James, 1993

30 09 2011

Ya hablé de Johnny Yen, una canción incluida en el álbum Stutter, en 1986. Pero ahora hablaré de Johnny Yen, canción incluida en una cinta de cassette que Pab editó para mí  algún día del año 1993. Pudo ser 1992 o hasta 1991. En esos tres años, los de mi ingreso definitivo en el mundo real (una primera nómina de 55.000 pesetas en un cheque cobrado en el viejo Banco Central),  todo ocurría a mucha velocidad, pero viajábamos subidos en la ola como sólo se puede hacer cuando uno tiene poco más de 20 años y el bolsillo hinchado y nada que pagar salvo la diversión, los deseos y el puro presente. Entre toda aquella bendita fanfarria puedo recordar la cinta en el walkman, y a mí mismo escuchándola en la parada del autobús que me llevaba a trabajar desde mi piso de joven profesional independizado, que llamaba a sus padres desde una cabina telefónica debajo de casa, como si viviera en alguna otra ciudad. Recuerdo el collage con el que estaba decorada la carátula de la compilación y sé que aún la tengo en una montaña de cintas, bajo alguna mesa, en mi casa familiar. Era, la de la tapa, una imagen como en negativo, a la manera de lo que haría luego Calamaro en El Salmón. Y sobre todo hay mucha nitidez en la impresión que me causó Johnny Yen y la voz de Tim Booth, que no conocía pero quería asociar a Bono como otros la asociaban, y aún lo hacen, a Morrissey. Ahora ya me es imposible, tengo tan asimilados los timbres, las inflexiones, el tono, el modo de cantar, que me resulta imposible identificar similitudes en esa voz. En aquel momento tan hirviente de mi vida se cruzaron las trayectorias del muchacho que era yo y la banda que son ellos. Mis años de anglofilia desatada, de vacaciones inglesas, de partidos de fútbol sala jugados a pelotazos británicos, de mucha Premier League y mucho Man United contra el Liverpool, y muchas juergas y mucha música. Y por supuesto, de rugby, al que acababa de asomarme en los años anteriores. Ese mismo año, James editarían en octubre el mejor álbum de su carrera, Laid, que yo descubriría algo más tarde, en un piso de Maida Vale, al norte de Londres, entre pintas de real ale, tequilas en un bar latino de High Street Kensington, inexplicables conflictos por una camisa de marca que desaparecía en los taxis… y mañanas de té con leche y desayuno inglés. Greasy spoon, como le llamábamos nosotros. Había vuelto a Londres un año después de vivir allí y regresar con algunas derrotas bajo el brazo y otras por venir, pero con el triunfo incomprensible de haber alcanzado cierta culminación personal en medio de lo más próximo que estuve jamás a la pobreza económica. No podía comprarme siquiera un cedé o un libro, pero era jodidamente feliz. Raro, pero cierto. Era 1996 y en aquella vuelta a Londres la ciudad me aprisionaba con recuerdos imposibles de conciliar. Caminar por algunas calles era un ejercicio doloroso que tardaría en conjurar. Y entonces, Mr. T. aparecio una tarde con Laid en casa del señor Ryan, lo puso a girar en el aparato, sonó Sometimes… y me quedé agarrado al guitarreo inicial. Y a esa frase suicida, desafiante contra la fatalidad, una declaración de fuerza contra lo implacable. Una línea de la que sujetarse cuando la inundación quiere arrastrarte hasta las alcantarillas: “On a flat roof, there’s a boy / leaning against a wall of rain… / aerial held high / calling: Come on thunder!!! Come on, thunder!!!”. Ya nunca he podido soltarme.

Falta poco más, muy poco más de un día…





El espíritu de David Sole

30 09 2011

David Sole se recortaba a  menudo la manga izquierda de su pesada camiseta de algodón azul marino, con un cardo bordado en el pecho. Pilar del lado abierto y capitán de Escocia, Sole conocía por experiencia la importancia de las escenografías. La asimetría de su camiseta tenía una razón práctica: evitar que el pilar derecho contrario se aferrara cómodamente a su brazo en la melé y le tirara para abajo, evitando su empuje por hundimiento. También cumplía un efecto disuasorio: un primera línea ha de tener un aspecto amenazador desde el mismo instante de su salida al campo. A ello contribuye su fisonomía, evidente, pero hay que multiplicar el impacto del conjunto. Un primera línea ha de ser temido no sólo por lo que es, sino por lo que está dispuesto a hacer. Por su bravura, porque tanto más responderá cuanto más se le castigue; por su trapío, porque nadie quiere que le caiga encima; por su casta, por fiereza, por su inquebrantable entrega a la causa.

Sole sabía todo eso. Se cortaba la manga de la camiseta, aquella camiseta que aún no producía beneficios a las unions, porque ni siquiera estaban comercializadas por las marcas que las manufacturaban. Cualquiera podía hacer una copia y venderla. Y aquel día de 1990, el día en que Escocia le ganó el Grand Slam a Inglaterra en un partido memorable en el viejo Murrayfield, Sole hizo algo más: sacar a su equipo al campo en fila con una estudiada lentitud, donde todo el mundo aguardaba que entrasen al campo al galope, mientras en el estadio tronaba el entusiasmo. La puesta en escena provocó una respuesta enfervorizada del público, cuyo griterío creció desproporcionadamente mientras los escoceses avanzaban hasta el centro del campo y se disponían a entonar por primera vez el himno estrenado ese día: Flower of Scotland. La inflamación duró los 80 minutos y Escocia obtuvo una de las victorias más sonadas de su historia (13-7) con un ensayo del imberbe Tony Stanger. Y, jugando y defendiendo al ritmo de tambores de guerra, mandó a los ingleses a pensárselo otra vez, como reza el himno.

David Sole, con su ancha cinta, al frente del equipo escocés que ganaría el Grand Slam de 1990 a los ingleses: una imagen inspiradora de fiereza y determinación -escritas en la cara de los protagonistas-, y que enmarca el espíritu que presidirá el partido de este sábado.

Algo así necesitará esta vez. Pasión desatada, licuada en rugby. El espíritu de Bannockburn, el espíritu del capitán Sole. Inglaterra y Escocia han sostenido su rivalidad durante los últimos 140 años y la han reeditado en 124 partidos, desde que en 1871 jugaron el primer test internacional de la historia del rugby en Raeburn Place, Edimburgo. El registro indica superioridad para los ingleses: 66 victorias contra 41, más 17 empates. Y sólo en una ocasión anterior se han medido en la Copa del Mundo: la semifinal de 1991 en Murrayfield, resuelta a favor de los ingleses (9-6) en una ventosa tarde, gracias a un drop repleto de frialdad de Rob Andrew. El partido del sábado presenta una novedad: es la primera vez que los dos viejos enemigos se miden en territorio neutral.

El equipo de Martin Johnson ha ganado sus tres partidos en este Mundial y, así y todo, no tiene matemáticamente asegurada su clasificación para cuartos. Nadie duda de que la conseguirá, sin embargo, porque asegurar un punto bonus, incluso perdiendo, le daría la clasificación. Pero enfrente está su Auld Enemy, una Escocia que desconoce los complejos a pesar de las evidencias que ha dejado su rugby durante las últimas semanas. Tal vez, claro, desde hace años. Si Escocia convierte Eden Park en territorio escocés, el partido entrará de inmediato en los anales de la historia, porque su repercusión es incomparable a cualquier otro enfrentamiento.  Escocia necesita ganar por al menos ocho puntos (cosa que no ocurre desde los ochenta) y hacerlo con punto bonus (cuatro ensayos anotados, cosa difícil porque le cuesta muchísimo hacer uno, como se demostró ante Argentina); Inglaterra, para no quedar fuera, ha de perder por menos de siete puntos (lo que le daría el bonus perdedor).

Andy Robinson (ex técnico en el equipo de Clive Woodward que dirigió a la Inglaterra campeona del mundo en 2003… y luego seleccionador inglés durante un breve periodo de 15 meses) quiere que, si Escocia ha de volver a casa -algo muy probable tras su descorazonadora derrota contra los argentinos- lo haga con el discutible honor de haber jugado a lo que han querido jugar. Para ello ha convocado un equipo ligero (seis cambios con respecto al choque con Argentina, Vernon y Kellock en la tercera; Mike Blair de medio de melé; Danielli y Evans en las alas, con Ansbro en el segundo centro). Un equipo dispuesto a hacer correr a los pesados ingleses, armar un partido en campo abierto y tratar de ganar en los breakdowns, los agrupamientos, por velocidad, fiereza y disciplina. Ahí es donde el equipo de Johnson ha mostrado una despreocupada tendencia a cometer golpes de castigo. Prefieren una infracción a que les ganen la espalda. Así que el pie de Patterson y compañía puede tener mucho que ver en la decisión del choque. En Inglaterra casi nada cambia, lo que viene a ser una forma muy inglesa de afrontar las cosas. Wilkinson es inamovible, a pesar de su rara inseguridad con el pie y del asunto del cambio de los balones en un partido anterior, que ha resultado en la sanción de dos de los asistentes de Martin Johnson. Vuelve en la segunda el interminable Courtney Lawes, tras dos partidos de suspensión por intentar aplastar con un codo a un rival argentino. Y Cueto se queda fuera para ceder el carril de los velocistas a Delon Armitage.

Próximos partidos
Resultados y clasificaciones





James 1990

29 09 2011

De pronto, un día, la gente comenzó a invadir el escenario. Aún hoy se hace en cada concierto: hay que hacerlo. Y espero que se haga el sábado. James lo permite, James lo quiere. La gente también comenzó a sentarse en la platea. Multitudinarias sentadas, como aquéllas de la rebelión de los pelos largos en San Francisco, muchos años antes, frente a los cañones de agua. Sit Down, su himno de siempre, publicada en el formato sencillo el año anterior, había explotado como una bomba en las pistas de baile de los clubes nocturnos de Inglaterra. Especialmente en los de Manchester, desde luego. Particularmente en The Haçienda, la zona cero del terremoto mancuniano. Empezaron a menudear las etiquetas: el secreto mejor guardado de Manchester, el orgullo de la ciudad. Estaban hablando de James. Podrían hablar de mil grupos, pero era James. En el verano de 1990 alguien me preguntó si querría trabajar en un diario deportivo que iba a nacer en septiembre. Ahora parecerá mentira o una impostación, pero en aquellos días ni siquiera había imaginado trabajar en deportes. Había atravesado el ecuador de mi carrera sin ninguna celebración (después de muchos conflictos interiores y algunos con el entorno decidí que había que olvidar esos años cuanto antes, así que me fundí con el paisaje y radicalicé mi discrección), sin pisar un diario en prácticas (los veranos eran para ir a la piscina) y sin pensar ni un solo minuto en el futuro. Ese era yo, como ahora. De repente el futuro me explotó delante y se hizo presente: no podía ser de otro modo. Ocurrió también con James: firmaron con Fontana, publicadon Gold Mother con enorme éxito, triunfaron en Glastonbury, giraron por toda Europa y por Estados Unidos y, después, regresaron a casa como campeones del mundo, mientras la selección de Inglaterra que más me ha gustado en mi vida alcanzaba las semifinales del Mundial de Italia, tal vez el torneo que (salvando lo de Sudáfrica) mejor me lo haya hecho pasar nunca. James llenaron el G-Mex Arena de Manchester. La emocionantísima versión que hicieron de Sit Down, incluida en la reedición de Gold Mother, sellaba el ya inquebrantable lazo que los ha unido siempre a su gente. Y por eso, emulando a todos sabemos quién, en agradecimiento a su éxito se subieron a las ocho de la mañana de un día a finales de enero en una azotea y provocaron el caos en el centro de Manchester: 5.000 incondicionales embotellaron las calles de baile, música y voz. Y el tour Come Home Live ’90 disparó a James, hasta ponerlos en la órbita de uno de los mejores productores de todos los tiempos, y el que transformó de modo duradero su música: el inefable Brian Eno. James estaban en casa y habían triunfado. Yo volví a casa para quedarme. Y así pude empezar a desear volver a irme… en defensa de mi siempre contradictorio espíritu. Cantándome a mí mismo canciones en las horas más oscuras, “secrets I can’t keep / inside of the day…”.

Dos días y medio y estamos ahí…





James, 1989

28 09 2011

Los propios James, cuando rememoran su trayectoria, identifican el año 1989 como El Año de los Siete Magníficos. Puede ser el año en que todo empezó, en muchos sentidos. Tim Booth, Jim Glennie y Larry Gott buscaban un baterista que llenara el hueco dejado por Gavan Whelan y se encontraron un baterista, un teclista, un violinista y un trompetista: por orden, Dave Baynton-Power, Mark Hunter, Saul Davies y Andy Diagram. La formación clásica de siete en James. Hacia 1989 todas las cartas estaban ya boca arriba y uno cursaba el segundo año de periodismo en primaria soledad y bordeando un precipicio emocional al que no dejó de asomarse durante años. Eso pasa por elegir mal. Que luego, como sabrían los propios James, hace falta encontrar algo mejor, si eso es posible, o levantar uno su propio negocio. En este caso, una vida adulta muy incomprensible todavía. Para James, un sello discográfico propio, One Man Clapping, con el que obtuvieron un número 1 en las listas independientes y muchas actuaciones en las que ir encontrando un sonido diferencial en la profusa, muy brillante y siempre evolutiva escena mancuniana. Todos teníamos que encontrar entonces nuestro propio lugar en el mundo. Y entendernos con una mente y un cuerpo en implacable rebeldía. En aquellos tiempos, James giró de forma continua y lo hizo junto a algunas de las bandas emergentes de la post new wave: los Happy Mondays, por ejemplo; y unos incipientes Stone Roses. Nada menos. La cultura de club se había desatado y James buscaba su espacio. Todo se había desatado, lo legal y lo ilegal. En octubre de 1989 participaron en el Futurama Festival de Bradford y de aquella actuación procede este Sandman, elegido por la aparición sobre el escenario de dos glorias de la diversión, el genio musical, el ritmo y el exceso en el más amplio sentido del término: Shaun Ryder, compositor, cantante y alma de los Happy Mondays. Con camisa blanca, aporreando un cencerro. Y su compinche Bez con una pandereta, tal vez tocándola, como a veces hacía con las maracas; tal vez sólo girando con ella por el escenario. Bez era el amigo de juergas al que los Happy Mondays convirtieron en perdurable ídolo al permitirle interpretar sus incalificables bailes durante las actuaciones de la banda, sobre el escenario. Acabó siendo uno de sus miembros más identificables. En 1989 nosotros empezábamos a parecernos a lo que seríamos, que por cierto se parecía poco a lo que habíamos sido. Todo se había vuelto muy extraño. Estos son James, en 1989, en Bradford: con Shaun Ryder y Bez haciendo de eso… Shaun Ryder y Bez. Y para extraña, la americana de cuadros de Tim Booth… So eighties!

Quedan poco más de tres días…





James, 1988

28 09 2011

En 1985, James exigió mayor promoción para James II, su segundo EP, por parte de Factory Records. La disputa se resolvió cuando la banda salió de la habitación de Tony Wilson y, consiguientemente, del sello, para trasladarse a Sire. Allí publicarían su primer álbum, Stutter, al año siguiente, con un tema que se iba a hacer legendario y que todavía conforma una de las piezas más interpretadas por James en sus giras: se llamaba Johnny Yen, y el personaje que le daba su nombre al título estaba extraído de la canción Lust For Life, de Iggy Pop: “Ahí viene Johnny Yen / Con su alcohol y sus drogas / Y su aparato de carne / Dispuesto a hacer otro strip-tease”. Era 1986. El Barcelona perdió todas sus finales,  incluida la que le ganó el Zaragoza en el Calderón, y ese verano Maradona dejó un reguero de ingleses tirados por el suelo en un vuelo celestial, algunos años antes de arrojarse al vacío. Uno dejó el fútbol para siempre, a la vuelta de un partido en el que vio a sus compañeros destrozar medio vestuario por frustración con el árbitro. Una carrera corta; un cadáver bonito. No había para más. Distinguió el agrio sabor de la vida mezclado en el fondo de una jarra de cerveza. Éste es el año en el  que James escriben Sit Down y la estrenan en una actuación exclusiva para Radio 1. “Aquéllos hayan sentido el aliento de la soledad / Que se sienten a mi lado / Los que crean estar tocados por la locura / Siéntense conmigo / Esos que se vean a sí mismo ridículos…/ Que se sienten conmigo / En el amor, en sus miedos, en el odio, en las lágrimas”. Esa llamada nos alcanzó tarde, pero nos incluía. Ya entonces lo bonito y lo feo se entremezclaban con un desorden terrible, al punto de hacer imposibles las distinciones. Al fondo, siempre y cada día, ya sonaban los Beatles, a todas horas. En Inglaterra sonaba, ya en 1988, después de un año de tensiones con Sire, el segundo elepé de James, Strip-Mine, con un single llamado “What For?”, al que la discográfica no le sacó el partido suficiente. Vendió menos que el primer disco. Gavan Whelan dejó la banda. Y el resto acabaron marchándose y levantando su propio sello.

Quedan menos de cuatro días…





James, 1985

27 09 2011

El 21 de diciembre de 1983, España le metió 12 goles a Malta y José Ángel de la Casa lo celebró soltando un memorable gallo al gritar “¡Gol, gol de Señooor, gol de Señooor…!”. Un mes antes, en noviembre, James habían publicado su Jimone, un EP con los tres peores temas que pudieron encontrar de su aún exiguo repertorio: What’s The World, Folklore y Fire So Close. El motivo de esa elección a contracorriente, sostiene su biógrafo Stuart Maconie, el deseo de “no quitarles brillo en el estudio a sus mejores canciones”. Tal vez la mayor gloria de aquel primer trabajo, que vendió mil copias, fue ser el single de la semana en la revista New Musical Express y, sobre todo, que dos de sus compradores eran dos jóvenes llamados Steve Morrissey y Johnny Marr, aka… los Smiths, que versionarían después What’s The World. Uno, en aquellos días, pasaba muchas horas de esplendor en la hierba, durante el verano. Algunas con chicas y entre inocentes juegos de cartas, otras con un balón y una fila de botellas de cristal de 1 litro de Coca-Cola en juego… y otras varias mezcladas. El resto del año tocaban campos de tierra y juegos invernalmente insulsos. Mientras, allá arriba en North Engerland, aquel movimiento desordenado de un grupo fenomenal, pero aún larvado, llamó la atención de las dos más finas antenas musicales de Inglaterra en esos días: el extraordinario John Peel, que los llevó a hacer una sesión en su programa de la BBC Radio 1, y Tony Wilson, presentador de programas musicales (y otras variedades) en Granada TV, creador del sello Factory Records. Los educadores musicales de una y varias generaciones de melómanos británicos. Wilson fue quien juntó a James aquel año para subirse al escenario con otra de las bandas de su cuadra, New Order: primero en el State’s Ballroom de la ciudad de Liverpool; más tarde, y sobre todo, en la legendaria Brixton Academy de Londres, su primera aparición importante en la capital. Después de que Arconada se pasara el tiro libre de Platini por debajo de la axila en el Parque de los Príncipes, y que el imberbe signor Somniloquios anotara un rarísimo gol de cabeza que contribuiría a hacer campeón de Copa a su equipo de fútbol frente al Real Zaragoza (profético), el guitarrista Larry Gott se unió a James. Él entro por una puerta y Paul Gilbertson salió por la otra: sólo coincidirían en un concierto. Era 1984. El año que George Orwell había imaginado para la implantación de su Gran Hermano y otras exageraciones que se iban a quedar cortas. Y el año en que James fue invitado por los Smiths a acompañarlos en una gira de nueve fechas por la República de Irlanda. En 1985, impulsados sobre otro EP llamado -en el estilo prosaico de Factory- apenas James II, saltarían a un escenario mayor como el Festival de Glastonbury y el WOMAD. Y, sobre todo, a la gira Meat is Murder de los Smiths. De aquellos días viene este Scarecrow. Con su jersey de perlé azul cielo, clavado en medio de un campo de maíz, efectivamente Tim Booth podría espantar algún pajaro.

Faltan cuatro días y medio…





James, 1983

27 09 2011

En 1980, nosotros ya nos llamábamos como nos llamamos ahora, pero James se llamaba Venereal and The Diseases. En realidad, eran sólo un embrión de James, con tres nombres: James Glennie, bajo, Paul Gilbertson, guitarra, y Gavan Whelan, baterista; y nosotros apenas un embrión de nosotros mismos, aunque con la semilla de El Gran Error ya incrustada: habíamos leído Miguel Strogoff, de Julio Verne, y nos fascinaban dos personajes: Alcides Jolivet y Henry Blount, periodistas. Pensamos que queríamos hacer lo que hacían ellos y contar las aventuras del correo del Zar u otros personajes. A esa determinación vocacional la han dado en llamar los historiadores El Gran Error. Nos interesaba más el baloncesto que el fútbol, o eso nos parece ahora porque recordamos mucho más nítidamente a sus personajes de esos días. En la habitación teníamos un póster de Walter Szcerbiak con el Real Madrid y otro con el cartel de la película Grease. Tal vez aquel Se Busca con la imagen hippie de Jesucristo. Algo más tarde, los chicos de Manchester pasaron a responder por Volume Distortion y ese año tocarían con The Fall en el Polish Cavendish Hall de su ciudad, bendita ciudad. En 1982 nosotros admirábamos a Kevin Keegan y aprendimos algunas cosas sobre la fatalidad en aquel verano de Naranjito, cuando probablemente se forjó un trauma de carácter generacional sólo extirpado en Sudáfrica. Entonces ellos pasaron a llamarse Model Team International.  Y, cierta noche en la discoteca de la Universidad de Manchester, aquellos tres o alguno de ellos (Paul Gilbertson, cuentan) se fijaron en un tipo flaco que bailaba con evidente desorden de miembros y le propusieron bailar para ellos. Tim Booth, demasiado borracho para responder de acuerdo a la leyenda, encontró a la mañana siguiente un número de teléfono escrito sobre el dorso de su mano. Marcó. Poco después se llamaron Tribal Outlook y, enseguida, James, culminando la búsqueda de un nombre sencillo e impersonal. Y los tres miembros de la banda le pidieron a un guitarrista local, Larry Gott, que les enseñara algunos trucos con el instrumento. En 1983, el sello Factory (inventor, inspirador e impulsor del movimiento Madchester, que iba a cambiar la música popular inglesa y mundial para siempre) los invitó a tocar en su club, The Haçienda. Hicieron, por ejemplo, Discipline, con Gilbertson y Whelan intercambiando sus instrumentos; Glennie al bajo; y Booth en la voz… O Voz en la booth…

Faltan cinco días…