Cómo luchar contra la soledad

3 11 2011

Es por la tristeza, nos dijo Jeff Tweedy. Puede que una parte de la audiencia no comprendiera del todo, que le chirriase la caracterización de España como país afecto a las hermosuras de la aflicción. Para mí, era evidente: los estaba viendo desde el balconcillo de la grada alta del Price, en Madrid. Cansado de un primer tramo de concierto sentado sobre una aterciopelada butaca lateral y del hueco sonido de las primeras interpretaciones, en las que los ingenieros hubieron de bajar notablemente el volumen para no incurrir en el caos al que invita el recinto circular -a medias teatro, a medias carpa de circo- del Price. A Diego Manrique le parece que los precios (70 euros esa localidad) eran adecuados y en consonancia con los del resto de la gira europea. A mí no… y con razón. Vi los precios en los recitales de Manchester o varios de Alemania, donde estuve considerando ir, y no pasaban de los 50 euros ni las treintaitantas libras. Bien está la proximidad íntima que procura la graciosa disposición del Teatro Circo Price y su chiquito ruedo de tarima; y su mínimo espacio para montar el escenario, encajonado en la salida de artistas, pegado a la esquina del semicírculo de gradas. Bien está: “¡Ese tío está subido con nosotros en el escenario!”, gritó una vez Tweedy, señalando a la esquina más cercana de la primera fila, en la que el crítico de cine Carlos Boyero se entregaba con los ojos cerrados a los riffs y los slides de Nels Cline. No sé si se refería a él o a un tipo a su lado, que bailaba de pie coreando los temas. Yo pensé que, por ese precio, uno debería tener derecho, en efecto, a estar con Wilco encima del escenario. El precio de la perfección, escribe mi admirado Manrique… Pero no se refiere a eso.

Glenn Kotche by Richie Wireman

Glenn Kotche, el fantástico batería de Wilco, en su laberinto de sonidos: de esta forma tan sugerente lo fotografió Richie Wireman para Wilcoworld.net durante la gira norteamericana del mes pasado.

Y eso hice: ponerme tan cerca del escenario como pude. Cansado de la butaca estanco, me fui al balconcillo a ver la parte más sabrosa del concierto. He visto suficientes veces a Wilco para tener ya muy definidas las preferencias, y sentarme a mirarlos como si estuvieran en una pantalla de cine no está entre ellas. Desde el lateral diestro, a ratos veía un poco de espaldas la delantera de cuerdas y voz, pero a cambio tenía a Nels Cline a apenas tres metros y la posibilidad de disfrutar cada uno de sus punteos con una nitidez espeluznante. Su monitor no debía de andar lejos y se oía perfectamente cada mínimo detalle. Un poco más allá, Tweedy con su gris sombrero hongo, tocado que a David Lafferty, el crítico del Manchester Evening News, le pareció muestra de impostura innecesaria para una banda como Wilco: “Forget the glitz, Jeff… just play the tunes” (“Déjate de artificios, Jeff… limítate a las canciones”). Stirrat entraba y salía de la primera línea, con ese aire ajeno, humilde y filantrópico de casi todos los tipos que tocan el bajo, como si hubieran somatizado el tono grave de sus acordes y la condición de sostén rítmico de las alucinaciones del resto; y al otro lado Pat Sansone, con sus vivaces trasteos a la guitarra o sus juegos sónicos de multiinstrumentista. Justo debajo de mí, Jorgensen se afanaba en los teclados. Y en línea tenía, sobre todo, al tipo al que más me interesó seguir durante todo el recital; en línea como si yo fuera el asistente del árbitro en la banda y él ese delantero centro que bordea el fuera de juego: Glenn Kotche, un batería sinceramente admirable, un luthier de los tambores, el secreto oculto del muro de sonido sobre el que Wilco apoyan la brutalidad experimental de sus composiciones: con sus baquetas, sus escobillas, sus maracas, los platillos vueltos sobre los platos mayores, la búsqueda de registros, texturas y ambientes que enmarquen cada canción.

Me gustó la apuesta inicial, con el despacioso torrente de cuerda española de One Sunday Morning, el tema de 12 minutos, de cadencioso ritmo en un puente de guitarra repetido, cierre para The Whole Love, su último disco. Siguieron con Poor Places, otro tiempo lento de Yankee Hotel Foxtrot, en el que ya asoman algunos apuntes, amenazas del ruidismo que aparece en ese disco y que iba a hacer presencia innegable en este concierto. Luego, celebrada aunque con un epílogo instrumental menos apabullante de lo que yo esperaba, el trallazo electro-psicodélico de Art of Almost… Y una cuarta, I Might, con sus jueguecitos de órgano, tercer ingreso de la noche en TWL. Detrás de todo eso, había algo nuevo para mí: la incómoda sensación, durante los 20 o 25 minutos del arranque sentí que no me llenaba lo que veía ni cómo sonaba. Empecé a preguntarme si no había visto demasiadas veces a Wilco. Si no habría traspasado los límites recomendables de la admiración. Era la butaca, era el precio (yo pensando en los precios, yo…. siempre tan despiadadamente manirroto), era la oquedad del sonido, el muchacho que a mi lado le llamaba la atención a otro que se ponía de pie para aplaudir y bailar, el volumen… O la adusta puesta en escena, sin siquiera saludar. ¿Era tensión de los músicos? ¿Era un temor mío? ¿Tendrían razón los que consideran que Sky Blue Sky y Wilco (The Album) son obras menores que anunciaron un declive, cuando a mí me gustan tantísimo… sobre todo el primero? Entonces tocaron At Least That’s What You Said. Una de las canciones que más quise siempre. Con el ojo tumefacto del novio sentado al borde de la cama mientras ella llora, esas separaciones de las que las dos partes salen heridas: “Cuando me senté a tu lado en la cama / te pusiste a llorar… / Puede que, si me marcho, / desees que vuelva a casa. / Tal vez sólo necesitas / que te deje sola… O eso fue lo que dijiste… /Fue precioso que me besaras / el ojo que se me había puesto morado / Fue precioso incluso aunque fuiste tú la que me lo puso así”. Y luego el largo guitarreo. Fue At Least… y luego vino Bull Black Nova, la escena de carretera, la sangre en el asiento, el acoso y la desesperación Y después Via Chicago con su tormenta diabólica ahogando las voces en el camino de vuelta a casa. Y después Jesus, etc… Y ahí me levanté de la butaca y me fui al balconcillo. Fue por ahí, después de Born Alone o antes de War on War, o quizás en la delicada Hummingbird. Ahí dijo Jeff Tweedy lo de la tristeza y me reconocí desarmado en sus palabras. Y se puso a cantar Impossible Germany.

Pat Sansone, de espaldas, y Jeff Tweedy -con su asabinado sombrero hongo-, interpretan mano a mano el diálogo de guitarras que hace de brillante epílogo para su mejor interpretación de la noche del martes en Madrid: Impossible Germany.

He oído cien mil veces esa maravilla (“el mejor solo de guitarra del siglo”, proclamaba ayer un crítico), y la he escuchado hasta tres veces en directo. Ninguna como ésta. La mejor versión que he visto de un tema en sí memorable. Es raro haber oído tantas veces lo mismo y reconocer cuándo la interpretación de un tema ofrece algo definitivamente distintivo. Pero no estaba solo en esa impresión. Porque cuando Nels Cline, Tweedy y Pat Sansone (estos dos mano a mano, el otro en solitario sobre la esquina del escenario) finalizaron su audaz diálogo de guitarras, el teatro entero se levantó en pie y produjo una ovación estruendosa. Pero no el tipo de ovación gamberra, admirativa, incandescente… el tipo de ovación que da el público en un concierto de rock. No. Fue, en cambio, uno de esos largos aplausos que corresponden a la interpretación de un aria portentosa en la ópera o al mutis sagrado de un actor en el teatro o a la reverencia final de una compañía triunfal. Fue un tipo de aplauso que yo jamás había escuchado salvo en la música clásica. De todo el concierto voy a recordar siempre ese momento, que previaba con el tono y la forma debidos un pasaje absolutamente magistral de los seis músicos.

Wilco habían vuelto a hacerlo. Del opinable titubeo inicial, arriesgado de por sí, a la conquista absoluta gracias a la maquinaria interpretativa de una banda sensacional en todos los sentidos del término. Wilco no se toma noches libres cuando se trata de tocar, miden perfectamente los impactos y ponen en juego su prestigio durante cada minuto de los directos. Los discos pueden ser opinables; sus conciertos no admiten réplicas. Ninguno de los cinco, y pienso seguir, que yo he visto en estos años. Ahora entiendo a aquel melómano que, una noche en la barra del hotel en el que yo trabajaba en Londres, me contaba entre tragos a sus escoceses que llevaba siete noches seguidas viendo a Eric Clapton en el Royal Albert Hall, armado con unos binoculares para seguir sus manos. Ahora entiendo… Los tres cuartos de hora que cerraron el set establecido el martes en Madrid edificaron un recital formidable, en el que Wilco pusieron todo el potente empeño de su destreza para mezclar sabores, tradiciones clásicas y ejercicios experimentales, la vulnerable quietud de las piezas y la transgresión estimulante de sus creaciones más altas. No fue, como temí, una mera reunión de hits. Interpretaron hasta siete temas de su discutido (ya por molesta costumbre) último elepé. Repasaron algunas de las cumbres de Yankee Hotel Foxtrot o A Ghost Is Born. Y nos dieron ganas de ir a Barcelona, a San Sebastián, a Vigo y someternos una vez y otra a la prueba de la fe. Puede que, como dice Manrique, todo en los directos de Wilco esté perfectamente calculado para la creación de un efecto. Una actuación ha de buscar eso. Pero cualquiera sabe que hay cientos de bandas a los que, cuando se ponen a calcular cosas así, no les salen ni siquiera las sumas y las restas. A Wilco les bastaría con interpretar cada noche Spiders (Kidsmoke) para enfatizar los conciertos y darle a la gente lo que más reclama de esta banda: la expresividad arrolladora de A Ghost is Born. Pero esa no sonó. No lo hace siempre. Cada recital suyo que yo he visto puedo recordarlo por un distinto argumento central que revienta en líneas de fuga diferentes. Buscan caminos alternativos (¿no lo es iniciar un concierto con doce minutos de murmullo acústico?); rebuscan en el catálogo y encuentran esos temas menos considerados, esos que uno pasa por alto en los primeros días y crecen con el tiempo, y los someten (nos someten) a un redescubrimiento que de pronto vuelve a hacer obligatorio meter en el reproductor el hace tiempo no escuchado Being There y atravesar las áridas tierras camino de Madrid mecido por sus acordes; o proclamar que el Foxtrot ya aguardaba latente en Summerteeth.

La parte de los bises fueron esos himnos tan recitables que cantan a la juventud extraviada en Heavy Metal Drummer (“Echo de menos la inocencia que conocí / Tocar versiones de los Kiss / Guapos y colocados…”); o las torcidas enseñanzas vitales de imperfección y vida en War on War: “Tienes que perder / tienes que aprender a perder / Tienes que aprender a morir… / si quieres saber cómo seguir vivo”. Ese tipo de frases que nos han enredado. La música, sí, pero sobre todo la hermosura de la tristeza en las letras; y los torrentes de putrefacción anímica que corre por la tramoya oculta de los días, convertidos en un muro de sonido contra el que podemos apoyarnos. “A sonic shoulder for you to cry”, como proclamaba Wilco (The Song). Lo que no vemos pero está ahí, detrás de la presunta belleza de los días. La cloaca y las ratas que corren por las orillas, bajo los jardines en los que juegan los niños. El sumidero embarrado de mierda que sigue a la poética de la lluvia. El óxido de los metales en el trastero húmedo que dejan las riadas. La opresiva blancura de los muros en las noches de soledad. “Vosotros entendéis la tristeza y por eso nos queréis tanto”, dijo Jeff Tweedy. Eso fue. Eso es. Armamento contra la soledad.

Agrego el setlist
One Sunday Morning, Poor Places, Art of Almost, I Might, At Least That’s What You Said, Bull Black Nova, Via Chicago, Jesus, etc, Born Alone, War on War, Hummingbird, Whole Love, Impossible Germany, Red Rising Lung, Standing O, Handshake Drugs, Dawned on Me, A Shot in the Arm. Bises: Heavy Metal Drummer, The Late Greats, I’m the Man Who Loves You, Red-Eyed and Blue, I Got You (At the End of the Century).

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2 responses

3 11 2011
anarkid

Sky Blue Sky es fascinante y acogedor: “Oh, I didn’t die / I should be satisfied / I survived / That’s good enough for now”.
¡Lo disfrutaré en Vigo!

3 11 2011
ornat

“One wing will never ever fly / neither yours nor mine / I fear we can only wave goodbye…”.

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