El viajero del traje blanco

30 11 2011

Por casualidad, o porque uno vive decididamente más atento a lo innecesario que a lo fundamental- he sabido que el 1 de diciembre se cumplen 176 años del nacimiento de Mark Twain, el padre de la literatura norteamericana: “El primer escritor que disfrutó de la fama reservada entonces a los Presidentes, los generales y los predicadores que le pegaban fuego a graneros”. La efemérides es lo suficientemente irregular, en cuanto a la cifra, como para celebrarla con algunas palabras de agradecimiento. Una coincidencia, porque llevo días pensando en escribir sobre Mark Twain sin decidirme a hacerlo, tal vez porque, como él mismo dejó dicho, “hacen falta unas tres semanas para escribir un discurso improvisado”.

No acierto a recordar en qué momento pasé por encima de la evidencia de que Mark Twain es el autor de Huckleberry Finn y Tom Sawyer y me encontré al autor cuyo nuevo libro celebro siempre que me lo cruzo. No está mal para un señor que nació en 1835, con la visita del cometa Halley, lo que le hizo predecir: “Me iré de este mundo cuando el cometa vuelva a la Tierra”. Y ocurrió: en 1910, al día siguiente del fenómeno cósmico, Twain murió. Antes, a lo largo de su vida, había anticipado en un sueño premonitorio la muerte de su hermano, a quien entrevió en un ataúd vestido con un traje suyo. Se interesó por la ciencia, conoció a mandatarios, formó parte de la primera sociedad de parapsicología de Estados Unidos, lo visitó Thomas Edison, trabajó en una imprenta, como cajista, como piloto de un paquebote en el Mississipi, fue periodista, reportero, conferenciante… Sobre todo fue viajero. Y ahí nos cruzamos, por envidia tal vez, el día en que en la sección de literatura de viajes -un genero encantador, siempre que uno encuentre al viajero adecuado- vi el primero de los tres volúmenes de una serie titulada de manera salvajemente evocadora: Viaje alrededor del Mundo siguiendo la línea del Ecuador.

Mark Twain, con su traje blanco, su cabello blanco, su bigote manchado y una pipa dispuesta. De acuerdo a Faulkner, el padre de la Literatura americana.

Recuerdo haber devorado aquellos libros, haberme reído incansablemente con sus chanzas, sus despreocupados comentarios, la mordacidad de los juicios, la inteligencia de los comentarios, el ojo crítico, la piedad y la preclara singularidad de sus observaciones acerca de razas, pelajes, hombres, costumbres, tribus, credos, colores, lugares. Y haberme revolcado felizmente en la maravilla de sus construcciones sintácticas, como un perrillo en un jardín de barro. Twain (nacido Samuel Langhorne Clemens) es mi autor americano favorito. El que más me divierte. El que más me estimula. El que más me gustaría ser. Sí, uno daría algo por esos mundos alambicados de Faulkner, por la pérfida imaginación de Poe, por la curiosidad generosa de Truman Capote, la potencia descriptiva de Herman Melville, la conciencia de Steinbeck, sus arquetipos, cómo no por las frases como disparos de Hammett y Chandler, y también por algo de Richard Ford o Pete Dexter… Cualquier cosa, T. S. Eliot, Dos Passos, Norman Mailer. Sí, pero sobre todo entregaría cualquier precio estipulado por haber embarcado con Twain en su vapor, por fumar una pipa en el descanso del crepúsculo en la cubierta del Quaker City; por haber descubierto el Pacífico Sur en sus viajes siguiendo la línea del Ecuador, o en el fantástico periplo alrededor del mundo (Estados Unidos, Europa, Tierra Santa… el primer viaje de turismo organizado de la historia, como lo definió él) que escribió por entregas y que están reunidos en el libro llamado Los Inocentes en el Extranjero,  también publicado en España por Ediciones del Viento con el título de Guía Para Viajeros Inocentes.

Y desde luego, en su Vida en el Mississipi o en Un Vagabundo en el Extranjero. Como hago ahora con su viaje de dos semanas en diligencia atravesando Estados Unidos desde Missouri a Nevada: un viaje que iba a durar tres meses, para acompañar a su hermano Orion, nombrado ayudante del gobernador de Nevada, y que acabó prolongándose durante nueve años en los que Mark Twain conoció el Oeste salvaje, durmiendo al raso o sobre la montonera de sacas de correo que portaba la diligencia; sus vuelos por las llanuras, las Rocosas, el terror a los indios y, de fondo, la fiebre del oro. Ese libro se llama Pasando Fatigas. Es de una felicidad infatigable. No debería terminarse nunca.

Uno viaja y escribe, viaja y lee. Las dos, las tres cosas van íntimamente unidas. Cada vez que hay que salir de casa, los dedos quieren en los estantes a Julio Camba, a Josep Pla, a Stevenson y, por supuesto y por encima de todos , a Mark Twain. Esta vez lo llevé de paseo por Italia unos días. Y mientras las televisiones transalpinas rezaban por el nuevo gobierno de Mario Monti, mientras yo rendía culto a las tumbas de Galileo, Maquiavelo, Dante o Miguel Ángel en Florencia, mientras observaba las huellas de Leonardo, la escuela florentina, los crucifijos pintados de Ghiotto, las catedrales, las basílicas, las plazas medievales, las torres, los viñedos toscanos… iba pensando en el desapego descrito por Twain en esos mismos lugares hacia el arte clásico, la repetición insaciable de los temas, la entrega del genio artístico a la glorificación de los poderes religiosos, civiles y económicos. Ese escepticismo, el hartazgo de la belleza, su tirria por los guías de viaje, su negación del descubrimiento como producto: “Si el gran Tiziano hubiese contado con el poder de la profecía y hubiese dejado de pintar uno de sus mártires para irse a Inglaterra a pintar un retrato de Shakespeare, aunque fuese de joven, del que todos pudiésemos fiarnos ahora, el mundo, hasta el final de los tiempos, le habría perdonado el mártir perdido”.

Cosas así decía Mark Twain. Y cosas como que, si uno dice la verdad, jamás tendrá que acordarse de nada. El hombre que fumaba en pipa y repetía que, de joven, “podía recordar todo, hubiera sucedido o no”. El que prefería el Paraíso por el clima… y el infierno por la compañía. El que consideraba al Hombre un experimento cuya validez habrá todavía que probar. O que el único motivo por el que nos alegramos en las bodas y lloramos en los funerales es que no somos la persona implicada. Decía. Un viajero que sostenía que “la verdad es mucho más extraña que la ficción”. Y que acertó a definir: “Para Adán, el Paraíso era el lugar en el que estaba Eva”.





I look at you all…

28 11 2011

No sé si hará falta que diga algo. No sabría decir gran cosa, salvo que no se pueden haber escrito muchas canciones más hermosas que ésta; y que no sé si George Harrison alcanzaría una interpretación tan excelente como la que él y sus secuaces (Ringo Starr a la batería incluido) hicieron en el celebérrimo Concierto por Bangladesh. Hay otra versión magnífica (las de los Beatles están fuera de categoría, por razones obvias) dirigida por Eric Clapton a la guitarra y la voz, Paul McCartney en el piano, el propio Ringo a la batería y Dhani, el hijo de Harrison, con una guitarra acústica: la del llamado Concierto por George. Podría buscar este tema en sus mil diferentes revisitaciones e ir poniéndolas todas, día a día, hasta que aquí nos quedásemos cuatro (o cuatro mil) locos insaciables. De todas las posibilidades siempre voy a preferir la voz de Harrison, compuesta de una textura de la que no puedo hacer juicios críticos, pero sí sentimentales: siempre me ha provocado una temblorosa emoción, ignoro el por qué. El riff del comienzo y el solo de guitarra que la culminan son preciosos y aquí, en esta interpretación con un sonido tan de los setenta, se afilan magistralmente.

¿Qué decir de noviembre, un mes que se lleva todo por delante? Noviembre ha sido casi siempre negro. No tan cruel como abril, creyó el poeta, pero insondablemente oscuro, desesperanzador, el punto más lejano y solitario del año. Uno, que tiene todas las resistencias erosionadas hace ya días, lo va pasando de medio lado, envuelto en una extrañeza creciente, un distanciamiento sin regresos inmediatos. Tratando de no calcular cuánto queda hasta que vuelva la luz, por ejemplo la luz a la que cantó George Harrison en Here Comes The Sun. ¿Qué decir de George Harrison, fallecido mañana hará diez años? Lo mismo que de cualquiera de los otros tres: eran y son una cumbre insuperada. Grupal y personalmente. La culminación anticipatoria de todo lo que después hemos celebrado.





El último vals

13 11 2011

Cuando me sonó el teléfono estaba en la Fnac y me disponía a llenarme la bolsa de cedés. Al otro lado, al descolgar, la voz de aquel amigo que, jugando de talonador y con los brazos cruzados a la espalda de los dos pilares, era capaz de pegarle un puñetazo en la melé al número 3 contrario. No pregunten cómo: en la melé se dan prodigios anatómicos difíciles de razonar. Hubo un tiempo en que la melé del Semi era una reunión de caza-recompensas sedientos de carne. Aquellos tipos a cuyos pechos nos criamos unos cuantos delanteros de la generación límite no sólo empujaban y pisaban; también, como norma de comportamiento rutinario, golpeaban. La voz era conocida y empezó a decir cosas conocidas: que si hay que pasarles por encima, que si la melé es lo de siempre, que si te placan tiene que ser cobrando, que un codo en la boca del defensa, que si te acuerdas aquel día que le bailé un zapateado en la espalda a no sé quien, que no nos pueden empujar, que hay que hundirlos… Ese tipo de cosas: cháchara rutinaria entre viejos primeras líneas. La juventud es tierna; la juventud no está comprometida; la juventud es, en términos generales, miedosa, cobarde, desinteresada o blanda; la juventud no es lo que era. La conclusión resultaba inevitable. Me la vi venir y además sabía mi respuesta, después de ponerme la sangre a hervir durante tres cuartos de hora de conversación: bueno, el sábado qué….yo voy a jugar, ¿y tú, qué? Por un momento me quedé pensando en Robert de Niro.

Robert de Niro, como Neil McCauley en Heat: un tipo convincente...

Hay una escena en Heat, la vibrante película de Michael Mann, en la que De Niro propone a un ex convicto al que se encuentra friendo hamburguesas en un restaurante que conduzca su coche en el atraco multimillonario que va a hacer a un banco. Acaba de quedarse sin conductor para la huida (la policía le pisa los talones a Trejo) y al chico de la plancha lo conoce de sus días a la sombra. Basta tentarlo. Se ve que la reinserción es un asunto algo más complicado de lo que suponen los programas condescendientes. El tiempo se echa encima, el chico duda algunos segundos: debe de estar pensando en alguien, seguramente una mujer que le guardó la ausencia mientras él cumplía condena; alguien que saborea en ese mismo momento la esperanza de una nueva vida. McCauley lo aprieta: una respuesta, ahora, sí o no… Atrapado en la rutinaria y abusiva seguridad de una condicional entre bollos de pan y salchichas, el tipo decide de inmediato entregarse a un último baile al volante de esa banda de atracadores tan cool que capitanea De Niro. Es lo único que sabe hacer. O tal vez lo único que puede hacer.

Entre ese tipo al que proponen echar a perder de nuevo su vida y alguien a quien lo invitan a un último vals en el campo de rugby existen algunas malvadas similitudes: hay un veneno, hay un torvo sentido de pertenencia, hay una incomprensión de inadaptado, hay una vulgar sinrazón y una extrañeza de los lugares, las personas, el olor de las cosas, las sensaciones. La insoportable levedad de estar fuera, de ya no ser y, aún peor, la rara culpabilidad de haber abandonado a los amigos en el frente… Naturalmente, todo esto es estúpido: basta usar la razón, apenas. El carnet de identidad. Los horarios de salida al patio con otros matones. Los partes de dos meses y medio de baja. La mujer que te espera para recuperar la vida que partió por la mitad aquel error, y su condena. El recuerdo de las horas de inmovilidad. Los barrotes. El quirófano. Bastaría cualquiera de esas cosas, debidamente ordenadas, para apelar a la razón. La razón tiene razón.  Sí, uno sabe que hay otra vida fuera del campo de rugby, pero no alcanza a darle forma o lo gana la impresión de que hay algo incompleto, como una nota disonante, una frase que no concuerda, algo fuera de su sitio. Debe de haber un modo de reconocer lo inevitable y, sin embargo, no lo encontramos. Traté de conjurar todas estas locuras comprándome una pelota a la que abrazarme en casa. Prometí que sólo entrenaría para sentirme en forma, ver a la gente, reconocer otra vez algunas sensaciones. Me llamó Robert de Niro y me dijo: “Una respuesta, ahora”. Y tres segundos después estaba a punto de tirarme de cabeza contra el estante de las películas.

Un par de escenas más tarde, una mujer ve el retrato del muchacho que freía hamburguesas en las noticias de las seis, y observamos en sus ojos un callado desmoronamiento interior. Ahora ella sabe que, en el tiroteo que sigue al atraco, el conductor ha sido de los primeros en morir baleado. Ha vuelto a hacerlo. Ay, las madres huérfanas, las novias que impedían a sus chicos ir al rugby, los muchachos que mentían en casa para poder jugar. Venían a entrenar envueltos en mentiras, como apestados en las catacumbas… Pero uno no piensa estas cosas. Es el último baile del guerrero, que cantó Kortatu. Bailad, malditos. Mi patético canto de cisne. El vals de The Band. El final de la escapada. The end, my friend. Va, la última y nos vamos a dormir. Este año lo dejo. Los últimos gustos, con los últimos sustos.





Cómo luchar contra la soledad

3 11 2011

Es por la tristeza, nos dijo Jeff Tweedy. Puede que una parte de la audiencia no comprendiera del todo, que le chirriase la caracterización de España como país afecto a las hermosuras de la aflicción. Para mí, era evidente: los estaba viendo desde el balconcillo de la grada alta del Price, en Madrid. Cansado de un primer tramo de concierto sentado sobre una aterciopelada butaca lateral y del hueco sonido de las primeras interpretaciones, en las que los ingenieros hubieron de bajar notablemente el volumen para no incurrir en el caos al que invita el recinto circular -a medias teatro, a medias carpa de circo- del Price. A Diego Manrique le parece que los precios (70 euros esa localidad) eran adecuados y en consonancia con los del resto de la gira europea. A mí no… y con razón. Vi los precios en los recitales de Manchester o varios de Alemania, donde estuve considerando ir, y no pasaban de los 50 euros ni las treintaitantas libras. Bien está la proximidad íntima que procura la graciosa disposición del Teatro Circo Price y su chiquito ruedo de tarima; y su mínimo espacio para montar el escenario, encajonado en la salida de artistas, pegado a la esquina del semicírculo de gradas. Bien está: “¡Ese tío está subido con nosotros en el escenario!”, gritó una vez Tweedy, señalando a la esquina más cercana de la primera fila, en la que el crítico de cine Carlos Boyero se entregaba con los ojos cerrados a los riffs y los slides de Nels Cline. No sé si se refería a él o a un tipo a su lado, que bailaba de pie coreando los temas. Yo pensé que, por ese precio, uno debería tener derecho, en efecto, a estar con Wilco encima del escenario. El precio de la perfección, escribe mi admirado Manrique… Pero no se refiere a eso.

Glenn Kotche by Richie Wireman

Glenn Kotche, el fantástico batería de Wilco, en su laberinto de sonidos: de esta forma tan sugerente lo fotografió Richie Wireman para Wilcoworld.net durante la gira norteamericana del mes pasado.

Y eso hice: ponerme tan cerca del escenario como pude. Cansado de la butaca estanco, me fui al balconcillo a ver la parte más sabrosa del concierto. He visto suficientes veces a Wilco para tener ya muy definidas las preferencias, y sentarme a mirarlos como si estuvieran en una pantalla de cine no está entre ellas. Desde el lateral diestro, a ratos veía un poco de espaldas la delantera de cuerdas y voz, pero a cambio tenía a Nels Cline a apenas tres metros y la posibilidad de disfrutar cada uno de sus punteos con una nitidez espeluznante. Su monitor no debía de andar lejos y se oía perfectamente cada mínimo detalle. Un poco más allá, Tweedy con su gris sombrero hongo, tocado que a David Lafferty, el crítico del Manchester Evening News, le pareció muestra de impostura innecesaria para una banda como Wilco: “Forget the glitz, Jeff… just play the tunes” (“Déjate de artificios, Jeff… limítate a las canciones”). Stirrat entraba y salía de la primera línea, con ese aire ajeno, humilde y filantrópico de casi todos los tipos que tocan el bajo, como si hubieran somatizado el tono grave de sus acordes y la condición de sostén rítmico de las alucinaciones del resto; y al otro lado Pat Sansone, con sus vivaces trasteos a la guitarra o sus juegos sónicos de multiinstrumentista. Justo debajo de mí, Jorgensen se afanaba en los teclados. Y en línea tenía, sobre todo, al tipo al que más me interesó seguir durante todo el recital; en línea como si yo fuera el asistente del árbitro en la banda y él ese delantero centro que bordea el fuera de juego: Glenn Kotche, un batería sinceramente admirable, un luthier de los tambores, el secreto oculto del muro de sonido sobre el que Wilco apoyan la brutalidad experimental de sus composiciones: con sus baquetas, sus escobillas, sus maracas, los platillos vueltos sobre los platos mayores, la búsqueda de registros, texturas y ambientes que enmarquen cada canción.

Me gustó la apuesta inicial, con el despacioso torrente de cuerda española de One Sunday Morning, el tema de 12 minutos, de cadencioso ritmo en un puente de guitarra repetido, cierre para The Whole Love, su último disco. Siguieron con Poor Places, otro tiempo lento de Yankee Hotel Foxtrot, en el que ya asoman algunos apuntes, amenazas del ruidismo que aparece en ese disco y que iba a hacer presencia innegable en este concierto. Luego, celebrada aunque con un epílogo instrumental menos apabullante de lo que yo esperaba, el trallazo electro-psicodélico de Art of Almost… Y una cuarta, I Might, con sus jueguecitos de órgano, tercer ingreso de la noche en TWL. Detrás de todo eso, había algo nuevo para mí: la incómoda sensación, durante los 20 o 25 minutos del arranque sentí que no me llenaba lo que veía ni cómo sonaba. Empecé a preguntarme si no había visto demasiadas veces a Wilco. Si no habría traspasado los límites recomendables de la admiración. Era la butaca, era el precio (yo pensando en los precios, yo…. siempre tan despiadadamente manirroto), era la oquedad del sonido, el muchacho que a mi lado le llamaba la atención a otro que se ponía de pie para aplaudir y bailar, el volumen… O la adusta puesta en escena, sin siquiera saludar. ¿Era tensión de los músicos? ¿Era un temor mío? ¿Tendrían razón los que consideran que Sky Blue Sky y Wilco (The Album) son obras menores que anunciaron un declive, cuando a mí me gustan tantísimo… sobre todo el primero? Entonces tocaron At Least That’s What You Said. Una de las canciones que más quise siempre. Con el ojo tumefacto del novio sentado al borde de la cama mientras ella llora, esas separaciones de las que las dos partes salen heridas: “Cuando me senté a tu lado en la cama / te pusiste a llorar… / Puede que, si me marcho, / desees que vuelva a casa. / Tal vez sólo necesitas / que te deje sola… O eso fue lo que dijiste… /Fue precioso que me besaras / el ojo que se me había puesto morado / Fue precioso incluso aunque fuiste tú la que me lo puso así”. Y luego el largo guitarreo. Fue At Least… y luego vino Bull Black Nova, la escena de carretera, la sangre en el asiento, el acoso y la desesperación Y después Via Chicago con su tormenta diabólica ahogando las voces en el camino de vuelta a casa. Y después Jesus, etc… Y ahí me levanté de la butaca y me fui al balconcillo. Fue por ahí, después de Born Alone o antes de War on War, o quizás en la delicada Hummingbird. Ahí dijo Jeff Tweedy lo de la tristeza y me reconocí desarmado en sus palabras. Y se puso a cantar Impossible Germany.

Pat Sansone, de espaldas, y Jeff Tweedy -con su asabinado sombrero hongo-, interpretan mano a mano el diálogo de guitarras que hace de brillante epílogo para su mejor interpretación de la noche del martes en Madrid: Impossible Germany.

He oído cien mil veces esa maravilla (“el mejor solo de guitarra del siglo”, proclamaba ayer un crítico), y la he escuchado hasta tres veces en directo. Ninguna como ésta. La mejor versión que he visto de un tema en sí memorable. Es raro haber oído tantas veces lo mismo y reconocer cuándo la interpretación de un tema ofrece algo definitivamente distintivo. Pero no estaba solo en esa impresión. Porque cuando Nels Cline, Tweedy y Pat Sansone (estos dos mano a mano, el otro en solitario sobre la esquina del escenario) finalizaron su audaz diálogo de guitarras, el teatro entero se levantó en pie y produjo una ovación estruendosa. Pero no el tipo de ovación gamberra, admirativa, incandescente… el tipo de ovación que da el público en un concierto de rock. No. Fue, en cambio, uno de esos largos aplausos que corresponden a la interpretación de un aria portentosa en la ópera o al mutis sagrado de un actor en el teatro o a la reverencia final de una compañía triunfal. Fue un tipo de aplauso que yo jamás había escuchado salvo en la música clásica. De todo el concierto voy a recordar siempre ese momento, que previaba con el tono y la forma debidos un pasaje absolutamente magistral de los seis músicos.

Wilco habían vuelto a hacerlo. Del opinable titubeo inicial, arriesgado de por sí, a la conquista absoluta gracias a la maquinaria interpretativa de una banda sensacional en todos los sentidos del término. Wilco no se toma noches libres cuando se trata de tocar, miden perfectamente los impactos y ponen en juego su prestigio durante cada minuto de los directos. Los discos pueden ser opinables; sus conciertos no admiten réplicas. Ninguno de los cinco, y pienso seguir, que yo he visto en estos años. Ahora entiendo a aquel melómano que, una noche en la barra del hotel en el que yo trabajaba en Londres, me contaba entre tragos a sus escoceses que llevaba siete noches seguidas viendo a Eric Clapton en el Royal Albert Hall, armado con unos binoculares para seguir sus manos. Ahora entiendo… Los tres cuartos de hora que cerraron el set establecido el martes en Madrid edificaron un recital formidable, en el que Wilco pusieron todo el potente empeño de su destreza para mezclar sabores, tradiciones clásicas y ejercicios experimentales, la vulnerable quietud de las piezas y la transgresión estimulante de sus creaciones más altas. No fue, como temí, una mera reunión de hits. Interpretaron hasta siete temas de su discutido (ya por molesta costumbre) último elepé. Repasaron algunas de las cumbres de Yankee Hotel Foxtrot o A Ghost Is Born. Y nos dieron ganas de ir a Barcelona, a San Sebastián, a Vigo y someternos una vez y otra a la prueba de la fe. Puede que, como dice Manrique, todo en los directos de Wilco esté perfectamente calculado para la creación de un efecto. Una actuación ha de buscar eso. Pero cualquiera sabe que hay cientos de bandas a los que, cuando se ponen a calcular cosas así, no les salen ni siquiera las sumas y las restas. A Wilco les bastaría con interpretar cada noche Spiders (Kidsmoke) para enfatizar los conciertos y darle a la gente lo que más reclama de esta banda: la expresividad arrolladora de A Ghost is Born. Pero esa no sonó. No lo hace siempre. Cada recital suyo que yo he visto puedo recordarlo por un distinto argumento central que revienta en líneas de fuga diferentes. Buscan caminos alternativos (¿no lo es iniciar un concierto con doce minutos de murmullo acústico?); rebuscan en el catálogo y encuentran esos temas menos considerados, esos que uno pasa por alto en los primeros días y crecen con el tiempo, y los someten (nos someten) a un redescubrimiento que de pronto vuelve a hacer obligatorio meter en el reproductor el hace tiempo no escuchado Being There y atravesar las áridas tierras camino de Madrid mecido por sus acordes; o proclamar que el Foxtrot ya aguardaba latente en Summerteeth.

La parte de los bises fueron esos himnos tan recitables que cantan a la juventud extraviada en Heavy Metal Drummer (“Echo de menos la inocencia que conocí / Tocar versiones de los Kiss / Guapos y colocados…”); o las torcidas enseñanzas vitales de imperfección y vida en War on War: “Tienes que perder / tienes que aprender a perder / Tienes que aprender a morir… / si quieres saber cómo seguir vivo”. Ese tipo de frases que nos han enredado. La música, sí, pero sobre todo la hermosura de la tristeza en las letras; y los torrentes de putrefacción anímica que corre por la tramoya oculta de los días, convertidos en un muro de sonido contra el que podemos apoyarnos. “A sonic shoulder for you to cry”, como proclamaba Wilco (The Song). Lo que no vemos pero está ahí, detrás de la presunta belleza de los días. La cloaca y las ratas que corren por las orillas, bajo los jardines en los que juegan los niños. El sumidero embarrado de mierda que sigue a la poética de la lluvia. El óxido de los metales en el trastero húmedo que dejan las riadas. La opresiva blancura de los muros en las noches de soledad. “Vosotros entendéis la tristeza y por eso nos queréis tanto”, dijo Jeff Tweedy. Eso fue. Eso es. Armamento contra la soledad.

Agrego el setlist
One Sunday Morning, Poor Places, Art of Almost, I Might, At Least That’s What You Said, Bull Black Nova, Via Chicago, Jesus, etc, Born Alone, War on War, Hummingbird, Whole Love, Impossible Germany, Red Rising Lung, Standing O, Handshake Drugs, Dawned on Me, A Shot in the Arm. Bises: Heavy Metal Drummer, The Late Greats, I’m the Man Who Loves You, Red-Eyed and Blue, I Got You (At the End of the Century).





Wilson Wilco

1 11 2011

El jueves pasado, Mogwai estuvieron a punto de reventar las paredes de la Oasis y me dejaron un zumbido que se quedó ahí toda la noche, de esos que te ayudan a dormir. Sin querer ser peyorativo, uno ha tenido con los escoceses la relación de un bebé con su sonajero o sus ingenios móviles: en noches muy cerradas, apoyaba la cabeza en sus progresiones concéntricas y así quedaba seco, babeando contra la almohada con la mirada del cerebro perdida. Esta vez caí con el zumbido puesto. Al fondo, como una sicofonía, como un agua de lluvia insistente en el cristal, una voz parecía decir: soy Jim Morrison y estoy muerto.

Acabo de conocer a Jonathan Wilson y sospecho que esto es the beggining of a beatiful friendship. Un tipo con ese aspecto de Costa Oeste americana en los años de Haight y Ashbury por fuerza me ha de caer bien o yo no me conozco en absoluto después de tantos años. Esta noche lo saludaré, a ver si me lleva a una fiesta.

Por supuesto, después celebraré la tradición de la emoción admirativa, felizmente casi anual. Wilco: el arte del casi…