Camaleones y dinosaurios

13 06 2012

El futurismo ha muerto. Lo hizo antes incluso que el mismo Ray Bradbury. Los grandes motores comerciales de nuestro tiempo son el sexo, que no (des)fallece, y la nostalgia. A veces, incluso van juntos: entonces se llama vintage y cursa con mucho pelo. Aunque los hipsters han convertido al hombre barbado y con camisa de cuadros en un arquetipo moderno, la tersura desnuda de la piel aún manda. Por el lado musical, la nostalgia no admite parangón como negocio. Veamos… Mr. T me habla de Retromania, un interesante libro de Simon Reynolds cuyo subtítulo aclara las líneas de razonamiento del volumen: La adicción de la cultura pop por su propio pasado. Me cuenta que las casas de discos manejan tres categorías de productos: 1) Los nuevos lanzamientos, discos recién salidos al mercado; 2) Los productos de los tres últimos años (creo que ese era el tramo temporal); y 3) lo que se llama back catalogue, o catálogo de fondo. O sea, discos de cualquier momento y época, reeditados, remasterizados, reinventados, a los que se agregan nuevas canciones inéditas o versiones alternativas. Por no hablar, desde luego, de los carísimos relanzamientos de los vinilos, que ya son caros hasta de segunda mano. Así que la mayor parte de lo que se edita es catálogo, viejas revisiones, melancolía musical e identificaciones generacionales, del tipo que sean. No he leído el libro pero pienso hacerlo, sobre todo ahora que mi ya crónico aburrimiento vital me ha llevado a abandonar de forma consecutiva una de las obras mayores de Vargas Llosa y lo último y más celebrado de Houellebecq… Para abrazar después con gran gusto Kitchen Confidential, las memorias canallas del televisivo cocinero americano Tony Bourdain, aquí tituladas Confesiones de un chef; y, desde luego, el arrebatador Retratos y Encuentros del periodista Gay Talese, una maravilla que contiene el considerado mejor reportaje jamás publicado en la revista Esquire: Frank Sinatra está resfriado. Estos últimos episodios lectores me autorizan a sospechar que tal vez ando cansado de la ficción. Teniendo en cuenta que también me siento terriblemente agotado de la realidad, empiezo a sentir la falta de oxígeno existencial por ausencia de alternativas.

La conversación acerca de Retromania tenía pleno sentido en medio de la modesta escena personal en la que se desarrollaba: dos cuarentones en un automóvil, escuchando música compilada del Manchester de los ochenta, de camino al concierto en Barcelona de los Stone Roses. Sí, hablando de conciertos legendarios… también hemos estado en ese. Uno quiso alistarse en alguno de los tres recitales que los Roses ofrecerán a finales de este mes en el Heaton Park de Manchester, pero el sistema online de compra de entradas se colapsó de forma violenta en cuanto el encargado dio el pistoletazo de salida. De hecho, los Stone Roses -cuyo deseo siempre fue conquistar el mundo por las buenas o, sobre todo, por las malas- batieron el récord mundial histórico de velocidad: en 14 minutos agotaron los 150.000 billetes disponibles para su reaparición. Y de inmediato anunciaron una tercera fecha en Heaton Park… que de la misma forma fue volatilizada en un lapso proporcional del tiempo. El acceso a las entradas de las dos actuaciones en Barcelona resultó algo menos exigente: pero había que estar ahí, con los dedos aceitados para hacer contacto en cuanto abrieran la puerta virtual de acceso al sistema de compra. Y Somniloquios estuvo ahí. Y el sábado pasado, en la borboteante sala Razzmatazz, que los simios mancunianos volaron por los aires con su mesiánico directo, en correspondencia con aquellas memorables y, esta vez sí, legendarias apariciones en Blackpool y Spike Island en 1989 y 1990. Los días en que liberaron Manchester, como vino a expresar Noel Gallagher, de los estudiantes entristecidos que leían libros de Oscar Wilde y adoraban la poética derrotada de los Smiths. Los Stone Roses querían toda la adoración para ellos. ¿Y por qué? Porque ellos no necesitaban vender su alma al diablo para brillar en la noche; así lo escribieron en I Wanna Be Adored: la genialidad, la lucidez, la trascendencia de los elegidos ya habitaba dentro de ellos, aguardando a que el mundo pudiera disfrutarlo. Y para explicarlo partieron de un single sobre una chica, Sally Cinnammon, y después se pusieron a construir esas canciones de intensidades que suben y bajan, y que cuando parece que están a punto de terminarse recomienzan y ponen a todo el mundo a bailar alrededor de las guitarras, dirigidas por la insistencia de un bajo formidable y una batería excepcional: “Éramos los blancos más negros de la ciudad de Manchester”, suele resumir Mani Mountfield.

Lo mismo nos pasó a nosotros el sábado. El concierto resultó memorable por cuanto -más allá de la intensidad y las calidades musicales, que las hubo pese a los peores augurios- supuso una eufórica celebración colectiva: la del retorno de unos muchachos que en el último tramo de los años ochenta vivieron un ascenso canónico a la cima. Como a los escaladores de ochomiles, al cuarteto Brown/Squire/Mani/Reni les costó mucho llegar, pero apenas tuvieron tiempo de quedarse. Es el efecto Everest, en este caso ribeteado de enfrentamientos con su propia ciudad, sometida por los tentáculos de la Factory de Tony Wilson, al punto de que en una desesperada tentativa de hacer oír su nombre sabotearon con pintadas algunos monumentos urbanos; y después, sucesivamente y siempre con decisiones muy cuestionables (como relata el magnífico documental Blood on the turntable) con sus casas de discos, el inefable mánager Gareth Evans y, por fin, entre los propios miembros de la banda. Antes y después de esa disfuncional carrera hubo un bombazo meteórico con su primer elepé y, después, la prolongada implosión, cinco años de hiato hasta el discutido (y para mí encantador) Second Coming, y la disolución de 1996. El primero en marcharse fue Reni, el batería. Un sostén rítmico fundamental: por más que el guitarrista John Squire fuera considerado el genio creativo dentro y fuera, con sus portadas pictóricas al estilo de Pollock; o que Ian Brown, que desafinaba de manera notable en los escenarios, le diera al grupo la personalidad arrolladoramente gamberra del grupo… pese a todo eso siempre pensaremos que son el bajista Mani y el hombre de los tambores los que sostienen en pie las digresiones funky que tan célebres hizo el grupo. Y así lo confirmamos el sábado, en pasajes como este siempre inmodesto I Am the Resurrection, con el que cerraron en Barcelona: “Yo soy la resurrección / Yo soy la luz…”.

Pero nuestra filiación melancólica no se detiene en el 1989 o en 1994, desde luego. Una semana y poco antes, aún en el Primavera Sound, habíamos acudido a ver a The Chameleons, actores principales del llamado post-punk en los primeros años ochenta. La ciudad era la misma, como se encargó de subrayar Mark Burguess, su frontman, al inicio de su interpretación de Singing Rule Britannia (While the Walls Close In)“This music was made in Manchester, England!”. Denominación de origen, una marca ya indeleble en la música popular moderna. Y una canción de intensidad emocional elevada por la irrupción, en la coda final, de ecos nostálgicos: líneas de White Riot, el rabioso himno de los rabiosos The Clash; y el tradicional “Dance, dance, dance to the radioooo!”, grito epiléptico del mejor Ian Curtis en los días de Joy Division, otra banda fugaz que no se termina nunca. A los Chameleons los vi en directo hace ya años, en La Casa del Loco, antes incluso de haber reparado en su música. Naturalmente, despertaron un interés inmediato. Hace dos viernes ofrecieron una actuación soberbia frente al implacable sol de las siete de la tarde. Mr. T me cuenta que Mark Burguess se dio más tarde un baño en el Mediterráneo y ponderó las virtudes de un festival organizado casi literalmente a la orilla del mar (aunque sin acceso, hay que matizar; no es música en la playa). El remojón habrá actuado, pienso, a manera de compensación por el impiadoso horario en el que los camaleones tuvieron que actuar, con Burguess vestido de negro riguroso y unas gafas oscuras que no eran pose de rock, sino una protección contra el acecho de la ceguera por deslumbramiento. La escena adquirió posibilidades irónicas cuando The Chameleons interpretaron Monkeyland, con sus escépticas reflexiones: “La vida es sólo una ilusión óptica / otra de esas ilusiones ópticas (…) / Sólo un juego de luces”, y señalaba al sol, que estaba subido ahí enfrente, abrasando el concierto, pero sin negar una sola de las sombrías tonalidades de la música y la voz grave, oscura, de Mark Burguess.

Después de todos esos hombres oscuros, The Stone Roses hicieron de los desenfadados baggy trousers a los que les cantara Madness un atavío generacional. Y le agregaron esa actitud frontal, de chuletas de Manchester a los que nada se les pondría por delante. Cuando anunciaron su regreso hace unos meses reafirmaron que su intención era volver a conquistar el mundo, idea pertinaz en su cabeza. Siempre fueron demasiado buenos, demasiado arrogantes y demasiado distintos a lo que les había precedido; pero ante todo fueron demasiado fugaces. Y esa condición pasajera, casi inasible, de su incontestable triunfo, contribuyó al mito y a la generación de una expectativa insatisfecha, encarnada en su segundo elepé y sostenida durante todos estos años, hasta la reunión que ahora vemos. Los Stone Roses son, de acuerdo a la agria crónica que publicó El País, “los dinosaurios del indie”, lo que insiste en la conjetura de la nostalgia, que nos ha llevado a hacer del jurásico un parque de atracciones. El ensayo de psicoanálisis generacional fue notable: “La de los 90 fue una generación acomplejada, que en el momento en que pudo definitivamente matar al padre, lo dejó marchar a por tabaco y volver con una reedición de Paul Simon. (…) Stone Roses, por casualidad, fueron la voz de una era y los epígonos de un movimiento, y hoy, por estas cosas que tiene la vida adulta -más traicionera y taimada que la joven-, podrían con esta gira convertirse definitivamente en esa banda que le permite a una generación poder, al fin, vivir una nostalgia propia con orgullo y sin complejos”. Y eso hicimos. Con orgullo, sin complejos y con mucho sudor, porque la Razzmatazz, con su fachada y su andamiaje industrial, se convirtió el sábado en una olla a presión de transpiraciones condensadas, en las que se sostuvieron los himnos más importantes de los Stone Roses. Yo extrañé, claro, Ten Storey Lovesong... si de extrañar se trataba todo esto. Supongo que pertenezco, si acaso, a la generación de los ochenta, pero nuestras añoranzas van mucho más allá y más aquí de una década. Tenemos nostalgia hasta del futuro.

Anuncios

Acciones

Information

2 responses

15 06 2012
Jeremy North

“Confesiones de un chef” de Anthony Bourdain, es uno de los libros que he leído con más agrado en los últimos años. Desconocía ese submundo de la cocina y de los chefs: que follaban tanto, que dormían tan poco, que los mejores cocineros son mejicanos, ecuatorianos y gente similar, con aspecto patibulario y llenos de tatuajes, que Bourdain ponía a Soft Boys, a Richard Hell and the Voibods, Ramones, etc, a plena potencia, mientras estaban preparando platos a unos cuantos pijos de Manhattan… Impresionante.

A principios de mayo, por motivos familiares, estuve pasando unos días en Warrington, ciudad natal de Ian Brown. Me recordó mucho al Macclesfield, ciudad natal y de vivencias de Ian Curtis, que retrató Anton Corbijn en “Control”. Pero tengo que reconocer que los pubs de esa zona son insuperables. Todavía se tienen que estar preguntando los lugareños qué coño hacían esos tipos gritando de alegría con el gol de un tal Lafita, de un equipo raro de la liga española que no era ni el Real Madrid ni el Barça, y con el que ganaban a otro equipo extraño, el Rácing de Santander…

15 06 2012
ornat

Bourdain me hizo disfrutar mucho: el libro me lo envió desde el otro lado del mundo un intimo amigo que es chef y por el cual tengo noticia desde hace casi 20 años del enloquecido mundo de las cocinas, que siempre me ha divertido mucho. Yo descubrí a los chefs durante un periodo de trabajo en el restaurante de un hotel en Londres y podría contar algunas historias sobre el juego, la bebida y el consumo generalizado de sustancias no culinarias. Bourdain, con una vastísima experiencia en el sector, es un narrador extraordinario de ese submundo, de la presión, de la velocidad, de la enloquecida industria, del abuso propio y ajeno. A mí me fascina como observador externo; a mi amigo, que vive de eso desde hace muchos años, también lo hizo, lo que me indica que hay -pese a las estilizaciones propias del relato- una verdad indiscutible en todo lo que cuenta Bourdain.
Los pubs de los barrios anexos a las grandes ciudades son insuperables. Incluso los de los barrios más alejados del centro en metrópolis como Londres o, en su medida, Manchester. Junto todas esas pistas que das tú y que sumo yo y me recuerdo claramente en el sotano de aquel restaurante cerca de Hyde Park, en 1994, escuchando subrepticiamente el partido de vuelta del Zaragoza en Feyenoord, en una radio que colé en el office y que consultaba cada tanto… Esas cosas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: