¡Sabotaje!

21 12 2011

El cajetín de un ascensor es un lugar tan poco hospitalario como un aeroplano. Su prestigio es bien diverso, sin embargo, como demuestra el hecho de que en los ascensores a la gente sólo se le ocurre hablar del tiempo, mientras que son abundantes las fantasías erógenas que tienen por escenario un largo vuelo transoceánico. En mi opinión, sin embargo, hay un punto de encuentro o dos entre ambos vehículos: en aviones y ascensores, los teléfonos no funcionan o no tienen cobertura; y tanto aviones como ascensores conjuran con un encierro la evidente violencia de la altura, que siempre nos acecha. Los dos son un suelo falso bajo el cual se levanta una alegre columna de aire, que decidimos ignorar por nuestro exceso de confianza en la mecánica. Los entendidos nos dicen que la aviación es el medio de transporte más seguro que existe y que la tecnología de los actuales ascensores hace imposible su caída por el oprobioso hueco rectangular de diez pisos. ¿Ni siquiera en el caso de que un villano serrara la trama de cables que lo sustenta? Ni siquiera en ese caso, me responde un amigo que se dedica al negocio. Y, además, cómo van a competir con el ascensor unas marmóreas escaleras, con su amenazante acordeón de baldosas en ángulo recto, ideales para partir vértebras y costillares si uno pierde pie.

Eso sí, los ascensores se cuelgan y te dejan encerrado. Sobre esa posibilidad, nadie miente: son carnívoros. La otra madrugada, el ascensor número uno de mi casa declaró suspensa su ascensión hasta el quinto piso nada más despegar del suelo. Yo iba escuchando en el iPod el tema Electricity, de Spiritualized, que viene con mucha profusión ruidosa; así que no advertí si, antes de detenerse, el aparato había liberado algún suspiro hidráulico que delatara su agotamiento. Sólo se paró, nada más despegar. Es el momento crítico de cualquier trayecto de esta naturaleza, ya se sabe. En el instante de quedar atrapado, en mi cabeza atronaba literalmente este sonido.

Sería la una y media de la mañana, esa hora en que los periodistas regresamos derrotados por la minuciosa madrugada, con sus telones de niebla, los silencios huecos y la poco generosa desviación profesional de pensar que cualquier error cometido durante la jornada será una pública condena en letra impresa al día siguiente. No es que quiera agregar dramatismo, pero a esa hora de un domingo la gente de bien no frecuenta rellanos. Me saqué los auriculares del oído para no multiplicar las impresiones de claustrofobia a las que iba a enfrentarme y pensé que, en caso de que el rescate se demorase, siempre podría devorar mi propio pie, como el niño de Aterriza como puedas que se quedó atrapado en un frigorífico. Activé la alarma, un enfático gesto bien inútil: el volumen de la sirena resultaba insuficiente, aunque me hizo pensar en las preguntas erradas del Un, Dos, Tres. Así que, abandonado a mi suerte por la electricidad, resolví ponerme en manos de la cinemática primitiva. Esto es, sentado sobre el piso del ascensor, me recosté contra la pared del fondo para tomar impulso y descargué una furibunda serie de patadas contra la puerta sinceramente patéticas. Pegar con ansiedad no sirve de nada, sólo aumenta la ansiedad. Hay que pegar de manera científica. Un puñetazo desaforado puede servir para derribar un buey, sí, pero también para partirse la muñeca en el intento. Y el equilibrio, el equilibrio es vital: ¿No ha visto usted cómo columpian los púgiles el peso muerto sobre los pies cuando disparan los puños? Perico Fernández me explicó un día que hay que golpear en la quijada, y esas cosas no las enseña un padre. Se ve que es el punto débil de los hombres: ahí donde la mandíbula se precipita en barbilla, ahí. Muy bien, pero… ¿cómo sale uno de un ascensor a puñetazos?

Luego he sabido que hay que mantener presionado el botón varios segundos para establecer contacto con el centro de atención al cliente. Hemos de esperar que no lo gestionen desde Telefónica. Tantas cosas he sabido demasiado tarde, después de ignorarlas en el momento adecuado… Que hay una ruedecita en el hueco lateral que desatasca el cierre de la puerta, aunque juro haberla buscado después en previsión de futuros accidentes, sin encontrarla; que arriba en el cuarto de máquinas de la azotea una palanca permite accionar de emergencia la subida o bajada al piso más cercano; que el protocolo de actuación de los mecánicos de ascensores exige presentarse en una llamada de auxilio en no más de 20 minutos. Tantas cosas que, ahora, todas las patadas que le pegué a la puerta me resultan aún más sonrojantes. En ese momento ya sabía que no iban a ser una solución, pero necesitaba ensanchar el cubo que me aprisionaba aunque fuera a tortazos.

Modelo común de ascensor carnívoro, con su exhibicionismo cúbico, su doble puerta corredera de acero reflectante, su escasa ventilación y esos modestos cuadros de mandos que hacen todo menos lo realmente necesario, abrirse cuando lo necesitas.

La situación no era agradable porque, por si fuera poco, hace un par de meses fui nominado presidente de la comunidad y arrancar la legislatura a hostias con el ascensor cuya instalación generó tantas controversias y gastos, según me cuentan, no hubiera dado buena imagen. Si rompo el ascensor, pensé, no faltará quien aproveche para acusarme también de violentar el descanso vecinal con mi batería desde las catacumbas del sótano. Hay dos situaciones en la vida que uno jamás quiso afrontar, por lo menos: ser llamado a una mesa electoral en día de votación; y convertirme en el tipo al que todos miran pidiendo explicaciones en las reuniones de vecinos. Así que no asistí a la convocatoria en la que se ve que fui aclamado sin oposición alguna y por riguroso turno. Mi programa es sencillo: ser el peor presidente de la historia de la propiedad horizontal, con el fin de que me recusen cuanto antes en ésta y otras hipotéticas comunidades futuras. Así, les concedo a todos lo que me piden, aunque unas peticiones resulten contradictorias con las otras o incluso las anulen; dejo en manos del porterico, que lo lleva todo anotado al dedillo, cualquier decisión comprometida, como por ejemplo si subimos un grado o adelantamos una hora el encendido de la calefacción para que los mayores no se queden pajaritos después de comer; salgo y entro con apresuramiento impostado en horas lectivas, y con la música en las orejas, para cercenar de antemano la tentación de alguno de despachar conmigo asuntos de vital importancia en el rellano; y, sobre todo, no abro la puerta jamás a los vecinos que tocan el timbre en la esperanza de poder hacerme cargo de sus preocupaciones.

[Anotación para la próxima junta, a la que si Dios me lo concede no podré asistir: La otra noche me fijé con detalle en el belén que mister Conserje había instalado en la garita y estuve tentado de declarárselo ilegal; no por quebrantar el constitucional laicismo (que aquí creemos y creemos mucho y bien), sino por la desordenada mezcla de modelos de figuritas y una observación muy relajada de las perspectivas, con un San José que es más grande que los camellos de los tres Reyes. Y, sobre todo, porque ha repartido por el gotelé del patio unas estrellitas de papel de plata arrugado que no sólo no anuncian la Buena Nueva, sino que animan a cualquier oenegé a dejarnos en una bolsa en el portal ropas de segunda mano y zapatos usados para que nos vistamos este invierno. No es que seamos una comunidad glamurosa, en fin, pero las estrellitas llevan años pareciéndome inadmisibles. Lo dejé pasar, empero].

Por fortuna, para mí y mi prestigio de mandatario, adquirí hace unos meses una BB que aun dentro del ascensor ofrecía unas raícas de cobertura suficientes para pedir auxilio. Con el viejo móvil hubiera pasado la noche enterrado en vida. De modo que pude comunicarme con el espacio exterior, tan envidiable; y, sosegado mi nerviosismo inicial, las imprecaciones a mi querida con el fin de que metiera cualquier cosa por el agujero de la llave de la puerta y me liberara, y los juramentos de que jamás volvería a subirme a un elevador en mi vida, ahora que estoy en forma, me dispuse a leer sin poder concentrarme demasiado algunas líneas de las memorias de Hunter Davies, el biógrafo de los Beatles, a quien conocí en cierta ocasión y me convirtió en protagonista de uno de sus libros. O sea que Hunter Davies ha escrito de los Beatles, de fútbol, de Paul Gascoigne e incluso de mí. Pero eso lo contaré otro día. Ahora diré que, pasada una media hora que pudo cambiar mi vida y equilibrios cerebrales para siempre, fui liberado de las garras de la mecánica por un atento muchacho de la Schindler. El chico atendió en tiempo y forma, confesó que era la tercera vez ese día que liberaba a un convecino de ese o el otro ascensor de la casa y, como disculpándose por la conjetura, anunció: “Tres veces en un día es raro: por el tipo de errores que da la máquina, y la evidencia de que todo está bien tecnológicamente hablando, bien pudiera ser que alguien, en cualquier piso, estuviera manipulando la puerta de los ascensores para colgarlos de forma deliberada“. Lo miré con gravedad. Le aplico el tratamiento perico o no se lo aplico… Me contuve, por si necesitara su rescate en otra ocasión. ¿Un caso de sabotaje en esta apacible comunidad, dice usted? ¿Un atentado contra la presidencia? Preferí desechar la posibilidad. Lo único que le faltaba a mi legislatura es tener que abrir una investigación de ese calado y que se me presentara en casa la polizei local, con la de multas de zona azul que le debo al cochero de Drácula.

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