La Haka contra el mundo

8 09 2011

En su prematuro lecho de muerte, Bobby Deans aseguraba a quien aún quisiera oírle: “Fue ensayo”. No era un delirio, sino la honesta declaración postrera referida a una de las jugadas más célebres de la historia del rugby: el ensayo jamás concedido a los All Blacks Originals, como aún se conoce a aquel equipo que disputó 35 partidos en una gira de cinco meses por Gran Bretaña y Estados Unidos. La decisión supuso la primera derrota de su historia en suelo europeo. Fue en el Arms Park de Cardiff, el 16 de diciembre de 1905. El colegiado John Dallas -que vestía de calle como era costumbre entonces- llegó con retraso a la culminación de la jugada y desautorizó la supuesta marca de Deans, al considerar que el placaje final lo había frenado antes de alcanzar la línea galesa. Deans, muchos testigos, el vehemente Daily Mail y varios jugadores galeses reconocerían después que Deans había pasado por lo menos 15 centímetros la línea de marca, y que fue arrastrado hacia atrás posteriormente. Dallas dio melé, Gales ganó 3-0 y Bobby Deans se murió a los 24 años, dramáticamente joven, víctima de las complicaciones de una operación de apéndice. De él se cuenta que era un hombre sano. No fumaba, no bebía, era un trescuartos con planta de duque. Jugaba con honestidad y no mentía. Aún hoy, para muchos kiwis el viejo estadio de Arms Park sigue siendo, ante todo, aquel lugar en el mundo en el que Deans nunca marcó su ensayo.

Piri Weepu, el medio de melé de los All Blacks, agitador habitual en los últimos tiempos de la Haka maorí con la que Nueva Zelanda desafía a sus contendientes: esta vez Weepu llama a una carga enérgica contra el mundo entero, los enemigos exteriores y, sobre todo, los muy juguetones e irreverentes fantasmas íntimos.

Sólo cinco selecciones han logrado vencerle un partido a los All Blacks en todos los tiempos: Australia, desde luego, Sudáfrica, Francia, Inglaterra y… Gales, ese día. Desde aquellos partidos asombrosos de 1905 que descubrieron al hemisferio norte la histriónica danza maorí llamada Haka y el rugby de ataque global de los chicos de negro, los All Blacks son generalmente considerados el mejor equipo de rugby del mundo. Pero esa convención anda en entredicho desde que en 1991 Australia la apartó de la final de la Copa del Mundo y abrió una sonora retahíla de decepciones cuatrienales: perdieron la final del 95 con Lomu de su lado, contra el hoy ya legendario y cinematográfico equipo de Mandela, Pienaar y Joel Stransky; protagonizaron una gloriosa semifinal frente a Francia en 1999, gloriosa porque aquél fue uno de los partidos más subyugantes de toda la historia de este deporte; pero terrible por la inasumible dimensión de la derrota contra los bleus (31-43); Australia les apartó en 2003 de la final que convertiría el pie derecho (y el izquierdo) de Jonny Wilkinson en reliquias modernas de la iglesia anglicana, a su diez en un héroe de leyenda y al rugby en deporte planetario. Y Francia volvió a eliminarlos, esta vez en cuartos, en el último Mundial, con un endiablado ejercicio defensivo que mezclaba el boxeo con las matemáticas, que hizo de cada placaje y cobertura una incuestionable operación de álgebra, y que permitió a los galos remontar un 13-0 y poner a los All Blacks “a jugar al ping-pong”, tal y como lo definió más tarde el capitán Richie McCaw.

La noticia histórica subraya, por si hiciera falta, la dimensión del imperativo que soportan los All Blacks en la Copa del Mundo que mañana, 24 años más tarde, regresa a Nueva Zelanda. Como siempre, esto trata de si los All Blacks ganan o no ganan. Hay otros subtextos, desde luego, y  en el análisis que viene en los próximos días los iremos desgranando, tal vez con más humor e intuiciones que rigor académico. Pero el titular se levanta por sí solo como un cartelón: esto es la Haka contra el mundo. Y en casa, en suelo neozelandés, en ese país donde los hombres llegaron a declarar en una vieja encuesta que preferirían ganarle un partido a Australia antes que pasar una noche con Elle McPherson. Así que la ocasión conlleva un elevado tanto por ciento de drama anticipatorio, lo que le agrega relieve escenográfico a un torneo de cinco semanas, que ya de por sí resulta fascinante, una explosión en supernova del deporte de nuestras vidas. Este mes y medio se va a llevar por delante unas cuantas madrugadas y varios amaneceres. Es de ley. Cuando uno duda si el fútbol le gustará tanto como se ha acostumbrado o bien obligado a pensar, ha de recurrir al baremo indispensable del rugby para poner las cosas en su sitio. Ahí se distingue el tamaño exacto de cada pasión, incomparable de todo punto. Resulta imposible dejar de jugar al rugby como resulta imposible dejar de ir de cuando en cuando a tumbar pintas con los amigos. El rugby es una noche feliz, una lifara de risotadas, una juerga hasta que se hace de día, una desparramada resaca juvenil. Es así siempre y cada vez. Por eso se trata de un placer irrenunciable, del que no resulta natural despedirse. No hay que hacerlo. No es necesario. No debe ocurrir y nadie puede exigirlo. Puede que nosotros no fuéramos tan gallardos de renunciar a una velada haciéndole cosquillas a la señorita McPherson, pero sí nos alcanza para proclamar que sólo hay una cosa que nos pueda gustar (casi) tanto como jugar al rugby: ver la Copa del Mundo de rugby.

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2 responses

8 09 2011
rugbysev

oye me ha gustado mucho esta entrada puedo ponerla en la web helvetiarugby.com citando y enlazando la fuente por supuesto.

8 09 2011
ornat

Desde luego que sí. Gracias y adelante.

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