella camiseta que aún no producía beneficios a las unions, porque ni siquiera estaban comercializadas por las marcas que las manufacturaban. Cualquiera podía hacer una copia y venderla. Y aquel día de 1990, el día en que Escocia le ganó el Grand Slam a Inglaterra en un partido memorable en el viejo Murrayfield, Sole hizo algo más: sacar a su equipo al campo en fila con una estudiada lentitud, donde todo el mundo aguardaba que entrasen al campo al galope, mientras en el estadio tronaba el entusiasmo. La puesta en escena provocó una respuesta enfervorizada del público, cuyo griterío creció desproporcionadamente mientras los escoceses avanzaban hasta el centro del campo y se disponían a entonar por primera vez el himno estrenado ese día: Flower of Scotland. La inflamación duró los 80 minutos y Escocia obtuvo una de las victorias más sonadas de su historia (13-7) con un ensayo del imberbe Tony Stanger. Y, jugando y defendiendo al ritmo de tambores de guerra, mandó a los ingleses a pensárselo otra vez, como reza el himno.

David Sole, con su ancha cinta, al frente del equipo escocés que ganaría el Grand Slam de 1990 a los ingleses: una imagen inspiradora de fiereza y determinación -escritas en la cara de los protagonistas-, y que enmarca el espíritu que presidirá el partido de este sábado.

Algo así necesitará esta vez. Pasión desatada, licuada en rugby. El espíritu de Bannockburn, el espíritu del capitán Sole. Inglaterra y Escocia han sostenido su rivalidad durante los últimos 140 años y la han reeditado en 124 partidos, desde que en 1871 jugaron el primer test internacional de la historia del rugby en Raeburn Place, Edimburgo. El registro indica superioridad para los ingleses: 66 victorias contra 41, más 17 empates. Y sólo en una ocasión anterior se han medido en la Copa del Mundo: la semifinal de 1991 en Murrayfield, resuelta a favor de los ingleses (9-6) en una ventosa tarde, gracias a un drop repleto de frialdad de Rob Andrew. El partido del sábado presenta una novedad: es la primera vez que los dos viejos enemigos se miden en territorio neutral.

El equipo de Martin Johnson ha ganado sus tres partidos en este Mundial y, así y todo, no tiene matemáticamente asegurada su clasificación para cuartos. Nadie duda de que la conseguirá, sin embargo, porque asegurar un punto bonus, incluso perdiendo, le daría la clasificación. Pero enfrente está su Auld Enemy, una Escocia que desconoce los complejos a pesar de las evidencias que ha dejado su rugby durante las últimas semanas. Tal vez, claro, desde hace años. Si Escocia convierte Eden Park en territorio escocés, el partido entrará de inmediato en los anales de la historia, porque su repercusión es incomparable a cualquier otro enfrentamiento.  Escocia necesita ganar por al menos ocho puntos (cosa que no ocurre desde los ochenta) y hacerlo con punto bonus (cuatro ensayos anotados, cosa difícil porque le cuesta muchísimo hacer uno, como se demostró ante Argentina); Inglaterra, para no quedar fuera, ha de perder por menos de siete puntos (lo que le daría el bonus perdedor).

Andy Robinson (ex técnico en el equipo de Clive Woodward que dirigió a la Inglaterra campeona del mundo en 2003… y luego seleccionador inglés durante un breve periodo de 15 meses) quiere que, si Escocia ha de volver a casa -algo muy probable tras su descorazonadora derrota contra los argentinos- lo haga con el discutible honor de haber jugado a lo que han querido jugar. Para ello ha convocado un equipo ligero (seis cambios con respecto al choque con Argentina, Vernon y Kellock en la tercera; Mike Blair de medio de melé; Danielli y Evans en las alas, con Ansbro en el segundo centro). Un equipo dispuesto a hacer correr a los pesados ingleses, armar un partido en campo abierto y tratar de ganar en los breakdowns, los agrupamientos, por velocidad, fiereza y disciplina. Ahí es donde el equipo de Johnson ha mostrado una despreocupada tendencia a cometer golpes de castigo. Prefieren una infracción a que les ganen la espalda. Así que el pie de Patterson y compañía puede tener mucho que ver en la decisión del choque. En Inglaterra casi nada cambia, lo que viene a ser una forma muy inglesa de afrontar las cosas. Wilkinson es inamovible, a pesar de su rara inseguridad con el pie y del asunto del cambio de los balones en un partido anterior, que ha resultado en la sanción de dos de los asistentes de Martin Johnson. Vuelve en la segunda el interminable Courtney Lawes, tras dos partidos de suspensión por intentar aplastar con un codo a un rival argentino. Y Cueto se queda fuera para ceder el carril de los velocistas a Delon Armitage.

Próximos partidos
Resultados y clasificaciones





James 1990

29 09 2011

De pronto, un día, la gente comenzó a invadir el escenario. Aún hoy se hace en cada concierto: hay que hacerlo. Y espero que se haga el sábado. James lo permite, James lo quiere. La gente también comenzó a sentarse en la platea. Multitudinarias sentadas, como aquéllas de la rebelión de los pelos largos en San Francisco, muchos años antes, frente a los cañones de agua. Sit Down, su himno de siempre, publicada en el formato sencillo el año anterior, había explotado como una bomba en las pistas de baile de los clubes nocturnos de Inglaterra. Especialmente en los de Manchester, desde luego. Particularmente en The Haçienda, la zona cero del terremoto mancuniano. Empezaron a menudear las etiquetas: el secreto mejor guardado de Manchester, el orgullo de la ciudad. Estaban hablando de James. Podrían hablar de mil grupos, pero era James. En el verano de 1990 alguien me preguntó si querría trabajar en un diario deportivo que iba a nacer en septiembre. Ahora parecerá mentira o una impostación, pero en aquellos días ni siquiera había imaginado trabajar en deportes. Había atravesado el ecuador de mi carrera sin ninguna celebración (después de muchos conflictos interiores y algunos con el entorno decidí que había que olvidar esos años cuanto antes, así que me fundí con el paisaje y radicalicé mi discrección), sin pisar un diario en prácticas (los veranos eran para ir a la piscina) y sin pensar ni un solo minuto en el futuro. Ese era yo, como ahora. De repente el futuro me explotó delante y se hizo presente: no podía ser de otro modo. Ocurrió también con James: firmaron con Fontana, publicadon Gold Mother con enorme éxito, triunfaron en Glastonbury, giraron por toda Europa y por Estados Unidos y, después, regresaron a casa como campeones del mundo, mientras la selección de Inglaterra que más me ha gustado en mi vida alcanzaba las semifinales del Mundial de Italia, tal vez el torneo que (salvando lo de Sudáfrica) mejor me lo haya hecho pasar nunca. James llenaron el G-Mex Arena de Manchester. La emocionantísima versión que hicieron de Sit Down, incluida en la reedición de Gold Mother, sellaba el ya inquebrantable lazo que los ha unido siempre a su gente. Y por eso, emulando a todos sabemos quién, en agradecimiento a su éxito se subieron a las ocho de la mañana de un día a finales de enero en una azotea y provocaron el caos en el centro de Manchester: 5.000 incondicionales embotellaron las calles de baile, música y voz. Y el tour Come Home Live ’90 disparó a James, hasta ponerlos en la órbita de uno de los mejores productores de todos los tiempos, y el que transformó de modo duradero su música: el inefable Brian Eno. James estaban en casa y habían triunfado. Yo volví a casa para quedarme. Y así pude empezar a desear volver a irme… en defensa de mi siempre contradictorio espíritu. Cantándome a mí mismo canciones en las horas más oscuras, “secrets I can’t keep / inside of the day…”.

Dos días y medio y estamos ahí…





James, 1989

28 09 2011

Los propios James, cuando rememoran su trayectoria, identifican el año 1989 como El Año de los Siete Magníficos. Puede ser el año en que todo empezó, en muchos sentidos. Tim Booth, Jim Glennie y Larry Gott buscaban un baterista que llenara el hueco dejado por Gavan Whelan y se encontraron un baterista, un teclista, un violinista y un trompetista: por orden, Dave Baynton-Power, Mark Hunter, Saul Davies y Andy Diagram. La formación clásica de siete en James. Hacia 1989 todas las cartas estaban ya boca arriba y uno cursaba el segundo año de periodismo en primaria soledad y bordeando un precipicio emocional al que no dejó de asomarse durante años. Eso pasa por elegir mal. Que luego, como sabrían los propios James, hace falta encontrar algo mejor, si eso es posible, o levantar uno su propio negocio. En este caso, una vida adulta muy incomprensible todavía. Para James, un sello discográfico propio, One Man Clapping, con el que obtuvieron un número 1 en las listas independientes y muchas actuaciones en las que ir encontrando un sonido diferencial en la profusa, muy brillante y siempre evolutiva escena mancuniana. Todos teníamos que encontrar entonces nuestro propio lugar en el mundo. Y entendernos con una mente y un cuerpo en implacable rebeldía. En aquellos tiempos, James giró de forma continua y lo hizo junto a algunas de las bandas emergentes de la post new wave: los Happy Mondays, por ejemplo; y unos incipientes Stone Roses. Nada menos. La cultura de club se había desatado y James buscaba su espacio. Todo se había desatado, lo legal y lo ilegal. En octubre de 1989 participaron en el Futurama Festival de Bradford y de aquella actuación procede este Sandman, elegido por la aparición sobre el escenario de dos glorias de la diversión, el genio musical, el ritmo y el exceso en el más amplio sentido del término: Shaun Ryder, compositor, cantante y alma de los Happy Mondays. Con camisa blanca, aporreando un cencerro. Y su compinche Bez con una pandereta, tal vez tocándola, como a veces hacía con las maracas; tal vez sólo girando con ella por el escenario. Bez era el amigo de juergas al que los Happy Mondays convirtieron en perdurable ídolo al permitirle interpretar sus incalificables bailes durante las actuaciones de la banda, sobre el escenario. Acabó siendo uno de sus miembros más identificables. En 1989 nosotros empezábamos a parecernos a lo que seríamos, que por cierto se parecía poco a lo que habíamos sido. Todo se había vuelto muy extraño. Estos son James, en 1989, en Bradford: con Shaun Ryder y Bez haciendo de eso… Shaun Ryder y Bez. Y para extraña, la americana de cuadros de Tim Booth… So eighties!

Quedan poco más de tres días…





James, 1988

28 09 2011

En 1985, James exigió mayor promoción para James II, su segundo EP, por parte de Factory Records. La disputa se resolvió cuando la banda salió de la habitación de Tony Wilson y, consiguientemente, del sello, para trasladarse a Sire. Allí publicarían su primer álbum, Stutter, al año siguiente, con un tema que se iba a hacer legendario y que todavía conforma una de las piezas más interpretadas por James en sus giras: se llamaba Johnny Yen, y el personaje que le daba su nombre al título estaba extraído de la canción Lust For Life, de Iggy Pop: “Ahí viene Johnny Yen / Con su alcohol y sus drogas / Y su aparato de carne / Dispuesto a hacer otro strip-tease”. Era 1986. El Barcelona perdió todas sus finales,  incluida la que le ganó el Zaragoza en el Calderón, y ese verano Maradona dejó un reguero de ingleses tirados por el suelo en un vuelo celestial, algunos años antes de arrojarse al vacío. Uno dejó el fútbol para siempre, a la vuelta de un partido en el que vio a sus compañeros destrozar medio vestuario por frustración con el árbitro. Una carrera corta; un cadáver bonito. No había para más. Distinguió el agrio sabor de la vida mezclado en el fondo de una jarra de cerveza. Éste es el año en el  que James escriben Sit Down y la estrenan en una actuación exclusiva para Radio 1. “Aquéllos hayan sentido el aliento de la soledad / Que se sienten a mi lado / Los que crean estar tocados por la locura / Siéntense conmigo / Esos que se vean a sí mismo ridículos…/ Que se sienten conmigo / En el amor, en sus miedos, en el odio, en las lágrimas”. Esa llamada nos alcanzó tarde, pero nos incluía. Ya entonces lo bonito y lo feo se entremezclaban con un desorden terrible, al punto de hacer imposibles las distinciones. Al fondo, siempre y cada día, ya sonaban los Beatles, a todas horas. En Inglaterra sonaba, ya en 1988, después de un año de tensiones con Sire, el segundo elepé de James, Strip-Mine, con un single llamado “What For?”, al que la discográfica no le sacó el partido suficiente. Vendió menos que el primer disco. Gavan Whelan dejó la banda. Y el resto acabaron marchándose y levantando su propio sello.

Quedan menos de cuatro días…





James, 1985

27 09 2011

El 21 de diciembre de 1983, España le metió 12 goles a Malta y José Ángel de la Casa lo celebró soltando un memorable gallo al gritar “¡Gol, gol de Señooor, gol de Señooor…!”. Un mes antes, en noviembre, James habían publicado su Jimone, un EP con los tres peores temas que pudieron encontrar de su aún exiguo repertorio: What’s The World, Folklore y Fire So Close. El motivo de esa elección a contracorriente, sostiene su biógrafo Stuart Maconie, el deseo de “no quitarles brillo en el estudio a sus mejores canciones”. Tal vez la mayor gloria de aquel primer trabajo, que vendió mil copias, fue ser el single de la semana en la revista New Musical Express y, sobre todo, que dos de sus compradores eran dos jóvenes llamados Steve Morrissey y Johnny Marr, aka… los Smiths, que versionarían después What’s The World. Uno, en aquellos días, pasaba muchas horas de esplendor en la hierba, durante el verano. Algunas con chicas y entre inocentes juegos de cartas, otras con un balón y una fila de botellas de cristal de 1 litro de Coca-Cola en juego… y otras varias mezcladas. El resto del año tocaban campos de tierra y juegos invernalmente insulsos. Mientras, allá arriba en North Engerland, aquel movimiento desordenado de un grupo fenomenal, pero aún larvado, llamó la atención de las dos más finas antenas musicales de Inglaterra en esos días: el extraordinario John Peel, que los llevó a hacer una sesión en su programa de la BBC Radio 1, y Tony Wilson, presentador de programas musicales (y otras variedades) en Granada TV, creador del sello Factory Records. Los educadores musicales de una y varias generaciones de melómanos británicos. Wilson fue quien juntó a James aquel año para subirse al escenario con otra de las bandas de su cuadra, New Order: primero en el State’s Ballroom de la ciudad de Liverpool; más tarde, y sobre todo, en la legendaria Brixton Academy de Londres, su primera aparición importante en la capital. Después de que Arconada se pasara el tiro libre de Platini por debajo de la axila en el Parque de los Príncipes, y que el imberbe signor Somniloquios anotara un rarísimo gol de cabeza que contribuiría a hacer campeón de Copa a su equipo de fútbol frente al Real Zaragoza (profético), el guitarrista Larry Gott se unió a James. Él entro por una puerta y Paul Gilbertson salió por la otra: sólo coincidirían en un concierto. Era 1984. El año que George Orwell había imaginado para la implantación de su Gran Hermano y otras exageraciones que se iban a quedar cortas. Y el año en que James fue invitado por los Smiths a acompañarlos en una gira de nueve fechas por la República de Irlanda. En 1985, impulsados sobre otro EP llamado -en el estilo prosaico de Factory- apenas James II, saltarían a un escenario mayor como el Festival de Glastonbury y el WOMAD. Y, sobre todo, a la gira Meat is Murder de los Smiths. De aquellos días viene este Scarecrow. Con su jersey de perlé azul cielo, clavado en medio de un campo de maíz, efectivamente Tim Booth podría espantar algún pajaro.

Faltan cuatro días y medio…





James, 1983

27 09 2011

En 1980, nosotros ya nos llamábamos como nos llamamos ahora, pero James se llamaba Venereal and The Diseases. En realidad, eran sólo un embrión de James, con tres nombres: James Glennie, bajo, Paul Gilbertson, guitarra, y Gavan Whelan, baterista; y nosotros apenas un embrión de nosotros mismos, aunque con la semilla de El Gran Error ya incrustada: habíamos leído Miguel Strogoff, de Julio Verne, y nos fascinaban dos personajes: Alcides Jolivet y Henry Blount, periodistas. Pensamos que queríamos hacer lo que hacían ellos y contar las aventuras del correo del Zar u otros personajes. A esa determinación vocacional la han dado en llamar los historiadores El Gran Error. Nos interesaba más el baloncesto que el fútbol, o eso nos parece ahora porque recordamos mucho más nítidamente a sus personajes de esos días. En la habitación teníamos un póster de Walter Szcerbiak con el Real Madrid y otro con el cartel de la película Grease. Tal vez aquel Se Busca con la imagen hippie de Jesucristo. Algo más tarde, los chicos de Manchester pasaron a responder por Volume Distortion y ese año tocarían con The Fall en el Polish Cavendish Hall de su ciudad, bendita ciudad. En 1982 nosotros admirábamos a Kevin Keegan y aprendimos algunas cosas sobre la fatalidad en aquel verano de Naranjito, cuando probablemente se forjó un trauma de carácter generacional sólo extirpado en Sudáfrica. Entonces ellos pasaron a llamarse Model Team International.  Y, cierta noche en la discoteca de la Universidad de Manchester, aquellos tres o alguno de ellos (Paul Gilbertson, cuentan) se fijaron en un tipo flaco que bailaba con evidente desorden de miembros y le propusieron bailar para ellos. Tim Booth, demasiado borracho para responder de acuerdo a la leyenda, encontró a la mañana siguiente un número de teléfono escrito sobre el dorso de su mano. Marcó. Poco después se llamaron Tribal Outlook y, enseguida, James, culminando la búsqueda de un nombre sencillo e impersonal. Y los tres miembros de la banda le pidieron a un guitarrista local, Larry Gott, que les enseñara algunos trucos con el instrumento. En 1983, el sello Factory (inventor, inspirador e impulsor del movimiento Madchester, que iba a cambiar la música popular inglesa y mundial para siempre) los invitó a tocar en su club, The Haçienda. Hicieron, por ejemplo, Discipline, con Gilbertson y Whelan intercambiando sus instrumentos; Glennie al bajo; y Booth en la voz… O Voz en la booth…

Faltan cinco días…





Sangre, lluvia, viento, dolor: la guerra

25 09 2011

Marcelo Bosch, el segundo centro argentino, se encuentra en medio del campo de batalla con su homólogo escocés, Graeme Morrison: uno de los muchos impactos de un encuentro jugador a puro huevo, sin concesiones, en un campo arrasado de lluvia y viento que hizo aún más racial el juego. Foto: PETER PARKS/AFP/Getty Images)

No hay casi nada hermoso en la guerra, como observó Ernest Hemingway. Y este partido fue la guerra. Ni siquiera es bonito el resultado, que resuena opaco, como venido de otro tiempo: Argentina le ganó 13-12 a Escocia. Se jugaban, salvo sorpresa en el último día de los azules contra Inglaterra, la segunda plaza del grupo B. Fue una guerra y decirlo no constituye hipérbole ninguna, ni un modo de ensalzar un partido bronco, jugado con dolor (lesiones de Fernández Lobbe y Roncero en Argentina, un tobillo seriamente lastimado en el caso de Leguizamón), resistencia y poco más por parte de los Pumas, iniciativa y poco más por el lado escocés. En verdad, fue increíble que ganara Argentina, que debió pisar no más de dos o tres veces la 22 rival. Pero en medio del ronco sonido de un partido industrioso, jugado con sangre, sobre un campo batido de lluvia y viento (terreno mojado, pelota difícil), repleto de errores en la decisión y de ejecuciones complicadas por los elementos, en medio de la constante cacería que constituyó cada pesado movimiento de la pelota, en medio de la juerga de los delanteros, las cargas, los placajes, los rucks insondables… en medio de toda esa chatarra desordenada, como un cementerio de vehículos pesados, como un escenario postnuclear de Mad Max, ahí apareció ligero y natural, excelso y decisorio, el suplente Lucas González Amorosino. Él ganó el partido con su ensayo. Él puso la única brizna de hermosura en un partido de tensión sublime, vacío de concesiones a la galería. Él salvó a los Pumas. Y él dijo: “Dejamos el corazón”. Pero debió agregar: “Y se lo arrancamos a los escoceses”.

González Amorosino es el jugador más creativo de Argentina del que se haya tenido noticia en este Mundial. Zaguero o ala del Leicester Tigers inglés, desde aquí subrayamos su nombre en el episodio llamado La caza del hombre. Y, sin embargo, el técnico Santiago Phelan optó por Rodríguez Gurruchaga como 15, tal vez anticipando (o propiciando) lo que sucedió: un encuentro nítidamente bilardista de los argentinos, y disculpen la intrusión futbolística. Pero ayuda a matizar la estrategia  de pertinaz defensa de los Pumas, frente a una Escocia que quiere jugar un rugby ligero, de combinaciones por fuera, para el que sin embargo no le alcanza el talento individual. Frente a una muralla inquebrantable como la argentina, apenas Evans en la primera parte, las raciales cargas de Barclay desde la tercera y algún intento demasiado alejado de Lamont… Esos fueron los argumentos ofensivos de los escoceses, que dominaron el territorio pero indultaron en varias ocasiones a los argentinos. Sigue siendo un equipo al que le cuesta ganar las líneas contrarias y finalizar jugadas. Sólo puntuó con golpes de castigos y drops, repartidos entre Ruaridh Jackson, Patterson y Parks, que perdió el que hubiera sido decisivo en la penúltima ofensiva escocesa contra los palos argentinos.

Dan Parks, en el centro de la imagen, intenta asimilar la proporción de la derrota que acaba de sufrir su equipo en Wellington, frente a los Pumas. En primer plano, el tercera argentino, Galarza, se acerca a consolar a los desconsolados rivales. Foto: Stu Forster/Getty Images.

Argentina ya demostró frente a Inglaterra que su capacidad para el sufrimiento, para sobreponerse a sus limitaciones, no conoce fronteras psicológicas ni físicas. Esa tal vez constituya su más evidente virtud. Es capaz de cerrar un partido en la batalla que más le interesa; son los argentinos quienes eligen las armas del duelo: siempre a cuchillo, nunca a pistola. Lo más cerca posible y a batirse en cada metro del campo… Escocia jugó más, puso más, mandó más, pero no encontró el modo de imponer su estilo. Se quedó corto para hacerlo. Argentina, por detrás 6-3 y 9-6 con apenas diez minutos por jugar, abocó el choque a un disparo al aire. Cuando González Amorosino apareció en el campo, con él vino la advertencia de que ahí, en su juego, estaba lo que era diferente y lo que podía ser diferencial. En medio de la tierra quemada que habían dejado 70 minutos de atrincheramiento, el zaguero Puma surgió con su camiseta inmaculada, como un signo de inocencia, y se convirtió en la niña del abrigo rojo que atraviesa el gueto arrasado en La Lista de Schindler. Grácil, hermosa en medio de la destrucción, intocable entre la barbarie. Pegado al costado recibió ese balón Lucas González Amorosino, en el minuto 74. Venía de izquierda a derecha la bocha, después de varias fases de desorden y trabajosa búsqueda de la continuidad por parte de los Pumas; abrió Vergallo, alargó Contepomi para Bosch y éste se la dio a González Amorosino, incorporado por afuera desde el fondo. El puma la agarró en equilibrio sobre el costado y, desde ahí, cimbreando las caderas para esquivar el desesperado placaje de Patterson, fue enganchando hacia dentro, rechazando tackles como si le dispararan flechas, corriendo sobre la punta de los pies, igual que si atravesara un piso de brasas o una cuerda floja sobre un abismo. Pasó a Dan Parks, voló impotente contra él Kelly Brown y, maradoneando con el bebé en los brazos contra el tiroteo, pasó González Amorosino por delante de Evans, y hasta el fondo perseguido ya de forma inútil por Graeme Morrison y John Barclay. Un flechazo de belleza que transformó Contepomi. Veneno mortal para Escocia.

El aleccionador resumen del encuentro lo hizo el narrador de la ESPN argentina. Sobre el pitido final, tras una emotiva victoria del equipo de su país que prácticamente le asegura la continuidad en la Copa del Mundo, elegante, conocedor y con el espíritu del rugby por bandera, Alejandro Coccia le hizo un canto a este deporte al decir: “¡Cómo me alegro de la victoria por este equipo de los Pumas… y cómo lo siento por Escocia, que mereció ganar!”. Eso, exactamente eso, es el rugby.

La jornada
Irlanda, 62-Rusia, 12
Fiji, 7-Samoa 27

Clasificaciones





En el nombre de Richie McCaw

24 09 2011

En el rugby el lenguaje corporal tiene una importancia básica, como en el tenis (por presentar un ejemplo sutil) o en la vida animal (para hacernos una idea más aproximada). La totémica prestancia con la que Richie McCaw caminó el espacio desde el vestuario hasta el césped del Eden Park, al frente de su equipo, subrayó su sobresaliente figura en la noche en la que cumplía un centenar de partidos con los All Blacks. Pero no sólo eso. Había en las expresiones de los neozelandeses una negrura abismal, ese cierto extravío de las miradas cuando se quedan fijas en ninguna parte, porque están en realidad mirando al interior, recabando hasta el último gramo de determinación para transmitirlo de dentro afuera, y licuarlo en cada acción del partido. Esa aproximación anticipatoria, rabiosa, se extendió a la grada y a la interpretación del himno: Dios Defienda a Nueva Zelanda. Era el aroma de la fría venganza contra una obsesión nacional (las derrotas de 1999 y 2003 ante Francia), la anticipación del combate, el olor a napalm por las mañanas, que diría el coronel Kilgore en Apocalypse Now. Los franceses arremolinaron su espíritu jacobino alrededor de La Marsellesa y, conforme la cámara barría los rostros de los jugadores y llegaba a los delanteros, ese “¡A las armas, ciudadanos / Montad los batallones!” tronaba como un aviso de que durante las dos horas siguientes nadie iba a rendir un solo metro ni a hacer prisioneros. Uno tuvo ganas de gritar. De excitación, de miedo, de emoción… Por si quedaba alguna duda de nuestra hipótesis (hay que empezar a ganar un partido desde el mismo momento en el que se sale del vestuario y resuenan los tacos en el terrazo del pasillo), los All Blacks interpretaron Kapa o Pango, la segunda de sus retadoras danzas, y no se ahorraron el gesto del cuchillo que raja las gargantas del enemigo en su final. Ese detalle provocó en su día, cuando la estrenaron en 2005 contra Sudáfrica, todo un debate mundial acerca de los valores del deporte y el significado de una tradición folklórica que derivaba hacia el exhibicionismo. Ayer no hubo lugar para opiniones ajenas. La dramatización de Ali Williams fue memorable. Hasta puso los ojos en blanco y sacó la lengua simulando la pérdida de conciencia de una cabeza separada de su cuerpo.

Poco dispuestos a las impresiones gestuales, los franceses se pasaron el desafío negro por el Arc de Triomphe parisino. Y en cuanto la pelota echó a volar la agarraron, avanzaron con ella y sus cuerpos hasta el fondo rival y encerraron a los All Blacks en su mazmorra durante diez larguísimos minutos. Mientras la pelota iba y venía mecida entre el flair y la brutalidad,  el planeta oval contuvo la respiración y se preguntó admirado si los franceses iban a hacerlo une autre fois. En la transmisión de la ITV inglesa, Andy Gomarshall —ex medio de melé inglés, hoy comentarista—, no pudo evitar varias veces una risita nerviosa que delataba el general asombro. John Fitzpatrick, All Black legendario, había afirmado en el debate previo al encuentro, yendo más allá que sus contertulios Pienaar y Dallaglio: “Quiero ver a los All Blacks manejarse bajo la presión francesa”. Y lo vio. Porque, si los franceses parecían convencidos de que esa formidable campaña napoleónica en el crudo invierno neozelandés tenía posibilidades de éxito bajo el dictado del factor sorpresa, los All Blacks se encargaron de convencerlos de lo contrario: rechazaron cada embestida con fiereza redoblada, metieron los cuerpos abajo, los hombros delante, pusieron inteligencia, energía, técnica y arrojo en cada disputa, y establecieron las bases de la preeminencia física en el breakdown, factor que iba a marcar a fuego el partido. En esa fase tremenda de la noche, Francia no pudo hacer ni un solo punto: Morgan Parra mandó un drop contra los palos y reclamó una obstrucción en una ruptura en la que quizás no le faltó razón. Pero toda las quejas resultaron fútiles. Cuando el equipo de Lievremont quiso darse cuenta, encontró que en Nueva Zelanda las nubes de una tormenta se disipan tan rápidamente como llegaron. El sol entró en eclipse en Eden Park y todo se volvió negro.

Richie McCaw, capitán de Nueva Zelanda, celebró sus 100 partidos con una victoria prestigiosa frente a Francia, que no pudo con la máquina trilladora de los All Blacks.

Un movimiento portentoso de Ma’a Nonu, el centro All Black, viniendo del lado cerrado hacia el abierto a la salida de un relanzamiento de los kiwis, permitió el primer ensayo negro. La acción de Nonu —poderoso, inteligente, veloz— estuvo hecha para la memoria: tomó el balón que venía de izquierda a derecha y aceleró contra el muro blanco, abrió un intervalo con un par de pasos laterales entre Bonnaire y Picamoles (los terceras están para eso, para placar como animales en campo abierto), escapó de la cobertura del zaguero Traille y sólo fue frenado a dos metros de la marca. También lo siguiente lo hizo Nonu de libro: liberar de inmediato en la caída para el relanzamiento, eso que ahora se llama bola rápida. La pelota salió otra vez hacia el flanco, subida en la línea neozelandesa y, con un truco mágico de Dan Carter, llegó hasta la esquina para que allí la posara uno de esos actores secundarios que casi nunca reclaman los focos: Adam Thompson, en su primer ensayo con la camiseta negra. De ahí hasta el final del primer tiempo, los All Blacks ensayaron tres veces más, desanudando por completa una tibia defensa francesa, que abrió huecos para permitir otra marca de Cory Jane (después de otro pase formidable, esta vez de Piri Weepu, que jugó 50 minutos fantásticos como medio de melé) y una escapada del irrefrenable Carter. Los All Blacks habían entrado en estampida. Weepu le daba a la pelota un ritmo excelente (gran trabajo de los gordos en los agrupamientos para permitir reciclajes inmediatos), Nonu partía por la mitad a los rivales, Dagg se sumaba haciendo superioridades magníficamente medidas y terminadas, mientras Conrad Smith y Kaino, más la ineludible aportación del capitán McCaw, se encargaban de sacar la basura en cada jugada, placando en defensa como si les fuera la vida en ello. Los franceses se dolieron de cada impacto, al punto de que Parra se puso futbolero cuando Kaino le cruzó un brazo en una jugada cotidiana en la que el respetable francés pidió un castigo mayor que el tiro a palos. “Un francés acaba de caerse al suelo como si le hubieran pegado un tiro”, resumió el comentarista. Y era así.

El encuentro se disputó, a partir de ahí, en una sola dirección. Francia rebajó el impacto con un golpe de castigo para el 19-3 del descanso, pero otro juego de pies de bailarín de claqué del punzante Dagg en el arranque de la segunda mitad estiró la ventaja local hasta un 26-3 que se hacía ya incontestable. Aquello eran los All Blacks en estado puro, todos atacando y defendiendo, durísimos en cada colisión, inapelables en las disputas y sin piedad en ataque, corriendo, chocando y descargando con una rapidez de vértigo y el máximo rigor técnico. Al mando de todos ellos, el señor Dan Carter, que puso toda su clase en el asador. Su capacidad para cambiar de dirección con la pelota en las manos e implicar en la carrera a los tres del fondo permitió a Nueva Zelanda rajarle el cuello a la defensa gala con dos ensayos más, de Dagg y Sonny Bill Williams, que había relevado pronto en el ala al tocado Cory Jane. Si Carter no fue el Hombre del Partido fue por aquel pase errado que Mermoz robó para posar el único ensayo francés, mediado el segundo tiempo. Pero su manejo del choque fue impresionante de todo punto. Puede que en la prensa hubiera mucho debate por ese presunto equipo B que puso Lievremont, con Parra de apertura, con Trihn-Duc y Servat en el banco. Es relativo. Szarszewski tuvo, en efecto, un día terrible en el puesto de talonador. Sufrió como un perro en las melés ante la implacable primera negra: Franks, Mealamu y Woodcock. Servat debió jugar. Pero respecto al cambio de posición de Parra hay que decir que los mejores momentos de Francia ante Japón ocurrieron con él en ese puesto, después de constatar la preocupante irregularidad del 10 titular. Desde luego, para los All Blacks Francia mereció tratamiento de enemigo mayúsculo. Desde el Kapa o Pango, fueron a degüello. El croissant se lo zamparon de un mordisco y, después, acabaron asándole las tripas al gallo. Ganaron 37-17 sin parecer jamás amenazados… salvo por esos primeros minutos. Los negros aún no han alcanzado el cénit de su potencial, como reconoció Graham Henry, pero en el primer encuentro verdaderamente exigente del Mundial dejaron sentado que tienen argumentos, rugby, motivación y apoyo para andar todo el camino. Un ataque sensacional y una defensa, su gran interrogante, capaz de resistir los mayores sitios.

En el otro partido del día, Inglaterra se deshizo con un par de manotazos enguantados de una Rumanía que reservó jugadores para la riña de berracos que le aguarda contra Georgia. Fue 67-3, con diez ensayos en total, tres de cada uno de sus alas Ashton y Cueto. Un excelente encuentro de Tindall en las labores de choque y de Tuilagi en las rupturas, jugando muy buen rugby, matizando esa idea generalizada de que su único camino suele ser la línea recta y llevarse por delante a los rivales: “Parece que el muchacho sabe jugar”, ironizó Martin Johnson. La impresión de mejora inglesa fue casi más importante que la superioridad, ejercida sin contestación enfrente: ese era el partido número 24 de los 48 que tendrá el torneo. A la mitad del camino, Inglaterra empieza a parecer de verdad un aspirante con posibilidades. Por si a alguno de los agentes de su Majestad se le ocurría celebrar de manera excesiva la rotunda victoria, el agrio Johnson advirtió: “El partido nos exigió poco: Escocia será otra cosa”. Uno, que la mira con tanto cariño, se pregunta qué será Escocia… Por ejemplo, esta mañana contra los Pumas de Argentina.





El Síndrome del Croissant

23 09 2011

A estas horas comienza a ser plausible la hipótesis de que los Wallabies hayan somatizado la presión del favorito al punto de convertirla en fatalidad, cuando no en fatalismo. Su nítida victoria contra Estados Unidos (67-5), en el partido que abre un fin de semana grande en el Mundial de rugby, los dejó con la intención bien ganada de festejar un encuentro que jugaron con inteligencia -subrayó su medio de melé, Will Genia- e incontestable superioridad. Sin embargo, la cuenta de lesiones fue tan notoria que agregó un punto de amargura al triunfo, necesario después del sonoro resbalón contra Irlanda. James O’Connor y David Pocock (dos de los mejores en su puesto) ya vieron el partido vestidos de traje en la banda, haciéndole compañía a Digby Ioane, que se fracturó el dedo pulgar contra los italianos y al que se espera no antes de dos semanas. Pero, si bien el choque con Estados Unidos lo jugaron con viento de cola los australianos, todo lo que fue susceptible de ir mal, acabó mal. Kurtley Beale se lesionó en el muslo, el centro Robert Horne se lastimó la mandíbula, el versátil Pat McCabe dejó el encuentro con un hombro tocado, Palu también salió con problemas musculares y, sobre todo, Anthony Fainga’a estuvo cerca de romperse la crisma en un placaje mal medido y peor ejecutado. Fue al final del partido, con sólo 14 segundos por jugarse. Una salida desde touch de los americanos, con apertura en barrido hacia el lado contrario, que el centro australiano trató de cortar por lo sano. La jugada, desgraciada por demás, explica la importancia de la técnica de placaje: la intención de Fainga’a fue meter el hombro derecho por delante, pero el jugador se le escapó en la carrera, perdió la posición para placarlo por ese lado y cruzó la cabeza por delante del hombro, recibiendo el demoledor impacto en el parietal derecho. De haber anticipado mejor la trayectoria y velocidad del oponente, debió golpear con el izquierdo, de fuera hacia dentro. Acabó conmocionado y salió en camilla. Australia jugó los últimos 14 segundos de partido con 14 jugadores. Y rezando para que no cayera nadie más.

De Najwajean a Polota-Jean... El pilar australiano y Carlos Jean, artista formidable de la producción musical, en uno de esos razonables parecidos que uno encuentra cuando el aspirante de turno se está comiendo del orden de diez ensayos en el partido.

Por lo demás, el partido dejó la exhibición de Adam Ashley-Cooper, que anotó la ristra de tres ensayos más rápida de la historia del Mundial: en sólo siete minutos posó tres veces la pelota, aprovechándose de esa inteligencia en las decisiones a la que aludía Genia. Las once marcas de los Wallabies maquillaron la desacertada noche de Quade Cooper con el pie: dos de cinco, antes de cederle los trastos a Berrick Barnes. Entre los dos perdieron cinco de las once conversiones de las que dispuso Australia. El asunto de los errores en los tiros a palos ya tiene un culpable: la pelota. Cómo no. Mientras, con las manos, Ashley-Cooper es una topadora en cualquier posición, aunque desde aquí hayamos insistido en el poder que se extravía en el medio campo australiano sin él de centro. Con la acumulación de problemas físicos aludidos, Robbie Deans tendrá que hacer piruetas antes del último encuentro del grupo, contra Rusia, en lo que se prevé un paseo militar. Pero ya se sabe, y se ve, que en el rugby no hay partidos amistosos ni victorias inmaculadas. Todo el mundo es susceptible de comerse un buen tortazo, vayas 3 abajo o 50 arriba. Al margen de esos intereses, a uno le gustó constatar que Polota-Nau, el rotundo primera línea australiano, cada día se parece más al deejay y productor Carlos Jean, lo que le agrega un poco del siempre necesario funky a este juego.

El fin de semana abre el sábado con Inglaterra frente a Rumanía (8:00 de la mañana) y, sobre todo, el anticipadísimo Nueva Zelanda-Francia. Desde hace semanas no se habla de otra cosa, cualquier previa del torneo presentaba esta fecha enmarcada en rojo. No sólo por la potencia de ambos equipos, sino por el célebre choking neozelandés contra el rival azul. Lo que se dice un atragantarse siempre en la peor hora contra el mismo rival, su bestia negra declarada y reconocida. He ahí un encuentro clásico de las Copas del Mundo, con todos los fantasmas desatados para los All Blacks, por un lado, el orgullo de anfitrión por el otro, la permanente incógnita de la estatura que pueden alcanzar los franceses (cuyas victorias por ahora no han provocado ni frío ni calor) y las especulaciones acerca de la conveniencia de guardarse ante el cruce de cuartos con el grupo A. Si eso no fuera bastante, el imprescindible Richie McCaw, quizá el jugador más carismático de Nueva Zelanda desde Jonah Lomu y el tercera más celebrado desde Zinzan Brooke, cumple cien partidos con los All Blacks. Más allá del cumpleaños del bravo capitán, para ambientarse y comprender la desproporcionada expectación de un partido como éste, todavía en la fase de grupos, hay que hacer historia: Francia eliminó a los All Blacks (43-31) en la RWC 99, en un memorable encuentro jugado en Twickenham, acaso el mejor que se recuerda en el cuarto de siglo de historia del torneo (en competencia directa con la impresionante final entre Australia e Inglaterra en 2003); y uno de los más grandes jamás jugados en el siglo y pico de existencia de este juego. Una maravilla que cualquier aficionado mediano debería revisar al menos una vez al mes: como Perdición, de Billy Wilder, y las escenas finales de Centauros del Desierto, de monsieur Ford.
 
 
No contentos con aquella formidable hazaña, los bleus no le dieron ocasión a los neozelandeses de perpetrar una venganza, y en 2007 volvieron a sacarlos de la Copa del Mundo en Cardiff, esta vez en los cuartos de final (18-20), en un partido que pasó a la historia por el ya innegable Síndrome del Croissant, la inadmisible vestimenta gris de los All Blacks y aquel arbitraje del inglés Wayne Barnes, que se comió un balón adelantado francés que acabó en ensayo y terminaría decidiendo el encuentro. Contra la tradición legendaria de respeto por los jueces en el rugby, la polémica se hizo duradera como las del fútbol y traspasó todos los límites admisibles, en esta y en cualquier otra disciplina, al punto de que el atildado Barnes llegó a recibir amenazas de muerte. La verdad, sin embargo, fue mucho más sencilla: los All Blacks no encontraron cómo pasar la tupida defensa francesa. Y los galos, además, sueltan a veces ese flair que los adorna y se hacen irresistibles. Así que el partido llega con una acumulación emocional salvaje para los All Blacks. Si vuelve a ocurrir, una nación entera irá camino del psiquiatra. Y, sobra decirlo, las papeletas de favoritos de los neozelandeses volarán por los aires, complicándoles el camino en su Mundial.
 
Mientras en el grupo A se juegan también los bifes este fin de semana. La primera plaza parece ir camino de la prosaica Inglaterra, que se enfrenta con Rumanía. Un partido para seguir buscando a ese equipo de Martin Johnson en el que dan más titulares las juergas nocturnas de Tindall entre rubias y enanos que las anotaciones de Wilkinson y sus muchachos. Es lo que pasa por manejar un equipo con un ex capitán matrimoniado con la nieta de la Reina, un caballero de la Orden del Imperio al que le han saboteado las patadas y, entremezclados, ese tipo de pilares que, como Stephen Thompson, saben que en una pelea tabernaria un beso sardónico a tu rival siempre derrota más que el peor puñetazo. Como el que le dio al argentino Rodrigo Roncero, por ejemplo. Mientras, para la segunda plaza habrá guerra entre Argentina y Escocia. La batalla está fijada para el domingo a las 10:30 de la mañana, horario infantil para un encuentro que se prevé descarnado. Mantengan a los chicos alejados del televisor principal de la casa, ahuyéntenlos con Dora la Exploradora o, si ya no se lo tragan, el irreverente Bob Esponja. Si les dejan ver ese partido entre el Cardo y los Pumas, aténganse a las consecuencias: inexplicables miedos nocturnos, topetazos contra la pared con la cabeza por delante y tendencias desviadas, propias de un cerebro que empieza a ovalarse. Si eso ocurre, no lo piensen ni un segundo: explíquenles por qué semejantes terneros de testa inflamada y orejas de coliflor lagrimean con el himno de su país; y a continuación corran a llevarlos a que se desfoguen con un meloncito en el parque y pregunten en el club de rugby más cercano… Sí, es nuestro sueño, para qué negarlo: parir un primera línea, un bebé empentador, un alicate babeante, un nene que no cierre los ojos al chocar contra los muros ni los hombres. Sosiéguense: al contrario de ese miedo neozelandés a atragantarse con un bollo, el rugby no es una enfermedad mental. Se trata, más bien, de una patología del alma.