James 1990

29 09 2011

De pronto, un día, la gente comenzó a invadir el escenario. Aún hoy se hace en cada concierto: hay que hacerlo. Y espero que se haga el sábado. James lo permite, James lo quiere. La gente también comenzó a sentarse en la platea. Multitudinarias sentadas, como aquéllas de la rebelión de los pelos largos en San Francisco, muchos años antes, frente a los cañones de agua. Sit Down, su himno de siempre, publicada en el formato sencillo el año anterior, había explotado como una bomba en las pistas de baile de los clubes nocturnos de Inglaterra. Especialmente en los de Manchester, desde luego. Particularmente en The Haçienda, la zona cero del terremoto mancuniano. Empezaron a menudear las etiquetas: el secreto mejor guardado de Manchester, el orgullo de la ciudad. Estaban hablando de James. Podrían hablar de mil grupos, pero era James. En el verano de 1990 alguien me preguntó si querría trabajar en un diario deportivo que iba a nacer en septiembre. Ahora parecerá mentira o una impostación, pero en aquellos días ni siquiera había imaginado trabajar en deportes. Había atravesado el ecuador de mi carrera sin ninguna celebración (después de muchos conflictos interiores y algunos con el entorno decidí que había que olvidar esos años cuanto antes, así que me fundí con el paisaje y radicalicé mi discrección), sin pisar un diario en prácticas (los veranos eran para ir a la piscina) y sin pensar ni un solo minuto en el futuro. Ese era yo, como ahora. De repente el futuro me explotó delante y se hizo presente: no podía ser de otro modo. Ocurrió también con James: firmaron con Fontana, publicadon Gold Mother con enorme éxito, triunfaron en Glastonbury, giraron por toda Europa y por Estados Unidos y, después, regresaron a casa como campeones del mundo, mientras la selección de Inglaterra que más me ha gustado en mi vida alcanzaba las semifinales del Mundial de Italia, tal vez el torneo que (salvando lo de Sudáfrica) mejor me lo haya hecho pasar nunca. James llenaron el G-Mex Arena de Manchester. La emocionantísima versión que hicieron de Sit Down, incluida en la reedición de Gold Mother, sellaba el ya inquebrantable lazo que los ha unido siempre a su gente. Y por eso, emulando a todos sabemos quién, en agradecimiento a su éxito se subieron a las ocho de la mañana de un día a finales de enero en una azotea y provocaron el caos en el centro de Manchester: 5.000 incondicionales embotellaron las calles de baile, música y voz. Y el tour Come Home Live ’90 disparó a James, hasta ponerlos en la órbita de uno de los mejores productores de todos los tiempos, y el que transformó de modo duradero su música: el inefable Brian Eno. James estaban en casa y habían triunfado. Yo volví a casa para quedarme. Y así pude empezar a desear volver a irme… en defensa de mi siempre contradictorio espíritu. Cantándome a mí mismo canciones en las horas más oscuras, “secrets I can’t keep / inside of the day…”.

Dos días y medio y estamos ahí…

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