Donald sofoca la revolución francesa

24 10 2011

Richie McCaw, con la copa Webb Ellis en sus manos, saluda al estadio de cuatro millones que ha sido Nueva Zelanda y que ayer, una vez más, encarnó Eden Park, la casa de los títulos para los All Blacks.

Un cuarto de siglo más tarde, el balón oval ha completado una trayectoria elíptica y las profecías confluyen en el mismo lugar, con los mismos actores: Auckland, el escenario que llaman Eden Park, Nueva Zelanda campeona, Francia perdedora. Como en 1987, sí, pero de otro modo. Aquello fue un 29-9 . En aquel equipo de Francia jugaban Berbizier, Camberabero, Ondarts, Lagisquette, Sella, Mesnel, Blanco… Bastan esos nombres para definir su estatura. Uno no está seguro de que muchos de los jugadores del equipo subcampeón de ayer puedan aguantar un tète-a-tète con el recuerdo que provocan aquéllos. Y sin embargo, fue un 8-7, el resultado más bajo y más ajustado de una final. La impresionante resolución del último partido demuestra que, por más que los All Blacks sean el equipo número 1 del mundo, ni son infalibles ni pueden exhibir una superioridad irrefutable sobre el resto. Y menos que nadie, sobre Francia, que los ha echado de dos mundiales y les ha ganado hasta dos veces en su territorio. Si no lo hizo una tercera fue por poco. Por el margen de un solo punto, que en el rugby es nada, apenas nada. Pero, al mismo tiempo y en el contexto de una final, lo es todo. Los All Blacks son campeones del mundo, otra vez. Ha sido merecido, considerado globalmente. No tanto por lo que se refiere a la final. Pero no ha resultado sencillo. Ni por el camino ni por el tipo de resistencia que le presentó Francia en el choque definitivo. A los All Blacks les han hecho falta 24 años, otra final, varios episodios de realismo brutal a manos de diferentes equipos franceses, seis semanas de competición y cuatro medios de apertura… Y en este último detalle reside la historia alternativa -que suele resultar la más interesante y reveladora- de este título.

La historia de los aperturas, esa maldición persistente del número 10 de los All Blacks, sirve para explicar no sólo las circunstancias, sino ante todo el nervio esencial que los kiwis han necesitado para sobreponerse a la asfixiante presión que los ha sitiado en las últimas semanas (tanto como decir en los últimos años). Esa fuerza interior les permitió sostener el título en sus manos aun cuando por juego estuvieran muy, pero muy cerca de perderlo. Francia hizo todo lo necesario para ganarles, excepto los puntos. Conviene no perder de vista esa precisión. Los partidos, y más un partido superlativo como éste, siempre pueden mirarse desde variados puntos de vista. Ninguno es falso. Si aludimos al juego, Francia supo hacer lo correcto y animar una revolución que los All Blacks apenas acertaron a sofocar. El partido trataba del ritmo, del ritmo de Nueva Zelanda, de su capacidad para exigirle al rival una respuesta física colosal, martillando con su acostumbrada constancia de balones jugados en campo abierto, percusión, fiereza en los reagrupamientos y persecución de patadas que buscan más una invasión activa del territorio que la simple geoestrategia. No lograron imponerlo. A los All Blacks no les gusta jugar patadas largas a la touch para ganar metros. En su aproximación al juego, ese es un concepto antiguo, superado. Prefieren patadas altas y poco profundas en las que puedan luchar por la recuperación, golpear al contrario y comprometer su resistencia. Les va la carga. Contra eso, Francia tenía la capacidad de jugar estratégicamente con el pie. Construir posiciones en el campo con varias fases de delantera (y qué delantera, y qué tercera…) y después dejarles a Yachvili y Parra la decisión de dirigir a su equipo a zonas interesantes. Así que, cuando a los apenas diez minutos de partido los kiwis empezaron a no ver claras las puertas hacia el ataque y Piri Weepu resolvió largar un balonazo raso a la espalda de la defensa buscando la esquina de la touch, uno supo que los All Blacks lo iban a pasar mal. Y así fue.

Rougerie lidera una carga francesa, apenas contenida por el placaje de Tony Woodcock, en uno de los movimientos ofensivos de Francia que culminarían en el ensayo de Dusautoir: los franceses sacaron orgullo y rugby, su gran partido de cada torneo fue el de la final.

Al menos, consiguieron que Francia no hiciese valer de manera definitiva sus muchas virtudes. Puede que nos dejemos llevar por la lastimosa impresión de Francia a lo largo del torneo para defender que les basta una derrota tan honrosa como ésta frente a Nueva Zelanda. Es una equivocación, no es así. Francia quiere y puede ser campeona del mundo de rugby. No hablamos de ningún underdog que juegue con hándicaps de compensación: es una de las naciones más grandes de este deporte y un vector fundamental en la historia y el desarrollo del juego. Frente a la muralla gala, los All Blacks ensayaron con un peel-off, jugada de libro de cualquier catón en los saques de touch: balón al segundo saltador, muy alejado hacia la línea de 15 metros; hueco abierto en el medio del alineamiento por el desplazamiento de la defensa y palmeo del saltador para un pilar (en este caso Tony Woodcock) que rompe por el medio de ese butrón. Naturalmente esa es la teoría. En la práctica, la defensa se recoloca en la fila y cierra el agujero. Pero Francia, sorprendentemente, no lo hizo. Y Woodcock entró en el ensayo como un duque poco probable, abriendo el marcador con cinco puntos que aliviaban tensiones. Pocas, porque enseguida quedó claro que Piri Weepu, el influyente medio de melé de los kiwis, había caído presa de su exceso de motivación, perceptible en su dirección de la haka y en la contumacia de las equivocaciones en sus tiros a palos. Para el descanso, Weepu pedía a gritos la sustitución. Henry aguantó, sabiendo que tal vez Ellis no era la respuesta. Porque no lo era. Pero cuando Weepu largó fuera del campo un reinicio de bote pronto, no hubo más remedio que sacarlo del terreno de juego. A esas horas ya había cometido un error incomprensible al jugar con el pie, fuera de toda ortodoxia, un balón rebotado en un ruck. Balón que quedó suelto a la espalda de los delanteros negros, que persiguieron los franceses con ánimo insaciable, que les permitió generar un contraataque frenado con aprensión creciente por Nueva Zelanda. Y que, unas pocas fases después, culminaría una jugada muy bien hilada con la escapada de Thierry Dusautoir, su ingreso en la zona de marca y el ensayo.

A esas horas, el sudor de Nueva Zelanda entera era helado. Habían ocurrido tantas cosas y tan importantes que contarlas necesitaría de varios tomos. Morgan Parra tuvo que dejar el campo después de pasar la primera parte recibiendo golpetazos en la cara, como si los All Blacks le hubieran puesto precio a su cabeza. Un rodillazo a la vuelta de un ruck dejó sonado al apertura francés. Un rato más tarde, mientras su condición se agravaba con nuevas contusiones, hubo de entrar Trihn-Duc, el indeseado (por Liévremont). Parra salió entre lágrimas y severamente magullado, como si viniera de librar un combate contra George Foreman en una habitación cerrada. Enfrente, Cruden se había cascado la rodilla en un apoyo infortunado. Entró Donald: su misión, acompasar el juego y abrir caminos. No los había. Por afuera, ni Cory Jane ni Kahui entraban en juego con espacio. Nonu percutía con su decisión de bisonte, pero sin obtener ventajas significativas ni lograr que su equipo jugara continuidades a la espalda de la defensa gala. Israel Dagg, al fondo, tampo veía campo abierto… Francia había logrado detener casi desde el inicio la marea negra y la conversión de Yachvili del ensayo de Titi Dusautoir dejaba más de media hora por jugar con un margen delgadísimo de un punto. Weepu había errado varios golpes concedidos por el árbitro Craig Joubert por hudimientos franceses, algunos opinables. En los rucks nada era verdad ni mentira: los hombres entraban por tantas puertas como fuera posible -aunque sólo una, la de atrás, sea la legal-, los tacos buscaban la carne de los caídos, unos empujaban en diagonal, otros hacia arriba… McCaw elevaba al delirio su naturaleza de hombre mutante en la vida subterránea, Harinodorquy extendía su leyenda con una combatividad a prueba de batallas y Dusautoir, en fin, dejaba su impronta de gran hombre para los partidos más grandes, con una sesión de placaje, inteligencia, estrategia y finura digna de toda memoria. Era un partido para verlo a cámara lenta, con toda su crudeza, toda la tensión y toda la brutalidad dignas de la ocasión. Pero no había tiempo. Todo ocurría con fascinante velocidad, de manera salvajemente irrefrenable.

Stephen Donald, felicitado por sus compañeros en el podio de los vencedores. El cuarto medio de apertura en la línea de sucesión de los All Blacks fue el improbable héroe de la final, con un golpe anotado que marcaría, al final, la diferencia entre el triunfo y la derrota.

El giro copernicano que convierte toda esta narración en la posibilidad de una leyenda, y el mínimo detalle que resolvió este apasionante thriller, resultó espectacular, visto con la debida perspectiva. Arranca del verano boreal de 2010, cuando Nueva Zelanda y Australia se jugaron la Bledisloe Cup en un partido llevado a Hong Kong, en medio de la política de expansión del rugby en Asia que tiene de fondo la candidatura de Japón a la organización de una Copa del Mundo. Aquel encuentro, ganado por los wallabies, se cobró una víctima: el medio de apertura elegido por Graham Henry para relevar a Dan Carter. Su nombre, Stephen Donald. Un golpe de castigo errado y una gravísima equivocación, al no patear a touch una patada a seguir de los australianos y propiciar el definitivo ensayo aussie, resultaron en la derrota de los kiwis. Otra vez se habló de los fantasmas que visten de azul: de la semifinal del 99, de los cuartos de final en Cardiff hace cuatro años. Siempre de Francia. Ayer de respetuoso blanco. Y siempre la sospecha de incapacidad de los All Blacks para jugar otros partidos que no sean su partido preferido. Al regreso de Hong Kong, los cuchillos brillaron en la prensa y la mayoría llevaban un nombre escrito en el filo: Stephen Donald. “Me duele volver a decirlo, pero Stephen Donald no tiene el nivel suficiente para ser un All Black”, escribió el ex Richard Loe en su columna del NZ Herald on Sunday. Sean Fitzpatrick, otro pope de la generación del 87 y posteriores, remachó al apertura a martillazos.

Cuando durante el cruce de cuartos se produjo la lesión de Colin Slade que puso en primera línea a Aaron Cruden, Graham Henry resolvió tirar de nuevo del apestado Stephen Donald para completar su banquillo. Pero Donald estaba de vacaciones. Pescando. Mirando los partidos por televisión, si acaso. Sonó su teléfono y, en varias ocasiones, no lo atendió. Tuvo que ser su compañero en los Chiefs, Mils Muliaina, el que a través de un mensaje de texto le pidiese que respondiera el móvil. Se incorporó al campamento y, dos semanas después, la lesión de Cruden lo puso en el campo en la final: era su debut en una Copa del Mundo. Como mirarse en la pantalla del televisor y descubrir de repente que estás dentro de ella. En el minuto 46, Donald tuvo que disparar a palos un golpe de castigo que, a la postre, sería el que decidió la final. “Hacía un mes que no pateaba una pelota a palos… No sabía ni si era capaz de hacerlo”, diría luego Stephen Donald. Lo hizo. Y la pelota tomó un vuelo dubitativo, que primero se abrió hacia la izquierda de los palos para luego cerrarse hacia dentro. Pasó pegada al palo izquierdo, pero pasó. Y esos tres puntos, defendidos con más cuerpo que rugby después, hicieron campeona a Nueva Zelanda.

No cupo un guión más enrevesado. El Mundial dejó un último gran partido, con un marcador bajo, mínimo, pero que vino a encarnar una feroz competencia por el trofeo que levantaría Richie McCaw. Más allá de lo obvio, la culminación de lo que sin duda puede considerarse una redención colectiva de proporciones incalculables: la de Donald, para empezar. La del equipo de Francia, por fin digno de su incomensurable calidad, de su tradición: si no por el estilo, sí al menos por la entereza y el arrojo. Desde luego y por fin, la de los All Blacks, campeones tras un drama de intensidad apenas soportable, que duró 80 larguísimos minutos. Apenas hora y media que, en realidad, era un cuarto de siglo.

Nueva Zelanda, 8
Ensayo: Tony Woodcock
Golpe de castigo: Stephen Donald

Francia, 7
Ensayo: Thierry Dusautoir
Transformación: Dimitri Yachvili

Vídeo-resumen de la final

Anuncios

Acciones

Information

12 responses

24 10 2011
manuel

Me vuelvo a quitar el sombrero, Sr. Ornat. A ver si hay suerte y tenemos crónica del tercer y cuarto puesto. Cuatro años por delante para volver a ver los partidos, previa lectura de sus crónicas, para saber dónde hay que mirar.

24 10 2011
ornat

Yo agradezco de veras el entusiasmo, pero… ¿no me van a perdonar que me salte el partido del tercer y cuarto puesto? Y no por pereza, que también se da en muchos casos, sino sobre todo porque apenas pude verlo ni encontré el tiempo suficiente para reflexionarlo y contarlo entre una maraña de obligaciones profesionales que no vienen al caso. También me hubiera gustado preparar la final de otro modo, pero la semana no me lo ha permitido. La audiencia que Somniloquios ha tenido en estas semanas de Mundial ha superado cualquier expectativa y me ha impulsado a atender esa ansiedad de rugby que parecía haber detrás. Me alegra que el rugby, mi deporte, sea el que más amigos atrae alrededor de este fuego. Al final, éste es un espacio de diletancia consentida que uno cuida con más celo unas veces que otras.
El rugby, de todos modos, no termina con el Mundial. Hay muchos partidos de la Premiership inglesa y la Heineken Cup por televisión, vienen los tests de otoño, luego el Seis Naciones, el Super 15 y el Top 14 francés (una liga formidable) si uno sabe dónde buscarla… Y además, termina el gran rugby, pero por fortuna para algunos, el juego forma parte de nuestra vida diaria. De otro modo, sí, pero de forma mucho más gozosa. El rugby pequeño en el que casi todos nos conocemos, compañeros y rivales; el rugby de mi equipo el pasado sábado en la Universidad de Zaragoza. El entrenamiento de esta noche y el de pasado mañana, mirando a la nueva gente que llega queriendo saber a qué huele ahí dentro de la melé… Somniloquios nunca ha querido ser otra cosa que un espacio en el que contar las historias de ese rugby. Y eso va a seguir siendo. Mientras no se demuestre lo contrario -y no está definitivamente demostrado todavía, advierto- ésta es la única manera que tenemos de seguir jugando para siempre. Contando a qué huele ahí dentro; cómo es el tacto del balón; qué se siente cuando te lo dan y sabes que los otros vienen a por ti; la gloria de avanzar y chocar; el sabor de los golpes cuando van pasando las horas. Todo eso y mucho más. El Mundial se ha terminado, pero el rugby no se nos acaba nunca…

24 10 2011
Al

Magistral. ¡Viva el rugby!

24 10 2011
miguel

Hola mario,soy el que t comento lo de las nuevas canciones de james,has oido ya la de” all my letters”,por cierto y hablando de rugby, hablo mucho ( pues nuestros hijos van al mismo colegio),con un viejo compañero de equipo tuyo en el tarazona,teo cifuentes( teodorin)

25 10 2011
ornat

La he oído y la oigo, sí. Una hermosa canción. Y don Teodorín, qué decir… que le des siempre un abrazo de mi parte. Aquéllas del Seminario sí que eran delanteras y no la de Francia, ay…

24 10 2011
Eduardo

Genial! Como todas las historias de rugby que lleva contadas. Gracias por todas ellas.
Ah!, yo también me he agenciado unas entradas para la revancha en Cardiff del Gales-Francia del 17 de marzo. Qiizás coincidamos y podamos invitarte a una cerveza

25 10 2011
ornat

Mmm, lástima: como los del clan nunca nos abandonamos los unos a los otros, a falta de ir a Edimburgo este año las que yo compré son para el Gales-Escocia del 12 de febrero. El 17 de marzo hay un Inglaterra-Irlanda en Londres para el que también me están tentando: San Patricio con rugby… en fin: lágrimas down my cheek (!).

25 10 2011
Jeremy North

Gracias por todas tus crónicas, Mario. He seguido mejor el mundial de Rugby por somniloquios que por cualquier otra medio de comunicación deportivo de España.

25 10 2011
ornat

Yo es que a los medios de comunicación deportivos de España los sigo entre poco y nada, excepción hecha del AS, por motivos obvios. Sonará raro, pero como lectorn/espectador/oyente me aburre el periodismo deportivo. Mantengo un delgado hilo profesional y poco más. Fermín de la Calle, como siempre, ha hecho un buen trabajo en el AS con el Mundial. De lo poco que he leído he tenido que soportar las crónicas de sucesos, anecdotarios y cotilleos de El Mundo y, en El País, una última crónica de la final que proclamaba que Francia mereció la Copa. Me llamó la atención lo absoluto del titular y me puse a leerla, a ver cuáles eran los razonamientos: ah… que el narrador era vasco, como Harinordoquy, jugador de Francia y del Biarritz. El hilo principal de la crónica era ese. Me pareció un argumento tan bueno como cualquier otro: cada uno escoge sus relatos, desde luego. Pero yo me pregunté una vez más por algunas idealizaciones tenidas como verdades y su correspondencia con la realidad. Y me acordé de los aficionados de Biarritz, la mañana que yo fui a ver su semifinal de la Heineken Cup contra Munster en Anoeta, cantando en los bares del casco viejo de San Sebastián el “¡Que Viva España!” de Manolo Escobar. Concluyo que cualquier día de éstos me agarro a la razón histórica y, como buen aragonés, me hago del Nápoles.

25 10 2011
Emilio A.

Qué bonito es seguir la Web Ellis, pero mejora y mucho siguiendo en paralelo tu visión. Gracias por compartirlo con quienes disfrutan tanto del rugby como de tu literatura. Por cierto, también estuve ese día en Anoeta, y por supuesto, antes del partido en los bares del casco viejo. Un saludo y lo dicho, GRACIAS

25 10 2011
ornat

Lo agradezco, pero… ¿literatura? No, no. La Literatura es una cosa seria. Yo cada vez que sale por televisión en un rótulo el sintagma “Fulano de tal. Periodista y escritor”, me pongo en guardia. Yo no lo permitiré, si llega el caso, conmigo mismo. No es lo mismo escribir que ser escritor, pienso. Ni publicar un libro que ser escritor. De hecho, no son lo mismo los libros que la Literatura. Y una cosa son las canciones y otra la música. La gente suele decir que le gusta mucho la música, pero sospecho que se refieren a las canciones. Recuerdo a una persona a la que, cuando le dije que leer era una de mis pasiones favoritas, me dijo: “¿Has leído Los Pilares de la Tierra?”. Yo contesté: “No, no… prefiero la Literatura”. Y ella, con toda dignidad, me replicó: “Pues la Literatura estará muy bien, pero no haber leído los Pilares de la Tierra es un crimen”. En mi profesión me suelen insultar llamándome poeta y filósofo: algún entrenador con aspecto de monaguillo y otro con aspecto de cura, por ejemplo. El calificativo revela qué poca poesía y qué poca filosofía han leído ambos para confundirme de esa manera.

26 10 2011
Marcos

Gran crónica ornat !!!! Felicidades a ti y al campeón !!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: