…y tampoco me gustan las otras

27 02 2012

Este año, por los pasillos de los Oscars corrían demasiados niños, algunos perros y hasta un caballo,  de modo que al final uno termina por comprender que los premios se los lleve una película muda. Demasiada barahúnda. Había que premiar el silencio de forma bien sonora. ¿Puede ser que no me haya gustado gran cosa ni una sola de las nueve películas nominadas? En mi caso ocho porque no he visto, aunque comencé a hacerlo, El Árbol de la Vida. Uno siente debilidad por Terrence Malick, aunque es una debilidad muy débil y que me cuesta defender. Yo pertenezco a ese tipo de gente a la que La Delgada Línea Roja le pareció sublime. Y no pienso razonarlo ni trataré de convencer a ninguno de los que sintieron lo contrario, con toda la razón. De entre las pocas películas de Malick, mi preferida, la que veo siempre que me la cruzo, es Malas Tierras. Pienso ver El Árbol de la Vida porque quiero ponerme frente al trabajo de un señor que trata de narrar nada menos que la Historia del Hombre, en toda su inabarcable extensión. Algo que, hasta donde yo sé, sólo ha conseguido, o intentado si se quiere, Stanley Kubrick con 2001. Una Odisea del Espacio. Siempre recuerdo aquella carta que un espectador enfadado le escribió a Kubrick después de ver 2001 en un cine, con toda la razón: “Creo, señor Kubrick, que en atención a mi consideración por su obra y al dinero que he pagado por entrar al cine a ver su 2001, merezco que usted me dé una explicación de qué coño quiere significar su historia”.

Brad Pitt, en chándal, junto al 'nerd' que le hace de director deportivo en la sombra, elige por mera deducción matemática y lleva a una racha histórica (y real, porque realmente ocurrió) a un equipo de béisbol. Una estupenda película sobre deporte profesional en las que el deporte en sí pesa poco, salvo como excusa sobre la que armar un negocio multimillonario.

Pero volvamos a hoy, hecha la excepción de Malick. De las demás (las que no son The Artis), sólo Moneyball me entretuvo de verdad, pero entiendo que esa preferencia pueda deberse a una reunión de circunstancias: que Brad Pitt (casi) siempre me gusta, que la película trata de algo que me suena, la equivocación de seguir creyendo que es un juego lo que principalmente es un negocio para el entretenimiento; que me interesa toda la rareza del béisbol; o que me atrajo la escasez enfática de un film sobre deporte; y que donde parece que debiera haber espectacularidad de imágenes y hazañas visuales con artificio de cámaras, sólo hay acción que ocurre casi exclusivamente a través de la palabra (guión de Aaron Sorkin). Moneyball me pareció bien, pero tampoco para salir a tirar cohetes. Y no estoy reclamando que le hubieran dado el Oscar. También me dijo algunas cosas Los Descendientes, aunque no debieron ser demasiado importantes porque las he olvidado. Me quedo con el buen aroma que me suele dejar Alexander Payne y la constancia de que por fin alguien filma un coma con verdadero aire putrefacto de coma. Esa adúltera de la cama es un cadáver progresivo y así debe ser. Por cierto: Los Descendientes no puede descalzar a esa otra fantástica pelicula de su director que fue Sideways (o Entre Copas). La tercera que disfruté de entre las candidatas: Midnight in Paris. El Woody Allen de las ensoñaciones fantásticas, sencillas bromas intelectuales de doble fondo acerca de la nostalgia. Uno puede comprender que a alguien le diga algo o no le diga nada su historia. O tragas el anzuelo o lo detestas. Como escribió en el Chicago Sun Times Roger Ebert, uno de mis críticos, quizás mi único crítico, de cabecera: “No hay nada en ella que pueda disgustar: o conectas o no conectas, sin más. Estoy cansado de las películas que son ‘para todo el mundo’; lo que significa que no son para nadie en particular. ‘Midnight in Paris’ es para mí, en particular. Y me gusta que sea así”. Dicho lo cual, The Artist (prototipo de película para todo el mundo o para nadie, según la división del buen Roger Ebert) le encantó a Roger Ebert. Yo con Ebert a veces vado d’accordo y otras ni por asomo. Es la inteligencia de su juicio lo que me interesa, su capacidad para iluminar ángulos que yo había descuidado o a los que no alcanzo. Si lo que quiero es estar de acuerdo siempre con lo que leo, si acaso me leo a mí mismo. Pero ni por esas. A mí lo que me pasa es que ya ni me pongo de acuerdo con mi producción, así que mejor sacarse la cabeza del propio culo y mirar a la mañana, que alguien habrá ahí fuera dispuesto a decir algo atendible.

Sigamos con la cosecha de este año. Yo soy de la escuela de Pumares o tal vez aquel hombre me convenciera a gritos: desconfío de las películas con niños. Y los niños de las películas tienden a parecerme repelentes. Ya sé que habrá, que hay, cientos de ellas maravillosas. Es un prejuicio. Sí, los tengo y en el cine tengo unos cuantos, como cualquiera. Tal vez eso explique lo que me ha ocurrido este año. No recuerdo haber visto de seguido un número tan alto de películas en las que tantos protagonistas me cayeran tan mal. Y cuando a uno le caen mal los protagonistas, va torcido, porque empieza a desear que a los protagonistas les ocurra justo lo contrario de lo que el director y su guionista y la mayoría del público quieren que les ocurra. Son este tipo de cosas las que me llevan a preguntarme si me gusta el cine; o si atravieso un periodo de amargura traspasada de la realidad a la ficción. Al margen de otras consideraciones, me cayeron gordos de principio a fin los protagonistas de The Artist: una arribista interesada que logra un éxito repentino e inexplicado… tan previsible y artificial como previsible y artificial me parece todo lo que ocurre en la película, empezando por el lunar en la mejilla; y al otro lado, un vanidoso actor repleto de estúpido orgullo al que uno vio con malvado gusto caer en desgracia, y al que admito que tal vez salve Jean Dujardin con su arqueo de ceja y la poderosa gestualidad de su rostro, en el que parecen haberse cruzado Gene Kelly y Errol Flynn para alegría de esta película. O Douglas Fairbanks, si queremos jugar a la impostada nostalgia a la que juega la película. La generosa transformación última de ambos en la historia no me los redime. No salvo ni al perro.

Pero no sólo ocurrió con The Artist. En Extremely Close, Incredibly Loud (Tan Fuerte, Tan Cerca), uno pasó el tiempo deseando que se callase ese niño obsesivo, tal vez obsesivo por patología, gritón, estomagante. Empeñado en encontrar un candado para una llave nada menos que entre los millones de llaves y candados de Nueva York; y en fascinarse con los ridículos encogimientos de hombros de su padre, un hombre formidable, tal vez, si no lo afectara ese bobo encogimiento de hombros… Más el cascabel de la pandereta, que suena (demasiado) al tambor de hojalata: qué casualidad tan casual que este niño se llame Oskar y que aquel niño de la novela de Günter Grass y la película de Volker Schlondorff también se llamase Oskar: que el Oskar del tambor recorriese el paisaje arrasado de la Segunda Guerra Mundial tocando su caja y el niño de Stephen Daldry sacuda una pandereta en su (inaceptable) periplo por el paisaje moralmente arrasado de los cinco barrios de NY. Difícilmente se puede imaginar una historia más superficial y, otra vez, de emociones tan fingidas, para hablar de algo insondable como el dolor del 11-S. Todo lo que Tan Fuerte, Tan Cerca tiene que decir está en la voz de Tom Hanks en el contestador automático, los mensajes grabados que deja mientras aguarda, sin saberlo, a que se derrumbe la Torre Sur del World Trade Center. Ahora, ¿cómo llegaría esa película a ser nominada entre las mejores? ¿Y cómo será que Stephen Daldry está siempre ahí? Pase con Billy Elliott (psss…), vale con Las Horas, pero ¿también El Lector y ahora ésta? Y otra cosa: desde que vi Los Descendientes no dejé de pensar que el padre corneado que interpreta George Clooney, como me hizo notar un amigo, debió haber tenido la cara  de Tom Hanks.

Cornudo y apaleado, George Clooney en Los Descendientes.

Mientras tanto en La Invención de Hugo, el propio niño llamado Hugo representa otro tipo de personaje de cuyas historias dimito de antemano: soporto muy mal el arquetipo de niño dickensiano en el cine. Y el tipismo de las músicas de acordeón que enmarcan las imágenes de París. No digamos al inspector de la estación que protagoniza Sacha Baron Cohen, uno de esos ¿actores? que me alejan de sus películas. El París de Scorsese es tan hermoso y detallista como el mecanismo interior de un reloj, como una soñada maqueta de trenes eléctricos. Nadie ha usado de esa forma tan esencialmente inteligente la tecnología hasta ahora, o eso dice todo el mundo, pero Scorsese tiene un grave problema de foco en su película: nos larga la (levísima) historia del huérfano Hugo para luego mezclarla con argamasilla de casualidades con el homenaje al cine de ilusionismo de George Mèlies, el pionero francés. Hugo es una película de niños o con niños, pero no para niños: Scorsese se agacha para jugar a los trenecitos y le crujen las rodillas en el terrazo. No sabe cómo hacerlo porque lo suyo ha sido casi siempre sacarle las tripas a la bestia del hombre. Tal vez eso explique por qué la primera niña de sus películas fue la putilla adolescente de Taxi Driver. Descontado eso, acaba ocurriendo que Hugo no es una película para nadie, salvo para quien la hizo. Pierde los apoyos por el camino y expone el crecimiento de una paradoja: ser la película más personal e íntima de Scorsese, y que Scorsese no logre transmitir sus emociones. Al director lo que le interesa es la recreación de sus propios sueños cinematográficos por la vía de la recreación de los sueños cinematográficos de Mèlies, y es lo que acaba haciendo. Para cuando eso ocurría en pantalla, el mecanismo de ruedas dentadas del interés se me había detenido, París seguía preciosa a pesar de la insoportable música de acordeón y yo miraba el reloj (el de pulsera, no los de la película) preguntándome qué hubiera pasado si llego a pagar nueve euros por las gafitas de colores.

Tal vez lo que pasó con De Criadas y Señoras: que me cayó tan mal la película que cuando consulté la duración y lo que quedaba por delante hice cálculos, previne por dónde irían las cosas y, a riesgo de equivocarme (porque la película es tan correcta que no se equivoca en nada), la abandoné. No me apetecía perder sueño, aunque me había interesado el leit motiv de arranque: ¿Cómo es que los niños criados por adorables nannies negras en el Sur de Estados Unidos se convierten una vez crecidos en perfectos hijos de puta racistas? Sentí la boyeriana deserción por Viola Davis, Jessica Chastain y Octavia Spencer, las tres enormes y ésta última premiada, pero qué le vamos a hacer, uno es muy dueño. En War Horse, mientras tanto, no es que me cayera especialmente mal nadie, aunque a la huerfanita belga y a su abuelo les hubiera dado un sopapo. Hecha la excepción de lo portentoso que es Spielberg rodando la guerra -esa salida de trincheras y la secuencia en que un alemán y un inglés tratan de liberar al caballo enredado en la maraña de alambre espinoso de la tierra de nadie- me pasé el tiempo deseando que el pura sangre y su dueño se reencontraran de una vez, dado que todos sabíamos que se iban a reencontrar. Acerca de ese plano final de siluetas recortadas contra un fondo de flamígero encarnado, a Dios pongo por testigo de que no supe qué pensar y que no volveré a pasar hambre.

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27 02 2012
Sr. Guerra

He oído hace poco que la calidad que le falta al cine está ahora en la TV.
Me parece un juicio demasiado atrevido, aunque entre el 3D (estereoscopía para ser técnicos), las películas de superhéroes (¿Cómo? ¿Que el nuevo Spiderman empieza otra vez desde el principio?) y demás… No veo ideas nuevas. Quizás ya no las haya, quizás se hayan agotado las posibilidades del “chico encuentra chica”. Aunque después veo la serie británica “Sherlock” y algo de razón sí que le doy… sobre todo si lo comparo con las películas de Guy Ritchie.

Y en el cine español… Lo peor que se puede decir del cine español es que se coincide con el diagnóstico que hizo Santiago Segura en la Gala de los Goya (el Gobierno de Aragón debería pedir que se retire el nombre del sordo de Fuendetodos de semejante premio): “Por fin se nomina una película sobre la guerra civil…”, “Una película con un policía corrupto, con barriga cervecera, que se pasa la vida en garitos con luminosos de neón… Vamos, que si lo hacéis del Atleti y fan del Fary, acertáis de pleno”

En fin, vivimos una época de mediocridad globlal (en eso debe consistir la globalización, mire “usté”) Y ya sólo nos queda la resignación, porque las plazas para manifestarse se nos han llenado de perroflautas (y seamos sinceros, Pumares ya no está para liderar ninguna revuelta) O esperar a la rebelión de los simios y que nos lobotomicen para evitar cualquier atisbo de inteligencia.

Vaya, que parece que nos ha contagiado usted el pesimismo. Estamos “apañaos”.

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