El Síndrome del Croissant

23 09 2011

A estas horas comienza a ser plausible la hipótesis de que los Wallabies hayan somatizado la presión del favorito al punto de convertirla en fatalidad, cuando no en fatalismo. Su nítida victoria contra Estados Unidos (67-5), en el partido que abre un fin de semana grande en el Mundial de rugby, los dejó con la intención bien ganada de festejar un encuentro que jugaron con inteligencia -subrayó su medio de melé, Will Genia- e incontestable superioridad. Sin embargo, la cuenta de lesiones fue tan notoria que agregó un punto de amargura al triunfo, necesario después del sonoro resbalón contra Irlanda. James O’Connor y David Pocock (dos de los mejores en su puesto) ya vieron el partido vestidos de traje en la banda, haciéndole compañía a Digby Ioane, que se fracturó el dedo pulgar contra los italianos y al que se espera no antes de dos semanas. Pero, si bien el choque con Estados Unidos lo jugaron con viento de cola los australianos, todo lo que fue susceptible de ir mal, acabó mal. Kurtley Beale se lesionó en el muslo, el centro Robert Horne se lastimó la mandíbula, el versátil Pat McCabe dejó el encuentro con un hombro tocado, Palu también salió con problemas musculares y, sobre todo, Anthony Fainga’a estuvo cerca de romperse la crisma en un placaje mal medido y peor ejecutado. Fue al final del partido, con sólo 14 segundos por jugarse. Una salida desde touch de los americanos, con apertura en barrido hacia el lado contrario, que el centro australiano trató de cortar por lo sano. La jugada, desgraciada por demás, explica la importancia de la técnica de placaje: la intención de Fainga’a fue meter el hombro derecho por delante, pero el jugador se le escapó en la carrera, perdió la posición para placarlo por ese lado y cruzó la cabeza por delante del hombro, recibiendo el demoledor impacto en el parietal derecho. De haber anticipado mejor la trayectoria y velocidad del oponente, debió golpear con el izquierdo, de fuera hacia dentro. Acabó conmocionado y salió en camilla. Australia jugó los últimos 14 segundos de partido con 14 jugadores. Y rezando para que no cayera nadie más.

De Najwajean a Polota-Jean... El pilar australiano y Carlos Jean, artista formidable de la producción musical, en uno de esos razonables parecidos que uno encuentra cuando el aspirante de turno se está comiendo del orden de diez ensayos en el partido.

Por lo demás, el partido dejó la exhibición de Adam Ashley-Cooper, que anotó la ristra de tres ensayos más rápida de la historia del Mundial: en sólo siete minutos posó tres veces la pelota, aprovechándose de esa inteligencia en las decisiones a la que aludía Genia. Las once marcas de los Wallabies maquillaron la desacertada noche de Quade Cooper con el pie: dos de cinco, antes de cederle los trastos a Berrick Barnes. Entre los dos perdieron cinco de las once conversiones de las que dispuso Australia. El asunto de los errores en los tiros a palos ya tiene un culpable: la pelota. Cómo no. Mientras, con las manos, Ashley-Cooper es una topadora en cualquier posición, aunque desde aquí hayamos insistido en el poder que se extravía en el medio campo australiano sin él de centro. Con la acumulación de problemas físicos aludidos, Robbie Deans tendrá que hacer piruetas antes del último encuentro del grupo, contra Rusia, en lo que se prevé un paseo militar. Pero ya se sabe, y se ve, que en el rugby no hay partidos amistosos ni victorias inmaculadas. Todo el mundo es susceptible de comerse un buen tortazo, vayas 3 abajo o 50 arriba. Al margen de esos intereses, a uno le gustó constatar que Polota-Nau, el rotundo primera línea australiano, cada día se parece más al deejay y productor Carlos Jean, lo que le agrega un poco del siempre necesario funky a este juego.

El fin de semana abre el sábado con Inglaterra frente a Rumanía (8:00 de la mañana) y, sobre todo, el anticipadísimo Nueva Zelanda-Francia. Desde hace semanas no se habla de otra cosa, cualquier previa del torneo presentaba esta fecha enmarcada en rojo. No sólo por la potencia de ambos equipos, sino por el célebre choking neozelandés contra el rival azul. Lo que se dice un atragantarse siempre en la peor hora contra el mismo rival, su bestia negra declarada y reconocida. He ahí un encuentro clásico de las Copas del Mundo, con todos los fantasmas desatados para los All Blacks, por un lado, el orgullo de anfitrión por el otro, la permanente incógnita de la estatura que pueden alcanzar los franceses (cuyas victorias por ahora no han provocado ni frío ni calor) y las especulaciones acerca de la conveniencia de guardarse ante el cruce de cuartos con el grupo A. Si eso no fuera bastante, el imprescindible Richie McCaw, quizá el jugador más carismático de Nueva Zelanda desde Jonah Lomu y el tercera más celebrado desde Zinzan Brooke, cumple cien partidos con los All Blacks. Más allá del cumpleaños del bravo capitán, para ambientarse y comprender la desproporcionada expectación de un partido como éste, todavía en la fase de grupos, hay que hacer historia: Francia eliminó a los All Blacks (43-31) en la RWC 99, en un memorable encuentro jugado en Twickenham, acaso el mejor que se recuerda en el cuarto de siglo de historia del torneo (en competencia directa con la impresionante final entre Australia e Inglaterra en 2003); y uno de los más grandes jamás jugados en el siglo y pico de existencia de este juego. Una maravilla que cualquier aficionado mediano debería revisar al menos una vez al mes: como Perdición, de Billy Wilder, y las escenas finales de Centauros del Desierto, de monsieur Ford.
 
 
No contentos con aquella formidable hazaña, los bleus no le dieron ocasión a los neozelandeses de perpetrar una venganza, y en 2007 volvieron a sacarlos de la Copa del Mundo en Cardiff, esta vez en los cuartos de final (18-20), en un partido que pasó a la historia por el ya innegable Síndrome del Croissant, la inadmisible vestimenta gris de los All Blacks y aquel arbitraje del inglés Wayne Barnes, que se comió un balón adelantado francés que acabó en ensayo y terminaría decidiendo el encuentro. Contra la tradición legendaria de respeto por los jueces en el rugby, la polémica se hizo duradera como las del fútbol y traspasó todos los límites admisibles, en esta y en cualquier otra disciplina, al punto de que el atildado Barnes llegó a recibir amenazas de muerte. La verdad, sin embargo, fue mucho más sencilla: los All Blacks no encontraron cómo pasar la tupida defensa francesa. Y los galos, además, sueltan a veces ese flair que los adorna y se hacen irresistibles. Así que el partido llega con una acumulación emocional salvaje para los All Blacks. Si vuelve a ocurrir, una nación entera irá camino del psiquiatra. Y, sobra decirlo, las papeletas de favoritos de los neozelandeses volarán por los aires, complicándoles el camino en su Mundial.
 
Mientras en el grupo A se juegan también los bifes este fin de semana. La primera plaza parece ir camino de la prosaica Inglaterra, que se enfrenta con Rumanía. Un partido para seguir buscando a ese equipo de Martin Johnson en el que dan más titulares las juergas nocturnas de Tindall entre rubias y enanos que las anotaciones de Wilkinson y sus muchachos. Es lo que pasa por manejar un equipo con un ex capitán matrimoniado con la nieta de la Reina, un caballero de la Orden del Imperio al que le han saboteado las patadas y, entremezclados, ese tipo de pilares que, como Stephen Thompson, saben que en una pelea tabernaria un beso sardónico a tu rival siempre derrota más que el peor puñetazo. Como el que le dio al argentino Rodrigo Roncero, por ejemplo. Mientras, para la segunda plaza habrá guerra entre Argentina y Escocia. La batalla está fijada para el domingo a las 10:30 de la mañana, horario infantil para un encuentro que se prevé descarnado. Mantengan a los chicos alejados del televisor principal de la casa, ahuyéntenlos con Dora la Exploradora o, si ya no se lo tragan, el irreverente Bob Esponja. Si les dejan ver ese partido entre el Cardo y los Pumas, aténganse a las consecuencias: inexplicables miedos nocturnos, topetazos contra la pared con la cabeza por delante y tendencias desviadas, propias de un cerebro que empieza a ovalarse. Si eso ocurre, no lo piensen ni un segundo: explíquenles por qué semejantes terneros de testa inflamada y orejas de coliflor lagrimean con el himno de su país; y a continuación corran a llevarlos a que se desfoguen con un meloncito en el parque y pregunten en el club de rugby más cercano… Sí, es nuestro sueño, para qué negarlo: parir un primera línea, un bebé empentador, un alicate babeante, un nene que no cierre los ojos al chocar contra los muros ni los hombres. Sosiéguense: al contrario de ese miedo neozelandés a atragantarse con un bollo, el rugby no es una enfermedad mental. Se trata, más bien, de una patología del alma.
 
 
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