La princesa Romanov

15 07 2013

No sé cuándo ni cómo inauguramos la costumbre de desayunar juntos cada mañana, pero ahora está institucionalizada y su suspensión implicaría un cataclismo anímico mutuo que ninguno de los dos podríamos soportar. Ni a Ella ni a mí nos gustan las alteraciones bruscas del modelo cotidiano. Me refiero a esto: de los ochenta gramos de mortadela de pavo con los que empapo cada mañana el café instantáneo con leche y la pieza de fruta, alrededor de un 15% le corresponden a Su Alteza la princesa Romanov. Así lo calculo, con el sobrante que irá a sus muelas, en la modesta báscula. Bajo su eslava distinción onomástica, la Romanov oculta la condición telúrica, pendenciera, juguetona y gruñidora de un terrier escocés de las tierras altas. El 15% de cada loncha es el diezmo al que me obliga su devoradora fidelidad.

La singularidad de este peluche dentado, de ojos como botones negros hundidos en la entretela de pelaje cano, trasciende la naturaleza de su raza y las explicaciones que me han procurado algunas lecturas y documentales sobre etología canina. Yo me levanto de la cama, salvo excepciones y compromisos, cuando ella lo decide. Ni el despertador ni las obligaciones. Ella. A la hora en que Ella lo considera oportuno, siempre después de haber completado con la primera luz sus muy íntimas ablucioens, Su Alteza monta una demoledora guardia. Primero al costado del lecho. Contacto visual. Después se eleva sobre los menudos cuartos traseros y asoma sus ojos desde la cornisa del colchón, para constatar si los míos están abiertos o no. Naturalmente yo los mantengo cerrados, como un niño que simulara haberse quedado dormido… He ahí una evidencia de mi desventaja. Resulta algo patético ocultarle que sí, que ya estoy despierto, sobre todo porque el tintineo de sus garras en la tarima ha tenido el efecto que ella desea: interrumpir mi descanso. A veces entreabro los ojos y la miro mirarme. Sospecho que ella distingue claramente la impostura de este último sueño mío, tan falto de convicciones como una rendición inevitable.

Sin embargo -educación y respeto a la jerarquía-, aun consciente del embuste Ella decide no violentar los límites y respeta ese trémulo pasaje final de mi descanso. Con cuidado, baja las patas y queda apostada en el ángulo entre la pared y la mesilla, a la espera. Sentada, vigilante, con notoria paciencia y creciente impaciencia. Siento apoyada en mí su mirada, que no reposa. Tiene ese peso leve de los roces intangibles, el tacto mínimo de una guardia ansiosa. Si me remuevo entre las sábanas, intuye que la vigilia está debilitando el descanso y ahí arrecia su presión. Vuelve a subir. Alarga las pezuñas y rasca con ellas sobre mi brazo. Contacto físico. Advierte sin duda que en una pequeña victoria como ésta reside un triunfo decisivo para el equilibrio de su existencia: un hombre en pie es un hombre en condiciones de darte comida, sacarte a pasear o rascarte el intersticio cartilaginoso de las orejas. O esas bolsas blandas y descuidadas del vientre, punteadas por los infames mosquitos de las praderas en verano. Por el contrario, un hombre dormido no sirve apenas para nada. Menos que nada.

Ella enseguida gana. Levantarme no me cuesta. Lo terrible consiste en mantenerse de pie todo el día. No hay demasiadas cosas importantes que hacer. En mi actual estado de acechante apatía, Su Alteza actúa como contrapeso a los desatinos. Doña Romanov es contemplativa. La adorna una calma contagiosa de la que sin duda me beneficio. Durante nuestra convivencia he advertido de sobra que posee una percepción de la realidad bien estructurada, no como la mía. La Romanov se preocupa de lo esencial, rechaza lo circunstancial y desde luego no hace consideraciones innecesarias acerca de lo contingente. La suya parece una combinación equilibrada, una especie de pienso alimenticio intelectual, que aporta todo lo necesario: buey, algo de pollo y verduras… Ahí va todo. No hace falta leer ni razonar; nada de análisis ni consideraciones añadidas. Envidiable. Así que resulta natural que ella y yo seamos antónimos y que eso explique la pluscuamperfecta sintonía de nuestra relación.

Para empezar, ella entró en casa por la misma puerta por la que yo había salido. Esto puede parecer un hecho rutinario, además de lógico porque en casa siempre hubo sólo una puerta, pero no lo es en absoluto: en la falsa paradoja de esa acción de dos direcciones reside precisamente el secreto de su importancia como personaje secundario de una vida algo contrahecha, cada día más decidida a hacerse incomprensible u ocultar el sentido verdadero de los hechos. Pasado un tiempo nos conocimos, cuando Ella ya se había enseñoreado de algunos espacios a los que yo torpemente renuncié. Una noche cualquiera abrí la puerta y ahí estaba: aunque no me conocía y puede que hasta debiera detestarme, me cedió el paso y se puso a mis órdenes con una naturalidad que expresaba sincera confianza. Naturalmente, jugaba con mi debilidad, la indulgencia blanda de quien se siente culpable. No hizo falta dar explicaciones. Bastó la voluntad. Ella, a quien tantas cosas buenas le contaron de mí, me hizo de guía y se encargó callada, secretamente, de que retornase al camino y no volviera a extraviarme más.

A menudo, sin embargo, me pierdo en la observación de las inmutables paredes blancas, acompañado de la quietud callada de la Romanov, que tal vez me mira o tal vez me ignora. A veces le hago preguntas, pero son todas retóricas: le pregunto a ella para contestarme yo mismo. Si es que lo consigo. Admito que tal escena no debiera incluirse en una confesión, pero lo hago… Un hombre que dialoga con su perro vive subido ya a uno de los múltiples vértices que asoman a la locura. Tal vez sea el caso.

En este hermosísimo documental, La Vida Secreta de los Perros, proponen algunas conjeturas acerca de la comunicación (verbal, si vale el término, sensorial y emocional) entre los animales y las personas. Su forma de ver el mundo, a nosotros, las asombrosas habilidades terapéuticas que podemos extraer de ellos y las razones físicas por las que algo así, y otras cosas, son posibles.

La Romanov no ha desarrollado especiales habilidades de ningún tipo: persigue la pelota pero no es, ni de cerca, una gran rastreadora; tiene el genio bravucón de un terrier, sí, aunque cualquiera podría llevársela porque su criterio a la hora de dar cariño es, sencillamente, inexistente: al primero que se acerca le lame los dedos de los pies si bien puede. Tampoco habla ruso ni ladra en escocés. Su virtud está en la extraordinaria capacidad de transmitir emociones y en su exacerbada sensibilidad. Se duerme tarde y le gusta mirar los documentales de animales. Atraviesa las madrugadas despierta o con un sueño ligero. Sueña con frecuencia diaria, en siestas o en las horas altas de la madrugada, y ladra en sordina durante esos sueños: son sus somniloquios caninos, formidables por el tono en que los emite. Todas esas tonterías nos sitúan en ondas similares.

En todo caso a los perros hay que hablarles muy desde dentro, desde la tripa; conviene no hacerlo en voz alta, salvo para dar o intercambiar órdenes, porque entonces a uno le entran ganas de llamar a un facultativo. Sobre todo no hay que hablarles nunca como si fueran personas; se les suele tratar como a hijos, y no son hijos. Hay quien cree que a los perros hace falta hablarles como si fueran hijos, y a los hijos igual que si fueran perros. No sé si los dos presupuestos resultan falsos, pero en todo caso, las fórmulas de diálogo de hoy en día entre padres e hijos han decaído mucho: alternativamente los unos tratan a los otros como si fueran estúpidos de baba. Un perro nunca te permite que lo consideres un imbécil. Él nunca lo haría.

Con la regularidad fisiológica debida, la suya se quiere decir, la dama y yo salimos a dar un paseo por el parque, como harían una bestia y su dueño. Pero, aunque trata de eso, no tiene sólo que ver con eso. Son paseos intensos, largos, momentos íntimos en que cada uno nos dedicamos a lo nuestro, sin molestarnos más de la cuenta, pero siempre sin perdernos de vista. Unidos por un hilo invisible, que tiene la forma de un silbido que canturrea su nombre. Mientras ella rastrea excrementos o hedores de los que apropiarse si bien le conviene, yo anoto en mi libretita algunas frases de Onetti o de Hunter S. Thompson. Le tiro la pelota y escribo la última frase leída. Siempre como si escribiera con mi puño encima del puño del maestro, que es otra forma de hozar y apropiarse de las evacuaciones psicológicas de un semejante, seguirle la pista, auscultar su conveniencia como hipotético procreador. Escucho y anoto canciones, de forma constante. Las guardo en listas que son el hilo musical de cada día.

Entremedias, le ofrezco a la Princesa algunos bocaditos de actualidad y la reconvengo cuando arroja dentelladas a los machos que, durante sus celos, pugnan por violentarla. Le advierto que no hay culpabilidad ni perversión en esas actitudes; apenas un desordenado instinto, muy agudo, que obliga al perro a esas tentativas forzadas de posesión. No sé qué decirle acerca de algunos ejemplares que, rechazados por Ella, tratan de crujirse al dueño, aferrados a la pernera con espasmódica pasión. Me gusta obligar a la Romanov a que ejercite conmigo el razonamiento moral, pero acabo a menudo por admitir que Ella tiene razón. Con frecuencia la levedad ética de su ser me produce envidia. A menudo soy el aleccionado. Y termino por sentir que no la paseo yo a Ella, sino Ella a mí. Cuando advierte que el peso de la realidad me está agotando los hombros, la veo erguir su rabo como si me apuntara en un gesto acusatorio: ¿Pero a ti qué te importa la realidad?, protesta. Y agrega: la realidad es apenas perseguir la próxima pelota… Y luego otra y otra. Le lanzo la bola y concluyo: es sabia.

Ella, como nos enseñó César Millán, “vive el momento”. Contó Millán que una familia había llevado a su bicho al veterinario porque manifestaba algunos síntomas sombríos. No parecía nada serio, pero el diagnóstico lo fue: el animal tenía cáncer. De vuelta hacia casa, la familia estaba destrozada; el perro, enfermo terminal, daba saltos, retozaba entre las piernas y seguía de lo más contento, ajeno a la enfermedad, la autocompasión, las consideraciones sobre el destino, la fugacidad de la existencia, su sentido o el Universo en expansión. Con la misma ligereza metafísica podría haber perseguido una pelota o engullido una salchicha. “Vivía el momento”, resumió el Encantador. Ningún pensamiento que trascendiese el instante ni conciencia alguna de su enfermedad. Algo así debe de ser sentirse inmortal.

La señorita Romanov, con su collar isabelino.

La señorita Romanov, con su collas isabelino.

A la Romanov le extirparon hace pocas semanas un par de bultos y el veterinario me anunció que los llevarían a analizar al laboratorio, con su correspondiente precio. Después me pregunté, y no por la cuestión monetaria: ¿Qué sentido tiene eso?; ¿voy a darle quimioterapia a la señorita Romanov en caso de que haya malas noticias? ¿No podríamos, rollo Encantador, “vivir el momento y que le den por el orto a la vida?”. Por fortuna no hizo falta tomar decisiones. Su Alteza sobrellevó la cura de las cicatrices con inigualada dignidad. Ni siquiera hacía mención de rascarse donde no debía. Parecía decirnos: quítenme este estúpido artilugio, yo sé muy bien dónde debo y dónde no debo rascarme. Y, como para demostrarlo, altivamente se masajeaba el lado contrario al de la herida del bisturí.

Lo peor fue la semana de collar isabelino, que provocaba a la dama constantes tropezones con los marcos de las puertas y el entramado de patas de silla que conforman su cabaña de seguridad bajo la mesa. Ahí entendí lo del afeitado de los toros. Al principio retrocedía extrañada y volvía a intentarlo, con idénticos resultados. La incomprensión de las dimensiones. Física cuántica perruna. Finalmente aprendió que, empujando lo suficiente, el collar de plástico cedía. La maleabilidad de los materiales. Otro descubrimiento. Y pasaba a empujones, por narices. Qué comportamiento tan humano…

Superado el trago, la señorita Romanov atraviesa el verano con indisimulado desinterés. Sin exponer más de la cuenta su condición norteña. Y distingue, como un zahorí, la baldosa exacta de mayor frescor en toda la casa. Bajo el sol matinal camina midiendo muy bien los pasos y sin rendir un solo exceso. Leves carreritas la trasladan de sombra en sombra. En la frescura del verde, que frecuenta con giros con giros completos sobre su propio eje, como los cocodrilos cuando destazan a sus presas, la acechan alergias y picotazos. Pero le gusta bañarse en el pasto recién cortado. Jamás en las fuentes públicas, los estanques, pantanos o ríos. Tampoco beber de los caños. Vulgaridades… parece pensar. Cuando aprieta la canícula la imagino añorar con fastidio los febriles retozos que le procura el barro invernal. Si en el final de las tardes acecha la tormenta, camina en puntas de pie, acortando los pasos, como avisada: a Ella no le gusta mojarse las pezuñas ni el lomo.

Acusa en escenas así su alcurnia palaciega. Pero en ocasiones, como si se desatara en su interior un torbellino incontenible, de manera inopinada se lanza en desaforadas carreras circulares que duran varios minutos, hasta que se agota. Temo que haya perdido la razón para siempre y a partir de ese instante me desconozca o resuelva ignorarme. Liberada la energía sobrante, como una purga eyaculatoria, se tumba bajo una sombra generosa y aguarda la ventilación jadeante de su cuerpo.

En esas fugaces escenas, la Romanov  me ayuda a entrever la forma casi exacta, inaprensible, de la dicha.

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15 07 2013
woodyalle

Maravillosos compañeros… Yo puedo decir sin miedo a caer en el ridículo que Lúa, mi perra, es mi mejor amiga. Me entiende con tan sólo una mirada, me reconforta, me consuela, me alegra, me distrae. Evidentemente yo no le correspondo en la misma medida. Ya se sabe que el género humano es lo que es. Un pedazo de carne que exhala envidia, rencor, codicia, egoísmo…Cuánto tenemos que aprender de ellos…

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