La caída de los dioses

19 09 2011

La crítica australiana no se ha tomado nada bien la sorprendente derrota de los Wallabies frente a Irlanda (15-6). No hubo ensayos, pero desde cualquier punto de vista fue un partido memorable, uno de esos episodios que van a perdurar en la historia de la Copa del Mundo. En la prensa wallaby no han ahorrado adjetivos y construcciones hirientes para subrayar el ruidoso cataclismo propiciado por la vieja Irlanda, donde corrió la cerveza negra para celebrar un triunfo inesperado, oculto tras aquellas sabias palabras de Ronan O’Gara antes de la RWC: “Podemos ser patéticos o sublimes”. Ahí abajo (down-under, como dicen los anglosajones), en Australia, lo que corrió fue la sangre. En el campo, primero, porque la batalla fue un crujir de huesos permanente. Y a continuacion centellearon los cuchillos en las salas de redacción. El Sydney Morning Herald: “No hay mayor vergüenza que ésta para el rugby australiano. Los Wallabies quedaron otra vez como un equipo de segunda fila ante uno de los perdedores del rugby mundial”. La inevitable petulancia del juicio (eso de considerar un equipo de perdedores a los irlandeses que te acaban de ganar), casa mal con otra de las acusaciones, individuales y colectivas, que se le han hecho al equipo de Robbie Deans. The Australian: “Quade Cooper quedó como una estrella de andar por casa (…). Los Wallabies afrontaron el partido con demasiada altanería. Desde los tweets sobraditos a la casi arrogancia de las ruedas de prensa, las sonrisas de suficiencia se han convertido en gestos de contrariedad, a la vista de la montaña que van a tener que afrontar”.

Foto: Ryan Pierse / Getty Images

Una imagen hiperrealista de lo que sucede en eso que viene a llamarse ruck: el segunda irlandés Paul O'Connell parece jugar al Enredo con unos cuantos rivales de Australia.

A Quade Cooper, el apagado medio de apertura australiano, no le bastaba con ser el enemigo público número uno en Nueva Zelanda (su país natal); ahora además lo lapidan en casa, allá al otro lado del Mar de Tasmania. Previsible destino de los dioses proclamados antes de hora. Mike Catt, veterano de Inglaterra, ha llegado a escribir: “A Quade Cooper habría que pegarle un tiro por el partido que jugó”. Demasiados riesgos en un escenario poco propicio; y decisiones muy controvertidas, que definen a un medio de apertura capaz de crear magia, pero no de controlar las corrientes diversas de un partido. “Cuanto más importante es el partido, más sencillo hay que jugar”, ha proclamado el entrenador de Inglaterra, Martin Johnson. Hablando de otra cosa, pero en el fondo hablando de lo mismo. Las cositas, sencillas y bien hechas. Al rugby aún se puede jugar de muchas maneras: al ataque, cerrando el juego delante, a la contra, conservador, sucio, sobrio, espectacular… Todo es válido y uno no es demasiado amigo de las discusiones esteticistas (ni en éste ni en otros deportes), ni considera que haya una estatura moral superior en el hecho de jugar al ataque (pongamos Australia) que en la opción de hacerlo apostando por valores que, diríamos, menos espectaculares (queriendo decir… Irlanda). Ahora, dos precisiones: lo que se haga, hay que hacerlo bien, con convicción y rigor. Y otra cosa. Se puede jugar de muchas formas pero, como dijimos otro día, en el rugby algunos factores no son negociables: el entusiasmo, la actitud, la agresividad, el orgullo, la disposición al sufrimiento colectivo. Irlanda ganó porque tuvo todo eso, que en términos de juego significa: explotar las debilidades ajenas (en el set-piece, melé y touches… que son puntos flacos de Australia y potencias evidentes en Irlanda), mantener un plan de juego de desgaste delante, alimentar el juego cerrado, ganar los breakdowns -que se ganan por decisión, iniciativa, velocidad y compromiso a la hora de ir a partirse la cara en un ruck-, defender como animales, con fiereza, saltando al cuerpo del rival, manteniendo el orden para no dejar intervalos por los que se cuelen los velocistas ajenos y, sobre todo, disciplina en las situaciones críticas del juego de delantera, para no conceder golpes al rival. Todo eso lo hizo Irlanda. Australia no supo oponer casi nada ni explotar sus valores.

Por eso ganó Irlanda, a pesar de la irregularidad de Sexton con el pie y en la dirección. El partido lo levantaron por los aires los cinco primeros de los verdes: los tres primeras líneas (Best, Ross, Healy) y la inmortal segunda irlandesa (Paul O’Connell, Doncha O’Callaghan). Y luego, esa tercera que se hartó de placar, de largar percusiones y de contener. En la ITV inglesa, flanqueado por el ex internacional irlandés Girvan Dempsey y François Pieenaar, el capitán de la Sudáfrica campeona en 1995, el inolvidable Michael Lynagh reconoció: “Para ganar un partido así a un equipo como los Wallabies de hoy, hay que tener un plan como lo han tenido los irlandeses… pero sobre todo hay que ejecutarlo como lo han ejecutado los irlandeses”. Dos consideraciones personales, al margen. Faltaba en la primera australiana Stephen Moore, el talonador, al que relevó con muy poca altura Polota Nau. Y David Pocock en la tercera. Dos bajas notables que tal vez habrían reequilibrado la batalla de los rucks. Puede que no lo suficiente, porque Australia también sufre en melé con su número 2 titular. Por otra parte, insistiré: la sustitución del lesionado Digby Ioane es crítica para los Wallabies. Y Deans la solventó, opinaré modestamente, con un error: volver a poner a Adam Ashley-Cooper de ala, para meter en el centro a Fainga’a, que lleva un torneo muy olvidable. Ashley-Cooper es un ariete en el medio campo. Y Drew Mitchell hubiera bastado en el ala. De ese modo, Deans concedió ventaja (al renunciar a potencias propias) en un puesto clave para un partido tan físico. En el horizonte, y si Irlanda sostiene su primera plaza, a Australia le asoma Sudáfrica. Que, por cierto, parece el dinosaurio de Monterroso: cuando te despiertas, ellos siempre siguen allí. Y jugando notablemente mejor, hay que decir, en su nítida victoria sobre Fiji (49-3).

Bennett y Powell, de gales, tratan de contener a Celsto Johnston, uno de los panzer lanzados por Samoa contra las líneas enemigas en el exigente partido del domingo. Foto: Getty Images.

Bennett y Powell, de gales, tratan de contener a Celsto Johnston, uno de los panzer lanzados por Samoa contra las líneas enemigas en el exigente partido del domingo. Foto: Getty Images.

Dándole la vuelta al razonamiento, por lo contrario que Irlanda venció a Australia, no le ganó Samoa a País de Gales (10-17). Aunque el partido resultó escaso a la vista (a veces hay que ganar feo, se repiten en esta Copa del Mundo muchos equipos como un mantra), tuvo la retorcida hermosura de las peleas descarnadas. El resultado lo definió un ensayo postrero de  Shane Williams, pero los samoanos exprimieron sus capacidades para poner contra la pared al equipo de Warren Gatland, uno de los triunfadores morales de la primera semana de torneo. Parece evidente que la segunda fila de equipos aspirantes (en la que podemos considerar a Gales e Irlanda, entre otros) se manejan con mayor comodidad en el rol de underdogs que cuando el partido les reclama tomar la iniciativa. Gales, sublime ante Sudáfrica, sufrió lo indecible para vencer a los polinesios, a los que traicionó su ineficacia ante la zona de marca y la indisciplina y los errores en campo abierto. Al menos un par de veces se personaron a la puerta de los palos galeses y desperdiciaron su ocasión en batallas individuales y equivocaciones de voluntad intachable, pero contumaz ineficacia. Clásicas de los equipos poco trabajados. O midieron mal un pase. O cometieron un exceso en el ruck, una falta de contención que permitió escapar vivo a Gales. El equipo de Gatland se recuperó de la desventaja inicial y tras el descanso con los tiros a palos de Priestland, aún en crecimiento y decisivo con el pie en ausencia del zaguero James Hook. Controlado North en el ala (su duelo con el otro Tuilagi, Alesana, fue brutal en el más amplio sentido de la palabra), la fuerza de choque de Gales fue su primer centro, Jamie Roberts. Él lanzó, con la salida de Halfpenny desde el fondo, la carga que sería definitiva e iba a terminar en el ensayo de Shane Williams. Nadie rehuyó el cuerpo a cuerpo ni la carga con bayoneta. Ni siquiera el falso pequeño llamado Shane. El bailarín hizo lo decisivo: arrancarle primero un ensayo de las manos al samoano George Stowers sobre la misma línea, lo que viene a ser como quitarles una pieza cazada a una manada de lobos; y, después, capturar el balón suelto de un pase desprolijo para cerrar la victoria galesa.

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