Life’s a beach

20 08 2013

No falta quien las considera una vulgaridad, pero a las playas les ocurre como al cine: serían lugares maravillosos si no hubiera gente. Bajo el epígrafe del paisajismo turístico, las fotos de playas solitarias (especialmente eso que se llama en el argot calitas) constituyen un género en sí mismo. Como las acogedoras habitaciones en hoteles con encanto: vaya a saber lo que uno encuentra luego. Vaya a saber en qué mes o a qué hora intempestiva del amanecer disparó aquel tramposo. En las imágenes la turba nunca aparece, con sus paletas de goma y el juego de petanca unos; con el fly-board y el kite-surf los otros. Y las otras: las del ejército del it-bag en el hueco del antebrazo. Digo que tales alimañas no aparecen en las fotografías de playas paradisiacas, aunque estén. Si acaso veremos a alguien de espaldas al mundo y de frente al mar, en actitud reflexiva, sentado como en agonía melancólica; como si de la constancia del oleaje estuviese a punto de derivar la teoría del eterno retorno. Preferiblemente la imagen de ese karma en chancletas vendrá libre de densidades, o sea en blanco y negro, que sugiere más. También los amantes perfilados en sombra de atardecer. El contraluz chinesco tiene mucho público. En las fotos hermosas de las playas suelen aparecer un humano y su alegre perro que mueve el rabo y bromea con la espuma de las olas. En la verdad de los veranos, los perros no pueden pisar la arena, no vayan a dejar un truño canino. Eso sí: si fumaran bien podrían apagar unas cuantas colillas y enterrarlas como tesoritos falsamente biodegradables en la arena. Las playas son el cenicero de la España de verano.

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Por esas leves misantropías que me acechan siempre, yo de las playas prefiero sus mediodías. El tramo horario en que el común arría la sombrilla, pliega las hamacas y avanza hasta la ducha en estoico arrastrado de pies. La general escapada del mediodía desagua las orillas con un ritmo vivo, envidiable. Se trata de una evacuación ordenada que sólo desalientan los niños que se resisten a abandonar la arquitectura de rastrillo y cubo. Pero normalmente esos infantes de la construcción, polemistas del tamaño y la propiedad de la paleta, tienen más ganas de comer que de trabajar, así que ceden con facilidad. Para los que nos quedamos, esa salida en tromba supone una feliz secuencia de lugares comunes. Los más chicos son antes sometidos al escarnio de dejarlos en pelota y remojarlos en el agua colgados de los pulgares, como piratas traidores a la autoridad del capitán. Sus protestas elevan nuestra ansiedad. Mientras, los otros proceden a la desinfectación arenosa en las muy españolas duchas al pie del paseo marítimo: ahí liberan los intersticios digitales de los piececitos, tratando inútilmente de regresar inmaculados al hogar. El asunto de la arena en el coche alcanza a veces ribetes dramáticos: no falta el conductor obsesivo que usa un cepillito de arqueólogo para conjurar el molesto polvillo del albero. Ahí es donde uno teme que la abuela extraiga del bolso un tubito de Netol y proceda a sacar brillo de plata al aluminio de la hamaca. Todo para proteger el R-12 del abuelo: ojo, parece que está viejo, pero de motor anda cero kilómetro. Ya no hacen coches así…

Como la tribu española acostumbra a veranear en formación completa de clan, con varias generaciones reunidas bajo el mismo techo y parasol familiar, el noble acto de retirada contiene la solemnidad grave de un éxodo: aguarda no la Tierra de Promisión ni la California de Steinbeck, sino el clásico baño purificador de los pequeños mientras las mujeres le dan el último golpe de calor a los tallarines y aderezan la ensalada: los golpecitos iniciales al salero apelmazado van ganando violencia conforme pasa la semana. Y esa mínima molestia original de dispensadores atascados va dando lugar al general calificativo grueso: el sintagma “la puta humedad”. Pero el fenómeno sirve al varón de la casa -que ya negocia una cervecita fría y picotea la aceituna rellena de anchoa- para ilustrar a los chicos sobre los efectos del clima marítimo en los cuerpos salinos. En unos minutos, en fin, se dispone en alegre zafarrancho el innegociable, acerado almuerzo español. A veces después, en el primer turno de vacaciones, otro rito obligatorio: el Tour de Francia. Para los alérgicos a Perico hay una alternativa de secano: la película del oeste, con su inagotable catálogo. A lo largo del verano caerán un Delmer Daves, un Anthony Mann, ese Wellman o Howard Hawks. Pero se impone la serie B de Budd Boetticher y de ahí para abajo. Y siempre la siesta, metrónomo de biorritmos y bisagra de la existencia. En la playa persiste la jornada partida.

Mientras todo eso ocurre en las terrazas en sombra, entoldadas a franjas bicolores como equipos de rugby, se declara sobre el arenal la gloriosa medianoche blanca: así nos la dejó dicha Capote. Ese vacío inundado de luz que es la hora de la comida en los pueblos agosteños de España. Ahí es cuando uno ha de hacerse fuerte y perseverar en las horas centrales del día, a base de lenitivos bañitos ocasionales; con el sol en violenta perpendicular, que reparte una blancura cegadora y desdibuja los contornos. Entonces podéis imaginar ardientes desiertos asesinos, pero con la ventaja del oasis: ahí enfrente están los chicos del socorrismo, su engañoso aire de pereza en uniforme; el excusado en ardiente cabina prefabricada y una leve atalaya de rocas para animar a la reflexión cuando el agua hace suave nata sobre el borde las piedras. Incluso sin oleaje, en la calma flagrante y la profundidad tobillera de los mediterráneos patrios, cabe invocar la célebre línea borgiana: maravillado por la muchedumbre del mar, albriciado de luz el pródigo espacio, fui durante todo un día el espectador de tu hermosura. Cito de memoria.

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Las siguientes dos horas constituyen la gloria encumbrada de nuestras costas. Un casi silencio sostenido que por lo general enmarca la música ambient del chiringuito, hasta entonces engullida por las disputas, las consideraciones sobre la partida de petanca, el comentario grupal de las noticias del Marca y las revelaciones de luxe del colorín, que imploran teléfono de aludidos sobreimpresionado. Hay que entregarse al ritmo mitigado de las músicas, que querrán parecerse a la colección aérea de Saint Germain des Pres o bien el chill out mórbido de Nouvelle Vague. En un mediodía como estos descubrimos en cierta ocasión a Lisa Ekhdal, tan rubia y etérea. Caben victorias así, pero hay que vigilar: es un momento en el que los juicios languidecen y uno shazamea cualquier cosa. Puede sonar Pool Side y pensarnos en el Paraíso. Son las trampas del entorno: la música gana envuelta en el paisaje. Bastará después un repaso crítico a la vuelta para que todo recupere su espacio preciso.

En ese vacío soleado hay además la posibilidad de una modesta ornitología. Animadas por la rendición humana y la muy evidente relajación de actitudes de los que se han quedado, las gaviotas descienden entonces al suelo y merodean con pequeños pasos por el arenal, como en patrulla. Picotean los restos con esa amenazante boquita de garfio y uno puede apreciar en la cercanía su pérfida mirada amarilla. Como la de Robert de Niro cuando Mickey Rourke descubre que ese huevo que se está pelando con la uñita es su alma ingenua. Agotado el alpiste de los que almorzaron sobre la toalla, de forma repentina las gaviotas ejecutan un violento aleteo y remontan el aire con prisa, como si se hubieran dejado un grifo abierto en casa.

Retiradas las aves, con esa carga melancólica que tan bien explicó Tony Soprano, queda apenas dormitar a pleno sol y aprovechar esos últimos silencios rumorosos al borde del agua. Antes de media tarde volverán las hordas, y esta vez con refuerzos: una popular clase de aerobics en el baldosín del paseo, a grito limpio, y el Tiburón, el Tiburón, el Tiburón… A toda mecha, otra vez. Y después otras especies, ballenas y vallenatos, que fuerzan el exilio de las almas sensibles.

En las playas, a veces, se construyen simulacros de eternidad infernales. Como si todos los días fueran siempre el mismo. Y sin embargo, vivimos condenados a extrañar durante meses las tardes en las playas, que son nuestro nostálgico amor veraniego de la edad adulta. Sobre todo en septiembre. Septiembre sólo lo salva un libro o no lo salva nada. Septiembre es un lugar al que volver maldiciendo. Peor todavía es no tener adonde regresar: entonces todos estos recuerdos componen un abismo, un anuncio de desorientación. Como una habitación oscura, insondable, de la que se ignoran sus dimensiones.