Estofado irlandés

9 03 2012

Cada año debemos salir en peregrinación hacia los santos lugares, que no siempre son lugares santos. De hecho, casi nunca lo son. Es verdad que hace pocos meses admiramos la portentosa biblioteca de Santa María Novella en Florencia, el grandilocuente crucifijo suspendido de Giotto, las cúpulas rojizas y las portadas pálidas de la Toscana, el túmulo funerario de Buonarroti. Esta vez, sin embargo, la propuesta consiste en domesticar el espíritu ahogándolo con rugby, entre los contrafuertes cristalinos del Aviva Stadium de Dublín. Una ciudad para la circunspección audaz de un Joyce o la diletancia sin inhibiciones de un Wilde. O para extrañar al lesionado Paul O’Connell y aún más a Sean O’Brien; y añorar el duelo que esos dos armatostes se hubieran jugado arriba y abajo con nuestras últimas esperanzas azules: David Denton, el panocha Gray, el escurridizo Laidlaw… Es la llamada de Irlanda, el himno que el rugby usa para convocar bajo su capa a las cuatro provincias (Ulster, Munster, Leinster y Connacht), el reclamo que no podemos dejar de atender.

Una de las célebres campañas de Guinness con el rugby como motivo: el protector bucal es la espumosa corona blanca de la pinta: 'Guinness-Rugby, The Perfect Match', el encuentro perfecto.

No pisamos la tierra de Dublín desde el verano de 1998, cuando hicimos la vuelta a la isla en el sentido contrario a las agujas del reloj. Entramos desde el País de Gales por el sureste, en una travesía de luces tibias por el perezoso sol irlandés de media tarde y varias pintas de Guinness tomadas con la espalda contra las paredes blancas de cubierta. A la llegada al puerto de Rosslare agarramos un Corsa que nos traíamos de casa y describimos una briosa vertical en paralelo a la costa oriental de la isla. Pasamos la primera noche irlandesa en la generosa granja que fatigaba el padre de un amigo en los alrededores de Arklow, a medio camino en dirección a Dublín. Lo que siguió fue un periplo que enseguida iba a adquirir caracteres míticos, si se acepta el término en referencia a una mínima historia privada. Un viaje, en la más hiperbólica acepción del término, que todavía nos vemos obligados a recordar de vez en cuando para dejar constancia de que por aquellos días debió de ser la última vez que nos sentimos jóvenes con toda la razón. En medio del exceso de semana y media, Dublín apenas me dejó apenas imágenes borrosas, por la cantidad de pintas de cerveza stout que fuimos capaces de acumular entre los elásticos confines de nuestro organismo. No recuerdo bien si pasamos allí dos días o tres, antes de cruzar el mapa en horizontal hacia la costa atlántica. Sólo recuerdo las noches. O una noche en la que se confunden varias.

Pero de Dublín (de Irlanda en general), uno se trajo enseñanzas que darían para una película de esas que llaman de viaje iniciático, por el impacto moral que producen: 1) Que esa gente tiene cervezas negras que son AÚN MEJORES que la Guinness, aunque algo así suene a inaceptable perversión de la naturaleza y a desafío contra la misma certeza de la existencia. Y 2) Que en Dublín las noches pueden perfectamente empezar a la hora de comer o incluso antes, sin perjuicio de lo que establezcan el reloj del Trinity College o el movimiento de traslación del planeta Tierra con respecto al Sol. Y así, apenas nos levantamos de la cama en nuestra primera mañana tras nuestra primera noche, entramos a comer en un pub hechos un hatajo de tres pordioseros estragados y, varias pintas y un estofado irlandés más tarde, nos habíamos convertido en un ejército invasor dispuesto para la toma del castillo de Blarney si fuera preciso. Al no albergar un natural peleador sin razones poderosas por medio (pongamos por caso, la discusión por una pelota ovalada) decidimos parapetarnos de taberna en taberna. Digamos que serían no más de las dos de la tarde para cuando agradecimos el estofado y sus maravillas y pasamos al café irlandés. A partir de ahí, nos precipitamos por un tobogán de pintas que nunca se terminaban. Y para nosotros, al margen de la luz del exterior, todo fue una larga noche que volvió a prolongarse hasta bien entrada la madrugada. Como es natural, este tipo de comportamientos poco cristianos conllevan sus lógicas consecuencias: quedó registrado que yo podía derramar casi tantas pintas como me bebía y dejar sin ropa limpia a uno de mis conmilitones de viaje nada más iniciar el recorrido; y que es posible que tres amigos enganchen durante diez días una ristra de borracheras y discusiones interminables que constituían el fantástico epílogo de las largas noches de juerga. Qué forma bizantina de discutir procura la Guinness. Nadie se rendía hasta que el oponente no se quedaba dormido. Y a la mañana siguiente, estofado irlandés. Y luego un cafecito. O dos o diez. Irlandeses, claro. Y tan amigos como el primer día. Y vuelta al pub. Y a la vida. Y ahí seguimos.

Llegados a este punto y a modo de corolario, pincharíamos aquí algún tema bien beodo de los Dubliners o calzaríamos un par de citas de George Bernard Shaw o de Joyce o aún mejor del señor Wilde (esas que decoran las paredes de las inquietantes tabernas irlandesas que han invadido el orbe completo) y quedaríamos como señores. No lo haremos. A cambio, contaré que en cierta ocasión mi entrenador de rugby, en un exceso de confianza innegable considerando que hablaba con un pilar de nacimiento, me agarró a la finalización de un entrenamiento entre barro y aguanieve y, sentándose a mi lado, sacó de su bolsa un ejemplar del Ulysses. Me miró durante algunos segundos con él en la mano, mientras yo me sacaba laborioso las medias encharcadas, haciendo que el libro se balancease en su mano como si fuera a decirme cuántos gramos pesaba la edición. Desvió un momento la vista y, seguro de que nadie en el resto del vestuario nos mirase, me preguntó: “¿Tú has leído esto?”. Se me endureció el cuerpo y, envarado por la tensión, admití: “Mira, algunos capítulos sueltos, pero… debo confesar que no puedo con él”. Vi en sus ojos cómo se le relajaba la culpabilidad existencial que lo había atrapado en el intento. Procedió a devolver el libro a su bolsa y, sin mirarme, mientras se levantaba dijo: “Menos mal. Creía que era un problema mío”. Yo terminé de bajarme las mallas y, liberada la carne, me fui a la ducha.

A falta de los Dubliners y sus baladas aguardentosas, les dejo otra voz áspera que en estas fechas tan señaladas escucho mucho: el señor Mark Lanegan (ex Screaming Trees, ex Queens of The Stone Age, ex Gutter Twins… y otros) y su banda. Nada que ver con Irlanda, aunque podría bucear en su ascendencia, con ese apellido. Su último disco, Blues Funeral, parece sublimar el poder hipnótico de las voces pedregosas, habitadas en simultaneidad por varios seres en conflicto como nosotros por las noches de Dublín. El acuerdo final, sin embargo, es una delicia canalla, una hermosa fantasmagoría, árida e inquietante como esta Canción del Sepulturero.

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4 responses

10 03 2012
Anónimo

¡Maldita sea! En mi lista anual de buenos propósitos elaborada concienzudamente cada Nochevieja, nunca falta el faraónico reto de leer completo el “Ulysses” de Joyce. De eso hace ya quince años. Todo un clásico…

13 03 2012
Jeremy North

Yo no pude acabar el “Ulysses”, fue una tarea excesivamente titánica para superarla con éxito.

En cambio Mark Lanegan me parece desasosegante, con esa voz carrasposa, pero también hipnótico. Su último disco está fenomenal, además ha sido mi primer descubrimiento por el spotify, tiene ese honor…

13 03 2012
ornat

El señor Lanegan toca en España a principios de abril. Blues Funeral es, efectivamente, magnífico.

9 04 2012
Fedra

Ha allecido el ultimo componente original de los Dubliners.

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