Cool infierno

4 07 2013

Alguien aseguró, de camino al punto de reunión, que encontraríamos a Gerhard en cualquier caso, por oscura que fuera la noche. Y era oscura como boca de lobo. La previsión anticipaba que una lóbrega tiniebla comenzaría a expandirse en apenas minutos, como oscuro manto de raso, desde la bocanegra del escenario. Pero tenía razón: G aguardaba ya en el mismo lugar de siempre: a la izquierda de la mesa de sonido. Su presencia (no tanto el hecho físico como su significado) subrayaba un conocido desacuerdo con el entorno; tenía la rotundidad de un faro, de la disonancia pretendida: contra la acechante penumbra, Gerhard vestía una blusa roja de un tejido fino que, en el hiato de focos y contraluces, nos pareció delicada seda, labrada de arabescos. Y una gorra de monte a juego, de corderay diría ahora, pasado el tiempo. “Muévanse rápido, chicos, dentro de poco aquí habrá demasiado tráfico”, propuso. Lo hicimos. Pronto el escenario se inauguró de luces y misterios. Las puertas del infierno… murmuró alguien .

Cuando se trata de los Bad Seeds, y mediante la intercesión de su testaferro infernal, aka Nick Cave, la misericordia, la piedad y la esperanza quedan suspendidas hasta nueva orden. Como última concesión a una cierta forma de dulzura, un ratito antes, subidos en un balconcillo VIP entre dos aguas, elevados sobre los torrentes, se habían materializado unos músicos y su maduro frontman. Cantaban y tocaban tan bien las canciones de The Wedding Present que, efectivamente, sólo podían ser The Wedding Present. Y lo eran, si bien nadie los había anunciado. Teloneros del averno. La recensión desordenada de aquel momento, que no somos capaces de fijar, ha tomado ahora la forma de un anuncio de coches. Algo molesto, puede ser; pero la verdad se impone: fue un conciertito de esos que le susurran de manera bien permanente a la memoria, transcurrido el tiempo…

De vuelta a la noche, Nick Cave vestía de negro rigor y Jim Sclavunos había traído su batería rosa. Sacamos el reclinatorio. El afilador comenzó el profundo recitado de sus salmos, con el aire amenazante de quien ha llegado al recinto dispuesto a cobrarse las cuentas pendientes: esto es, cobrarle el diezmo a los incautos que resolvieron venderle su alma la última vez que lo tuvieron cerca o atendieron a sus sermones, ocultos siempre entre los pliegues de la aparente normalidad. La brillante rutina de la primavera, siempre acechada. Ese ejército de condenados no son pocos. No lo éramos esa noche. Allí, por lo pronto, nos habíamos reunido varias decenas de miles, enmarcados bajo una gigantesca noria de neones verdes que le hacían de contrapunto a las nubes veloces que cruzaban la noche. Esa imagen celérica, tan inquietante, hacía caja de resonancia con el lúgubre zumbido de una voz grave, que rasgó de arriba abajo el telón. “Sabemos quién eres / y sabemos dónde has estado… / Y sabemos que no hay ningún motivo para el perdón”. Así decía la voz. Para empezar.

Pronto el demonio nos arrastró a Jubilee Street, de donde supimos que no podríamos volver sin lamer la piel avejentada de unos zapatos negros de tacón ni la cansada carne agotadora de su dueña. “El problema es que ella guardaba / un pequeño libro negro… / Y mi nombre estaba escrito en cada página…”. La primera noticia que tuvimos de Jubilee Street hablaba de elevaciones, brillos, prostitutas, adoración, crescendos sónicos o explosiones climáticas de naturaleza trascendental. Todo eso era verdad, pero en esta ocasión Cave y los suyos nos elevaron tan pronto al monte de la oración, que esperábamos un descenso medido, largo y providencial. Algo inolvidable. En cierto modo lo fue, aunque durase apenas una hora: once canciones. Warren Ellis mantenía su intemporal aspecto de siempre: como el terminator, podríamos sospechar que traspasa los tiempos, que es un hombre pretérito trasplantado en el futuro o bien su reverso: un guerrero post nuclear atrapado en el uniforme pacifista del verano del 66, alguien que ha entrevisto una escéptica verdad por la vía de la regresión. Pellizcaba el violín y nos hacía vibrar como si fuéramos todos pajarillos subidos en un cable electrificado cuya potencia manejaba él. El Afilador se asomó al estribo del escenario. Y desde allí, transformado el foso en un cráter de magmas abrasadores, se comportó igual que la puta redentora de Jubilee Street, para que quien lo desease le lamiera el cordón de los zapatos. Así ocurrió.

Pasó por From Her to Eternity, como siempre preguntándose, preguntándonos, si es preferible el deseo o la posesión. Si la conquista no significa, en realidad, una pérdida. Algunos ya habían desaparecido para cuando entonó The Weeping Song, y todo el recinto borboteaba inyectado de dolores, heridas abiertas, supuraciones y terror. Invitó al escenario a Jack The Ripper y supimos que era entonces o nunca. La posibilidad de escapar. O no querer hacerlo… Miramos embebidos los cuchillos de sierra, la tenaza que arranca los corazones, la hoja con la que nos deshollaría. Que casi sus últimas palabras fueran aquéllas de The Mercy Seat, la vehemente confesión final de un hombre inocente en la voz de Johnny Cash, pareció una ironía. Un ejercicio de travestismo escapista, inmoral, como si ese demonio de negro quisiera pintarse el alma de blanco y embaucarnos a todos en un irracional perdón. Como si algo así le hiciera falta. Dado que lo sabía, se despidió con Stagger Lee, una de aquellas melodías asesinas reunidas en el volumen titulado Murder Ballads. Después, apartó el cielo de su camino y nos dio la espalda, para seguir caminando en dirección a la tiniebla.

Cuando salíamos de allí, el terno encarnado de Gerhard semejaba la floración líquida de todas nuestras aflicciones. No se había vestido de seda roja. En realidad, había pasado toda la noche envuelto en un velo de sangre.

[P.S.: Hubo un día presidido por ‘We, the Real Cool’, del álbum ‘Push the Sky Away’. Y muchos momentos de las últimas semanas, de los últimos meses, sobrevolados por sus melodías. De ahí nacieron músicas aleatorias que llenaron otro día. Otra noche].

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