O’Connor invita a otra ronda

9 10 2011

Si uno fuera talonador y tuviera que jugarse la vida en un lanzamiento de touch, sin duda de entre todos los especialistas del mundo elegiría que el saltador fuera el sudafricano Victor Matfield, gobernador de los pasillos durante el último quinquenio. Qué tremenda paradoja que los Springboks, que habían dominado esa suerte del juego -entre otras muchas- durante su partido con Australia, acabaran derrotados por un grave error de Rossouw en un lineout de los Wallabies. Radike Samo, el ocho amarillo, saltó por delante de Matfield, que apenas pudo apoyarse en sus hombros por detrás. Rossouw fue mucho más lejos: agarró la pierna del saltador australiano cuando estaba en lo alto y tiró de él hacia abajo. Un golpe de castigo de libro que, sin embargo, no vio el árbitro. Pero sí el juez de línea, que lo denunció: golpe para O’Connor. Y con el marcador en 8-9 para los Boks, el chico maravilla de Australia sacó a su equipo del precipicio con una patada segura (lo que no ha dejado de ser noticia, aquí y allá, en toda la Copa del Mundo) y resolvió la derrota de Sudáfrica a siete minutos del final.

Morne Steyn y Gianni du Plessis observan la patada decisiva del 'Golden Boy' James O'Connor, en el golpe de castigo que ganó el partido y la semifinal para Australia.

El partido fue tan industrioso, tan pródigo en errores y giros irrazonables de la suerte que cuesta relatarlo. El marcador contribuyó a la extrañeza que resulta cada vez más propia del rugby, que va convirtiéndose en un juego mucho más imprevisible de lo que nunca fue, con resultados que no siempre dicen la verdad acerca del juego, más allá de la incontestable afirmación que son las cifras. Y por las cifras hay que hablar únicamente de las que hacen el marcador, porque el resto de estadísticas cuentan sólo verdades parciales: por ejemplo, que Sudáfrica llegó a tener nada menos que un 80% de dominio territorial durante el partido. Para un equipo cuya preferencia suele ser esperar, un escenario como ese subraya la línea tan sinuosa que siguieron los hechos hasta el marcador final. Que jugó un partido extraordinario en las fases estáticas, y en particular en la touche: no sólo ganó las suyas, sino que robó unas cuantas del rival. Y, sin embargo, fue una equivocación en ese apartado la que sacó del Mundial al equipo de Peter de Villiers. El final del reinado de los Springboks, la despedida de Peter de Villiers, su entrenador, que admitió después que su ciclo había terminado.

Sobre el campo hubo mucha cacharrería, interrupciones, descomunal fiereza en los rucks y carne cruda como ropa tendida, en un montaje que rehuyó cualquier atisbo de esteticismo. Uno de esos partidos en los que uno sólo se puede reír al final, si es que ha ganado, porque el camino no deja un solo instante de diversión. Y en el que la vida (los Wallabies pueden jurarlo) depende de placajes sobre el borde del acantilado, infracciones inadvertidas para el árbitro (como esa mano australiana que retabilló en el suelo un balón ilegal, negando la continuidad del avance lanzado por el ayer insaciable Schalk Burger) o capitalizaciones de los errores ajenos. Los Boks cometieron uno en el minuto 10 en un lugar de alto riesgo, su propia zona de 22, y lo pagaron encajando un ensayo de otro de los pocos destacados de la batalla, el segunda australiano Horwill. Fue, para completar la teoría de que los héroes también se disparan en el pie, una pérdida de Burger en el contacto, balón que quedó suelto y levantó McCabe para Horwill, al que le bastó la ranura abierta por la desordenada defensa verde para bajar el cuerpo, cargar a dos metros de la línea de ensayo y posar el 0-5. O’Connor erró la conversión, pero desharía el nudo seis minutos después, al pasar entre los palos un golpe de castigo.

A esas alturas, el resultado de 0-8 ya no tenía nada que ver con la dinámica del juego. Casi todo estaba claro: los dos medios de Australia, Genia y Quade Cooper, andaban perdidos. Jamás encontraron la dirección para ellos ni, desde luego, para el resto de sus compañeros. Dicho de manera directa: jugaron un partido lastimoso. Los australianos ganaban a partir de la defensa y con el acierto mínimo en las concesiones del rival. Ahora, su ratio de trabajo fue monumental… y eso también merece consideración. El aguante se lo hicieron Horwill con el ensayo y su oscuro trabajo en los agrupamientos y placajes y, sobre todo, David Pocock, el tercera wallaby, absolutamente fantástico desde su puesto de flanker: su ejercicio de placaje fue de impresión, recuperó balones en los breakdowns y cargó por el medio cuando la situación lo requería. Aquí sí que los números revelan la corriente subterránea del partido: Pocock hizo 26 placajes; Horwill y Rocky Elsom agregaron 22 por cabeza.

Get off my land!!!! O'Connor y Rocky Elsom sacan del campo por las bravas al 8 de Sudáfrica, Pierre Spies, en una de las muchas cargas de los Boks detenida con lucha y valentía por los Wallabies.

Muchos de ellos fueron contra De Villiers, Fourie y Burger, colosal sobre todo a partir de la desafortunada lesión de una de las columnas de base de la delantera verde, Danny Brüssow. Morne Steyn les dio a los suyos algo de lo que agarrarse antes del descanso, al convertir un golpe de castigo. Una estadística refleja lo que había costado esa mínima gloria: habían pasado 39 minutos, y jamás en la historia de la Copa del Mundo le había costado tanto a los sudafricanos subir sus primeros puntos al marcador. En el intermedio, el diagnóstico de ambos equipos era severo: los australianos no habían podido empezar a jugar, ni sabrían cómo hacerlo; Sudáfrica ponía todo excepto algo de fantasía, una mínima dosis de creatividad para batir al contrario. Para hacer tres puntos se había dado una paliza terrible… era como extraer carbón de la mina con cuchara y tenedor. Son tentativas más bien desesperadas de explicar un encuentro muy retorcido, con más hematomas en los cuerpos que puntos en el marcador.

Lo demás (un larguísimo segundo tiempo, bien para comerse las uñas o para volverse a la cama si uno no es un iniciado en el juego) se explica sólo por las mínimas anotaciones en la ficha del encuentro: Steyn recortó a 6-8 con otro golpe de castigo en el minuto 55. Los Springboks estaban llamando a las puertas del castillo. Cinco más tarde, el propio Steyn, con ese pie incorrupto suyo, agregó otros tres tantos en un drop: 9-8, un resultado de otro siglo, y todavía más en un partido entre rivales del Hemisferio Sur, donde a veces los marcadores se mueven con velocidad de partido de baloncesto. Lambie, el jovencísimo zaguero de los Boks, vio desautorizado un ensayo por un pase adelantado previo, bien visto por el árbitro. Y así, los últimos 20 minutos constituyeron una agonía interminable para los dos lados. Entró el añorado Bismarck du Plessis, que dejó algunas exhibiciones de su desaforada potencia y forzó todavía más a la herida primera línea australiana. También ingresó Hougaard para quebrar la amalgama defensiva de los Wallabies. Se fue del campo Bryan Habana. O ese jugador que se parecía al antes irrefrenable Habana. Y el partido inevitablemente se abrió porque ninguno de los dos podía sujetarse de esa mínima diferencia, fuera por arriba o por abajo.

En la consiguiente desesperación, extraviadas ya todas las precauciones para casos así, Rossouw cometió el exceso contado arriba y James O’Connor puso los tres puntos que decidieron su pase a la semifinal. El muchacho que empezó la Copa del Mundo apestado y en el banquillo, por bajarse unas cuantas pintas de más una noche y no acudir a una presentación del equipo con sus patrocinadores a la mañana siguiente, formidable jugador con un futuro incalculable por delante, ese chico agarró el balón del que tanto se ha hablado, los balones desinflados, ligeros, de vuelo errático que tanto han molestado a Jonny Wilkinson… le metió todo el pie y el oval cruzó el aire en diagonal, con una trayectoria perfecta de misil militar o de control remoto, y cruzó los palos por el centro de la H, como una centella. Así que a la siguiente ronda de Foster’s o Victoria Bitter invita O’Connor: Booze’s on me t’nite, fellas!!!! Y a las semifinales de este Mundial. La cuarta victoria consecutiva de los australianos en sus tests contra Sudáfrica. Fin del gobierno de los Springboks. Y la nítida sensación de que el rugby está cambiando: empieza a ser un deporte de comportamientos tan imprevisibles como la pelota con la que se juega. ¿Eso nos gusta? A estas horas todavía no sabemos que pensar… Después de tantos años sujetos al dictado de la lógica, esta ilógica un poco futbolística nos hace suspicaces.

Sudáfrica, 9
Golpes de castigo: Morne Steyn (2)
Drops: Morne Steyn

Australia, 11
Ensayos: James Horwill
Golpes de castigo: James O’Connor (2)

Vídeo-resumen del partido

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