Grupo A: Los fantasmas visten de azul

8 09 2011

Nueva Zelanda, Francia, Japón, Canadá y Tonga

Sonny Bill Williams, rugbier y boxeador profesional, será el primer centro de Nueva Zelanda en el debut contra Tonga. Una picadora de carne superlativa, no. siempre centrado en las obligaciones requeridas para el rugby

Nueva Zelanda es el favorito por la gracia de Dios y de Dan Carter, su medio de apertura, el número 10 que parece la reunión de todas las esencias destiladas de más de cien años del juego. Juegan con el viento de su público a favor, lo que siempre les inflama, pero con una reunión de obsesiones en contra. Lo que en inglés llaman choking, que viene a significar dar un gatillazo en el momento más inconveniente. ¿Por qué se habla tanto de las debilidades, presuntas, de los All Blacks? Sólo se me ocurre este motivo: por economía narrativa. Es más fácil y rápido (también más prestigioso, vistas las últimas copas del mundo) que glosar sus virtudes. Se habla mucho del peligro de una lesión de Carter porque su recambio, Colin Slade, no alcanza el estándar. Al punto de que en el último Tri Nations Graham Henry llegó a probar al rotundo Piri Weepu de apertura y de pateador, lo que permitió un cierto espectáculo de pintorescas variedades que pudimos soportar porque Weepu es uno de nuestros personajes favoritos. Lo mismo lo podrían haber maquillado con un vestido de noche y que cantase algún aria de Aida. Atrás debutará NZ con un trío sorprendente: Israel Dagg (eléctrico, atendible por lo que yo sé de él), Kahui como zaguero y Toeava en el ala. La gran noticia es la incorporación de Sonny Bill Williams (jugador de rugby y boxeador profesional de los pesos pesados) en el primer centro, desplazando a Nonu al segundo. Cowan será el medio melé. Delante, a los All Blacks les ha faltado algo de dinamismo por lo que yo les he visto: porque Mealamu ya no es aquel dardo que solía, y porque Franks, Woodcock o Hore son pilares de embestida mortal, pero corta. Fenomenales para las fases estáticas, menos dados a retozar al aire libre. Y lentos en la defensa de los relanzamientos, como muy bien sabe el australiano Will Genia. El problema de esa defensa interior, cerca de los agrupamientos, asoma también en la tercera sin el ocho Kieran Read, lesionado. A él y a Thompson (un tercera sobrio en exceso), también roto en la conclusión del Tri Nations, los relevarán para el primer partido Kano y el más bisoño Victor Vito, un muchacho que por aspecto y nombre podría hacerle trabajitos a Tony Soprano o a la organización Spektra. Richie McCaw, mientras, seguirá con su existencia en el mundo subterráneo, en permanente acción mutante sobre los dos lados de la ley. Todo esto para decir que, en realidad, mucho dependerá de su gestión de las ansiedades y de que logren ser el equipo defensor de la primera vuelta del Tri Nations, y no el de la segunda. No todo va a ser alegría. También Brasil tuvo que poner un día a Mazinho y Mauro Silva para reconquistar el mundo. Pronóstico: todo lo que no sea ganar es un fracaso; todo lo que no sea la final será inexplicable.

Dusautoir, Oueadrogo y Picamoles, la tercera más aceptable de la actual Francia, con permiso de Lievremont, retoza en una sesión de entrenamiento previa al Mundial. Como siempre, Francia es un interrogante antes del torneo.

Francia es la archinémesis de los All Blacks. Y no sólo por sus célebres victorias. También por idiosincrasia: los franceses hacen la contraria, pasarse cuatro años dando que hablar y extendiendo prejuicios: el preferido ahora es el de la noria decisoria de su alineador, Marc Lievremont, como antes lo fue la indisciplina. Otra vez, si hay que hablar de lo que tienen, tienen de todo. Y todo bueno. Por tener bueno hasta tienen la ausencia de Chabal, un producto mediático tan opinable. Pero no faltan los hombres que dan miedo. Una primera con tanta veteranía como oficio y, si se da la ocasión, ese punto de brutalidad que ha distinguido de toda la vida a los delanteros franceses: Szarzewksi, la versión salvaje del efébico Tadzio de Muerte en Venecia, los leñadores Mas y Servat o el dionisíaco Barcella, de cuyo estado de forma se duda por una lesión reciente en el tendón de Aquiles… Y luego sus segundas, siempre tan competentes (Nallet, Bonnaire, Pape). Más dudas crea la tercera, donde todo parece estar abierto, salvo por la presencia del arrollador Picamoles. Pero hay variedad y a uno siempre le va a gustar (aun echando de menos a un Betsen, la finura táctica de Dusautoir y la carismática locura competitiva de Harinordoquy.  De ahí hacia atrás, mucha luz y alguna sombra. Los pies y las manos de Morgan Parra y Yachvili, los medios de melé. Hay dudas en el apertura con Trihn-Duc. Pero cualquiera debería guardarse de un equipo con un fondo terrible a la contra, que corre y pasa en ángulos al estilo del hemisferio sur: Palisson y Medard por afuera, Rougerie y Heymans por dentro. Irlanda lo sufrió. Una vez más, los fantasmas (los de Nueva Zelanda) visten de azul. Mejor ahora que en un cruce posterior, claro… Pronóstico: el mayor problema de Francia es… Francia. También su mayor virtud. Capaces de todo, a uno no le extrañaría verlos en semifinales… si Lievremont sostiene unido al grupo. Pero es un disparo al aire.

El enfrentamiento entre Francia y NZ marcará la culminación del grupo. Pero por detrás hay tres equipos interesantes, de los que cabe esperar batalla sostenida y rugby para hombres. Tonga, Canadá y Japón van a jugarse entre sí ese tipo de partidos a cara de perro hechos para iniciados, para psicópatas del juego, en busca descarnada de un tercer puesto. Canadá presenta un equipo con 13 veteranos de la última Copa del Mundo y un chico que juega de ala, Taylor Paris, que a los 18 puede ser el debutante más joven en la historia del Mundial de rugby. Sobre la base de la experiencia y dos victorias recientes contra Estados Unidos en casa y a domicilio, Canadá se siente capaz de imponerse al campeón asiático, Japón, y disputarse el tercer puesto de esta zona A con Tonga. Japón llega de la mano de una leyenda como John Kirwan, cuyo objetivo es toda una declaración de intenciones: “Queremos ganar dos partidos”. En sus seis apariciones anteriores en la Copa del Mundo sólo han logrado un triunfo y un empate. De los tonganos, mientras, se puede esperar espectáculo, para bien o para mal. Si Tonga parece ir algo por delante (hasta en apoyo, porque 4.000 incondicionales les recibieron a su llegada  a Nueva Zelanda) es por su aproximación deliberadamente física al juego. A los tonganos les gusta jugar al rugby como animales. Lo suyo es el contacto físico, los placajes severos, la colisión de trenes. Y algo de punching si se tercia: tienen el récord disciplinario de haber visto tres tarjetas rojas en un partido del Mundial. Y hasta siete amarillas en un choque contra Francia… Dicen haber dejado atrás la vida peligrosa, pero no tanto: avisan de que no van hacerse los simpáticos contra los All Blacks (el primer partido del torneo) y que no aspiran a ganarles jugando al rugby como Sudáfrica o Australia. Son un equipo pintoresco: el entrenador, Isitolo Maka, es hermano del capitán, Finau Maka. Y la IRB tiene a su federación en el punto de mira después de que el presidente fuera destituido este pasado verano desde el parlamento de la nación, en una bananera iniciativa capitaneada por un presidente anterior, que lo acusaba de llevárselas crudas. Como se ve, Tonga es un equipo que promete diversión. Pronóstico: dolor articular y hematomas musculares.Refriegas intestinas en melés y otras fases cerradas del juego. Guerra de guerrillas y caza mayor. Canadá tercera de grupo, Tonga cuarta, Japón quinta. O en cualquier otro orden…

Próximos partidos

Viernes 9 de septiembre
Grupo A – Nueva Zelanda-Tonga (10:30 hora española, Canal+ Deportes)





La Haka contra el mundo

8 09 2011

En su prematuro lecho de muerte, Bobby Deans aseguraba a quien aún quisiera oírle: “Fue ensayo”. No era un delirio, sino la honesta declaración postrera referida a una de las jugadas más célebres de la historia del rugby: el ensayo jamás concedido a los All Blacks Originals, como aún se conoce a aquel equipo que disputó 35 partidos en una gira de cinco meses por Gran Bretaña y Estados Unidos. La decisión supuso la primera derrota de su historia en suelo europeo. Fue en el Arms Park de Cardiff, el 16 de diciembre de 1905. El colegiado John Dallas -que vestía de calle como era costumbre entonces- llegó con retraso a la culminación de la jugada y desautorizó la supuesta marca de Deans, al considerar que el placaje final lo había frenado antes de alcanzar la línea galesa. Deans, muchos testigos, el vehemente Daily Mail y varios jugadores galeses reconocerían después que Deans había pasado por lo menos 15 centímetros la línea de marca, y que fue arrastrado hacia atrás posteriormente. Dallas dio melé, Gales ganó 3-0 y Bobby Deans se murió a los 24 años, dramáticamente joven, víctima de las complicaciones de una operación de apéndice. De él se cuenta que era un hombre sano. No fumaba, no bebía, era un trescuartos con planta de duque. Jugaba con honestidad y no mentía. Aún hoy, para muchos kiwis el viejo estadio de Arms Park sigue siendo, ante todo, aquel lugar en el mundo en el que Deans nunca marcó su ensayo.

Piri Weepu, el medio de melé de los All Blacks, agitador habitual en los últimos tiempos de la Haka maorí con la que Nueva Zelanda desafía a sus contendientes: esta vez Weepu llama a una carga enérgica contra el mundo entero, los enemigos exteriores y, sobre todo, los muy juguetones e irreverentes fantasmas íntimos.

Sólo cinco selecciones han logrado vencerle un partido a los All Blacks en todos los tiempos: Australia, desde luego, Sudáfrica, Francia, Inglaterra y… Gales, ese día. Desde aquellos partidos asombrosos de 1905 que descubrieron al hemisferio norte la histriónica danza maorí llamada Haka y el rugby de ataque global de los chicos de negro, los All Blacks son generalmente considerados el mejor equipo de rugby del mundo. Pero esa convención anda en entredicho desde que en 1991 Australia la apartó de la final de la Copa del Mundo y abrió una sonora retahíla de decepciones cuatrienales: perdieron la final del 95 con Lomu de su lado, contra el hoy ya legendario y cinematográfico equipo de Mandela, Pienaar y Joel Stransky; protagonizaron una gloriosa semifinal frente a Francia en 1999, gloriosa porque aquél fue uno de los partidos más subyugantes de toda la historia de este deporte; pero terrible por la inasumible dimensión de la derrota contra los bleus (31-43); Australia les apartó en 2003 de la final que convertiría el pie derecho (y el izquierdo) de Jonny Wilkinson en reliquias modernas de la iglesia anglicana, a su diez en un héroe de leyenda y al rugby en deporte planetario. Y Francia volvió a eliminarlos, esta vez en cuartos, en el último Mundial, con un endiablado ejercicio defensivo que mezclaba el boxeo con las matemáticas, que hizo de cada placaje y cobertura una incuestionable operación de álgebra, y que permitió a los galos remontar un 13-0 y poner a los All Blacks “a jugar al ping-pong”, tal y como lo definió más tarde el capitán Richie McCaw.

La noticia histórica subraya, por si hiciera falta, la dimensión del imperativo que soportan los All Blacks en la Copa del Mundo que mañana, 24 años más tarde, regresa a Nueva Zelanda. Como siempre, esto trata de si los All Blacks ganan o no ganan. Hay otros subtextos, desde luego, y  en el análisis que viene en los próximos días los iremos desgranando, tal vez con más humor e intuiciones que rigor académico. Pero el titular se levanta por sí solo como un cartelón: esto es la Haka contra el mundo. Y en casa, en suelo neozelandés, en ese país donde los hombres llegaron a declarar en una vieja encuesta que preferirían ganarle un partido a Australia antes que pasar una noche con Elle McPherson. Así que la ocasión conlleva un elevado tanto por ciento de drama anticipatorio, lo que le agrega relieve escenográfico a un torneo de cinco semanas, que ya de por sí resulta fascinante, una explosión en supernova del deporte de nuestras vidas. Este mes y medio se va a llevar por delante unas cuantas madrugadas y varios amaneceres. Es de ley. Cuando uno duda si el fútbol le gustará tanto como se ha acostumbrado o bien obligado a pensar, ha de recurrir al baremo indispensable del rugby para poner las cosas en su sitio. Ahí se distingue el tamaño exacto de cada pasión, incomparable de todo punto. Resulta imposible dejar de jugar al rugby como resulta imposible dejar de ir de cuando en cuando a tumbar pintas con los amigos. El rugby es una noche feliz, una lifara de risotadas, una juerga hasta que se hace de día, una desparramada resaca juvenil. Es así siempre y cada vez. Por eso se trata de un placer irrenunciable, del que no resulta natural despedirse. No hay que hacerlo. No es necesario. No debe ocurrir y nadie puede exigirlo. Puede que nosotros no fuéramos tan gallardos de renunciar a una velada haciéndole cosquillas a la señorita McPherson, pero sí nos alcanza para proclamar que sólo hay una cosa que nos pueda gustar (casi) tanto como jugar al rugby: ver la Copa del Mundo de rugby.