Lust For Life

20 09 2011

Fue en los noventa cuando estuvimos de verdad vivos. Cuando pudimos luchar, cuando teníamos las agallas suficientes para ponernos de frente y decir qué queríamos, qué no queríamos, como si elegir aún estuviera permitido. Fue en los noventa cuando pensamos que podríamos esperar algo de todo esto y cuando, hacia el final, intuimos que no podríamos esperar gran cosa, salvo encajar en el conjunto, revisar las pretensiones, adaptarlas a la realidad, hacer mejor el equipo que teníamos, ganar algún partido sospechando que perderíamos la mayoría. Participar, ser una pieza del puzzle y someter si acaso al mundo a nuestra violenta sedición interior. Fue en los noventa cuando nos rebelamos hacia fuera -para nada, claro-, cuando no importaba tanto lo que pesase cada día y había un equilibrio fundamental entre lo que pesaban los días y lo que pesaban las noches. Cuando podíamos atravesar la madrugada a caballo y cruzar la mañana dormidos, sin este extraño insomnio matinal que ahora nos impide dormir contra el sol, despertar a mediodía con el tiempo justo para tomar una ducha, comer un bocadillo de tortilla de patata, jugar unas partidas al millón, ir al trabajo, dormitar en el baño. No, no era sólo el hecho de emborracharse, no era sólo la posibilidad (casi la certeza) de que se nos haría de día, era la impresión nada vacía de que nada era exacto, todo estaba aún fuera de su sitio, las posibilidades se multiplicaban, el regreso en un taxi con el alba y la capacidad para escuchar las noticias en la radio y sentir, ver, con total claridad, que aquello que nos contaban no tenía nada que ver con nosotros. Que aún no nos habían alcanzado -ni lo harían- en nuestra acojonante hiperrealidad. Hubo quien cambió, sí. Hubo quien tomó un desvío que nos parecía liberador. Vete a saber si en verdad era así o si todos los caminos fueron lo mismo. Pero lo temimos. Hubo quien supo doblar en una esquina mientras nosotros seguíamos caminando adelante silbando Bitter Sweet Simphony, para disimular que sabíamos a dónde íbamos. Hubo cosas que no comprendimos. Hubo dolor, hubo muerte. Hubo canciones a las que podemos volver. Hubo abandonos de los que no regresaremos. Hubo decisiones que no aceptamos. Puede que también tomásemos alguna, pero nos cuesta recordarlas, como si andásemos subidos en una cinta transportadora y toda nuestra resolución consistiera exactamente en eso: en dejarnos llevar. Nunca supe si lo hicimos. Si fuimos culpables de algo. Nunca sé si lo hicimos bien o si nos equivocamos. Hubo, sobre todo, ese tremendo extravío cuando todo se acababa, la nitidez del final. Hubo ciudades, lugares, personas, la gente… siempre la gente, a la que dejamos de manera deliberada al otro lado de la valla para rebajar el peso de su inevitable escrutinio. Hubo trenes que pasaron sin parar, otros en los que nos subimos, hubo túneles largos y oscuros, montañas horadadas y, sobre todo, hubo alguien que nos contó que había quien miraba trenes pasar durante todo el día, apuntaba modelos, horarios, máquinas locomotoras, número de los vagones, capacidad, potencia, recorridos. Lo llamaban trainspotting. Hubo noches largas, hubo días aún más largos, hubo soledad y la tentativa de contarla, de envolverla en palabras y largarla por el desagüe, hubo mañanas que desembocaban en tardes y no podíamos movernos de la cama, no queríamos salir al día, que se había llenado de interrogantes sin respuesta. Puertas cerradas en la habitación, persianas bajadas, lágrimas y una madre que preguntaba si queríamos comer; y no, no queríamos comer. Queríamos vivir. Sobre todo, a veces, quisimos morir, una posibilidad mucha más rotunda y alternativa. Pero supimos -leímos, tal vez- la evidencia tonta de que hay una eternidad entera para estar muerto. Y que nos aburriremos de estar muertos. Por eso en el mientras tanto, al menos, hemos logrado reírnos mucho. Sí, se han reído de nosotros. Pero nosotros nos hemos reído hasta caer al suelo. Y también, para qué negarlo, nos hemos aburrido mortalmente, al punto de agotar nuestro aburrimiento y no ser ya capaces de aburrinos nunca más. Pero sin poder evitar que tantas cosas nos aburran. Hubo lecciones. Secciones. Menciones y erecciones. Hubo lugares, ciudades distintas y la misma, siempre, un regreso garantizado, tiempo en que nos pareció una liberación, otras veces una amarga condena. Hubo palabras. Las palabras siempre estuvieron, como ahora. Siempre fuimos palabras y la dialéctica de decirlas o no decirlas. Hubo una vez en la que llamé por teléfono pero no alcancé a decir nada y lo dijo todo por mí la persona que debía escuchar. Hubo miedo a no decir jamás lo preciso. Hubo palabras ocultas en esa llamada que se convirtieron después en palabras ocultas en cajones, cajones cerrados en casas. ¿Hubo todo o no hubo nada? Nada como ahora o todo como ahora… Es un truco. Debe de ser la música. Algunas películas. Las imágenes antiguas. La trampa de los recuerdos y de algunas mañanas. Conspiraciones paranoicas. Una estúpida lujuria por la vida. Nunca estuvimos mejor que hoy. Esto fue lo que elegimos o lo que nos fue dado elegir. ¿Las razones? ¿Quién necesita razones?

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10 responses

20 09 2011
lorena

Buff… Buah… WOW…

No podría estar mejor expresado… y vivido. Sólo un tormento: personalmente hay canciones y películas a las que no puedo volver. O, si vuelvo, me caigo al suelo en mil pedazos. ¿Eso es malo, doctor? ¿Se puede recordar algo sin música ni imágenes para poder sobrevivir hoy?

20 09 2011
ornat

Yo no puedo. Es decir, sí puedo volver a ellas: jamás he permitido que nadie me arrebate eso. Nadie. En todas las derrotas he reclamado -hiciera el tiempo que hiciera falta- esa victoria.

21 09 2011
woodyalle

Amén…

21 09 2011
Jeremy North

No tengo más que añadir a lo que has escrito.

Fantástico.

21 09 2011
ornat

No, no… Digan, digan. No me dejen aquí solo.

21 09 2011
nikki ramonne

“Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces”

Marco Valerio Marcial – Bílbilis (Calatayud) Año 64 d.C.

Saludos y felicidades por su post.

21 09 2011
ornat

Menos mal… porque yo hace rato que me di cuenta de que con una vida no me alcanzaba. Lo que me provocó enormes frustraciones que me costó cierto tiempo domesticar: con una sola vida las posibilidades se reducen drásticamente, hay que estar eligiendo todo el rato y rechazando otras posibilidades que bien merecen o merecieron otra oportunidad. Es un fallo de organización muy evidente, como eso de los días laborables (5 contra 2), el invierno y el verano (9 contra 3) y no digamos las vacaciones (11 contra 1). Es decir, que yo al menos necesitaría vivir dos y hasta tres vidas, por lo menos. Pero no seguidas, sino simultáneas. Un poco a la manera de ‘El Mundo después del Cumpleaños’, de Lionel Shriver.

22 09 2011
woodyalle

Mis felicitaciones y admiración profunda para aquellos que siguen viviendo en ese mundo onírico muestra inequívoca de las canciones y las películas que moldearon nuestros deseos y anhelos hoy encerrados entre cuatro paredes levantadas a fuerza de realismo vital.¿ Cómo es posible que la tremenda fuerza de nuestras ilusiones forjadas en los veintitantos sea reducida a la nada por algo tan gris y plano como la evolución lógica de la sociedad occidental? ¿Es ésta la meta de nuestra formación como personas? ¿Tan bajo hemos caído como para caer derrotados a las primeras de cambio ante tan vil y anodino ejército? Paren, que yo me bajo.

23 09 2011
ornat

Ya lo dijo Kurtz:
“Ahhh, el horror. El horror…”.

23 09 2011
Sr. Guerra

“Please don’t put your life in the hands ff a rock and roll band who’ll throw it all away ”
Oasis – Don’t Look Back in Anger
P.D. 1: Sí, soy el Sr. Guerra.
P.D. 2: Sí, es una estrofa de Oasis.
P.D. 3: Que sí, que soy el Sr. Guerra.

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