La vida en el piso 19

21 05 2013

La otra tarde salí al rellano y el piloto luminoso del ascensor indicaba que la cabina había subido al piso 19: me pareció una proeza notable, considerando que en casa sólo tenemos diez plantas. Siempre que ocurren este tipo de cosas pienso alternativamente en el ascensor acristalado de direcciones variables de Willy Wonka, hermoso y transparente bajo la nieve; y también en el piso 7 y medio de Being John Malkovich… El episodio me dejó una cierta aprensión y el borroso deseo de probar a subir a la inexistente planta 19, a ver si me encontraba en el ascensor espacial. Cuando pisé la calle vi una bañera a la puerta del garaje, inclinada del lado de estribor en su perfil convexo. Algo más allá, un hombre desastrado cruzaba el parque con un lienzo y su marco agarrados sobre la cabeza, como si lo acabara de robar de un museo próximo y fuera para su casa con la mayor tranquilidad, a colgarlo en el muro del living. La combinación de esas imágenes, todas desplazadas de la realidad, piezas de un puzzle fuera de su sitio, debieron de funcionar como una advertencia. Ahora lo sé. Unas horas más tarde yo mismo había quedado situado en el margen exterior de mis coordenadas habituales. Debía de tener el mismo aspecto que una bañera vacía en una acera…

La rutina está construida de persistencias, así que su naturaleza resulta muy fiera: no es fácil derribarla ni siquiera después de haberle dinamitado los bajos. No bastan una decisión drástica ni un cambio violento de las circunstancias. Aun así, aguanta en pie y se niega a la rendición. El cimiento de la rutina lo compone una formidable trama de compromisos horarios, personales y desde luego profesionales que, en el colmo de la reverberación gestual, nos empujan a repetir cada día las mismas cosas a las mismas horas en idénticos lugares. Naturalmente, cuando alguien desenmascara el temible proceso está abriendo un portón al abismo. Uno siempre quiere escapar a la rutina. Y, sin embargo, la interrupción violenta de ese entramado que es cualquier vida genera una incertidumbre tramposa, a la que no se hace fácil derrotar. Cuando a uno lo dejan sin trabajo, lo abandonan al camino sin señales horizontales de la libertad. Vigilada, eso sí. Y perecedera. Pero libertad al cabo: “Freedom is yours / if you want it / But you just don’t know / what you need…”.

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